Incertidumbre y temor Trazando rumbos #2
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Trazando rumbos #2

Había llegado el día. Ambos madrugaron. Se levantaron a las cinco de la mañana, se dieron un baño, prepararon café con leche y desayunaron el guisado de la noche anterior.

Tenían todo listo desde el día anterior; solo se colocaron sus chamarras abrigadoras y gorros, además de un par de lentes de sol.

Salieron casi a las seis del departamento, y fue Bruno quien condujo hacia Tlaxcala por el Periférico, después hacia la caseta rumbo a Apizaco y luego hacia Huamantla.

Mientras se dirigían a su destino, escuchaban canciones de los gustos de ambos: Reik, Camila, Moenia, Belinda, Moderatto, RBD, Demi Lovato, Selena Gomez, The Killers, entre otros.

Con la ayuda del guía de Google Maps, para las ocho de la mañana estaban llegando a las faldas de la montaña.

Dejaron estacionado el auto de Héctor en una cabaña que rentaron para su regreso (si es que bajaban con vida) de la cima.

Ambos comieron un par de sándwiches de ensalada fría y pollo antes de comenzar la travesía.

A pesar de no ser invierno, con la primavera apenas entrando, el frío en el lugar era sorprendente. Ambos amaban el frío, pero ese era insoportable: Bruno estaba rojo del rostro por el aire helado que congelaba sus mejillas y Jared temblaba de todo el cuerpo por la misma razón.

―No quiero imaginarme cómo es el lugar en invierno ―comentó Jared, castañeando la mandíbula.

―Tampoco yo.

Les tomó seis horas subir hasta la cúspide de la montaña. Entre descansos, fotografías del lugar y las vistas, el tiempo se fue demasiado rápido. Comieron una segunda ronda de sándwiches, bebieron electrolitos y se quedaron contemplando las vistas de Puebla y Tlaxcala.

―Sabes ―comentó Jared―, esta experiencia está siendo mejor de lo que imaginé.

―Sí, también para mí lo es.

Sentados sobre un cúmulo de piedras, recargaron sus cabezas una con la del otro.

Contemplaron todo, y fue en ese momento que Jared sacó su cámara Polaroid y tomó un par de fotografías de ellos en la cima.

Del mismo modo, tomaron fotos con sus teléfonos y con la cámara Canon profesional que llevaba Bruno.

No había señal a esa altura, así que Jared tuvo que esperar a bajar para publicar algunas fotos en Facebook e historias en Instagram.

―Gracias ―le dijo Jared.

Bruno lo miró desconcertado.

―¿Por qué?

―Por elegirme ―respondió con lágrimas en los ojos.

Bruno lo besó con fuerza y acarició sus frías mejillas con sus manos enguantadas.

―Gracias a ti también. Por elegirme ―le dijo mientras recordaba lo cerca que estuvieron de alejarse―. Por hacerme recordar que esto es lo que quiero. Te quiero en mi vida.

―Y yo a ti en la mía, no me cabe duda alguna.

Estuvieron abrazados un rato, disfrutando de la vista y del sol, hasta que cerca de las tres de la tarde el viento se volvió cada vez más fuerte y helado. Fue entonces cuando decidieron bajar; si la noche los alcanzaba, al menos tenían la cabaña que habían alquilado.

Hicieron solamente dos paradas para orinar y, mientras descendían, platicaron sobre un tema crucial que nunca habían comentado.

―Bruno, ¿cuándo es tu cumpleaños? ―le preguntó Jared.

―Oh Dios, jamás te lo dije ―dijo alarmado.

―¿Ya pasó?

―No, aún no, pero está cerca.

―¿Cuándo?

―El veintisiete de julio.

Jared dio un respiro de alivio.

―Perfecto. Aún queda tiempo.

Eran ya las seis de la tarde cuando bajaron la montaña.

El cielo comenzaba a oscurecer, y el frío aumentaba.

Ambos terminaron exhaustos y, cuando llegaron a las cabañas, entraron a la suya.

Ahí encendieron una fogata para entrar en calor mientras comían la pasta con pollo que calentaron, junto con café de olla que les habían dado de cortesía.

Esa noche, comenzaron a platicar sobre constelaciones y mitos griegos. Descubrieron otra cosa más que tenían en común: su fascinación por esos relatos.

Entonces volvieron a tener relaciones; pero esa noche fue diferente.

No fue solo atracción carnal. Bruno y Jared sintieron algo distinto.

Sus almas se transformaron, como si pasaran de ser esencia y energía a algo parecido al fuego.

Como si la corriente que recorría sus cuerpos al tocarse hubiera encendido una chispa que comenzó a arder con fuerza, alimentándose de cada beso, cada caricia, cada mirada, y cada sensación de placer transformándose en sonido.

Fue entonces cuando realmente hicieron el amor.

Si fuera posible, biológicamente, habrían estado engendrando un hijo con todo el amor que se tenían.

Quizá no era un hijo lo que creaban, pero sí un nuevo comienzo, algo que no imaginaron que nacería de ellos esa fría noche de abril, bajo las faldas de la enorme montaña de la Malinche.

MAYO

El Día de las Madres era una celebración que tanto Bruno como Jared no dejaban pasar por alto.

Ese año cayó en domingo, un día perfecto para Jared, quien volvió a Cuernavaca para celebrar a su madre, y para Bruno, que visitó a la suya.

