5. LAS CINCO
The Hills — The Weeknd
A las cinco de la tarde, la luz de Nueva York tiene ese tono grisáceo y sucio que parece que filtrarse por los poros de la piel.
Bajo del Uber dos calles antes de la comisaría, esperando que mi abrigo largo y mis gafas de sol sean suficiente escudo contra el ruido de la calle.
Pero resulta inútil. La prensa esta en la puerta de la comisaría y las preguntas llegan a la par que los empujones.
—«¿Es usted la defensa del asesino de Brooklyn?».
—«¿Su padre interviene en el caso?».
—«¿Cómo es capaz de defender a un monstruo de semejante calaña?».
Por suerte el agente Bennett sale a mi defensa y me saca del embudo en el que me han metido los periodistas. Prácticamente me arranca de allí antes de que una cámara termine incrustada en mi cara.
Cuando se cierran las puertas tras nosotros, el ruido de los periodistas se cambia por el bullicio de agentes hacia un lado y el otro.
—¿Está bien? — me pregunta Bennet.
—Si , no se preocupe. — Trato de disimular el agobio que me ha producido el momento.
—Desde luego son insaciables de información, y luego tergiversan a su antojo.
—Ahí estamos de acuerdo. — Le dedico una leve sonrisa. Mi fijo en su tez morena y ojos verdes. No es tan duro como el agente Smith, es más amable y cercano. Y se agradece en situaciones así.
—Bueno, el agente Smith no se encuentra disponible ahora. — me explica mientras Entranos en una sala de reuniones—. Me ha pedido que le entregue el expediente completo del caso. Cuando lo haya revisado y este lista para la reunión, solo tiene que avisarme.
—Perfecto. Muchas gracias.
Cierra la puerta al salir, gesto que agradezco enormemente, pues requiero calma y concentración.
Me siento en el escritorio y me preparo mentalmente para todo lo que voy a leer en estas carpetas.
La que me entregaron ayer solo tenía fotografías del último crimen. Estas, en cambio, recogen las autopsias detalladas, la relación de pruebas y las fotografías de los dieciséis asesinatos perpetrados en menos de cuatro meses. Uno por semana. Todos los miércoles.
Conforme reviso los folios uno a uno, me percato de algo determinante: no existe una sola prueba incriminatoria directa contra Ilenko.
Hay ADN que todavía no se ha analizado. Y no hay huellas dactilares. Por lo que el sospechoso usa guantes para no dejar pistas.
Tiene cierta devoción por las rubias con ojos claros. Los cortes son exactamente siempre los mismos y cuenta con una red de tecnología implacable, ya que siempre que deposita el cuerpo en las estancias de la ciudad, ninguna de las cámaras de las calles lo registra.
Las víctimas tienen signos de violencia, se han defendido con uñas y dientes. Pero Ilenko no tiene ni una sola herida.
Las supuestas pruebas gritan una cosa. Mi intuición, en cambio, apunta a una dirección opuesta.
Una vez revisado todo, aviso al agente y me baja a las salas de los calabozos para mi cita con él. Estoy fuerte y preparada para no entrar en sus juegos mentales.
No hay ningún indicio para él. Más que encontrarle en la escena del crimen y su forma de ser. Un auténtico depredador.
El sonido de mis tocones contra el suelo silencia mis pensamientos en el pasillo. El agente Bennet me abre la última puerta de seguridad.
—Estaré justo fuera letrada. Cualquier cosa que necesite solo tiene que avisarme— me ofrece con una sonrisa demasiado amable, que en este sótano está completamente fuera de lugar.
—No será necesario, pero gracias.
Entro. Las sala es pequeña, asfixiante y el olor a tabaco rancio y metal se me incrusta en las fosas nasales.
La puerta se cierra con un estruendo metálico, que resuena en cada uno de mis huesos, y de repente, el mundo se reduce a esta caja de hormigón… y a él.
Ilenko permanece sentado al otro lado de la mesa, impugnando cada centímetro cúbico de la habitación. No es solo su corpulencia; posee una anatomía diseñada para imponer.
Su mandíbula dibuja una línea limpia bajo una barba de dos días que le otorga un rasgo salvaje y peligros.
