Indefendible (El legado de Volkov 1) 9. ¿QUÉ ESTOY HACIENDO?
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9. ¿QUÉ ESTOY HACIENDO?

Monsters — Ruelle

Estoy tratando de procesar qué coño estoy haciendo en el coche de un posible asesino en serie.

Solo sé que vamos en silencio hacia Manhattan, cruzando el puente de Brooklyn, e Ilenko no dice nada. No me ha preguntado dónde vivía así que no se hacia donde nos dirigimos.

Me recuesto en el asiento y lo observo, intentado armarme de valor para preguntárselo, aunque en el fondo no siento la necesidad de saber nada.

Las luces de la carretera golpean rítmicamente su rostro, proyectando sombras que lo hacen parecer una escultura de hielo y acero.

Sus manos, grandes y firmes sobre el volante, no tiemblan; las mías, en cambio, permanecen ocultas bajo los muslos para que no note el manojo de nervios que soy.

— No me has preguntado dónde vivo — suelto por fin, rompiendo la calma tensa que hay en el ambiente.

Él no aparta la vista de la carretera. El coche ya ha dejado atrás las luces de Brooklyn y nos adentramos en el corazón de Manhattan.

— Sé perfectamente donde vives, Rachel — responde con una voz grave y vibrante—. Sé que tu apartamento en Brooklyn tiene las paredes tan finas que oyes las discusiones de tus vecinos y que la cerradura de tu portal no es tan segura como querías creer. Ahí no estás a salvo.

Me quedo completamente helada. No menciona nada más. Simplemente lo sabe y no me imagino como.Al igual que sabía quien era mi padre. Me da la sensación de que ha observado mi vida desde la distancia, moviendo todos los hilos sin que yo supiera siquiera su nombre.

— ¿A que coño jugamos entonces? ¿Por qué me traes a Manhattan?

— Mi terreno. En tu casa no estás segura.

— Eso seré yo quien lo decide — sentencio mientras el coche se detiene frente al número 69 del Upper East Side.

— Créeme que no. — Me lanza una mirada severa —.  Desde el momento en el que aceptaste defenderme, dejaste de controlar todas las variables.

Hago amago de protestar pero se inclina bruscamente hacia mí, cortándome las palabras y la respiración. En este preciso instante no sé si presente matarme o …

— Necesito que firmes el contrato de representación antes de que acabe la noche.

Eres mi abogada, y a partir de ahora, todo lo que hablemos estará protegido por el secreto profesional entre abogado y cliente.

Además, firmarás un acuerdo de confidencialidad extra. Es la única forma de que estes segura.

Lo sostengo con la mirada, obligándome a no pestañear a pesar de que su cercanía me marea. Su perfume, una mezcla de ámbar y tabaco, llena el escaso espacio que nos separa.

— Ni de puta coña — suelto, logrando que mi voz no tiemble tanto como mi pulso en este momento.

—Que te quede claro que no firmo nada, y mucho menos bajo coacción joder.

Soy abogada Ilenko, que no se te olvide, no cualquier mujer asustada a la que crees que puedes mangonear como te salga de los cojones.

Él no se inmuta. Se limita a entrecerrar los ojos, analizando mi resistencia como si se tratara de un problema interesante.

— No es coacción Rachel; es una necesidad  — su voz baja un todo volviéndose aún más peligrosa — . No te imaginas la diana que tienes puesta en la espalda.

— Eso es lo que tu te crees — lo corto , apoyando una mano en la manilla de la puerta —. Búscate otro abogado. Puedo cuidarme sola. No necesito un contrato de confidencialidad ni mierdas para saber que puedo o no decir.

Hago fuerza para abrir la puerta, pero el cierre emite un chasquido seco. Bloqueada. Me giro hacia él, con la rabia empezando a ganarle la batalla al miedo de estar con un posible asesino.

— Abre la puerta. Ahora.

Ilenko no responde con palabras. En lugar de eso, se mueve tan rápido que mis sentidos apenas logran registrarlo.

Antes de que pueda volver a tirar de la manilla.

, su mano se estampa contra la ventanilla, justo al lado de mi cabeza, bloqueando cualquier posibilidad de vida de escape.

