Incertidumbre y temor Trazando rumbos #3
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Trazando rumbos #3

Para finales de mes, Bruno ya tenía su visa de trabajo aprobada. Había viajado a la Ciudad de México a la embajada del Reino Unido para ese trámite. Jared le ayudó, pues sus procesos fueron más ágiles y rápidos debido a la premura de los papeles para la beca.

Cuando Jared acompañó a Bruno por su visa a la capital del país, le hizo una confesión sobre algo que no sabía de él.

―Yo nací aquí ―le confesó Jared cuando caminaban por el Zócalo de la ciudad―, en el que entonces era el Distrito Federal.

―¿Viviste aquí entonces?

―No, solo nací. ¿Recuerdas que te conté que mamá tuvo complicaciones y que nací un trimestre antes?

―Creo que sí.

―Pues fue trasladada de Cuernavaca para acá. Y nací muy pequeño; estuve en incubadora cuarenta días ―le dijo mientras recordaba cómo su familia le contaba la travesía de su llegada al mundo―. Mi primera Navidad y Año Nuevo los pasé aquí, en la ciudad.

Bruno analizó la información y dedujo que era curioso enterarse de que su novio realmente no era morelense, sino capitalino.

―Entonces, eres chilango.

―Lamentablemente.

JUNIO

La fecha para el gran viaje estaba cada vez más cerca.

Hacía ya tres estaciones que estaban juntos y las cosas marchaban bien para ellos.

Bruno confiaba en Jared y viceversa. Ninguno sentía desconfianza en el otro, en especial Jared, que antes sentía la necesidad de entrar a aplicaciones de citas para corroborar que sus parejas no le fueran infieles o vieran a otros mientras salían.

Solo lo hizo en aquella ocasión, pero al ver que no se encontraba ahí, abandonó toda duda al respecto.

Bruno ya no sentía que Jared lo fuera a abandonar.

Mientras tanto, para suerte de ambos, las cosas marchaban sobre ruedas, y comenzaba a sentirse cada vez más emocionado por la idea de estar en el extranjero.

Jared le ayudaba constantemente con su inglés: hablaban de vez en cuando en el idioma, veían películas en inglés con subtítulos también en inglés, para que Bruno fuera leyendo las palabras y conociendo su pronunciación.

El nivel de inglés de Bruno no era malo, a pesar de que él mismo decía lo contrario a su novio.

Jared sabía que era modesto, pero hacía falta práctica para poder desenvolverse mejor.

Lo había preparado para sus entrevistas en la embajada e incluso para no tener miedo al hablar con extranjeros estando allá en Europa.

―Es también mi primera vez fuera ―le recordó Jared.

Ambos estaban viendo El Señor de los Anillos: Las Dos Torres en su idioma original, un domingo por la mañana, disfrutando el día sin hacer nada más que estar echados en la sala.

―Pero hablas mejor que yo el idioma. Tienes un buen dominio del inglés y de otras lenguas.

―Y todo eso se va a la mierda cuando te ponen a un extranjero delante de ti y todo se borra.

Bruno lo miró confundido y después le hizo un reproche.

―Eso es una atrocidad ―le comentó―. Es injusto que alguien que tiene dominio del idioma se comporte como si no supiera nada.

Jared lo miró molesto.

―Pues me pongo nervioso, perdón por no tener control de eso todavía.

Bruno notó la tensión que comenzó a surgir entre ellos mientras dirigía la mirada a la pantalla.

― Sorry babe, it wasn’t my intention to make you feel angry. It’s just… well… never mind, sorry. Can you please forgive me?

Jared lo miró con ternura y comenzó a carcajearse; fue entonces cuando Bruno se dio cuenta de que solo le estaba jugando una broma.

― Es tut mir leid ―dijo Jared en alemán―. It was so funny. I couldn’t help it.

―Amor, solo inglés, por favor. Odio el alemán.

―Ah, es una lástima. Es un idioma muy bello.

―¿El alemán?

―Bueno, para mí sí. Todos los idiomas tienen su belleza. Pero prefiero más el italiano, incluso más que nuestra lengua materna.

―Interesante.

Bruno y Jared habían sido invitados a una boda en Pachuca ese mismo mes. Un amigo de Bruno de la preparatoria se casaba a mediados de mes, y le pareció oportuno que fueran juntos. Esa fue la primera vez que asistieron juntos a un evento de esa índole. A ambos les gustaban mucho las bodas.

Jared se había cortado el cabello a tal punto que apenas se podían ver sus rizos. Se quitó la barba y, con esos dos cambios, parecía otro sujeto.

Bruno solo se cortó el cabello y perfiló la barba. Se veía ahora más joven, pero aún mayor que Jared. Fue entonces cuando una pregunta crucial en la relación volvió a cruzarse entre ellos y a poner las cosas en juego.

―¿Te gustaría casarte algún día? ―le preguntó Bruno a Jared mientras caminaban alrededor del jardín donde se celebraba la fiesta.

Jared no dudó ni un segundo en responderle a su novio.

―Sí, siempre lo he querido. ¿Tú?

