Arreglos
Bruno,
Tenías razón. Es mayor mi deseo de irme a Oxford que el de quedarme aquí contigo. Pero creo que no estás tomando en cuenta que no solo te estoy dejando atrás a ti, sino también a mi familia y a mis amigos.
Pedirte que vinieras conmigo fue egoísta, lo sé. Pero también creo que estás siendo injusto al decir que no pienso en lo que tú quieres. Sí lo hago. Y, siendo honesto, también creo que la herida de Santiago sigue latente en ti, y que eso está influyendo en tu decisión de no venir conmigo.
Me iré a Oxford en septiembre. Podríamos vivir juntos estos meses mientras sigo aquí, si es que aún somos novios y si la idea de rentar un departamento sigue en pie para ti. A menos que decidas seguir ignorándome, como lo has hecho estas últimas tres semanas.
La próxima semana es San Valentín. Me gustaría verte ese día. Te extraño.
Y creo que, al menos, nos merecemos un día tranquilo. Un día feliz.
Por favor, respóndeme.
Jared.
Cuando Jared terminó de escribir la carta, dobló la hoja a la mitad y la metió en el sobre blanco, donde los datos de Bruno estaban anotados:
Bruno Caballero Ruíz
Torre Reforma, Departamento 405
Avenida Reforma Sur 4315, La Paz, 72160
Heroica Puebla de Zaragoza, Puebla
Metió el sobre en el buzón del departamento cuatrocientos cinco y salió del edificio.
Una vez afuera, miró hacia los ventanales del departamento de Bruno y Martin.
Recordó aquella noche de su cumpleaños, lo feliz que se había sentido con él.
También recordó los días previos a Año Nuevo, cuando vivieron juntos.
Deseaba que esos momentos continuaran, ya fuera en Puebla durante los meses siguientes o en Inglaterra.
Pero quizá todo aquello era demasiado pronto para ambos.
Caminó por la Avenida Reforma hasta el boulevard y de ahí hacia la Avenida Juárez, luego al Paseo Bravo y finalmente al Centro.
Recorrió todo ese trayecto a pie, observando la ciudad.
Recordó cuando había llegado por primera vez a Puebla como estudiante foráneo, lo enorme que le parecía, las salidas con sus amigos y las citas con algunos ligues.
Todo eso estaba a punto de cambiar en un par de meses, cuando se marchara a Inglaterra.
Ese mismo fin de semana, Bruno salió a tomar café con Luis y Susana en casa de ella, en Angelópolis.
Les contó la situación con Jared. Ambos comprendieron el panorama y no tomaron partido.
Sabían que Bruno no quería interferir en los planes de Jared, pero el hecho de que Jared le propusiera irse con él les hacía pensar que buscaba algo más serio, a diferencia de lo que había ocurrido con Santiago.
―Bruno, cariño ―comenzó a decir Susana mientras le tomaba la mano―. Piénsalo bien. El chico quiere tenerte en su vida, te lo está demostrando al pedirte que te vayas con él.
―Sí, pero no está pensando en mí, ni en lo que quiero ―dijo Bruno, molesto―. Solo piensa en lo que él quiere, en irse a Inglaterra… e irse y dejarme como lo hizo…
―Bruno, no seas imbécil ―dijo Luis―. Jared no es Santiago. Además, hace dos años estabas dispuesto a irte a España con él. No veo por qué no hacerlo con Jared.
―Porque ya no es lo que quiero.
―¿Y qué es lo que quieres? ―preguntó Susana.
Bruno no respondió. Se quedó pensando. Sabía que la respuesta era obvia: quedarse con Jared. Pero el enojo y el orgullo no le permitían ver con claridad.
―No eres feliz en tu trabajo y has pensado en irte al extranjero ―dijo Luis―. Ahora conoces a alguien que te propone irte con él a Inglaterra. Es una oportunidad.
―No lo sé ―respondió Bruno―. No estoy seguro.
―Pues piénsalo. De todos modos, se va a ir. ¿Por qué no pasar los últimos meses juntos?
Esa pregunta retumbó en la mente de Bruno durante toda la tarde.
Cuando regresó a su departamento, saludó a Martin, un hombre cercano a su edad, más alto y delgado, que estaba cocinando.
―Tienes correspondencia en la mesa ―le dice sin mirarlo.
Bruno se acercó y vio el sobre con su nombre y dirección. No tenía remitente, pero no hacía falta. Reconocía la letra ligeramente inclinada de Jared.
Entró a su habitación, se tumbó en la cama y se quedó mirando el sobre durante un largo rato. Sonrió levemente al darse cuenta de que era otro intento de Jared por verlo. No había respondido llamadas ni mensajes; lo había empujado a recurrir a la carta.
Ay, Jared. Pensó, sintiendo una mezcla de ternura y nostalgia.
Lo extrañaba. Mucho. Aunque no lo admitiera, quería verlo. Pensaba en él todos los días, pero evitaba acercarse para no complicar más las cosas, para no intensificar el dolor.
Ambos atravesaban una encrucijada. Se llamaban, incluso en la distancia, pero el miedo y la inseguridad los detenían.
Recordó una idea que siempre le había resonado, como en Interestelar : para avanzar, hay que dejar algo atrás. Aquello aplicaba perfectamente a sus vidas.
Jared estaba dispuesto a hacerlo. A dejar cosas atrás… pero también quería llevarse a Bruno con él. Sabía que era egoísta. ¿Pero quién no había deseado alguna vez tenerlo todo?
La maestría. El extranjero. Bruno.
Todo.
Pero no siempre se puede.
