Navidad en la Eterna Primavera #2
―No ―interrumpió―, no es eso. Solo estaría bien no caminar sin rumbo. Lo detesto.
―Bien, vayamos a esa tienda de regalos. Veamos si hay algo que te guste.
―Vale, pero solo si tú también me dejas regalarte algo.
―Está bien.
Caminaron hacia la tienda y observaron los artículos exhibidos. La mayoría tenía descuentos que claramente no lo eran, viejos trucos de mercadotecnia.
Bruno vio un estante con pulseras que llamaron su atención: tenían figuras representativas del estado—chínelos, pirámides, el Palacio de Cortés, cuexcomates—entre otros. Mientras las examinaba con detalle, hizo su elección.
―Me gusta este ―dijo Bruno, mostrando una pulsera con un cuexcomate, ornamentada con piedras negras y azul turquesa.
Jared se acercó a verla y le dijo que le quedaría bien. Bruno se la probó y la ajustó en su brazo derecho.
―Perfecto ―le dijo Jared.
Por su parte, Jared eligió un anillo de acero inoxidable con una piedra azul. No tenía nada de especial, pero le gustaba la combinación. Se lo colocó en el dedo medio de la mano izquierda y lo observó.
―Se ve bien ―le comentó Bruno.
Satisfechos, se quitaron los accesorios, caminaron hacia la vendedora, pagaron el regalo del otro y volvieron a ponérselos.
―Gracias por dejarme cumplir mi capricho de darte un regalo navideño.
―A ti, por ser así de detallista ―dijo Bruno; le dio un beso y le acarició la mejilla―. Es de las muchas cosas que me gustan de ti.
―Te amo ―dijo Jared mientras le devolvía el gesto.
―Y yo a ti.
Caminaron por las calles iluminadas de la Ciudad de la Eterna Primavera hasta regresar al estacionamiento donde habían dejado el Malibú de su tía. Una vez dentro, Jared arrancó el auto y se dirigieron de vuelta a casa, donde su madre los recibió con recalentado de lomo asado y pechugas.
―Dios mío, ¿cuánto durará esta comida? ―se expresó Bruno.
―Puede que hasta la Tercera Guerra Mundial.
Al día siguiente, Jared había quedado con sus amigos de verse en la cafetería del Cine Morelos a las doce del día.
Bruno y él se habían levantado a las ocho de la mañana para desayunar con Rosario y Daniel.
Después de eso, Daniel optó por que vieran la primera película de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo .
―No las habías visto, ¿cierto? ―le preguntó Jared.
―Nunca me llamaron la atención ―admitió Bruno―. Pero, a decir verdad, estuvo muy entretenida e interesante.
Ambos regresaron al cuarto y se dieron un baño juntos para prepararse para salir con los amigos de Jared.
Las dos noches que habían pasado ahí solo habían dormido, pues se había acordado que, mientras estuvieran en casa de su familia, guardarían compostura.
Pero en la regadera fue complicado: verse sin ropa provocaba en el otro un deseo que difícilmente contenían.
―Esto va a ser complicado ―le dijo Bruno mientras le tocaba el glúteo y pasaba su barbilla por su cuello.
Jared no dijo nada en primera instancia; se dejó excitar por él un momento. Después entró en razón y comenzó a salir de la regadera. Se colocó la toalla y empezó a lavarse los dientes.
―Uno de los dos debe resistir ―le dijo mientras se cepillaba―. La próxima vez nos bañamos por separado.
―Bueno, tú mandas. No sé cuánto tiempo podamos estar así.
―Pues solo un par de días. Volveremos para pasar Año Nuevo con tu familia.
Bruno salió de la regadera y se colocó la toalla. Se paró detrás de Jared, quien se miraba en el espejo del lavamanos mientras terminaba de cepillarse los dientes. Le dio un beso en la espalda y en el hombro izquierdo sin dejar de sostenerle la mirada en el espejo.
―Eres tan hermoso.
Jared escupió y se enjuagó la boca. Después miró a Bruno y le tomó de la cintura.
―Tú estás bien buenote ―le dio un beso apasionado―. Pero si me sigues provocando, esta noche vas a dormir solo.
Bruno levantó las manos en señal de rendición.
―Está bien, tú ganas. Pero cuando volvamos a Puebla, tendremos que desquitarnos.
―Eso tenlo por seguro.
Ya en el cuarto, se vistieron con ropa casual: ambos con pantalón y camisa negros, acompañados de tenis del mismo color. Por alguna razón, preferían ese tono.
―El negro te queda bien ―le dijo Bruno.
