Tercer escalón y despedidas #2
Bruno hizo caso y, al quitar la envoltura, al ver de qué se trataba, soltó un pequeño grito de emoción y abrazó con mucha más fuerza a Jared. Se dio cuenta de que este ponía mucha atención a los pequeños detalles, pues tiempo atrás le había mencionado que quería leer ese libro.
―Esperaba algo mejor ―dijo Luis con sarcasmo, y Susana le dio un sape en la cabeza.
Bruno y Jared se rieron y después se besaron, mientras los amigos los miraban felices. A pesar de que celebraban su cumpleaños y, al mismo tiempo, su despedida, se sentían felices por ambos y por el valor de seguir juntos después de todo.
Al regresar al departamento, Jared estaba nervioso. Fernando le había confirmado que todo estaba listo y que solo era cuestión de que llegaran para ver la sorpresa.
Bruno fue quien abrió la puerta y, cuando entraron, lo que vio lo dejó sin palabras.
El departamento tenía velas ficticias colgadas con hilos delgados transparentes, como las del Gran Comedor de Hogwarts en Harry Potter .
Había una bandera de tela con el escudo de la casa Ravenclaw pegada en la pared y, en medio de la sala, un pequeño colchón cubierto con una cobija negra con estampados de la snitch dorada, Hedwig, el búho, y otros elementos característicos.
Jared sabía que Bruno siempre había deseado una velada mágica al estilo de Harry Potter . Ambos pertenecían a la misma casa, Ravenclaw. No fue difícil entrar en la mente de Bruno y preparar tal detalle; lo admitiera o no, él también tenía un poco de nerd, como Jared.
―¿Cómo voy a sobrevivir a un mundo lleno de tus sorpresas? ―le preguntó Bruno con mucha dicha y lágrimas en los ojos.
Bruno besó con pasión a Jared y lo abrazó mientras acariciaba su espalda y brazos. Jared pudo sentir cómo, nuevamente, a través de los dedos de Bruno, el alma de su amado se colaba en su cuerpo hasta el núcleo de sus huesos.
―¿Cómo voy a poder escapar del embrujo de tus caricias?
Esa noche vieron la tercera entrega de la saga, la misma que dirigió el mexicano Alfonso Cuarón. Era la favorita de ambos y, después de esa, vieron la penúltima entrega: Las Reliquias de la Muerte Parte Uno .
Ambos vieron las películas mientras comían tazones enormes de palomitas de mantequilla, abrazados e inmersos en el mundo mágico que los tenía fascinados.
Era en esos momentos cuando el tiempo corría de manera diferente para ellos: no iba ni hacia adelante ni hacia atrás, tampoco era lento o rápido.
Solos, el mundo ya no giraba alrededor del sol; ellos se volvían el centro de su propio universo.
―Te amo, Jared. Muchas gracias por esto ―le dijo Bruno mientras le besaba la mejilla―. Por hacerme sentir feliz este día, como hace tiempo no lo hacía.
Jared le besó los labios y se acurrucó en el pecho de su novio.
―También te amo, mucho ―le dijo con los ojos cerrados―. Y no tienes que agradecer. Soy yo el que está agradecido por haberme salvado aquella mañana en el puente.
Entonces, el recuerdo de aquella mañana invadió la mente de ambos, pero desde la perspectiva de cada uno. El desconcierto e intriga que sintió Bruno al ver a aquel hombre tan solo, sentado en la orilla del puente, mirando el río que yacía debajo de sus pies.
El dolor y la tristeza que invadieron el alma de Jared aquellos días, y el sentimiento de vacío que lo orilló a estar en ese lugar aquella mañana, cuando sus caminos se cruzaron, ahora solo eran un recuerdo agridulce en la memoria de ambos.
Después del pequeño maratón de películas, Bruno y Jared regresaron a la cama en su habitación, y fue ahí donde una vez más se entregaron a la pasión y el deseo que ambos se profesaban con mucho fervor.
