Nochevieja #2
Sin darse cuenta, Bruno también había subido y se acercó a él.
―¿Todo bien?
Jared se levantó y dio otra calada.
―Me siento un poco estresado.
―¿Por qué?
Jared suspiró.
―Más bien preocupado. En no agradarle a tu familia, en que no salgan bien los roles… y por el trabajo pendiente que me espera pasado mañana.
Bruno lo miró. Sabía que no era toda la verdad, pero decidió no confrontarlo.
―Descuida, son cosas que aún no pasan. En casa de mis padres solo estaremos mi hermano y yo contigo, y quizá una de mis tías. No tienes que impresionar a nadie. Y lo del trabajo… preocúpate el lunes. Por ahora solo somos nosotros. ¿Vale?
Jared respiró en silencio. No se sentía comprendido del todo, pero al menos había intención.
―Sabes, no me vendría mal un abrazo ―dijo.
Bruno señaló el cigarro con la mirada.
―Cuando lo termines, sabes que odio el humo.
Jared lo apagó a medio terminar contra la suela de su tenis.
―No me refería a…
Bruno lo abrazó.
Se quedaron así un momento.
―Bajemos ―dijo Jared―. Los roles no tardan en estar listos.
Bruno asintió y regresaron tomados de la mano.
A las siete de la tarde, ambos se ducharon para arreglarse antes de ir a casa de los padres de Bruno en Analco. Bruno le había dicho que no era necesario vestirse formal, pero Jared quiso causar buena impresión: pantalón negro, camisa azul y zapatos lustrados.
Bruno optó por un pantalón negro de mezclilla, camisa gris y tenis. Se peinó hacia atrás y perfiló su barba.
―Qué guapo ―dijo Bruno.
―Tengo que impresionar a mis suegros y a mi cuñado.
Sonrieron frente al espejo. Jared notó cierta preocupación en el rostro de Bruno.
―¿Qué pasa? ―preguntó.
―Si mi hermano empieza a tomar de más y arma una escena, nos vamos.
Jared lo miró, pensativo.
―¿Ya ha pasado antes?
―Sí, y siempre tengo que resolverlo. Pero ya no más.
Jared decidió no profundizar.
―¿Listo? ―preguntó, después de perfumarse.
―Sí, vamos. El Uber no tarda.
Se besaron antes de salir. Tomaron las botellas, el refractario, apagaron las luces y bajaron por el ascensor.
El Uber los llevó por la avenida Reforma hacia el centro, iluminado con decoraciones navideñas.
―Está mucho más decorado que Cuernavaca ―dijo Jared.
―No te gusta tu ciudad, ¿cierto?
―No es eso… pero aquí me gusta más.
Bruno asintió en silencio.
Jared miró por la ventana, nervioso, pensando en la impresión que causaría.
―Es en el portón café, el quinientos tres.
El auto se detuvo. Bajaron. Jared respiró hondo.
―Tranquilo ―dijo Bruno―. Les vas a agradar.
Tocó el timbre.
La puerta se abrió. Era Edith, la madre de Bruno.
―Bruno, llegaste ―dijo. Luego miró a Jared―. Qué elegante muchacho.
Jared soltó la mano de Bruno y estrechó la suya.
―Buenas noches.
―Edith, por favor. Pasen.
Jared le ofreció la botella.
―Trajimos esto para ustedes ―dijo Jared al acercarle el vino para dárselo a Edith.
―También esto, mamá ―dijo Bruno al levantar la sidra y el refractario con roles.
―Guárdenlos en el refrigerador. Héctor ya no tarda en llegar.
―¿Todavía no llega?
―Fue a ver a Verónica y a las niñas.
―Bien, al menos accedió a dejarlas verlo esta noche.
Jared trató de comprender; no fue difícil. Su hermano pasaba por un divorcio y, por eso, tenía problemas con el alcohol. Ahora todo tenía sentido. Ocultaba el dolor con cerveza, tequila, vodka… con todo lo que pudiera. Conocía ese sentimiento de vacío.
Al entrar a la casa, Jared se sorprendió al ver el estilo de los acabados del interior. Era una auténtica casa española del siglo XVIII, con chimenea y detalles de ladrillo. Un hogar amplio y pintoresco, con suelo de azulejos de talavera y paredes revestidas de azulejo blanco.
―Dame el vino ―dijo Bruno.
Jared obedeció y le entregó la botella.
Continuó admirando el lugar. Estaba decorado con luces navideñas y un árbol que casi duplicaba su estatura. En las paredes solo había fotografías de graduación: las de Bruno y su hermano. También alcanzó a ver lo que parecía ser el título universitario de Bruno.
Ingeniero civil.
Ahora lo sabía. Ya no era un misterio. Un ingeniero y un químico… algo que no le resultaba del todo nuevo. Había un pequeño patrón que acababa de confirmar.
Otro ingeniero, y es civil. ¿Es broma? Pensó.
Cuando entró a la universidad, antes de salir con Jesús, había tenido un breve noviazgo con un estudiante de ingeniería civil.
Lo había conocido en una fiesta en Loma Bonita.
Fue su primer noviazgo universitario: la emoción, la libertad…
la idea de tener a alguien con quien compartir su espacio.
Pero la magia duró apenas un mes. El chico vivía en el clóset y solo buscaba algo pasajero.
―¿Ese es el hermano de Bruno? ―preguntó Jared al ver la otra placa de graduación, en Administración de Empresas.
―Sí, es Héctor ―respondió Edith.
―¿Emilio no está? ―preguntó Bruno.
―Salió a comprar, no tarda.
Bruno pensó en silencio: ¿comprar más cerveza para emborracharse con Héctor? Esperó que no. De lo contrario, se irían antes de la medianoche. No dijo nada. Solo abrazó a Jared por la espalda.