―Nos queda bien ―replicó―. No te quedas atrás, guapo. Por cierto, hoy no iremos en el auto. Te voy a forzar a usar el transporte público de mi ciudad.
―¿Y es seguro?
―Digamos que, al menos a mí, no me han tocado asaltos.
―Es bueno escuchar eso ―trató saliva, mientras su rostro reflejaba cierto temor.
―Descuida, no va a pasar nada.
―Yo no lo puedo asegurar, no soy vidente.
―Sabes a qué me refiero. A veces está de más ser literal.
Bruno hizo una mueca y miró con desacuerdo a Jared. Eso solo significaba una cosa: diferencia de pensamiento. Como en aquella ocasión en el Museo Amparo, solo que ahora ya habían desarrollado la habilidad de identificar el momento. Aun así, tenían que hablar, como se habían prometido.
―Solo me preocupo porque no nos vaya a pasar algo ―le dijo―. No es como que me guste que me roben el teléfono y la billetera, si podemos ir en taxi o Uber, que son más seguros.
―Sí, entiendo. Veo tu punto. Pero he vivido aquí, conozco los riesgos. Y puedo garantizar que no nos pasará eso ―argumentó Jared mientras lo tomaba de la cintura―. ¿Puedes confiar en mí?
Bruno se perdió en sus ojos. En ellos vio la sinceridad de sus palabras. Le parecía absurda la confianza con la que hablaba, pero esa mirada podía con él.
―Está bien ―le acarició el rostro y lo besó―. Confío en ti.
Salieron de la habitación y caminaron a la sala para despedirse de Rosario, que veía un episodio de Mentes Criminales .
―¿Ya se van, hijo? ―le preguntó con una sonrisa.
―Sí, madre. Quedamos con Richie y Toño de verlos a las doce.
¿Quedamos? Pensó Bruno.
―Pues ya van tarde. Son diez para las doce.
―Tranquila, tomaremos la 12 en la glorieta. Llegaremos rápido.
―Con cuidado ―le dio un beso en la mejilla―. Salúdamelos.
―Con permiso, Rosy.
―Diviértanse.
Al salir, vieron a Ernie echado frente a la puerta. Jared logró abrir sin hacer ruido, pero el movimiento despertó al pitbull, que solo se acomodó moviendo la cola.
―Creo que ya le agradas, ya no te ladró ―le dijo Jared.
―Eso creo ―admitió Bruno―. Por cierto, no soy muy dado a que me den besos en la mejilla personas que no sean mi novio. Pero tu madre es tan cándida que no puedo decirle que no.
―Es eso o tienes miedo de que te suelte un puñetazo si la rechazas.
Bruno soltó una carcajada.
―No, no es eso. Tiene su encanto, tu madre.
―Sí, lo tiene.
―Al igual que tú, no te puedo negar nada.
―Mal ahí, me vas a convertir en un caprichoso.
―Pensé que ya lo eras.
Jared refunfuñó y lo miró con desdén.
―Una más y te duermes en la sala.
―No bueno, ya peleamos como un viejo matrimonio.
―Cálmate, Severus.
Caminaron hasta la parada en la glorieta. Mientras esperaban, Jared le contó que en septiembre se instalaba una feria que recorría la avenida Morelos por casi un kilómetro.
―Mamá solía traernos cada año, junto con la abuela. Veníamos en manada, toda la familia.
―Les queda a la vuelta de la esquina, literalmente.
―Así es.
Jared vio pasar el camión, levantó la mano y este se detuvo. Cedió el paso a Bruno y luego pagó al chofer. Bruno dejó a Jared el asiento de la ventana y se sentó del lado del pasillo.
―No me gusta estar cerca de la ventana.
―A mí sí. Es bueno que tengamos estas diferencias, odiaría pelear contigo por el asiento.
―Tonto.
―Pero soy tu tonto.
Al llegar al centro, Jared se levantó.
―¡Bajan! ―gritó.
Bruno lo miró sorprendido.
―Bienvenido al transporte público en Morelos.
Bruno soltó una carcajada. Bajaron y caminaron hasta el Cine Morelos, donde los amigos de Jared ya los esperaban.
―Qué onda, Jar-Jar ―dijo el hombre robusto.
―Hola, Tigre Toño.
Se abrazaron, seguidos del otro joven delgado.
―Richie.
Los tres se abrazaron con fuerza. Bruno los observó, sonriendo, aunque sintiéndose un poco fuera de lugar.
―Perdón ―dijo Jared al notarlo―. Chicos, él es mi novio. Bruno.
Se saludaron formalmente.
―Antonio Roldán.
―Ricardo Merino.
―Bruno Caballero.
