6. DESPEJARSE
Oblivion — Bastille
Necesito una copa. Es el único pensamiento capaz de imponerse al caos que me retumba en la cabeza.
Me dirijo a Harriet's Rooftop, un pub con unas vistas y copas magníficas sin dudarlo. Podría ir en Uber sería mas seguro, pero necesito caminar y congelarme cada una de mis ideas bajo el frío de la noche.
Al llegar, el establecimiento está lleno de gente trajeada y bien arreglada. No es un bar cualquiera; es uno de esos lugares donde se reúnen empresarios, abogados, políticos y gente con demasiado dinero. Y, para ser sincera, me encanta colarme entre ellos.
Me abro paso entre la multitud. Aquí el aire huele a perfumes caros y a ambición destilada. Por fin nadie me mira como «la hija de» ni como «la abogada del asesino de Brooklyn».
—¿Noche larga letrada? — Me pregunta el barman, que ya me conoce desde mis noches de supervivencia tras los exámenes de la facultad.
—La más larga de mi vida , Marcus — respondo, observado cómo la aceituna se hunde lentamente en el fondo de la copa.
Doy un trago largo. El alcohol quema mi garganta de forma deliciosa, anestesiando por un momento la vibración que todavía siento en mí.
Desde aquí, a través de los enormes ventanales Nueva York parece una joya resplandeciente, pero yo solo puedo ver las sombras.
—Ponla otra — dice un hombre alto y fornido perfectamente trajeado a mi lado, cuando estoy apurando la mía.
Me giro para verle mejor. Conozco perfectamente ese acento italiano y esos ojos negros.
—¿Quién ha dicho que quiero otra?
Marcus se ríe tras la barra.
—A la velocidad a la que te has bebido la primera, cualquiera diría que no…
—No recuerdo haber pedido compañía , y mucho menos la tuya, Christian— Noto cómo Marcus deposita el nuevo Martini frente a mí.
—Considéralo un gesto de paz— responde él con una sonrisa perfecta, de esas que han costado miles de dólares en dentistas de Park Avenue.
Se inclina un poco hacia mí, pero sin invadir mi espacio, con una elegancia estudiada, impecable.
Justo lo contrario que Ilenko, cuya sola presencia impone sin necesidad de intentarlo.
— Te he visto entrar y, qué quieres que te diga, echaba de menos tu compañía.
Me guiña un ojo y se acerca un poco más. Hay algo que esta claro en esta vida, y a pesar de lo mucho que adora mi padre a este hombre, es que las segundas partes nunca fueron buenas.
Le estudio a través del cristal de mi copa. Su traje es, un Hugo Boss hecho a medida, que grita Wall Street o bufete de lujo. Es guapo de una forma convencional, segura, cálida. Sin embargo, su ego resulta insoportable.
— No quiero ni tus invitaciones ni deseo nada de ti, Christian.
Él suelta una risa ligera, un sonido aterciopelado que solo logra que apriete más mi copa.
— Dudo mucho que sea eso cierto. Tienes delante al Fiscal general de Nueva York que trabaja codo a codo con el FBI…
—Hablas demasiado. — Lo corto sin mirarlo. Me bebo el Martini de un trago y me pongo de pie — Marcus, que pague él.
— Todavía estás a tiempo de que formemos esa pareja indestructible juntos, tu apellido y mi puesto nos llevarían…
— A nada. No nos llevarían an nada, porque en tu puta vida estaría contigo. — Le corto y me levanto, no sin antes guiñarle un ojo y salir rápido por la puerta del local.
Ni una puta copa sola puedo tomarme tranquila coño.
No se como pude estar con el durante años.
No hacía más que intentar opacar mi crecimiento para que destacara el suyo.
Estoy segura de que ese puesto le cayó del cielo.
Es un poco triste necesitar de ayuda para crecer porque seas un mierda engreído.
Si gana juicios es por labia, no por su mente.
Me subo al taxi que se detiene en la avenida, deseando llegar a mi piso.
Después de un viaje de veinte minutos en el que el taxista no ha dejado de hablar sobre el tráfico mientras yo miraba mi reflejo en la ventanilla, el coche se detiene frente a mi edificio. Pago y bajo rápido, sintiendo que el aire de la madrugada me despeja hasta la última bruma de alcohol.
Subo en el ascensor en silencio, observando los números digitales subir con una lentitud desesperante. Piso 12.
Al llegar a mi puerta, busco las llaves en el bolso y entro en el apartamento.
Antes de encender la luz, noto que algo pone en alerta.
El aire no está estancado como debería estarlo tras horas de ausencia; hay una corriente sutil, el rastro de una ventana mal cerrada.
Dejo las llaves en la entrada y finalmente enciendo la luz.
En silencio absoluto entro hacia el salón y observo alrededor. Todo mi apartamento minimalista y ordenado hasta la obsesión, parece el mismo. Pero entonces lo veo. Sobre la mesa del centro. Hay un ramo de rosas rojas, mas que rojas, granates.
Algo me invade por dentro, no se si miedo, desconcierto o que coño es.
El portero no me ha dicho nada al entrar y aún así el no puede entrar en mi casa.
Cojo las rosas y aspiro su olor, complejo e intenso. Variando desde notas dulce, frutales y melosas.
Busco alguna nota o algo dentro del ramo pero no hay nada.
Dejo el ramo sobre la mesa, apartándome de él como si pudiera quemarme. Mis ojos vuelan hacia la ventana del salín. Está cerrada, pero el pestillo no está encajado del todo.
Alguien definitivamente ha estado aquí.
Alguien ha respirado mi aire, ha caminado sobre mi alfombra y ha dejado un ramo que costara como mínimo doscientos dólares.
Me armo de valor y lo tiro a la basura. En cierta parte me encandila y me repugna el olor de las rosas impregnado por la casa, pero me da igual.
Verifico todos los cerrojos y cerraduras antes de ponerme el pijama e irme a la cama.
Mi cabeza quiere sobrepensar pero no se lo permito.
Alguien acaba de cruzar una línea que nadie debería cruzar. Y tengo la sensación de que volverá a hacerlo cuando quiera.