Bruno se quedó pensando. Conocía la respuesta, pero no sabía cómo expresarla sin darse a malentendidos, así que, al final, solo lo dijo como lo tenía en la mente.

―Sí me gustaría, no ahora. Pero sí más adelante.

Jared, por un instante, pensó: Sí quiere casarse, pero no conmigo, no ahora. Un segundo después, la idea abandonó su mente y solo se enfocó en el hecho de que sí, él también quería casarse. Era una meta que ambos compartían a futuro.

―Te amo, Bruno.

―Y yo a ti.

Ambos se besaron y, durante unos segundos, Jared imaginó cómo sería su boda si se casara con Bruno. Siempre hacía eso: proyectarse a futuro de manera precipitada, pero le era imposible no imaginarse eso con el hombre que tenía delante.

Dios mío. ¿Qué está haciéndome este hombre? Pensó Jared.

Quiero hacerte mi esposo, pero no ahora. Europa lo decidirá por nosotros . Pensó Bruno.

JULIO

Era su último mes rentando el departamento en Mayorazgo.

Se habían encariñado con ese pequeño espacio en donde estaban comenzando a vivir su vida como una pareja funcional.

Era increíble para ellos cómo habían pasado los últimos seis meses, en un parpadeo, como dirían algunos.

Era momento de comenzar a organizar todo para su viaje.

Oxford ya había enviado el dinero para su vuelo al aeropuerto en Londres y el boleto de tren hacia Oxford.

Bruno tenía una entrevista virtual con un corporativo de Londres el día veinte de ese mismo mes. Las últimas semanas se la pasaron preparándose para la misma, día y noche. Jared ya tenía experiencia con ello cuando ayudó a Fernando con su examen profesional y su tesis.

―Tranquilo, todo saldrá bien ―le decía cada vez que terminaban de practicar su entrevista. Como incentivo, Jared siempre hacía algo diferente con él durante el sexo.

Podía ser una posición distinta, un pequeño juego o simplemente un cambio de roles. Era diferente dependiendo de la creatividad y el ánimo de los dos. A decir verdad, el apetito de ambos era sano, como el de cualquier pareja joven, independiente y en plena juventud de sus veintes.

―Estoy nervioso ―le confesaba Bruno cuando el momento se acercaba―. ¿Y si no lo hago bien? ¿Si echo a perder la entrevista y no me dan el trabajo? ¿Si no consigo nada para cuando nos vayamos?

―Tenemos el plan B. La beca de Oxford y un pequeño trabajo como administrativo en un despacho contable que un amigo me había ofrecido si no me daban la beca cuando la apliqué.

―¿Cuántos años lleva Bernardo viviendo en Inglaterra?

―Cinco años. Lo conocí entrando a la universidad. Era consejero universitario de mi facultad cuando ingresé. Me hice buen amigo de él. Se fue a Inglaterra a estudiar la maestría directamente y, pues, siempre me animó a intentarlo.

―¿Y estás seguro de que aún tiene el trabajo para ti?

―Sí, me comuniqué con él en junio. Le dije que me iba allá en agosto y me comentó que el trabajo seguía disponible.

Bruno comenzó a relajarse al saber que su novio tenía todo calculado.

―Me sorprende que tu ansiedad siempre te hace estar veinte mil pasos adelante.

―Algo bueno tengo que sacarle.

Cuando llegó el día de la entrevista, Bruno estaba siendo consumido por los nervios. Jared estaba en la habitación mientras Bruno realizaba la entrevista en la pequeña sala-comedor del departamento.

Para cuando finalizó la reunión, Bruno estaba completamente pálido y enmudecido, con una mirada casi catatónica, lo cual asustó a Jared.

―¿Qué pasó? ¿Qué te dijeron?

Por favor, que no se haya quedado mudo en la entrevista.

―Lo tengo.

Jared no pudo contener la alegría y gritó de emoción. Abrazó con mucha fuerza a Bruno y le dio muchos besos mientras este seguía sin poder creerlo.

―¡Amor, felicidades! ―le dijo sin poder contener la felicidad. Parecía un niño cuando gana un premio en un puesto de feria.

Bruno lo miró cuando regresó en sí, pero su expresión perpleja seguía en su rostro.

―¿Esto es real? ―le preguntó―. ¿Nos vamos a Europa?

Jared solo lo besó lentamente y lo abrazó. Ambos comenzaron a soltar lágrimas de felicidad.

―Sí, amor. Es real. Nos vamos a Inglaterra.

¿Cuántas posibilidades había de que las cosas salieran bien a la primera?

Cualquiera diría que muy pocas o casi nulas.

Algo que Jared aprendió en las clases de estadística era que eso no era del todo cierto.

Las posibilidades oscilaban entre el cuarenta y el sesenta por ciento.

Pero eso no importaba, pues eran de los afortunados que estaban teniendo una buena racha en la que las cosas salían bien.

Estaban agradecidos, tanto con Dios como con la vida, el Universo y cualquier fuerza o entidad que rigiera la vida y la muerte.

Pero, más que nada, estaban agradecidos el uno con el otro, por haber sido perseverantes y no rendirse en sus objetivos en común: seguir juntos y conocer un nuevo país, en compañía del otro.