Ambas madres notaron a sus hijos contentos, emocionados y un poco cansados por las cuestiones laborales y la logística con respecto al viaje, que ya estaba a un par de meses.

―¿Cómo van los arreglos para Inglaterra? ―preguntó Rosario.

Jared había llevado a su madre, al igual que sus demás primos, a uno de los restaurantes más caros y lujosos de Cuernavaca.

―Bien, el próximo mes Bruno tiene su cita en la embajada para obtener la visa de trabajo.

―¿Ya encontró un trabajo allá?

―Está en proceso con dos empresas. Pero una se encuentra en Londres y la otra en Alemania.

―¿Alemania? ―preguntó, desconcertada.

―Sí, lo sabemos. Seguimos evaluando la situación.

―¿Y la beca de Oxford?

―Ya terminé los trámites, todo bien. Enviarán el dinero para el boleto de ida en julio. Ya tenemos reservados los vuelos para el dos de septiembre.

―Pues Dios quiera que todo marche bien para ustedes.

―Gracias, mamá.

Por otro lado, en Puebla, Bruno pasó la tarde en casa con su madre, viendo películas y cocinando. Le había llevado un ramo de flores y unos aretes que le compró con Jared, confiando en el buen gusto de su novio.

―Entonces, es un hecho ―comentó su madre mientras cocinaban calabazas al vapor―. Te vas con ese joven.

―Se llama Jared ―añadió Bruno―. Y sí, me iré con él en agosto.

Edith no hizo comentario alguno; solo se quedó picando más calabazas sin mirar a su hijo.

Después de un silencio incómodo, fue ella misma quien rompió la tensión.

―Me da gusto que ese chico te esté animando a salir de tu zona de confort ―dijo ella, intentando sonreír mientras seguía cortando las calabazas―. Es un buen muchacho, y te ves feliz con él.

Bruno sonrió y miró a su madre.

―Lo amo, madre ―admitió―. Mucho.

Edith dejó de cortar las calabazas, puso el cuchillo a un lado y miró a su hijo a los ojos.

―Lo sé, lo puedo ver ―lo abrazó con fuerza―. Él te quiere lo suficiente para querer compartir todo contigo. Y me alegra que tuvieras el valor de hacerlo también. Por él y por ti.

Bruno besó a su madre en la frente y acarició su cabello.

―Estoy emocionado ―confesó Bruno―. Hace unos años yo quería ir a Europa con Santiago. Y ahora, con Jared, lo haré. Y es él quien me dijo que me fuera con él.

―Eso demuestra que le importas demasiado, y haberte hecho el difícil fue tonto de tu parte, hijo ―le dijo Edith.

Se apartó de él y continuó cortando las calabazas―.

Pero sirvió para saber que está dispuesto a seguir contigo.

No te descartó inmediatamente como ya sabes quién.

Y para mí, si me lo preguntas, vale la pena intentarlo.

Bruno se quedó pensando en que casi lo dejó ir, por un momento. Pero ver que Jared seguía insistiendo en continuar la relación le dio claridad. Gracias al cielo, era obstinado, algo que a Bruno le gustaba de él, y, por alguna extraña razón, Jared seguía cambiando en aspectos que nunca imaginó.

Pasaba lo mismo con Jared. Dejar de fumar fue un enorme avance para él, pues desde la muerte de su madrina se había convertido en fumador activo. Trató en varias ocasiones de dejarlo sin éxito; lo más que había logrado fue un mes, y con secuelas del síndrome de abstinencia.

Cuando Jared regresó de Cuernavaca, Bruno fue a su encuentro a la caseta de Atlixcáyotl en la motocicleta.

―Hola, guapo ―le dijo al verlo bajar del auto que lo dejó en Plaza Aventura.

Jared caminó hacia él y le dio un beso en los labios.

―Hola, galán.

Jared subió a la moto y regresaron al departamento, donde Bruno tenía preparado un poco de las calabazas con elotes que preparó con su madre para que Jared pudiera comer a su regreso.

En ese momento, estaban viendo una nueva serie, pues su novela favorita de dragones ya había terminado.

Jared sugirió comenzar a ver Smallville , recordando los tiempos de su niñez; ambos solían pasar el tiempo viendo la serie y discutiendo sobre la incongruencia de algunos capítulos con la historia original de los cómics.

Cada mañana de ese mes, Bruno admiraba la maraña de pelo rizado de Jared, que se acomodaba de una manera tan peculiar, como si los caireles hicieran un nido para aves.

Le daba risa que, incluso dormido, su compañero se viera tan bello.

Jared siempre se levantaba pocos minutos después que Bruno, al escuchar cuando este salía de la cama y se iba al baño.

Entonces también comenzaba su día: le preparaba té, avena y algo para el lunch mientras Bruno se alistaba para ir al trabajo.

―Buenos días, amor ―le dijo Bruno cuando lo veía en la cocina preparando la comida.

―Buenos días, ¿descansaste?

―Siempre descanso cuando duermo contigo.

Y eso era verdad. Bruno siempre se quedaba dormido al poco tiempo de acostarse, abrazado a Jared. Era como si una paz inmensa lo arrullara cada noche, olvidando toda preocupación pasada, presente o futura, ahí, en sus brazos.