AGOSTO
Dos semanas antes de que el vuelo a Londres saliera, Bruno y Jared comenzaron a disponer de sus pertenencias.
Regresaron a sus raíces. Primero fue Bruno, dejando la mayoría de su ropa en casa de sus padres, en la habitación que solía ocupar.
Del mismo modo ocurrió con Jared, quien devolvió la mayoría de sus prendas a su cuarto en Cuernavaca, con ayuda de Bruno y de Héctor, quien por última vez les prestó su automóvil.
Fue el cuatro de agosto cuando Jared regresó con Bruno a Cuernavaca para dejar la ropa, los libros y algunas pertenencias que tenía por herencia familiar o por adquisición propia, cosas que le servirían a su regreso de Inglaterra.
Ese mismo fin de semana, ambos presentaron su renuncia formal, habiendo capacitado ya a sus reemplazos desde abril.
Tenían dinero ahorrado de su finiquito, su última semana laboral y un bono por asistencia puntual en el caso de Jared.
El dinero era suficiente para ambos; era una bendición que valoraban después de haber pasado seis meses administrándose para lograr tener un fondo de contingencia.
Daniel ayudó a su hermano y a su cuñado a sacar todo del auto y meterlo al cuarto de Jared. A todos les sorprendió cómo seis años de acumulación de objetos podían caber en una cajuela y en los asientos traseros de un auto.
―¿Y los zapatos y bolsos de Chanel? ―le preguntó Daniel a su hermano.
―Los dejé en el otro auto.
Despedirse de su familia era la segunda cosa más dura que Jared hacía, después de la muerte de sus tías y su abuela. Y quizá también era la primera vez que realmente salía del nido.
Ese día, su familia organizó una comida para ambos como despedida. Toda la familia se reunió e incluso los amigos de Jared se presentaron para despedirse de él.
―¿Y ahora qué haremos sin ti, Jar-Jar? ―le preguntó Ricardo a Jared mientras bebían cerveza Indio.
―Ir de antro, ir a los próximos conciertos de The Killers, casarse… Volveré, chicos ―les dijo, viendo las caras largas de sus amigos.
―Vendremos para pasar las fiestas decembrinas ―dijo Bruno para aliviar el ambiente.
―Sí, una semana. Podríamos vernos, si no se han olvidado de mí para entonces.
Los cuatro se carcajearon al unísono.
Esa tarde hubo mucho sentimiento. Rosario abordó a Bruno del mismo modo en que Edith lo había hecho con Jared, pidiéndole que cuidara de su hijo, pues sabía lo sensible e inestable que podía llegar a ser.
Pero Bruno ya lo sabía. Además, durante los seis meses que vivieron juntos, fueron suficientes para comprender lo que les esperaba en los próximos dos años.
Las despedidas fueron la parte más difícil para todos. Hubo lágrimas, muchos abrazos, regalos por parte de sus tías, su madre y sus primas para ambos: un poco de dinero y un álbum de fotografías para la Polaroid.
―Para cuando se den una vuelta por Europa en alguna oportunidad que tengan ―les dijo Adriana mientras abrazaba a la pareja, deseándoles lo mejor del mundo.
―Gracias, preciosa.
La despedida de Jared con su madre fue muy sentimental; estaba dejando atrás el miedo que le impedía avanzar, y lo hacía con la bendición que ella depositó en la pareja.
Daniel abrazó a su hermano y también les deseó lo mejor a ambos; solo les dedicó una sonrisa.
―Nos vemos en Navidad, con la bendición de Dios.
―Primero Dios ―dijeron su madre y sus tías al unísono.
Después salieron de la casa, y en la puerta se encontraban todos despidiéndolos. Jared miró a su familia una vez más a través de la ventanilla del auto, y fue entonces, después de arrancar y ver cómo los despedían con las manos, que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Bruno, con su mano, comenzó a consolarlo y después le acarició el cuello.
