Indefendible (El legado de Volkov 1) 7. PREGUNTAS
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7. PREGUNTAS

Earned It — The Weeknd

A la mañana siguiente me despierto con un estridente dolor de cabeza, que trato de aliviar con un café y una ducha rápida.

El aroma de las rosas  todavía parece seguir impregnando en el apartamento. Aunque el ramo acabó anoche en la basura, la sensación de que alguien estuvo aquí sigue pegada a mi piel.

Hoy es el día de la primera vista y no se si estoy lo suficientemente preparada o completamente aterrada.

Me pongo la ropa de deporte y me dispongo a ir al gimnasio a desfogar toda la tensión que tengo acumulada. Mi cabeza está completamente bloqueada y es algo que no puedo permitirme.

Salgo a la calle y el frío de la mañana me azota la cara. Me enciendo un cigarro por el camino tratando de calmar la ansiedad que apenas me deja respirar.

— Buenos días. — saludo al chico de la recepción.

— Hola, Rachel.

Voy a los vestuarios y dejo mis cosas en la taquilla. Mientras me vendo las muñecas mi cabeza no para de pensar en las rosas que recibí ayer. Me agobia pensar que alguien ha estado en mi casa sin mi consentimiento y ha usurpado mi tranquilidad.

Ajusto la cinta sobre los nudillos, apretando el tejido hasta sentir la presión exacta en las articulaciones.

Necesito el dolor físico para acallar el ruido mental.

Me enfundo los guantes rojos de piel y camino hacia la zona de entrenamiento, donde un saco pesado de cuero cuelga en mitad del espacio.

Empiezo con un ritmo suave, marcando el peso con los pies sobre la lona.

El impacto seco del cuero contra el saco retumba en la sala vacía. Aprieto los dientes. Con cada golpe me viene la imagen de Christian sonriéndome, reduciéndome a un apellido.

Golpeo con más fuerza, sintiendo la vibración subiendo por mi brazo. Aparece el rostro del agente Smith, mirándome por encima del hombro, convencido de que la defensa no es más que un trámite antes de la condena.

El aire empieza a faltarme en los pulmones, pero no me detengo.

Aumento la intensidad, acelerando el pulso hasta que el sudor comienza a resbalar por mi espalda.

Sin embargo, por mucho que golpee el cuerpo, no consigo quitarme de encima el olor metálico y dulce de esas rosas.

¿Quién las dejó? ¿Y si mi están vigilando?

Doy un paso al frente y descargo un golpe seco, brutal, que hace oscilar el saco con violencia.

De pronto, la imagen que invade mi mente, son los ojos azules de Ilenko. Su voz retumbado en la sala de interrogatorios: «¿Qué es lo que usted necesita creer?». Sus manos limpias de sangre. Sus nudillos intactos. Su sonrisa enigmática a milímetros de mi rostro.

Lanzo una ráfaga ininterrumpida de golpes, rápida y desesperada.

— ¡Concéntrate, Rachel! — me digo entre dientes, descargando toda la rabia acumulada—. ¡Joder!

Doy un último puñetazo con todas mis fuerzas.

Me quedo apoyada contra la superficie de cuero, con la frente pegada a la piel fría, jadeando. El sudor me cae por la frente y el corazón me martillea las costillas con si se quisiera salir del pecho. Mis brazos tiemblan bajo el peso de los guantes.

Me retiro el pelo pegado a la cara. El dolor físico me ha devuelto a la realidad. Me quito los guantes y las vendas antes de beber agua, viendo mis nudillos enrojecidos.

Las marcas aparecen cuando hay violencia, y el no tiene ninguna.

Me dirijo a las duchas con una determinación renovada. La rabia se ha transformado en algo mucho más frío y útil: lucidez. Hoy no solo vengo a enfrentarme a un tribunal. Sino a un juego donde las reglas las está dictando un demonio. Y no pienso que nadie me gane la partida.

Tras una ducha rápida que aplaca el calor del entrenamiento, recojo mis cosas, abandono el gimnasio y regreso a mi apartamento. Me visto con un traje de chaqueta oscuro, sobrio pero impecable, ajustando la ropa frente al espejo con la mente despejada y concentrada.

Salgo de casa bastante antes de la hora prevista, para poder hablar con Ilenko a ver si hay algo más que pueda esclarecer. Pero ese hombre es un muro de acero imposible de atravesar.

Pero sobre todo, para hablar con el conserje para ver que coño paso anoche como para que entrasen en mi casa de esa manera.

— Buenos días. — e acerco por detrás a Richard, el conserje de mi comunidad.

— Buenos días señorita Rachel ¿mucho trabajo?— me sonríe entrañablemente. Al final es un abuelito que te dan ganas de achuchar, pero son sentimientos que siempre reprendo dentro de mí.

— Un poco Richard — Hago una pequeña pausa antes de abordarle con la pregunta — ¿Ayer vino alguien a verme en mi ausencia o a dejarme algún paquete?

Siento que me mira extrañado, llego cinco años así y nunca le había preguntado nada. Todo lo contrario, al final nunca se le escapaba nada.

— No señorita, ¿ha pasado algo? — Arquea las cejas con dudas.

— Nada no se preocupe, eh…. Estaba pendiente de un paquete que esta por llegar, pero gracias.

— Bueno, no se preocupe que yo la aviso por lo que sea.

