Incertidumbre y temor Arreglos #2
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Arreglos #2

Inclusive Jocelyn, cuando Jared le comentó sobre el plan de mudarse. Busco departamentos cerca del Complejo Cultural de la BUAP, en zonas cercanas, pues ella rentaba cerca de esa zona.

Bruno comenzó a ver con quién poder mudar sus cosas.

Luis ofreció la camioneta de su tío, solamente pagando la gasolina a utilizar cuando moviera sus cosas del departamento.

Para su suerte, no tenía muchas cosas propias: Ropa, la pantalla de su habitación, su laptop, algunos trastes como platos, tazas, una licuadora, sartenes, sus sabanas y almohadas, algunos libros y todo su calzado.

No era mucho lo que tenía realmente, pero, Jared…

Jared tenía un arsenal de cosas. En especial su biblioteca, al igual de Bruno, tenía pocas posesiones, casi las mismas, solo que la cantidad de libros y ropa era, por mucho, más grande.

Jared había hablado con sus amigos y uno de ellos le comentó de un amigo que hacía servicio de fletes para mover sus cosas y su escritorio al departamento que encontraran para comenzar a vivir juntos.

Cuando llegó el fin de semana de San Valentín, Bruno y Jared habían encontrado un departamento amueblado en Mayorazgo, sobre la Prolongación de la 11 Sur.

No era ni tan pequeño ni tan grande, solo contaba con una habitación amplia, cocina, sala-comedor, cuarto de lavado y un solo baño.

Los servicios venían incluidos, luz, agua, internet y gas.

Fue gracias a un amigo de Bruno que encontraron ese departamento en un pequeño edificio de tres pisos.

Con ayuda de sus amigos de ambos lados, mudaron sus pertenencias y después de ocuparlo, ambos firmaron con su casero un contrato de seis meses de renta: de febrero a agosto.

Fue ese mismo día de catorce de febrero, que ambos firmaron el contrato y que habían mudado sus cosas al pequeño departamento. Un sábado perfecto para hacer todos los movimientos pertinentes.

―Hubieras dejado tu biblioteca en la casa con tus roomies, ocuparon mucho espacio con las cajas.

―No puedo, son parte de mí ―respondió Jared mientras saca libro por libro y lo coloca en un librero que ya venía acompañando la habitación―. Demonios, creo que no van a caber todos ―dijo mientras ve que ya casi llena el librero y aún faltaban dos cajas llenas de libros.

―Tendrán que quedarse en la caja ―le dijo Bruno―, o compra otro librero.

―Puede ser.

―Cuando terminemos, salgamos a comprar la despensa y cocinemos algo para celebrar esta nueva etapa.

―Si, lo veo adecuado. Me gusta la idea.

Se llevaron toda la mañana y parte de la tarde de ese sábado en acomodar sus cosas en el departamento. Más que nada en organizar y distribuir todo de manera homogénea, instalando los electrodomésticos que ya tenían, y viendo lo que les hacía falta en el lugar.

Para las cinco de la tarde, Bruno y Jared terminaron rendidos, acostados sobre su nueva cama matrimonial que estaba cubierta con las sábanas azules de Jared. Ya recostados, yaciendo abrazados uno del otro, con los ojos cerrados, solo se quedaron así, por un rato, en silencio.

―Tengo hambre ―dijo Jared después de un rato de estar así, sin abrir los ojos.

―Yo también, ¿hacemos algo de comer o salimos a comer?

―Salgamos a comer, aunque no conozco la zona.

―Pues, nos queda cerca Angelópolis. Vayamos a comer allá.

―Vale, está bien. ¿En tu moto?

―Sí, está bien.

Se levantaron de la cama, cerraron las cortinas de la ventana de su habitación para comenzar a quitarse la ropa, salieron de su cuarto y cruzaron el pasillo angosto hacia el baño.

Se dieron un baño, se arreglaron con un poco de interrupciones, pues ambos jugaban en no dejar de vestir al otro, dejándose solo en calzones o sin un calcetín.

―¡Ya! ―exclamó Jared.

―Llorón ―dijo Bruno y le devolvió su calcetín.

Una vez vestidos, salieron de su habitación y cerraron con llave. Mientras caminaban hacían la entrada del departamento, ambos se quedan parados observando el lugar.

―Nuestro nido de amor ―le dice Jared a Bruno.

―Si, nuestro ―le dio una nalgada y después lo besó apasionadamente―. Vamos, porque tengo hambre y no quiero ponerme de mal humor.

Bruno abre la puerta y cuando ambos salen del departamento, Jared cierra el departamento con llave.

―Debemos sacar copia para el otro. El lunes nos vamos a trabajar y yo salgo una hora antes que tú ―le dice Jared.

―Es verdad, mañana buscamos un cerrajero.

Se dieron un beso y ambos bajaron por las escaleras del edificio hasta la puerta principal.

Su departamento se encontraba en medio, en el segundo piso.

Ya estaba atardeciendo, el cielo afuera era de un color naranja intenso.

La motocicleta de Bruno estaba estacionada en el patio común donde estaba estacionado otro auto, de uno de los inquilinos.