Luciendo el cabello rubio y revuelto sobre la frente, lo que detiene el pulso es el ton o de sus ojos; un azul gélido, semejante al acero pulido, con una inteligencia tan agitanada que transmite la sensación de estar escudriñando el alma capa por capa.
Resulta insultantemente atractivo, de una forma cruda y masculina que no pide disculpas por existir.
Sus hombros son anchos y la camiseta gris que viste se amolda a su musculatura con cada respiración pausada.
La postura de sus manos descansando sobre la madera evoca la imagen de un depredador en reposo: un felino que no requiere rugir para dejar claro quién domina el territorio.
Sostiene mi mirada sin parpadear, dibujando una leve sonrisa que no pretende ser cortés, es el gesto de quien custodia un secreto que tú aún no te atreves a nombrar.
—Has tardado cincuenta y ocho minutos más de lo previsto, Rachel. — Su voz es un barítono profundo, un murmullo que vibra en el aire y que me recorre la columna vertebral como una descarga— Empezaba a pensar que el infierno le había dado miedo.
Me obligo a soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. El magnetismo que desprende es casi físico, como una gravedad que me empuja hacia él.
Dejo las carpetas sobre la mesa con un golpe seco, un intento de recuperar mi máscara fría de abogada, aunque mi pulso me traicione.
—Es lo que tiene revisar la carnicería por la que te imputan, Ilenko— Le suelto, sosteniéndole el desafío— Y lo que me da miedo no es el infierno, sino lo mal que mientes.
Él arquea una ceja, divertido y se inclina ligeramente hacia delante. El olor de su piel, una mezcla de jabón neutro, tabaco y ámbar, me envuelve de golpe.
—¿Miento? — Repite, saboreando la palabra — yo no miento Rachel. Solo dejo que los demás crean lo que necesitan creer para dormir por las noches. ¿Qué es lo que usted necesita creer?
—¿Qué es lo que quieres que crea? — entro de lleno en su juego.
—Pregúntese por qué está aquí, haciendo preguntas que ya tienen respuestas.
El dilema moral esta empezando a hacer mella en mí. No debería estar aquí. Pero siento que hay algo mucho más grande detrás de todo esto. Pero otra parte de mí me avisa del peligro inminente que tengo delante. Pero no le hago caso.
—¿Le digo lo que creo? — Me levanto y ando por la sala hasta que me acerco a él por la espalda y me acerco a su oído, metiéndome de lleno en esta partida de ajedrez — Un asesino que mata con sus propias manos a jóvenes que intentan defenderse tendría heridas de guerra.
Pero usted no tiene ninguna. Nos estas engañando a todos.
— Le susurro, arrepintiéndome en el mismo momento de decir esto.
Al fin y al cabo hay algo dentro de mí que me dice que no lo hizo.
Pero esa arma no quería sacarla tan pronto.
—Creo que a a usted no la estoy engañando— sentencia cuando me pongo de nuevo frente a él.
Me quedo petrificada bajo su mirada. Sus ojos parecen quemar la distancia que nos separa. He soltado la bomba, he dicho en voz alta lo que nadie más en este edificio se ha atrevido a pensar, y su respuesta me ha dejado más expuesta de lo que estaba antes.
—Si no eres el asesino de Brookyln… —comienzo a articular , con la voz un poco más quebrada de lo que me gustaría—, ¿qué hacía en ese callejón? ¿Por qué se deja atrapar?
Ilenko se levanta. Muestra una estatura imponente, una mole de firmeza y magnetismo que me obliga a inclinar la cabeza hacia atrasa para sostenerle la mirada.
Avanza un paso, invadiendo mi espacio hasta transmitirme el calor que emana de su cuerpo.
—A veces, letrada, hay que entrar en la jaula para saber quién guarda la llave —Su voz es un rugido suave, peligroso—. El verdadero monstruo puede que siga fuera … o puede que lo tenga delante.
Se detiene a milímetros de mi rostro. Por un segundo, creo que va a matarme o …. Destierro ese pensamiento antes siquiera de permitirle tomar forma.
