4. GRITOS
Demons — Jacob Lee
— ¡ RACHEL, AbrE LA PUTA PUERTA!
Bum, bum, bum.
Los golpes y los gritos me despiertan completamente sobresaltada. Miro el teléfono y veo que son más de las dos de medio día y una docena de llamadas perdidas.
Me levanto corriendo a abrir la puerta.
—¿Papá? — Pregunto sorprendida, al encontrármele en la puerta de mi casa desencajado, y fuera de sí.
—¿Porqué cojones no coges el teléfono, eh? Llevo llamándote desde hace más de dos horas. — Se abalanza para abrazarme, atrapado entre la angustia.y el enfado.
Miro el teléfono de reojo para ver que no tengo ninguna otra llamada que no fuera de él. Mi guardia acabo a las 9 y llegué más tarde de eso a casa.
—Estaba dormida…. — intento justificarme mientras veo como me repasa de arriba abajo — ¿Ha pasado algo para que vengas hecho un basilisco?
—¿¡ Qué si ha pasado algo?! — vuelve a gritar — ¿Me puedes explicar por qué coño mi hija va a defender a uno de los asesinos en serie más crueles en una década y me he tenido que enterar por las putas noticias?
Claro. La prensa. No había pensado en la repercusión que tendría defender a un asesino en serie.
No había caído en la cuenta de que mi nombre iba a salir a la luz. Caí sumamente rendida mientras revisaba todos los informes que no me di cuenta que iba a estar más que perseguida por la prensa con esto.
—Calma papá, escúchame un momento.
Por fin deja de hacer aspavientos por toda la casa y se queda mirándome con los brazos en jarras y un rostro lleno de preocupación.
—Me llamaron anoche y yo no sabía nada. Me encontré ahí al FBI y tuve que hacer la primera entrevista y después de interrogar al sospechoso me vine a casa y caí rendida.
—¿Me estás diciendo que has interrogado a ese hombre sin saber absolutamente nada ni de su expediente ni de su historial ? Esto es una jodida locura Rachel. Por lo que he investigado es un manipulador, seductor, un puto psicópata….
—Lo sé, joder — lo interrumpo — pero ya no puedo hacer nada, me asignaron el caso.
—¿Cómo que no? Este caso debería llevarlo un abogado con más experiencia y….
Esa confesión me caen encima como un puto jarro de agua fría.
—Y ¿qué, papá? ¿Alguien en un bufete de renombre? ¿Alguien que no sea una novata ? ¿Qué es lo que pasa? ¿No me ves capaz de llevar el caso? ¿No dices siempre lo orgulloso que estas de mí? — La ira bulle por mis venas como un puto volcán en erupción.
—No quería decir eso…. Hija— Se acerca a abrazarme pero me retiro.
—Seguro que no ,papá. ¿Pero, sabes qué? Te darás cuenta de qué tu hija vale mucho más que para hacer putas fotocopias. Y no te preocupes que no te decepcionaré, no mancharé tu apellido. — Su mirada se vuelve fría y dura en lo que yo intento controlar mis jodidas emociones.
—Hagas lo que hagas, esto va a ser un error— sentencia. Hace una pausa cogiendo aire hondo antes de seguir— Si consigues que lo liberen, te perseguirán el resto de tu vida por soltar a un monstruo; y si evitas la pena de muerte, ocurrirá lo mismo, porque es lo mínimo que se merece ese cabrón.
Me quedo en silencio tratando de sopesar la respuesta. En parte tiene razón. Pero hay algo que me dice que hay mucho más por solucionar y averiguar que el supuesto sota, caballo y rey que tenemos delante.
—Si no tienes nada mejor que decirme, te agradecería que te fueras. Quiero ducharme y descansar.
Me dirijo hacia la puerta para indicarle la salida. Ninguno de los dos encaja bien esta disputa, siempre hemos estado muy unidos; pero que dude de mi capacidad profesional me duele.
—Hija… lo siento — Me da un beso en la mejilla pero no le miro.
—Déjalo por hoy.
Me dedica una última mirada y cierro la puerta tras de mí.
Me dedico unos segundo antes de dirigirme a la cocina a abrirme una cerveza. Me dirijo a la venta a fumarme un cigarrillo cuando veo decenas de cámaras de la prensa en el hall del edificio.