―Así que ingeniero. Interesante ―dijo Jared, recargando su mejilla con la de Bruno.
―¿No te lo había dicho?
―No, jamás lo mencionaste.
Bruno frunció el ceño.
―Juraría que sí. Aunque no tengo buena memoria.
―Bueno, como sea. Ahora lo sé, inge.
Los tres se sentaron y comenzaron a platicar. Edith empezó a hacerle preguntas a Jared: sobre su trabajo, sus estudios, su postura política y su religión. Temas capaces de encender cualquier discusión.
¡Ay, Dios! Pensó Jared.
Su miedo se había materializado. Sabía que lo estaba probando. Dudó entre responder con total honestidad o mantenerse neutral. Miró a Bruno, pero su expresión era impenetrable.
Maldito seas, al menos apóyame.
―Soy químico ―dijo―. Trabajo como inspector de calidad en una farmacéutica. No soy muy político, pero trato de informarme en elecciones. Siempre he pensado que no importa quién gobierne si nosotros no cambiamos primero.
Edith sonrió, complacida.
―Muy sensato ―dijo, mirando a Bruno―. Te has encontrado a un chico decente e inteligente. Por fin alguien que te merece.
La palabra “merece” despertó una inquietud en Jared. ¿Cuántos antes? ¿Y qué significaba eso exactamente? No le agradó el tono, pero decidió callar.
―Y en cuanto a religión… ―continuó, tragando saliva―. Crecí en el catolicismo. Hice mis sacramentos, pero con el tiempo formé mi propio criterio. No soy devoto. A veces voy a misa, pero no comulgo ni me confieso. Respeto las creencias de los demás, mientras no dañen a nadie.
Edith tomó su mano y sonrió.
―Eres un buen muchacho, eso no lo dudo. Solo quería saber qué fe profesas, para evitar conflictos con mi esposo.
―¿Por qué? ―preguntó Jared.
―Somos cristianos ―dijo Bruno.
Jared abrió los ojos.
No esperaba tanto en una sola noche… y apenas comenzaba.
Miró a Bruno, que le guiñó el ojo. Intentaba procesarlo. Si sus padres eran cristianos, seguramente no había sido fácil su orientación. Quizá por eso Bruno evitaba hablar de su familia, como él evitaba hablar de su padre.
En ese momento, el padre de Bruno, Edgar, entró con tres paquetes de cerveza Nochebuena. Observó a la pareja.
Era un hombre mayor, canoso, de mirada severa. Jared notó el parecido inmediato: era como ver a Bruno treinta años en el futuro.
Bruno se levantó, adoptó una postura rígida y habló.
―Edgar, él es Jared. Mi novio.
Jared tomó su mano y se puso de pie.
―Un gusto, señor.
Edgar tenía las manos ocupadas, así que Jared reaccionó rápido.
―Permítame ayudarle.
Tomó las cervezas y las llevó al refrigerador.
―Qué muchacho tan acomedido, gracias ―dijo Edgar.
Jared intentaba mostrar su mejor versión. No le costaba ser amable; siempre lo había sido.
―Esperemos a Héctor y comenzamos a cenar.
Mientras tanto, el interrogatorio continuó, ahora por parte de Edgar.
―¿Qué edad tienes, Jared?
―Acabo de cumplir veinticinco.
―¿Eres de aquí?
―No, soy de Morelos.
―¿Qué te trajo a Puebla?
―La universidad.
―¿Qué estudiaste?
―Química. Ahora trabajo en el área de calidad en una farmacéutica.
―Así que químico. Muy bien.
Jared respondió con calma, aunque la tensión era evidente. Bruno lo notó: sus padres lo estaban evaluando.
Cuando Héctor llegó, el parecido entre los hermanos fue inmediato. Más robusto, más barba, misma estatura. Saludó a Jared con un apretón de manos, sin mucho interés.
―Pensé que irías a ver a las niñas ―dijo Héctor.
―Estuve ocupado ―respondió Bruno, mirando a Jared―. Preparamos roles de canela glaseados.
―Perfecto, muero de hambre.
Mientras comían, Jared notaba cómo Bruno se mantenía serio, como si, al llegar su hermano y su padre, se hubiera vuelto más cortante. Entonces, todo encajó para él: su padre y su hermano eran alcohólicos, y por eso la relación entre ellos se sentía tensa.
Cuando terminaron de comer la lasaña que había preparado Edith, ella acercó el refractario con los roles que Bruno y Jared habían hecho. Los probaron, y fue Edith quien hizo el primer comentario.
―Muy buenos ―dijo mientras saboreaba, con un poco de azúcar glas en los labios.
―Deliciosos ―añadió Edgar―. ¿Sabes cocinar?
―Pues, un poco.
―Cocina muy bien ―dijo Bruno―. Está siendo modesto.
Jared solo sonrió y no dijo nada, mientras Héctor lo miraba con indiferencia y bebía su tercera Nochebuena.
―Sí, están buenos ―dijo Héctor.
Bruno tomó a Jared y le dio un pequeño beso en los labios.
Apenas eran las diez de la noche; faltaban dos horas para que terminara el año.
Jared le dijo a Bruno que llamaría a su familia para desearles feliz año a su madre, su hermano y los demás.
Bruno lo llevó a su antigua habitación, en el segundo piso de la casa.
Era una típica habitación adolescente, con pósters de Star Wars, Harry Potter, funkos y construcciones de Lego.
―No me esperaba esto.
―¿Qué cosa?
―Pues, tu cuarto… Es tan…
―¿Nerd?
―Adolescente.
―Pues me fui de casa a los diecinueve.
―¿Por qué?