— Muchas gracias — le digo, dándome la vuelta — Me tengo que marchar a trabajar.

— Tenga cuidado.

Por un instante me detengo. No sé si me estoy sugestionando ya con tanto crimen y con tanta historia o esa frase iba con doble sentido.

Trato de apartar el pensamiento, como hago últimamente con todo y me dirijo al Kings County Criminal Court con mil dudas en la cabeza.

Antes me paro a comprarme un buen café de especialidad delante de ésta, y al otro lado de la calle, una silueta llama mi atención.

Es solo un segundo. Cuando vuelvo a mirar, ha desaparecido.

Me quedo observando una y otra vez, pero no consigo averiguar de quién se trata, de modo que me pongo en marcha.

Termino mi café de un trago, sintiendo como la cafeína golpea mi sistema nervioso. Cruzo la calle y entro al tribunal esquivando la prensa como una verdadera experta.

Camino por los largos pasillos hasta que llego a la sala de visitas.

El aire aquí dentro siempre está tres grados más frío.

Ilenko ya está sentado en la silla, guardando la  misma posición que la última vez que le vi: la misma postura depredadora, la misma mirada que parece atravesar la piel y leer mis secretos.

Esos mismos secretos que yo intento descifrar de él.

— Llegas tarde letrada — dice. Su voz suena como el rugido de un motor a los lejos: sordo y peligroso —. Una vez más.

— No eres él único que ocupa mi vida.

Sus ojos se oscurecen ante mi respuesta, perdiendo ese brillo de burla y sustituyendo por ira.por primera vez desde que le conozco, veo como la sonrisa desaparece por completo en su rostro.

Noto la tensión en sus hombros, esa necesidad de control que lo define, pero yo ya he abierto mi Macbook y no pienso cederle mi un centímetro de mi espacio emocional.

— Escúchame bien Ilenko, porque solo te lo voy a explicar una vez y necesito tu máxima atención — digo, ignorando su actitud para concentrarme en la pantalla — .

Hoy lo que tenemos es una comparecencia inicial bajo la regla .

Es un acto meramente procesar, pero crítico.

El magistrado procederá a la lectura formal de los cargos y verificará que comprendes tus derechos constitucionales.

Hago una breve pausa para teclear una nota rápida, manteniendo el tono clínico y distante que usaría con cualquier otro cliente de alto riesgo, a pesar que se que va a ser el cliente que marque por completo mi carrera.

— En cuanto el juez me conceda la palabra, presentaré una declaración de no culpabilidad para poder preservar todos tus derechos de defensa, lo más importante viene después, la fianza.

La fiscalía va a invocar la Ley de Reforma de Fianzas para pedir tu detención preventiva sin fianza, argumentando riesgo de fuga y peligro para la comida debido a la naturaleza de los cargos por delitos graves.

Yo voy a debatirlo solicitando una vista de detención para los próximos días.

Noto como Ilenko me intenta interrumpir, pero levanto una mano para silenciarlo, sin ni siquiera mirarlo. Pero puedo atisbar un amago de sonrisa que hace que me tiemblen las piernas.

— Mi estrategia se basará en proponer un paquete de fianza restrictivo: arresto domiciliario, vigilancia electrónica y una fianza por activos sustanciales.

No quiero que abras la boca a no ser que el juez te pregunte directamente tu nombre.

No gesticules, no busques contacto visual con la prensa y sobre todo, no intentes amedrentar al fiscal.

Mi trabajo es que no salgas de esa sala hacia una prisión de máxima seguridad por tiempo indefinido. ¿Ha quedado todo claro?

— Empiezo a comprender por qué todo el mundo habla de ti.— susurra con una sonrisa macabra…. — Cuando salgamos de aquí, tendremos que hablar sobre un contrato en condiciones como abogado y cliente, no esta cobertura de oficio por la que el Estado te paga una miseria.

Abro la boca para protestar, pero prosigue antes de darme margen.

— Le haré caso en todo lo que me diga, letrada … pero no se olvide de con quien está tratando.

Me quedo con las palabras en la garganta, sintiendo el peso de su propuesta. No es una oferta de trabajo; es una reclamación de propiedad.

Antes de que pueda responder que mi ética no está en venta, no pienso vincular mi carrera a un hombre como del, los guardias entran en la sala.

El sonido metálico de las esposas al ponerse de pie me devuelve a la realidad.

— Se acabó el tiempo. — Es el agente Smith el que inunda la sala con su presencia.

— Un momento — pido antes de que se le lleven.

— No hay tiempo.  — Smith me resulta cada vez más exasperante. No sé que atractivo le vi días atrás, pero lo está perdiendo a pasos agigantados. Siento cómo me toma del brazo y me desprendo con fuerza.

Me acerco a Ilenko para susurrarle al oído, evitando que el resto nos escuche.

— Recuerde que va a tener que identificarse por completo si quiere que esto funcione, además de aportar una dirección donde estar localizado en todo momento.

Sonríe, acerca sus labios a mi oreja lo que hace que me recorra un escalofrío por cada parte de mi piel..

— Si quería tenerme cerca, solo tendría que habérmelo dicho.

Aprieto la mandíbula mientras desaparece al otro lado de la puerta. No debería provocarme semejante efecto. Y, sin embargo, cada conversación con él me deja con más preguntas que respuestas.