Incertidumbre y temor Un viaje de una ida
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Un viaje de una ida

A la mañana siguiente, Bruno y Jared fueron a desayunar a una pequeña fonda.

Su cafetera y demás pertenencias ya no se encontraban en su posesión, así que se veían en la necesidad de salir a desayunar mientras esperaban a que su arrendador llegara para hacer la entrega oficial del inmueble y las llaves.

Huevos a la mexicana con frijoles charros para Bruno y mole con pollo acompañado de arroz rojo para Jared. Un café para ambos y pan para acompañar.

―Extrañaré mucho esto ―dijo Jared al señalar la tortilla mientras comía su muslo de pollo con mole.

―También yo, en general, la comida de aquí.

Y pensar que, hace un año, una mañana como esa, fría y tranquila, se estaban conociendo y desayunando del mismo modo en que lo hacían en ese instante. Siendo unos completos desconocidos uno del otro, y ahora, un año después, listos y preparados para embarcarse en un viaje a Europa como pareja.

Las pequeñas vueltas de la vida, esas que daban gusto cuando ocurrían. Bien suele decir la gente que después de la tormenta viene la calma o el arcoíris. Ambos podían decir que eso era cierto. Pues, después de rachas difíciles en sus vidas, estaban gozando de dicha y felicidad.

―¿A qué hora te dijo el señor Álvarez que llegaba al departamento?

―A las once ―le respondió Bruno a Jared.

Eran apenas las nueve y media. Se habían dado un baño antes de salir a desayunar, así que contaban con tiempo suficiente para terminar de comer, regresar al departamento, dejar las llaves, agradecer a su arrendador y tomar un Uber a la CAPU para abordar un autobús hacia el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

―Estaremos llegando a la capital para las tres, si todo sale bien.

―Comeremos allá antes de abordar el avión ―le recalcó Bruno mientras estaba por terminar su platillo―. Son diez horas de viaje.

―Sí, lo haremos.

Cuando terminaron de comer, continuaron conversando sobre el pasado y el futuro de su relación.

―Quién diría que un año después de conocernos nos embarcaríamos en esto.

―¿Sí, verdad? ―le dijo Jared riendo.

―Tú me arrastraste a esta locura.

―Sí, así fue. Y tú no pusiste oposición.

―Pues no, estaba siendo embrujado por tus labios y tus ojos.

―Ahora resulta que el brujo manipulador soy yo ―le dijo Jared sin poder evitar sonreír.

―Así es, del mismo modo en que lo haces ahora.

―Yo no tengo la culpa de que tengas una debilidad.

―Los chicos listos son mi debilidad.

―Pues este chico listo tiene una debilidad por ti.

―¿En serio?

―Sí. Siempre la ha tenido.

Cuando salieron de la fonda, caminaron hacia el departamento y, en el camino, Bruno comenzó a recordar aquel día cuando salió a correr.

En ese entonces tenía la determinación de hacerlo todos los días, cosa que al final no terminó cumpliendo, pero después de conocer a Jared, este lo puso en forma mejor de lo que pudo imaginar.

―Bajé diez kilos desde que te conozco ―le dijo Bruno mientras se tocaba el abdomen, ahora más firme y ligeramente marcado que cuando se conocieron.

―Creo que el entrenamiento para subir la Malinche fue muy riguroso.

Bruno miró a Jared con deseo y se dio cuenta de que su amado se veía prácticamente igual a como lo conoció. Claro, tenía el cabello más corto y sus ojos melancólicos ahora estaban llenos de felicidad. Incluso su semblante era más firme que antes.

―Para nada ―refutó Bruno―, ha sido bueno. También me has ayudado, no solo físicamente, sino emocionalmente.

―¿Emocionalmente?

―Sí ―admitió―. Desde que te conozco, ha sido un remolino de emociones. He tenido que dejar que mis sentimientos me controlen, lo cual es extraño, ya que hace años que no me pasaba.

―¿Por qué?

―Pues siempre he tratado de ser más racional que emocional. Ha sido más sencillo todo de ese modo.

―Sí, eso noté de ti cuando te conocí. Pero, ¿qué fue lo que lo provocó? No creo que hayas sido así siempre.

Bruno tomó su mano y, mientras caminaban, estando ya a un par de calles, respondió con rapidez.

―Un corazón roto. El miedo de volver a confiar y dejarme llevar.

Jared lo suponía. Sabía que algo así había ocurrido. Pero no lo juzgaba; él también había desconfiado por el mismo motivo, además del dolor por la pérdida de sus familiares. Solo trató de comprender y le acarició los dedos con los suyos.

―¿Cómo está ese corazón ahora? ―le preguntó mientras acariciaba su pecho.

―Sanando ―respondió Bruno, sonriendo de oreja a oreja―. Contento porque ahora está en buenas manos.

―Amor, no sabes lo feliz que me hace saber que estás mejor, aun si no fuera por mí.

―Pero es por ti ―le reafirmó Bruno.

―No ―renegó Jared―, no fue por mí. Fue por ti. Fue tu decisión cambiar.