―¿Estás bien?
Jared se limpió las lágrimas y sorbió los mocos que casi se le salían de la nariz.
―Solo espero que no pase nada malo mientras estemos fuera.
―Amor, no pienses eso. Ellos seguirán aquí, esperándote. Volverás a verlos a todos, te lo prometo.
―No prometas cosas que no sabes si podrás cumplir.
―Bueno, quizá no estoy seguro de eso. Pero sí estoy seguro de que, sea como sea, ellos seguirán aquí. Así como yo lo estoy para ti.
Durante el camino de regreso a Puebla, la noche ya estaba cayendo, y fue durante esas dos horas que ambos comenzaron a planear la logística una vez estando en Inglaterra.
―Nos quedaremos con mi amigo en Londres una semana mientras buscamos un departamento en un punto medio para ambos.
―Claro, y después comenzamos con los muebles, si es necesario, y lo indispensable: comida, ropa, quizá electrodomésticos y productos de higiene personal.
―Por supuesto, y también conocer los alrededores para aprender a movernos sin dificultades.
―Hay muchas cosas por hacer.
―Muchas que organizar.
Con las manos sujetas, se dieron una mirada rápida, y fue Bruno quien cerró la conversación.
―Pero lo haremos juntos.
El día antes de partir, en el vuelo de las nueve de la noche ese dieciocho de agosto, Fernando, Jorge, Alexis, Alberto, Ariana, Dalia, Olivia, Debani, Isabel, Susana, Luis, Frida, Beatriz e incluso Jocelyn hicieron una fiesta de despedida para sus amigos en la casa donde Jared solía vivir en La Noria.
Una noche de karaoke, tequila y muchas risas fue lo que emanó del lugar, como hacía tiempo no ocurría desde que Jared se mudó con Bruno al departamento.
Fue entonces cuando Fernando propuso un brindis por la pareja que ahora comenzaba un nuevo camino.
―Hace años que conocemos a Jared, el cual ha sido como un perico loco para nosotros.
Y tenemos poco de conocer a Bruno, pero en este tiempo ha sido un buen amigo y un novio excepcional con Jared ―dijo.
Por un momento, Jared temió que su amigo dijera algo que lo hiciera quedar mal, pues no dudaba que pudiera hacerlo aprovechando la oportunidad―.
De parte de todos, les queremos desear el mejor de los éxitos en Inglaterra.
Que aprovechen al máximo estas oportunidades que a ambos se les han dado y, sobre todo, esperamos que su camino los lleve aún más lejos.
―¡VIVAN LOS NOVIOS! ―gritó Debani, como si celebraran una boda.
―¡Ja, ja, ja! ―se carcajearon todos y levantaron las copas mientras decían―. ¡Salud!
Todos bebieron de sus copas y la fiesta continuó por un rato, hasta que uno a uno, comenzaron a irse.
Los últimos en irse fueron Bruno y Jared, quienes, a pesar de tener que dejar el departamento por la mañana e irse a la Ciudad de México por la tarde para tomar el avión, se quedaron hasta el final.
Era la última noche que pasarían en México, la última noche en su pequeño nido de amor. Era un momento melancólico para ambos, pues se dieron cuenta de que, justamente, al día siguiente cumplían un año de haberse conocido.
―¿En serio? ―le preguntó Bruno.
―Sí, mañana ―le confirmó Jared.
Cuando llegaron al departamento, donde solo quedaban sus mochilas y maletas con ropa, los libros favoritos de ambos, las computadoras, la cámara Polaroid de Jared y el álbum que les regalaron, el espacio se sentía distinto.
La moto de Bruno se había quedado con su hermano en Cholula mientras él estuviera fuera del país.
Esa noche hicieron el amor una vez más, pero en esa ocasión se despidieron de un año de magia. Sabían que sus nuevas vidas comenzaban al día siguiente: una nueva aventura para ambos, una nueva oportunidad.