Indefendible (El legado de Volkov 1) 2. LA LLAMADA DE MI VIDA
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2. LA LLAMADA DE MI VIDA

The other side — Ruelle

—¿Dígame? – contesto, adormilada.

—¿Letrada Rachel Brown? – mierda.

—Soy yo — Me levanto como si tuviera un resorte de la cama, lista para vestirme y arreglarme corriendo.

—Tenemos un caso para usted, necesitamos que se presente en la comisaría de Nueva York número 60 lo antes posible. – dice el oficial.

—Perfecto en menos de una hora estoy allí—Me subo las medias por los muslos con el teléfono partiéndome el cuello al sujetarlo con la cabeza— . ¿De qué se trata?

—Se le informará cuando llegue letrada.

— Entendido, voy de inmediato.

Qué raro. Normalmente siempre me informan un poco por encima de los casos que voy a llevar. Sin darle más vueltas me dirijo al cuarto de baño.

No sé qué delito tendré que defender, pero lo que sí debería ser un delito es maquillarme a estas horas de la madrugada.

Termino rápido y mientras pido un Uber por teléfono para llegar a comisaría.

Veo el resultado en el espejo, se ha hecho lo que se ha podido a estas horas; al menos estoy bastante presentable.

Salgo corriendo a coger mi bolso y mi MacBook. Echo un vistazo rápido de que llevo todo lo necesario y, en cuanto me salta la notificación en el teléfono de que mi coche esta abajo, salgo corriendo.

Bajo las escaleras con los tacones en la mano para no matarme por ellas. Al salir del portal me recibe el frío de Brooklyn que hace que me estremezca. Sin embargo, tengo la extraña sensación de que no es el frío lo que acaba de erizarme la piel.

Me subo al coche y me pongo los tacones. Es un viaje corto de unos diez minutos que podría haber hecho andando; pero sabiendo que hay un asesino en serie, suelto por la ciudad, no me arriesgaré.

Llego a comisaría y me arreglo la blusa antes de cruzar la puerta. Al entrar me encuentro con varios agentes del FBI, lo cual me resulta chocante. Para un delito menor nunca están, y es algo que empieza a preocuparme.

—Buenas días — saludo.

Todos se giran hacia mí y sus rostros reflejan aires de …¿preocupación? Imagino que estarán pensando que demonios hace una cría de veinticinco años como abogada de oficio, en lugar de estar escoltando a grandes letrados como un perrito faldero.

—¿Es usted la letrada? — Me pregunta uno de los agentes, arqueando una ceja. Guapo, moreno, fornido y rapado. ¿Me puede gustar algo más que un agente del FBI? Sí, pero no tan gilipollas.

—Si, Rachel Brown. Encantada. — Le doy la mano en un buen apretón como me enseñó mi padre, para no proyectar inseguridad.

—¿Brown? — Frunce el ceño — ¿cómo Michaels Brown? — Ya está aquí la pregunta del millón claro está.

—Efectivamente. Mi padre.

El agente se queda en silencio, intercambiando miradas con su compañero. La tensión en el ambiente se podría cortar con un cuchillo, pero me encargo de romperla.

—Y usted es…

—Henry Smith. Disculpe, pero pensábamos que se había designado a un abogado de oficio…

—Y así es — lo interrumpo de inmediato— . Trabajo por mi cuenta.

Se queda callado, y noto como un abismo de vergüenza inunda su rostro, pero se endereza y prosigue la conversación.

—Bueno le presento, estos son los agentes Bennett y Harrison. Fuimos nosotros quienes detuvimos al acusado.

Les estrecho la mano a ambos con la misma fuerza. Smith intenta resultar intimidarte, pero me mantengo erguida.

—¿Has seguido el caso del asesino de Brooklyn? — Apenas pronuncia las palabras, se me eriza la piel.

—Si claro…—  Digo, tratando de disimular los nervios que me provoca lo que están tratando de decirme.

—Bueno pues ha sido detenido esta noche en el lugar del crimen.

Me quedo completamente helada.

