Epílogo Después de todo, sí.
Dos años después de aquel día en que Bruno y Jared tomaron ese vuelo a Londres, la vida les siguió sonriendo favorablemente.
Habían regresado a México un par de veces para pasar las vacaciones de diciembre y las dos semanas obligatorias en verano para renovar la visa de ambos.
Pero aprovecharon cada oportunidad que tuvieron para conocer todo lo que querían.
Conocieron Londres de pies a cabeza. Visitaron los museos y todo lo que estos les podían ofrecer.
Conocieron la pequeña ciudad de Oxford del mismo modo.
Jared fue el alumno con mejor desempeño en su clase, como bien Bruno le había dicho alguna vez.
Recibió un premio por su investigación en los efectos anticancerígenos y contra el Parkinson de un nuevo compuesto sintetizado, lo cual le dio mucho material para trabajar en una línea de investigación pionera.
En las vacaciones de ambos, cuando era fin de semestre de Jared y Bruno tenía periodos de descanso, viajaban a conocer otros países como Italia, Francia, España e incluso Alemania, el país que Jared quería conocer cuando aún era estudiante de licenciatura en Puebla.
Ahora lo había conocido al lado de su compañero de aventuras y viajes.
Bruno estaba contento, pues en ocasiones viajaba más por Europa por su trabajo, llegando a conocer lugares como Suiza, Rumania e incluso Noruega, donde tuvo la fortuna de ver por primera vez las auroras boreales.
La pareja regresó a México dos años después, cuando Jared concluyó sus estudios en Oxford. Pero, para suerte de ambos, Bruno aún conservaba su empleo en Londres. Podían permitirse volver y, mientras Jared conseguía un empleo en Londres en algún laboratorio, debían pasar un tiempo en su país natal.
Cuando regresaron a Puebla, se quedaron en casa de Edith. Edgar se había ido de la casa un año antes; finalmente se habían divorciado y una de las hermanas de ella, Gertrudis, se había quedado para hacerle compañía.
Del mismo modo, visitaron a la familia y amigos de Jared en Cuernavaca y, como siempre, hicieron una enorme fiesta para celebrar el regreso de ambos.
Una mañana, siendo el dieciocho de agosto, estando en Puebla, Bruno y Jared volvieron a caminar por el Circuito Juan Pablo II hasta llegar al puente donde se habían cruzado sus caminos.
Esa mañana estaba igual de helada que la de aquella ocasión, pero, habiendo sobrevivido al clima invernal en Inglaterra, ese frío para ellos era como una tarde de verano.
―De vuelta aquí ―dijo Jared.
―Donde todo comenzó ―añadió Bruno.
Tomados de la mano, mientras miraban el amanecer, recordaron el principio de su historia. Habiendo vivido tanto en Europa, el semblante de ambos ahora era muy diferente al que tenían cuando se conocieron. Bruno ahora tenía treinta y dos años, mientras que Jared estaba por cumplir veintisiete.
―Gracias por llegar a mi vida en ese momento ―le dijo Jared, con los ojos llenos de lágrimas mientras la luz del sol naciente brillaba sobre ellos―. Me salvaste la vida.
―Y tú a mí, cielo ―apretó su mano y la besó sin dejar de contemplar el amanecer―. Nos salvamos los dos.
Tres años después, el rumbo de sus vidas había dado tantos giros que era difícil contar los cambios que habían vivido e incluso reconocerse a sí mismos en el espejo. Pero algo se mantenía intacto: el cariño y amor que se tenían.
Fue en ese mismo lugar donde Bruno se arrodilló ante Jared, sacó de su bolsillo una pequeña caja, la abrió frente a sus ojos y dejó ver un anillo con una piedra blanca brillante.
―Jared Heredia Núñez, ¿quieres casarte conmigo?