―Sí, pero… ―se detuvo y pensó en todo lo vivido con él―… tuviste mucha influencia en eso. Me inspiraste el valor para hacerlo.

―¿Cómo?

―El ver que realmente querías estar conmigo, el buscarme, el ser honesto y sincero conmigo, me hizo darme cuenta de que quiero eso para mí. Quiero ser más valiente, más seguro.

Jared sonrió.

―¿Crees que soy valiente y seguro?

Bruno asintió con la cabeza y Jared soltó una pequeña risa.

―No lo soy, solo trato de serlo.

Jared dejó de hablar cuando se dio cuenta de que habían llegado al edificio. Ambos vieron el auto de su arrendador estacionado.

―Será mejor que continuemos en otra ocasión.

Jared asintió y entraron al edificio donde, arriba, dentro del departamento, se encontraba el señor Avilés esperando, sentado en el sofá. El señor Carlos Avilés era un hombre de cerca de sesenta años, que usaba lentes rectangulares y vestía de manera formal y pulcra.

―Buenos días, don Carlos ―saludó Jared.

―Jared, Bruno ―los saludó Carlos mientras entraban y cerraban la puerta.

―Disculpe la tardanza ―dijo Bruno―. Fuimos a desayunar.

―Descuiden, muchachos. Ya estamos aquí ―Carlos se levantó y, de su pequeño portafolios, sacó los papeles del contrato finalizado―. No quiero demorarlos, sé que ya se marchan. Así que agilicemos esto.

Ellos asintieron y se acercaron a la mesa para firmar la finalización del contrato de arrendamiento. Devolvieron sus copias de las llaves a Carlos y fue él quien, una vez con los papeles firmados, se despidió de sus inquilinos.

―Bueno, gracias por cuidar el lugar. Les deseo lo mejor ahora que se marchan ―les dijo Carlos.

―Muchas gracias, don Carlos ―agradeció Bruno.

―Esperamos no haber causado molestias.

―Al contrario, han sido unos inquilinos ejemplares.

Ambos se miraron y, solo con eso, entendieron su propia malicia.

―Bueno ―dijo Jared―, nos tenemos que ir. Solo tomamos nuestras maletas y nos retiramos.

―Claro, yo me quedaré. Una pareja hizo cita para conocer el lugar, espero que hoy mismo decidan ocuparlo.

―Esperemos ―dijo Bruno.

Entonces ambos entraron a la habitación, la cual ya no tenía sus sábanas puestas, solamente las que ya estaban cuando llegaron al lugar seis meses atrás.

―Pediré el Uber a la CAPU ―dijo Bruno.

―Sí, está bien. Mientras, un último check-list.

Pasaportes, boletos, identificaciones, dinero en pesos mexicanos, euros y libras esterlinas. Cámara, álbum, ropa, libros, teléfonos, cepillos de dientes y pasta, computadoras.

―Todo listo ―confirmó Bruno.

―Sí, ¿cómo va el Uber?

―A un minuto de llegada.

―Bajemos.

Cuando salieron del cuarto, el señor Carlos Avilés se estaba preparando un café.

―Nos retiramos.

―Buen viaje, muchachos ―les dijo mientras les daba un abrazo a ambos.

―Adiós.

Ambos bajaron con sus maletas y mochilas a toda velocidad por las escaleras, mientras el Nissan Versa negro los esperaba justo enfrente del carro del señor Avilés.

―¿Ernesto?

―¿Bruno? ―preguntó el chofer de Uber al confirmar el viaje. Este bajó para abrirles la cajuela y que ambos metieran sus maletas. Ellos agradecieron el gesto y entraron al vehículo―. ¿Hacia la CAPU?

―Sí, por favor.

Entonces el chofer arrancó y, tomados de la mano, miraron por la ventanilla la ciudad pasar frente a ellos.

Al mismo tiempo, los recuerdos del último año comenzaron a desfilar en sus mentes: la cita en el bar en la Avenida Juárez, aquella noche en el puesto de hamburguesas donde ambos declararon que se tenían cariño mutuo, la salida al Museo Amparo y al Callejón de los Sapos, las caminatas por el Centro Histórico, las salidas con amigos al boliche y a la pista de hielo en La Noria.

Muchos recuerdos en tan poco tiempo, en una sola ciudad. Estaban dejando atrás aquella barrera que al principio de su relación habían construido, pero también dejaban atrás una vida conocida y cómoda. La seguridad de un hogar, por una nueva aventura.

El tráfico no estaba pesado. Les tomó cuarenta minutos llegar a la Central de Autobuses. Una vez ahí, bajaron del vehículo con ayuda del chofer, quien les abrió la cajuela para que pudieran sacar sus maletas.

―Muchas gracias ―agradeció Bruno.

―Que tenga buen día ―le deseó Jared.

Ambos caminaron hacia la entrada principal y se dirigieron a la taquilla de autobuses ADO, donde fueron atendidos por una mujer joven con una mirada seria.

―Buen día ―saludó Bruno―. Dos boletos para la Ciudad de México, terminal Aeropuerto Internacional.

La mujer no despegó la mirada de la pantalla y comenzó a teclear con rapidez.