El estruendo del golpe retumba en el coche. Silenciando mi rabia de golpe.

Su cuerpo se inclina sobre el mío, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda se hunde contra la piel fría del asiento.

Me tiene completamente atrapada entre la puerta bloqueada y si propio peso.

Me mira con una intensidad que provoca que me sienta como una presa acorralada, aunque no estoy segura de querer huir.

— No me has entendido, Rachel — su voz es un susurro ronco que golpea directamente en mi cuello — . No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando de tu nueva realidad.

Lentamente desliza su otra mano hasta mi barbilla, obligándome a alzar el rostro para que no pueda romper el contacto visual. Sus dedos queman. No es una caricia, es un agarre de hierro que me recuerda que, si quisiera, podría romperme por completo en este mismo instante.

— Puedes gritar, puedes odiarme y puedes maldecir mi nombre todo lo que quieras— continúa, acortando la distancia hasta que sus labios rozan mi oreja—, pero vas a bajar de este coche, vas a entrar en ese edificio conmigo y vas a firmar cada maldito papel que te ponga delante.

Tu libertad murió en el momento en que me miraste a los ojos en aquella celda. Ahora me perteneces… profesionalmente.

El vello de mis brazos se eriza, y no por el miedo solamente. Es una chispa oscura y enferma que surge cuando alguien te arrebata el control por completo.

— No puedes obligarme— Consigo articular.

— Mira fuera abogada—dice él, y su voz desciende a una frecuencia tan baja y rasposa que me eriza la piel

Se limita a señalar con una gesto seco de cabeza hacia el espejo retrovisor. Me obligo a desviar los ojos de sus labios, respirando con dificultad, y clavo la mirada en el cristal.

A tres metros por detrás del nuestro, aparcado en la penumbra de la acera, hay un sedán negro con los cristales opacos. No lleva placas de matrícula visibles. El motor sigue al ralentí, escupiendo un hilo sutil de humo grisáceo por el tubo de escape en medio del frío de Manhattan.

— Nos han seguido desde que cruzamos los arcos de seguridad del juzgado — continúa Ilenko sin apartar su cuerpo del mío, encerrándome en su calor—.

Y te austero que no son hombres del departamento de policía ni agentes del FBI.

Esos son chapuzas, se dejan ver. Los que están en ese coche no llevan placa ni les importa el debido proceso.

Observo la silueta de dos hombres en el interior del vehículo. No se mueven. Simplemente permanecen en silencio, con la vista clava en nuestro coche.

— Si abro esta puerta ahora mismo y te dejo caminar sola — susurra Ilenko, acortando la distancia hasta que su aliento me quema la mejilla—, no llegarás ni a la esquina. Te subieran a ese maletero antes de que puedas gritar o pedir ayuda.

— ¿Quiénes son ?— consigo articular, sintiendo que la garganta se me cierra.

— Gente que prefería respuestas rápidas antes que juicios.

Gente para la que tu apellido significa una moneda de cambio o un cabo suelto que tienen que cortar.

— Su agarre en mi barbilla se ejerce con presión quirúrgica, obligándome a volver a mirarlo a él, a sus ojos oscuros indescifrables— Así que la ecuación es bastante simple Rachel; o entras de mi mano y firmas dejando que te proteja, o sales por esa puerta y le das la bienvenida a quienquiera que esté en ese coche. Vive y firma, o sal y muere. Tú eliges.

— ¿Por qué a mí? …— Sus labios siguen peligrosamente cerca de los míos.

— Porque eres la única que ha tenido los cojones de sostenerme la mirada en ese calabozo — Responde, y por un segundo, su agarre en mi barbilla se suaviza — y porque me gusta lo que veo cuando estas bajo presión. Eres algo que llevo mucho tiempo buscando.

Sin esperar respuesta, Ilenko se incorpora, devolviéndome el oxigeno de golpe. El cierre centralizado emite un chasquido que esta vez suena a sentencia definitiva.

Antes de abrir su puerta, sus ojos recorren lentamente la calle. El coche negro sigue ahí.

Los hombres continúan dentro, pero sin quitar los ojos de nosotros.

Solo entonces abre la puerta, sale al air gélido de la noche, rodea el coche y me ofrece la mano.