Lo bueno de ese edificio es que solo eran dos departamentos más, no tenía que compartir el patio con muchas personas.

Abrieron el portón y sacaron la moto. Cuando volvieron a cerrar el portón, Bruno ya estaba esperando a Jared con el casco pueste, este se acercó mientras se colocaba el suyo y salieron a toda velocidad hacia Angelópolis.

El frío aire de la tarde se hacía cada vez más pesado, eran las últimas noches frías en Puebla, una vez entrando la primavera, las noches y madrugadas eran menos despiadadas.

Al llegar a la plaza Solesta, lo primero que Jared vio fue la rueda de luz de la Estrella de Puebla. Esa tarde, el cielo estaba despejado, el cielo ahora estaba pintado de color morado, en el horizonte solo quedaba una pequeña franja de color naranja que en cuestión de minutos desaparecería.

―¿De qué tienes apetito? ―preguntó Jared a Bruno.

―Sushi.

―Bien, vayamos a Shirushi.

―Sí, está bien. Me parece buena idea.

Ambos se toman de la mano y caminan en dirección a la plaza. Hacia justamente dos meses de la última vez que estuvieron en esa plaza. Ahora, el lugar no tenía decoraciones navideñas, solo algunos locales con temática de San Valentín.

―¿Te puedo hacer una confesión? ―preguntó Jared.

―Dime.

―Es la primera vez que salgo en una cita, con mi pareja, un catorce de febrero.

―No te creo ―le dijo Bruno burlándose.

―Es en serio. Jamás he pasado un día de San Valentín con un novio.

―No entiendo por qué.

―Pues, mis relaciones no llegan a durar mucho tiempo. Y siempre había pasado esta fecha con mis amigos, solteros, celebrando la amistad, o con mi familia. O trabajando, como el año anterior.

Bruno acaricia su mano con su pulgar y lo mira con ternura.

―Pues casi nos perdemos de esta oportunidad.

―Cierto, casi.

El recordar el tiempo que estuvieron distanciados después de esa plática en el Parque Ecológico, ponía un poco tristes a Bruno y Jared.

No querían encapsularse en eso, habían acordado vivir su día a día.

Sin preocuparse por lo ocurrido, y tampoco por lo que estaban por vivir.

Era difícil, pues a ambos les causaba cierto temor el futuro.

Al llegar al restaurante de sushi, Bruno y Jared se sentaron en una mesa cerca de la ventana que daba vista a la Estrella.

Jared recordó el día que vino con su familia a Puebla para buscar un cuarto dónde rentar antes de comenzar las clases.

Su abuela, su madre y sus tíos habían venido con ellos, fue cuando dieron con la casa donde vivía con Fernando, Jorge y Alexis.

Ese día visitaron a unos amigos de sus tíos.

Se quedaron toda la tarde y noche, cuando vieron a los amigos de sus tíos, ellos los llevaron a la Estrella de Puebla.

Fue la primera vez que Jared se subió y observó desde lo alto la ciudad.

Apenas y tenía diecinueve años cuando eso ocurrió.

―¿Qué van a ordenar? ―preguntó el mesero al acercarse a sus mesas.

Jared se había perdido en sus recuerdos al mirar la Estrella por la ventana. Regreso a la realidad cuando el mesero hizo la pregunta y mientras Bruno ordenaba, le dio un vistazo rápido a la carta para ordenar.

―Diez piezas de Banana Maki y agua de Jamaica ―dijo Jared justo cuando Bruno termina de dictar su orden.

―¿Algo más?

Ambos negaron con la cabeza.

―Gracias ―le dijo Jared.

El mesero toma las cartas y se queda mirando a Jared por un momento, da media vuelta y se va.

―Una moneda por tus pensamientos ―le dijo Bruno.

―¡Hey! Esa es mi frase ―reprochó Jared.

―No veo símbolo de Copyright en la frase ―se burló Bruno sonriendo.

―Muy gracioso ―le dijo al darse cuenta de que le ha aprendido su humor.

―Pero en serio. Dime.

―Pues, recordé cuando vine a Puebla con mi familia, a buscar un cuarto dónde rentar. Previo al inicio de clases.

―¿Hace cuánto de esto?

―Seis años. Vine con mi abuela, mi madre y mis tíos Adela y Mauricio. Ese día en la noche, venimos a ver la Estrella y la subimos. Fue la primera vez que vi la ciudad de Puebla desde lo alto, de noche. Se veía hermosa, fue entonces que me di cuenta que me había enamorado de la ciudad.

Bruno no dejaba de ver con asombro a Jared, pues este comenzaba a imaginar ese mismo recuerdo como si lo estuviera viviendo.

―Creo que entiendo eso.

―¿En serio?

―Sí, justo ahora, así como tú te das cuenta de que en ese momento te enamoraste de Puebla. Yo me estoy dando cuenta de que estoy enamorado de ti.

―Basta ―le dijo Jared.

―¿Por qué? Estamos aquí, celebrando que dimos un paso más y nos espera una nueva etapa. Y confío en que, siendo fieles a nuestros acuerdos, esto puede salir bien. No me cabe la menor duda de eso.