Y quienes lo intentan, a veces lo pierden todo.
Jared ya había vivido con la duda de no intentarlo. No quería repetirlo. Por eso insistía.
Si Bruno no aceptaba, tendría que soltarlo. No habría otra opción.
Esa noche, Bruno tomó una decisión.
Después de ocuparse en tareas domésticas para distraerse, se quedó en silencio. Uno esperaba respuesta; el otro, reunir el valor para darla.
Alguien tenía que ceder.
La pregunta era: ¿quién?
Jared sintió su celular vibrar sobre el pecho. Era una llamada entrante. De Bruno.
Al ver la foto en la pantalla —la que se habían tomado en el Callejón de los Sapos aquella noche de Año Nuevo— sintió un golpe de emoción.
―Hola.
―Hola. ¿Qué haces? ¿Cómo estás?
―Acabo de terminar de cocinar para la semana. Vine a mi cuarto a descansar ―dijo Jared mientras deja su libro a un lado―. ¿Tú cómo estás?
―Bien, con mucho trabajo, pero bien ―dijo Bruno, desde su motocicleta, estacionado cerca de Plaza Dorada―. ¿Puedo ir a verte?
―Sí, claro. Siempre eres bienvenido, lo sabes.
―Entonces paso en diez minutos. Estoy por Plaza Dorada.
―Está bien. Aquí te espero.
―Adiós.
Bruno colgó y sintió cómo los nervios comenzaban a apoderarse de él. Era momento de hablar con honestidad. Quería a Jared. Quería estar con él. Y tenía en mente una propuesta para encontrar un punto medio.
Un lugar donde ninguno perdiera… y ambos ganaran algo.
Cuando llegó a casa de Jared, este ya lo esperaba en la sala, con la pierna temblando y mordiéndose la piel alrededor de las uñas.
Al recibir el mensaje de que estaba afuera, Jared abrió la puerta de inmediato.
Cuando se vieron, se acercaron.
Pero se detuvieron.
―¿Quieres pasar? ―le ofreció.
―Sí, por favor. Hace mucho frío.
Enero era esa época del año en la que el frío se volvía intenso, incluso más que en diciembre. Aun así, a Bruno y a Jared les gustaba ese clima, aunque últimamente no habían compartido noches juntos para combatirlo como solían.
Bruno caminó hacia la entrada con el casco en la mano y la chamarra aún puesta.
Aquella chamarra beige que tanto le gustaba a Jared, la misma que había usado la noche en que fueron a comer hamburguesas y se dieron su primer beso.
Jared comenzó a sentir como si fuera la primera vez que estaban juntos, solos, como aquella noche.
―¿Quieres agua? ¿Té? ¿Café? ―preguntó Jared.
―No, gracias. Estoy bien así ―dijo Bruno con tono tranquilo―. No pienso quedarme mucho tiempo.
―Entiendo ―respondió Jared.
Ambos permanecieron de pie, mirándose en un silencio prolongado, hasta que Jared le indicó que tomara asiento.
Una vez sentados, Bruno comenzó a hablar directamente.
―Mira, leí la carta que me dejaste en el edificio. Supongo que notaste que tomé distancia para pensar bien las cosas, pero sentí que la carta fue un ultimátum de tu parte.
Jared intentó interrumpir, pero Bruno levantó la mano para detenerlo, anticipando su reacción.
―No sé si lo fue o no. El punto es que ya tomaste una decisión. Te vas a ir, y me alegra. Son oportunidades que no se repiten en la vida.
―Gracias ―dijo Jared en la pausa.
―Pero, con respecto a nosotros… ―hizo una pausa y lo miró a los ojos―. No sé qué tan buena idea sea mudarnos juntos si al final te vas en unos meses. ¿Qué va a pasar con la renta y los gastos?
―Pensaba que podíamos rentar al menos seis meses.
―¿Y después? ¿Tú te vas y yo qué hago? Martin no creo que me reciba si ya tiene otro roomie.
―Podría ayudarte a encontrar otro lugar o apoyarte con los gastos.
―No es el punto, Jared. Veo esa propuesta muy precipitada… y caprichosa.
Jared sintió el peso de esas palabras, como si fuera un regaño, aunque sabía que no lo eran.
―La entiendo. Y créeme, yo también lo quiero. Pero no lo veo viable. Así que tenemos que llegar a un acuerdo.
―¿Qué tipo de acuerdo? ―preguntó Jared.
―Si vamos a rentar, que sea un lugar económico, en una zona que nos funcione a ambos. Y que, cuando te vayas, yo pueda sostenerlo solo. Pero con una condición.
―¿Cuál? ―preguntó Jared.
―Que si viviendo juntos nuestra relación se fortalece… me ayudes a encontrar trabajo en Inglaterra.
Jared se quedó en silencio.
―¿En Inglaterra?
―Quiero irme contigo. Pero necesito algo seguro allá. Si funciona entre nosotros en estos seis meses, puedo ir contigo. Y si no… al menos aprovechamos el tiempo aquí.
Jared sintió una emoción que apenas podía contener. Sin embargo, una duda lo mantuvo con los pies en la tierra.
―¿De verdad crees que funcione?
―Eso, amor ―dijo Bruno mientras se levantaba, se acercaba, lo besaba y comenzaba a quitarse la chamarra―, es algo que tenemos que descubrir.
Durante las semanas posteriores, tanto como Bruno, como Jared y los amigos de ambos, se dieron en la tarea de buscar departamentos para los dos, en todos los medios. La idea de que ambos se animaran a vivir juntos emocionaba a los amigos de los dos, que estos hicieron más la investigación a fondo.