Trazando rumbos
MARZO
La primavera llegó. Hacía poco más de dos estaciones desde aquella mañana cuando Bruno y Jared se conocieron.
Llevaban un mes viviendo en el departamento, y las cosas marchaban normales.
Incluso hicieron una pequeña reunión con sus amigos para celebrar su nuevo lugar.
Fernando, Jorge y Alexis asistieron; les comentaron que un nuevo inquilino había llegado a la casa, pero era muy serio, callado, se quejaba por todo con la casera y siempre dejaba sucio el lugar.
―Es un verdadero dolor de cabeza ―comentó Fernando en esa ocasión.
Luis y Susana estaban felices por Bruno, porque por primera vez lo veían feliz y contento en una relación, ya que hacía años no lo veían así. Era extraño para él; jamás pensó sentirse así, y mucho menos con Jared.
En el trabajo, se encontraba supervisando cómo operaba el nuevo centro comercial.
Había muchas altas y bajas, pues algunos elementos no eran adecuados para su trabajo.
Aun así, al llegar al departamento, encontraba a Jared, quien ya preparaba la cena para ambos.
Jared no cocinaba tanto desde que vivía en Morelos, cuando lo hacía con su madrina.
Jared, en su trabajo, ya había hablado con su supervisor y gerente sobre la maestría en Oxford.
Presentó su renuncia formal, con fecha de término de su contrato el quince de julio, un mes antes de tener que irse a Inglaterra.
Tiempo suficiente para disponer de sus cosas cuando su contrato de arrendamiento llegara a su fin.
A mediados del mes, viajaron a Cuernavaca de visita con la familia de Jared, por el cumpleaños de su tía Helena.
La familia se puso feliz al volver a ver a la pareja después de Navidad; era bueno para ambos mostrarse como una pareja sólida, y su familia estaba feliz.
A pesar de ser la única pareja formal de Jared que habían conocido, verlos juntos era algo nuevo, más porque ambos lucían felices y Bruno se sentía cómodo y aceptado con la familia de Jared.
En Puebla, los planes de irse en Semana Santa a escalar la Malinche se hacían más sólidos.
Estaban a un par de semanas de hacerlo realidad; incluso salían a correr juntos y, de vez en cuando, a nadar en la alberca olímpica del Complejo Acuático Universitario.
Todo para estar en condición de escalar, y claro, también sostenían relaciones sexuales en las mañanas antes de ir a trabajar y en las noches, después de cenar y ver una serie o películas.
De vez en cuando llegaban tan cansados del trabajo que, simplemente, después de cenar, se daban un baño juntos, se cambiaban e iban a la cama, echados y abrazados de cucharita mientras platicaban de su día.
―¿Te has dado cuenta de que dejaste de fumar? ―dijo Bruno mientras lo abrazaba.
Jared se quedó pensando en su último cigarro, el cual fue la tarde de la víspera de Año Nuevo, en el edificio de departamentos donde Bruno vivía con Martin.
―No lo había notado. No he tenido necesidad de fumar en mucho tiempo.
Bruno le besó el cuello y la espalda.
―No sabes lo feliz que me hace saber que no estás fumando, ¿sabes por qué?
―¿Por qué?
―Tu ansiedad está cesando, estás mejorando.
―Yo me siento mejor. No me había sentido así desde antes de… Bueno, tú sabes.
―Sí, lo sé.
―Sabes, me hubiera encantado que las conocieras.
―A mí también, pero creo que eran muy parecidas a ti. Todos son muy parecidos entre sí en tu familia.
―Sí, eso creo. Somos parte uno del otro, supongo.
Y al escuchar eso, un pensamiento se cruzó en la cabeza de Bruno, como si una estrella fugaz aterrizara sobre su mente.
Quería ser parte de él, como su familia.
Muy en el fondo, ambos deseaban que los siguientes meses fueran como ese primer mes: sin preocupaciones, sin complicaciones, sabiendo lidiar con las cosas como un equipo, comunicándose.
Para poder seguir en marcha con el plan, Jared comenzó a buscar empleos en Oxford o en Londres.
Según le había comentado Bruno, también tenía algunos conocimientos en programación y trabajaba en algunos proyectos mientras estudiaba la universidad.
Ese marzo, el primer aniversario luctuoso de su abuela llegó, y Jared lo resentía un poco.
Fue entre semana y no pudo ir a Morelos con su familia, pero estando en Puebla, encendió una vela y puso una de sus fotos con ella, tomada en una Navidad.
Bruno ese día salió con él a caminar después de llegar del trabajo; fueron al centro y caminaron por los alrededores para despejar la mente de Jared.
―Gracias, guapo. Por estar aquí ―le agradeció Jared cuando se detuvieron frente al Edificio Carolino.
―¿Quieres ir por comida china? ―preguntó Bruno, contento―. Yo invito.
―De acuerdo.
Ese día, a pesar de que Jared seguía sintiendo nostalgia por su abuela, ambos disfrutaron mucho de su compañía.
Bruno aprovechó la ocasión para hablar de sus abuelos; le contó a Jared que no era muy cercano a ellos, pero les tenía mucho aprecio.
Habían fallecido cuando Bruno era todavía un niño, muy pequeño para asimilar lo que era la muerte.