Jared se sorprendió al escuchar eso, pues fue Bruno con él que había hablado en aquella ocasión en el Parque Ecológico y en el Museo Amparo había desaparecido. Ahora un hombre más seguro y firme estaba sentado delante de él.

―Lo sé, yo también confío en que será así.

Para cuando el mesero regresó con su comida, ambos siguieron conversando sobre cómo se iban a organizar para lavar ropa, la basura, el aseo en el departamento, las clases de Jared los viernes y demás temas de logísticas para su nuevo espacio.

Y sobre un posible viaje fuera de Puebla en Semana Santa, para despejarse de todo.

Quizás a un lugar cerca, algo que ambos disfrutaran.

A Jared le gustaba el mar, pero Bruno odiaba el mar y más cuando había mucha gente.

Y Semana Santa es cuando más personas van a las playas.

Visitar otro Pueblo Mágico era una opción, pero algo que Jared solo había hecho una vez era escalar una montaña alta.

El Nevado de Toluca, hace cinco años, cuando terminó su primer semestre, en vacaciones de invierno.

Llegaron al acuerdo de subir la Malinche, una actividad perfecta para desaparecer y mejorar su condición física.

―Solo espero no morir en el intento ―dijo Bruno.

―¿Por qué?

―Pues, estoy llenito y no hago mucho ejercicio.

―Sales a correr, tienes sexo frecuente y comes bien. No te pasara nada.

―¿Tengo sexo seguido?

―Bueno, lo tendrás, comenzando por esta noche.

―Es una advertencia.

―Es un hecho, querido.

Cuando terminaron de comer, Bruno sugirió ir a la Estrella y subir. Jared aceptó y ambos se formaron en la fila mientras conversaban sobre temas diferentes.

―¿Te has dado cuenta que en los último siete meses hemos cambiado mucho?

―¿Cómo? ―preguntó Bruno confundido.

―Pues… Ambos estamos tomando riesgos, y no es algo que hagamos muy seguido, pero lo hacemos más ahora.

―Es cierto, y a ti yo te notó más tranquilo. Todavía recuerdo cuando te conocí y pues, estabas en tú mal rato. También tú has cambiado mucho.

―Tú ya no eres tan serio como cuando te conocí. Hablas más, incluso haces más bromas.

―Oye, pero si yo siempre he sido gracioso.

―El sarcasmo es divertido, sí. Pero no tanto.

―Mira nada más, un crítico de comedia.

―Así es, más respeto por favor.

Ambos se ríen y comenzaron a hablar sobre sus experiencias más extrañas en alguna cita o cualquier otro momento.

Bruno le contó a Jared que una vez vio como alguien fue arrollado por un auto, pero el sujeto había salido ileso del impacto.

Algo difícil de creer y que Bruno mismo dudo que fuera real, de no haber sido porque lo vio con sus propios ojos.

―Qué fuerte ―le dijo Jared con el rostro casi catatónico.

―¿Y tú? ¿Cuál ha sido tu experiencia más extraña?

―Pues, que varias veces me han leído el futuro o cosas por el estilo.

―¿Te han leído el futuro? ¿Cómo el Tarot o lectura de manos?

―No, fue más como. Cuando vivía en Cuernavaca, una vez, un señor se me acercó cuando estaba en el centro, esperando la ruta hacia Tlaltenango. Y este me dijo cosas, como, que tenía un brillante futuro por delante, que tenía un papel importante que desempeñar y ayudaría a muchos.

―¿Y tú crees eso?

―Pues, quiero creer que sí. Pero al mismo tiempo no.

Jared notó como Bruno lo mira.

―Sigues siendo todo un enigma para mí. Una completa incongruencia andante.

―Tal parece.

Cuando fue su turno de subir, se tomaron la fotografía de recuerdo en frente de una pantalla verde, que por protocolo los operadores toman previo a subir a la atracción.

Una vez dentro de la góndola, está fue subiendo lentamente y fue cuando Jared comenzó a recordar nuevamente ese día con su familia.

―Han pasado años, ¿cierto?

―Sí, parecer que nada cambio. Pero si lo hizo ―dijo Jared mientras observa la ciudad―. La ciudad creció, igual que yo. Ahora tengo responsabilidades, y tengo cargas que antes no.

―¿Cargas?

―Pues, los duelos, no me he podido librar de eso.

Bruno se quedó pensando y abrazó a Jared mientras juntos observan la ciudad, sentados.

―Quisiera poder quitarte ese dolor, para que puedas vivir con más calma y paz.

―Descuida, algún día dejará de doler. Nada dura para siempre.

Y esas palabras hicieron eco en los dos. Eran conscientes de que existía la posibilidad de que los próximos meses no resultaran como esperaban y que al final, tomaran rumbos diferentes y lo que ambos vivieron solo se quedara como un bello recuerdo en la memoria de ambos.

Era algo que tenían que descubrir por su propia cuenta los próximos meses. Pero tenían la convicción de que las cosas funcionaran, ambos eran obstinados y determinados. Contra el pronóstico, las cosas se acomodarían acorde a las semanas posteriores.