Incertidumbre y temor Tercer escalón y despedidas
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Tercer escalón y despedidas

El veintisiete de julio había llegado. Era un sábado.

Para suerte de Bruno, su último semestre de maestría había concluido tres semanas atrás.

Estaba en trámites de titulación por excelencia académica y no tardaban en darle su documento.

Le habían otorgado su Mención Honorífica en la ceremonia de graduación dentro de las instalaciones del auditorio de la universidad.

Jared y la familia de Bruno estuvieron presentes, al igual que Luis y Susana, Fernando, Jorge y Dalia.

Esa mañana, Jared le preparó el desayuno a Bruno. Se había levantado más temprano y con cautela para cocinar lasaña y sopa de crema, los platillos favoritos de Bruno.

―Estas son las mañanitas que cantaba el rey David ―comenzó a cantar Jared cuando escuchó a Bruno salir del cuarto―. Hoy por ser tu cumpleaños, te las canto yo a ti.

Bruno se acercó para ver lo que Jared cocinaba y fue en ese momento cuando Jared comenzó a emplatar la comida para servirla sobre la barra.

―Gracias, amor ―le agradeció Bruno y le dio un beso.

―Feliz cumpleaños, amor ―lo felicitó mientras le daba un tenedor y una cuchara para comer―. Te preparé tus favoritos.

Algo que a Jared no le gustaba era cocinar.

Durante mucho tiempo lo hizo solo por necesidad.

Las pocas veces que cocinaba con gusto era cuando ayudaba a su madre a preparar la cena de Navidad y Año Nuevo, o cuando su madrina vivía y ella cocinaba la comida de la tarde; eso era cuando estaba en secundaria, ya había pasado mucho tiempo de eso.

Ahora estaba cocinando para Bruno, con gusto y alegría.

Así había sido durante los últimos meses desde que vivían juntos.

Bruno siempre le decía que su comida era deliciosa, quizá porque estaba enamorado de él o porque realmente cocinaba con buena sazón.

Tal vez Jared sí cocinaba bien, pero en aquella ocasión lo hizo con todo el amor que le profesaba a Bruno.

Más que con las palabras o el sexo, el simple hecho de cocinar era una forma más de demostrar el amor que Jared le tenía a él y a sus seres queridos.

―No manches, Jared ―dijo Bruno al probar la lasaña y la sopa de crema―. Están buenísimos.

Bruno sonrió mientras seguía devorando la comida.

―Me alegra que te hayan gustado ―le dijo Jared.

Jared observó cómo Bruno comía con mucha dicha y se sintió feliz al verlo contento con la comida preparada por sus propias manos. Le acarició el cabello y lo peinó de izquierda a derecha. Luego se levantó para servirle el té verde que preparó y se lo acercó.

―Casi lo olvido ―le comentó Jared.

Cuando Bruno terminó de comer, Jared recogió los platos y la taza y los dejó en el fregadero. Cuando abrió la llave para lavar, fue interrumpido por Bruno.

―Yo los lavo ―le dijo cuando se levantó de la silla.

―Es tu cumpleaños, hoy tú eres el rey. Y yo, tu fiel lacayo.

Bruno soltó una risilla y después abrazó por detrás a Jared mientras este lavaba los trastes.

―Eres mío, galán.

―Todo tuyo, guapo ―respondió mientras Bruno besaba su cuello.

Jared no pudo evitar soltar un gemido al sentir los labios de Bruno sobre su piel.

―Amor, basta. Se te va a hacer tarde para ir al trabajo.

―No importa, es mi cumpleaños y es sábado. No hay mucho que hacer hoy.

Jared dio media vuelta y miró a Bruno, quien ya lo estaba desvistiendo con la mirada.

―¿Piensas faltar en serio?

―Pienso hacerte el amor, justo aquí y justo ahora.

Bruno tomó a Jared de las piernas y comenzó a acariciar sus muslos. Jared llegó a pensar que tal vez la pasión con la que preparó la lasaña y la sopa de crema había provocado que sus deseos por él se desataran.

Claramente, él no era Tita de la Garza ni poseía el don de transmitir sus emociones en la comida.

No estaban en una novela de realismo mágico de Laura Esquivel, aunque era fiel creyente de que, cuando se cocina con cariño y amor, la comida tiene un toque especial.

Por ese motivo, la comida casera y de mamá sabe diferente, incluso mejor que la de fondas o restaurantes.

Bruno le bajó el pantalón de pijama y la ropa interior a Jared, dejando expuesta su entrepierna.

Hizo lo mismo con su propia ropa, y fue cuando Jared se arrodilló para que sus labios pudieran tocar su sexo.

Después de un rato, se levantó y le quitó la camisa a Bruno, seguido de la misma acción por parte de Bruno hacia él.

Ahora ambos se encontraban desnudos; el frío no tenía mucho efecto en ellos, pero aun así no regresaron a la habitación.

Aquí y ahora. Pensó Bruno, al dejarse llevar por el deseo que sentía hacia Jared, el cual lo tenía cautivado en cuerpo y alma. Y del mismo modo, Jared se encontraba perdidamente enamorado de él. Reciprocidad en su máximo esplendor.

En la tarde, Bruno y Jared fueron a casa de los padres de Bruno en Analco. Su madre también le había preparado una cena especial, y llegaron cerca de las tres de la tarde. Fue ahí cuando Jared conoció a las hermanas de Edith, las tías de Bruno.