―Diría que te entiendo y sé lo que sientes, pero no era tan unido a mis abuelos como tú con tu abuela ―dijo, tomándole la mano mientras comían―. Pero aquí estoy para ti.
A finales del mes, Jared tuvo una cita con el doctor Torres, en la cual Bruno pensó que sería buena idea acompañarlo, para que fuera un poco más consciente de su trastorno, del punto de vista profesional del doctor e incluso para que Bruno pudiera tener más herramientas.
Durante la sesión, Jared habló con el doctor sobre cómo las cosas se habían ido llevando bien sin el medicamento.
Bruno fue un enorme apoyo en las últimas semanas; las cosas marchaban en orden desde que se mudaron juntos.
Incluso dejó de fumar hacía ya tres meses: ni un solo cigarro en su boca desde Año Nuevo.
―Es un gusto saber que llevas ocho meses sin medicamento y todo marcha bien ―dijo, mientras miraba a la pareja de reojo al dejar de escribir en su computadora―.
Es un placer para mí notificarte que te puedo dar de alta con una copia de tu expediente, para que la tengas en caso de que tengas que volver a requerir del servicio en Inglaterra. Y, por cierto, mucho éxito en Oxford.
―Muchas gracias, doc ―dijo Jared.
―Bruno, ¿puedo hablar con usted un momento?
Bruno asintió con la cabeza y Jared entendió que debía salir del consultorio un momento. Se levantó del sofá, y fue cuando el doctor lo detuvo con una seña.
―No, Jared. Quédate, puedes escuchar.
El doctor Torres le comentó a Bruno sobre la condición de Jared de pies a cabeza.
Le explicó que la terapia cognitiva ayudó mucho en su conducta autodestructiva y que necesitaba apoyo para continuar.
Al ser él una persona importante en su vida, podía ayudarlo con ciertos ejercicios para reforzar lo ya trabajado previamente, a lo que Bruno accedió sin dudar.
Jared se sintió un poco incómodo, pero no pudo hacer nada; es decir, era su pareja. Ahora conocía bien la situación, y eso lo asustaba.
AbrIL
Semana Santa estaba a dos semanas. Bruno y Jared ya habían comprado el equipo necesario para escalar la Malinche; incluso Jared había comprado nuevos cartuchos para su cámara Polaroid. Tomar fotografías instantáneas de ese momento era una excelente idea.
Los gastos del departamento no eran demasiados, pues no consumían mucho, lo cual hacía que la situación económica de ambos no se viera tan afectada.
De vez en cuando salían con sus amigos, pero, siendo sinceros, pasaban más tiempo juntos ahora, aunque se hacían el espacio para que tanto Bruno viera a sus amigos como Jared a los suyos.
Como el domingo después de la cita con el doctor Torres, cuando salieron a rodar en bicicleta en la Juárez con todos, incluyendo a Bruno.
―Ya no puedo más ―dijo Bruno cuando llegaron al Parque Ecológico antes de dar el retorno hacia el centro.
―Vamos, sí puedes ―lo animó Fernando.
―Tampoco puedo más ―dijo Alberto, quien estaba rojo del rostro por el esfuerzo y sudando a chorros.
―Será mejor que nos regresemos en ambulancia tú y yo ―le dijo Bruno, y todos se carcajearon. Jared miró a Bruno y, al verlo contento con sus amigos, notó la felicidad en sus ojos.
Ese hombre serio y reservado, poco a poco era otro.
Al igual que él. En ese momento, Jared se dio cuenta de que, en cuestión de meses, ambos evolucionaron a pasos tan agigantados que no podía creerlo.
De regreso, cuando cruzaban el Centro Histórico, Jared miraba a Bruno cuando lo rebasaba con su bicicleta.
El Miércoles de Ceniza, un día antes de los días mayores y dados como inhábiles en labores, Bruno fue a hablar con Héctor, quien, para fortuna de todos, estaba intentando dejar de tomar.
Había visto a sus hijas recientemente, y al ver que ellas lo extrañaban mucho, decidió intentarlo bien por ellas.
―No sabes el gusto que me da escuchar eso ―le dijo Bruno a Héctor―. Espero que lo logres, hermano.
Lo abrazó, y este se extrañó al verlo afectuoso.
―Últimamente eres muy dado a dar abrazos, Bruno.
Él sonrió al escucharlo.
―Me están malacostumbrando ―dijo mientras pensaba en Jared, quien siempre lo abrazaba todo el tiempo.
―Ese chico está sacando tu lado tierno, ¿no es así?
―Está haciendo mucho más que eso.
Héctor le dio unas palmadas.
―Me alegra, pero no mucho, porque dentro de poco me robará a mi hermanito y se lo llevará lejos.
―Solo por un tiempo. Volveremos.
―Bueno, eso espero. Las niñas no podrán vivir sin su tío Bruno.
Héctor le prestó a Bruno, nuevamente, su auto para la excursión a la Malinche.
Le deseó suerte e incluso le hizo el comentario de que estaba en mejor condición.
Lo notaba más fornido, lo cual levantó el ánimo de Bruno, pues sabía que era gracias a la insistencia de Jared en agotarlo físicamente de diferentes maneras: unas más divertidas que otras, pero todas desgastantes.