La angustia me devora por dentro. Todavía no me han puesto cara pero mi nombre y apellido ya sale en los informativos nacionales.
Trato de no darle más vueltas Bastante tengo en la cabeza para preocuparme de las urracas de los periodistas.
Bebo un trago largo y frío, intentando quitarme el sabor a metal que me amarga la boca. Miro mis propias manos. Temblorosas, nerviosas. Luego recuerdo las de él.
Ilenko no tenía el pulso acelerado. Ni una sola mota de sangre bajo las uñas.
Ningún arañazo reciente. Ninguna rigidez en los antebrazos propia de una pelea.
Un descuartizador deja huellas físicas aunque intente borrarlas.
El hombre sentado frente a mí era un monumento al control. Demasiado limpio. Demasiado impecable.
Me alejo de la ventana asqueada por el circo callejero que hay debajo, cuando mi teléfono vibra sobre la encimera. Es un número que no conozco y deduzco que es alguien del FBI o incluso de la prensa, no me queda otra que cogerlo.
—¿Dígame? —contesto en tono seco.
Al otro lado solo responde el silencio durante unos segundos. Una respiración pausada me hiela la sangre.
Entonces, esa voz grave y rasgada que arrastra cada palabra como sobre hielo me golpea de lleno:
—Letrada Brown.
Ilenko. Se me corta la respiración y me quedo paralizada en medio de la cocina, con la cerveza olvidada en la mano.
— ¿Cómo demonios has conseguido mi teléfono? ¿Cómo has conseguido llamarme? — Susurro, aterrada por la posibilidad de que alguien que no debe esté escuchando.
—Las paredes tienen grietas, Rachel. Solo hay que saber dónde mirar —responde él con una calma exasperante.
—Eres un auténtico demonio— Suelto, a la vez que mi voz tiembla de rabia y desconcierto— Un jodido manipulador que no solo juega con mujeres, si no que también juega con el sistema incluso estando entre rejas.
Se oye una risa breve y seca que me eriza el vello de la nuca.
—No me la imaginaba tan ingenua letrada, se equivoca— dice, y noto cómo su tono se vuelve más denso, más oscuro— .No soy un demonio. Es posible que solo sea el ángel que ha venido para llevarlos a todos al infierno.
El teléfono se corta antes de poder ni si quiera contestar.
Trato de procesar sus palabras en este maldito desconcierto que me mantiene en constante alerta desde hace apenas unas horas.
Me planteo llamar al agente Smith para comunicárselo. Pero hay algo dentro de mí que no me lo permite.
Si no lo reporto legalmente sería un celo profesional que ha cruzado la línea.
La contaminación es un veneno silencioso. Que empieza con una llamada no registrada o un secreto compartido que no figura en las actas, una duda que no le cuentas al fiscal.
Si Smith se llega a enterar de esta llamada llegarían incluso a quitarme la licencia. No por negligencia, sino por algo peor. Haberme convertido en parte de juego de Ilenko.
Mi ética y mi apellido me dicen que denuncie.
Pero mi ambición me dice que si lo hago, perderé el único hilo que me lleva a la verdad que nadie más ve.
Decido rápido y cojo el teléfono marcando sin dudar.
—Agente Smith — contesta al segundo tono.
—Soy la letrada Brown. Necesito una vista con mi cliente esta tarde.
—¿Ha pasado algo?
—No… Necesito hablar con él para poder aclarar algo de la defensa de mañana. — Me lo llevo a la tumba, pero necesito salir de dudas aunque me cueste la carrera.
—Esta bien, pero no debería involucrarse tanto con el caso. Al fin y al cabo sabemos cual va a ser la sentencia.
O no, pienso en silencio.
—A las cinco estaré ahí. Necesito toda la información que habéis recogido sobre el caso. Y la cita con el detenido la quiero a las seis.
— De acuerdo. Me encargaré de todo.
—Perfecto, hasta luego, agente.
Cuelgo el teléfono y me dispongo a buscar de nuevo información sobre lo que tengo delante.
Creo que acabo de venderle mi alma a un hombre que dice ser un ángel mientras me arrastra de la mano, directamente al infierno. Solo por seguir un instinto que ni yo misma entiendo.