Recuerdo que tengo a un jodido supuesto asesino frente a mí y refuerzo mi compostura empujándole hacia atrás con fuerza, pero no se mueve ni un milímetro.
Pero no me asusta.
—Ocupe su lugar ahora mismo por favor — intento aparcar el temblor de mi voz.
—Por su puesto, Rachel.
Se da la vuelta no sin antes volver a dedicarme otra de sus miradas penetrantes. Tengo que recordarme una y otra vez que es un depredador frío, calculador y seductor. Supuestamente.
Sus labios vuelven a curvar en una sonrisa enigmática. Está jugando al gato y al ratón. Y está claro quien soy yo en la historia.
Ando por la sala y miro las carpetas de nuevo, tratando de serenarme. Saco el primer caso con sus escalofriantes fotografías poniéndoselas frente a él.
—¿Quién ha hecho esto? — Pregunto seria y firme.
—Un hijo de puta.
Está jugando conmigo y no me gusta.
—Le recuerdo que soy su abogada. Y que si no me ayuda en este caso no tendremos nada que hacer frente al juez.
—¿Y quién dice que necesita mi ayuda?— El egocentrismo que transmite su tono me crispa los nervios.
—Se acabó — sentencio, recogiendo las carpetas de un manotazo —. Nos veremos en el juicio.
Pulso el botón de la puerta para que los agentes entren de nuevo y se le lleven a su celda.
—Recuerda letrada….— me dice por última vez — quién es el verdadero enemigo.
Mi cuerpo tiembla sin darme cuenta. Su voz provoca algo en mi que no soy capaz de describir.
Salgo de la sala derrotada y me encuentro al agente Smith frente a mí. Su cercanía me asquea; desprende ese aire de grandeza, de ambición política que intenta disfrazar de deber policial. Cosa que no ví cuando le conocí hace apenas 24 horas. Pero por suerte soy demasiado analizadora.
—¿Te ha dicho algo? — Inquiere abalanzándose sobre mí.
Le sostengo la mirada con toda la frialdad que soy capaz de reunir. Reajusto el maletín y el bolso en mi brazo y esbozo una sonrisa profesional, cortante como el cristal.
—Agente, me sorprende que me haga esa pregunta — replico en voz baja —. Conoce de sobra la vigencia del secreto profesional. Lo que mi cliente me diga en esa sala es, a efectos legales, un secreto de confesión.
Smith abre la boca para replicar, pero no le dejo espacio.
—Si le revelara una sola palabra de nuestra conversación, no solo estaría violando la ética de mi profesión, sino que el juez anularía cualquier prueba derivada de ello por contaminación procesal.
Así que, a menos que quiera que este caso se desmorone por su impaciencia de meter a alguien en la cárcel, le sugiero que me deje marchar.
Noto como la mandíbula de Smith se tensa. Se que está furioso, pero la ley es un muro contra el que no puede chocar.
—Solo intento ayudarla — noto como baja los hombros en señal de relajación — ese hombre es un monstruo: no solo se niega a confesar, sino que no aporta un solo dato dilatorio ni figura expediente alguno sobre él en las bases federales.
—Si hay algo que sepa, lo sabrá el tribunal en su debido momento y bajo mis condiciones— lo corto con rotundidad— Ahora, si me disculpa, tengo una defensa que preparar.
Paso por su lado sintiendo una mirada de odio clavada en el pecho. A pocos hombres les gusta que las mujeres pasemos por encima de esa manera. Pero a mi me encanta pasar por encima de ellos.
Salgo a la calle y el aire gélido de la noche neoyorquina me golpea con fuerza. Solo cuando estoy a una distancia prudencial de la comisaría, me permito soltar un suspiro tembloroso.
He usado la ley para proteger un secreto que ni yo misma entiendo. He usado el privilegio abogado – cliente para cubrir a un hombre que aparentemente es un jodido monstruo.
Pero hay algo que me atrae a él de una manera desesperada.
«El verdadero enemigo» había dicho Ilenko.
Miro una última vez el edificio de la comisaría. Horas antes estaba convencida de que el monstruo estaba encerrado entre esas parees. Ahora ya no sé si el monstruo esta dentro… o lleva una placa colgada del cuello.