―Autobús de las doce cuarenta ―dijo sin mirarlo―. Asientos veinte y veintiuno, ¿están bien?

―Sí, por favor.

La vendedora continuó tecleando y luego imprimió los boletos.

―Novecientos pesos, por favor.

Bruno pagó con su tarjeta y ella les entregó los pases.

―Gracias ―agradeció.

―A usted, que tenga buen viaje.

Caminaron por el corredor hasta llegar a los andenes, donde se quedaron esperando alrededor de media hora sentados en la sala.

―¿Estás nervioso? ―le preguntó Bruno al notar a Jared muy serio―. Estás muy callado.

Jared lo miró, como en trance, como si su alma se dividiera entre todo y nada al mismo tiempo.

―Solo recordaba lo mal que me sentía hace un año, y cómo ahora me siento tan lleno de alegría y emoción. Nuevamente. Ya celebro no solo un año contigo, también sin medicamentos. Es una victoria que creí imposible.

Bruno había olvidado que Jared estaba medicado antes de conocerlo, y que llevaba poco tiempo sin ellos cuando comenzaron a salir.

―¿Y cómo te sientes ahora? ―preguntó Bruno.

―Como en un sueño ―respondió Jared―. En el último año no imaginé que pasaría todo esto. Conocerte, la beca en Oxford, irnos juntos, vivir sin medicamentos ni recaídas. Mi plan era solo sobrevivir.

Bruno lo besó con suavidad y acarició su mejilla.

―Amor, tampoco yo imaginé esto ―confesó―. Pero no me arrepiento de nada.

―Tampoco yo ―dijo Jared―. Pero… me siento un poco culpable.

―¿Por qué?

―Siento que te forcé a venir conmigo.

―¿Forzarme?

―Cuando te hablé de la beca, te dije que me iría contigo o sin ti… aunque prefería contigo.

Bruno guardó silencio un momento.

―No fue así ―refutó―. Me diste el empujón que necesitaba.

Me inspiraste a salir de mi zona de confort y a no tener miedo de volver a intentar estar con alguien ―hizo una pausa―.

Hace tiempo vi a mi ex pareja… me dijo que lamentaba no haberme llevado con él.

Que quizá estaríamos viajando juntos por Europa.

Jared se quedó en silencio, sorprendido.

―¿Y qué pasó?

―Pasó que tu carta me hizo entender que eso era lo que yo quería… y que te estaba dejando ir.

―Sí, eso estabas haciendo.

―Pero reuní el valor… y aquí estoy contigo.

Jared lo escuchó en silencio.

―No exageres ―le dijo cuando Bruno comenzó a elogiarlo.

―No exagero ―respondió Bruno con seriedad―. Desde que te conocí supe que tenías un futuro brillante.

Jared notó cómo la voz de Bruno se quebraba.

―Bruno, todo lo que ves en mí, yo lo veo en ti ―admitió―. También tenías miedo… pero estás lleno de amor. Y eso es lo que nos tiene aquí.

Ambos comenzaron a llorar.

Muchas emociones se hicieron presentes. El trabajo que habían hecho en su relación comenzaba a dar frutos. La compañía, la confianza y la seguridad que se tenían los estaba llevando a cruzar el océano.

―Te amo, Jared.

―Te amo, Bruno.

Ambos se besaron y permanecieron abrazados hasta que, por los altavoces, una voz femenina anunció la salida de su autobús.

Se limpiaron las lágrimas, tomaron sus maletas y salieron hacia los andenes para abordar el autobús que los llevaría al aeropuerto, donde el puente hacia su nueva vida los estaba esperando.

Al llegar al aeropuerto, Bruno y Jared despertaron del largo sueño que los invadió mientras escuchaban canciones de su mezcla con las pistas que más les gustaban a ambos. El tráfico en la Ciudad de México había sido tal, que el autobús llegó a la terminal con dos horas de retraso.

Cuando bajaron del autobús, tomaron sus maletas y entraron al aeropuerto, donde procedieron a realizar el check-list previo a abordar el avión.

―Tengo hambre ―mencionó Jared.

―Vayamos a comer hamburguesas ―le dijo Bruno, señalando un pequeño local de Burger King dentro del lugar.

Una vez sentados con su comida servida, no dijeron nada y solo comenzaron a comer y disfrutar de sus alimentos y bebidas.

No había nada que decir. Las miradas y sonrisas entre ellos decían más que todas las palabras del universo.

Todo aquello que les había provocado miedo, temor, incertidumbre e inseguridad había desaparecido.

Ahora eran sus esperanzas y sueños los que mantenían a flote su mundo. Eran ellos dos contra el mundo.

Cuando llegó el momento de abordar el vuelo, mientras atravesaban el corredor hacia el avión, ambos podían sentir cómo sus pasos se hacían cada vez más pesados, como si todavía arrastraran algo dentro de ellos. Incluso, temblaban de las piernas y los brazos por la emoción.

Pero una vez que cruzaron el umbral para entrar al vuelo de British Airways, esa sensación de pesadez desapareció, dejando atrás toda incertidumbre y temor que pudiera hacerlos flaquear en su futuro.