Las hermanas no tenían parecido entre ellas; parecían no ser hermanas de sangre. Bruno le había comentado a Jared que sus tías eran hijas de su abuelo, pero no de su abuela. Eran sus hermanas del primer matrimonio que él tuvo.

―Sofía ―se presentó la mayor con Jared―. Eres más guapo de lo que Edith nos contó.

―Soy Gertrudis ―continuó la otra hermana―. Así que se irán a Europa.

―Así es, a finales del próximo mes ―aclaró Bruno.

Las tías de Bruno le habían regalado un perfume y un juego de corbatas. Su padre había salido por trabajo a Guadalajara esa semana; le había llamado a su hijo después de que este pasara la mañana con Jared. Héctor se había ido con él.

Bruno confiaba en que, estando con su padre, podría resistir el querer emborracharse, pues lo había visto muy decidido la última vez que se vieron, cuando le prestó el auto para ir con Jared a la Malinche.

―Tus primas llegarán más tarde, salieron con sus novios, pero de seguro quieren verte antes de que te vayas a… ―Gertrudis olvidó el lugar al que se iban.

―… Oxford ―dijo Jared.

―Ese lugar.

―Bueno, el trabajo que conseguí está en Londres. Pero veremos la forma de encontrar un lugar para movernos entre ambas ciudades ―mencionó Bruno.

Después de un rato, Edith sirvió la comida, y para entonces las primas de Bruno ya se encontraban con la familia. Ellas estaban alegres al ver a la pareja feliz, pues, al igual que las primas de Jared, no habían visto a su primo tan contento y emocionado al lado de una pareja.

La familia de Bruno era igual de seria que él, pero algo hacía Jared con su carisma que siempre les sacaba plática, y ellos disfrutaban de la conversación.

Fue entonces, después de comer el mole poblano con pollo y arroz rojo con verduras, que Edith habló cuando Jared ayudó a dejar los platos en el fregadero.

―Mijo, ¿puedo hablar contigo?

Al escuchar esas palabras, los vellos de sus brazos se erizaron. Imaginó que le haría un reproche, como si fuera a decirle que estaba a punto de robarle a su pequeño hijo, y no era mentira. Pero Jared no quería quedar mal con su suegra.

―Sí, claro que sí.

Jared se acercó a Edith y esta, al tenerlo lo suficientemente cerca, tomó sus manos y lo miró directamente a los ojos.

―Por favor, cuida de mi hijo ―le imploró con la voz baja, pero casi quebrándose en llanto―. Él te ama mucho, y veo que tú también lo amas. Solo necesito saber que cuidarás de él estando allá, lejos.

A Jared le pareció escuchar a su madre en Edith, como si Rosario le hubiera pedido lo mismo a Bruno aquella noche de Nochebuena en Cuernavaca. El amor de una madre siempre sería el más sincero de todos: el incondicional, el que hace al mundo girar, el más desinteresado.

―Lo prometo, estaremos cuidándonos uno del otro ―le dijo Jared, sosteniéndole la mirada―. No dejaré que le pase nada malo.

Edith sabía que Jared hacía la promesa con el corazón. Conocía su alma, su nobleza y gentileza, y al mismo tiempo, su firmeza, coraje y fuerza.

―Mucho éxito a los dos, los estaré esperando para Navidad y Año Nuevo.

―Aquí estaremos de vuelta para entonces. Primero Dios.

Al regresar a la sala, las primas de Bruno sacaron del refrigerador el pastel que habían comprado y llevado para celebrar el cumpleaños de su amado primo. Encendieron las velas y cantaron las mañanitas mientras Bruno miraba con alegría a su familia.

Jared tenía un regalo más para Bruno. Algo que había encargado y que llegó a su antigua casa, donde rentaba con Fernando, Jorge y Alexis.

Les pidió a sus viejos compañeros envolver el encargo, y fue Fernando quien, con una copia de la llave del departamento, entró y dejó el obsequio, además de preparar la sala como Jared le pidió.

Para cuando Bruno y Jared salieron de la casa de sus padres, después de despedirse de la familia, hicieron una escala en el centro. Luis y Susana invitaron a Bruno a comer.

Jared le dijo que estaba bien que fuera solo él, para que pudiera dar una vuelta y comprar cosas para la noche.

Pero la verdad era que parte de la sorpresa consistía en pasar a una librería y comprar un libro que Bruno ansiaba leer desde tiempo atrás: El juego de Ender .

Para su suerte, la Librería León aún no cerraba y tenían copias del ejemplar de Orson Scott Card.

Jared, sin dudarlo, lo compró y lo envolvió en una papelería cercana.

Fue en el camino de regreso rumbo al restaurante El Comal, que se encontraba frente a la catedral, cuando Jared se unió al trío de amigos que ya se carcajeaban con los platos vacíos sobre la mesa.

―Amor, ¿qué llevas detrás de tu espalda? ―le preguntó Bruno al ver que Jared ocultaba el libro envuelto en papel plateado con un listón y moño azul.

Jared le extendió el regalo y se lo dio a su novio, mientras sus amigos miraban cómo Bruno se levantaba con alegría para abrazarlo.

―Feliz cumpleaños, Bruno.

―Ábrelo ―le dijo Susana.