—La prensa no lo sabe todavía, pero le encontramos anoche cuando se encontró el último cuerpo. Corresponde a Lizzie Evans. Su familia todavía no había denunciado la desaparición cuando ha aparecido muerta esta noche.

Me quedo callada, las piernas me tiemblan, pero me obligo a disimularlo rápidamente.

—¿No deberían avisar a un abogado penalista? — Pregunto.

—¿No lo es usted? Es la que estaba de guardia, a parte pone que es Letrada penal, así que a no ser que el cliente solicite su propio abogado, que lo dudo. Es usted la que debe defenderlo. — Contesta rápidamente Smith.

Siento cómo toda la sangre abandona mi rostro. Yo no sé cómo afrontar esto ahora mismo.

—¿Se encuentra bien? —  pregunta Bennett.

—Sí, sólo necesito agua.

El agente Bennett sale corriendo a por una botella de agua. Yo me quedo petrificada oyendo las instrucciones del caso mientras trato de ojear los informes que me dan. Pero solo escucho una cosa.

—Vamos a allá — dice Smith, indicándome el camino con una mano en mi espalda —. Debo de advertirla de que es un depredador. Según nuestros psicólogos, el perfil que se ha hecho del sujeto es que es un seductor nato y estratega emocional.

Avanzo en silencio, asimilando la información. Por mi cabeza desfilan decenas de escenarios perturbadores, hasta que una mano en mi brazo me frena al llegar a la puerta.

—Tenga cuidado letrada, es un asesino al que te enfrentas y tienes que defender, no puedes flaquear frente a él. — Me da una nueva carpeta.

Al abrirla, la sangre se me congela.

Una cosa es leer un parte policial. Otra muy distinta es contemplar el horror con tus propios ojos.

Son las fotos de cada una de las víctimas perfectamente descuartizadas y distribuidas por el suelo.

El nombre aparece en cada una de las fotos y tiemblo al pensar que tengo que enfrentarme al asesino de ellas.

Tiemblo al pensar que debo verme las caras con su verdugo.

Cierro la carpeta con fuerza, respiro hondo y trago saliva.

Puedo con esto.

—Está bien—  consigo articular.

—Adelante, pues.

Me dedica una señal de asentimiento antes de abrir la puerta. Le miro por última vez antes de pasar a la sala.

Corrijo la postura y camino hacia dentro con paso firme, haciendo resonar mis tacones contra el suelo.

Hay un hombre sentado al otro lado de la mesa.

Rubio.

Espalda ancha.

Una camiseta negra que deja entrever los tatuajes que ascienden por su cuello.

Mantiene la cabeza inclinada hacia el suelo, completamente inmóvil.

No parece un detenido.

Parece un depredador esperando el momento idóneo para atacar.

Coloco mis cosas encima de la mesa y vuelvo a coger aire hondo antes de sentarme frente a él.

—Buenas noches, soy la Letrada Rachel Brown.

Su abogada de oficio asignada a su caso.

Le informo que mi labor es gratuita. Defenderé sus intereses con total confidencialidad.

Que el servicio sea gratuito para usted porque cumple los requisitos de justicia gratuita no significa que la defensa sea distinta; tengo la obligación de asesorarle con la misma dedicación.

—  No dice nada y mantiene su posición, guardo los nervios y prosigo —  Lo primero es que me cuente su versión de los hechos con total sinceridad.

Todo lo que hablemos aquí está protegido por el secreto profesional.

Un silencio sepulcral se adueña de la estancia. Intento mantenerme firme y no mover un solo músculo. Por fin, levanta la cabeza.

Unos ojos azules y cristalinos se clavan en los míos. La inseguridad me invade al instante, pero soy incapaz de apartar la mirada de sus pupilas enigmáticas, que me escanean una y otra vez. Se siente como una evaluación constante parta tantear de que soy capaz.

Entonces sonríe.

Despacio.

Como si acabara de descubrir algo que le interesa.

Una sonrisa impecable, peligrosamente atractiva, curva sus labios mientras reclina el cuerpo hacia atrás sin dejar de mirarme.

—¿Qué le hace pensar que tengo algo que confesar, señorita Brown?