―Vaya que lo eres ―dijo Jared, provocando risas.
Jared tomó la mano de Bruno, asegurándole que no estaba solo.
―¿Subimos? Muero de hambre ―preguntó Antonio.
―Tú siempre mueres de hambre, gordo ―respondió Jared, sobándole la barriga.
―Cuidado, tengo seis meses de embarazo.
―¿Cómo es posible? Si te vi hace cinco.
― ¡Surprise!
Y las carcajadas volvieron a llenar el aire.
El cuarteto subió por las escaleras de madera al fondo de la estancia hasta la entrada de la cafetería. Jared tomó de la mano a Bruno y, justo antes de cruzar, le hizo un comentario.
―Oye, por cierto. Aquí trabajan personas con discapacidad auditiva, visual e intelectual ―dijo Jared―. Espero que no te moleste la atención especial que te brinden.
―Para nada me molesta, pero hubiera sido bueno que me dijeras eso para poder siquiera aprender un poco de Lengua de Señas.
―Tranquilo ―dijo Antonio―. Nosotros no sabemos Lengua de Señas. Puedes escribir tu orden en una hoja de papel. En la carta hay un pequeño abecedario en LSM con dibujos.
―Sí, además, tenemos a Jared ―añadió Ricardo, dándole unas palmadas en la espalda―. Él sabe sobre eso.
―Lo intento ―dijo Jared con falsa modestia.
Al entrar, una chica de cabello negro trenzado, piel morena y estatura promedio, vestida con un overol negro, los recibió con una sonrisa silenciosa.
Jared la reconoció al instante: Penélope.
La abrazó con naturalidad y comenzó a comunicarse con ella en señas.
Tras un breve intercambio, ella los condujo hasta una mesa junto a los ventanales que daban a los balcones.
La cafetería era amplia. La barra se extendía frente a la entrada y el resto del espacio se abría en una sala de techos altos y paredes blancas, cubiertas de pinturas de distintos tamaños y estilos.
El piso laminado contrastaba con los adornos navideños: hileras de esferas rojas y plateadas, festón con escarcha en los ventanales y un árbol mediano al fondo, junto a un sofá rosa y un letrero neón morado que decía: Resiliente.
Penélope dejó dos cartas. Antonio y Ricardo tomaron una; Bruno y Jared, la otra.
―¿Qué tal está el latte? ―preguntó Bruno mientras recorría el menú con la mirada.
―Muy bueno ―respondió Jared―. Lo he probado y está delicioso.
―Bien, creo que pediré uno.
Jared siguió leyendo.
―Pediré una chapata hawaiana para acompañarlo ―dijo Bruno.
―Yo pediré un frappé de ponche con un sándwich de pollo y un brownie ―comentó Antonio.
―Y yo una pizza de pepperoni con un taro con tapioca ―añadió Ricardo.
―Bien. Lo tengo ―dijo Jared.
Hizo una seña a Penélope. Ella se acercó con libreta y pluma.
Jared ordenó en LSM. Bruno lo observó con atención, sorprendido por la velocidad y precisión de sus manos.
Hubo pequeños titubeos; Penélope lo apoyó sin romper el ritmo.
Al terminar, ella le mostró la orden escrita.
Jared la revisó y asintió. Penélope sonrió antes de regresar a la barra.
―¿Tú qué pediste? ―preguntó Bruno.
―Café americano, waffles con lechera y tocino.
―No suena muy apetecible.
―Pero está buenísima la combinación. No tiene madre.
Mientras esperaban, Antonio y Ricardo comenzaron a hacerle preguntas a Bruno: su trabajo, cómo había conocido a Jared, cuánto tiempo llevaban saliendo. Incluso tocaron temas políticos. Bruno respondió con calma. Luego les devolvió la curiosidad: desde cuándo conocían a Jared.
Los tres comenzaron a reconstruir su historia.
―Nos conocimos en primer grado de primaria... ―dijo Antonio.
―Conforme crecíamos, también nuestra hiperactividad... ―continuó Ricardo.
―En secundaria y preparatoria pasaba igual... ―añadió Jared.
Las risas surgieron con naturalidad. Bruno los observó. Había algo sólido ahí, algo antiguo. Una sincronía que no necesitaba explicación.
Y entonces, casi sin darse cuenta, algo se tensó dentro de él.
No encajaba.
Siguió sonriendo, pero la sensación se instaló. Cuando Penélope regresó con las bebidas y después con la comida, Bruno ya estaba distante. La conversación seguía, pero él comenzaba a quedarse fuera de ella.
Después de comer, jugaron UNO. Hubo risas, bromas, un intercambio de regalos. Ricardo les entregó unas playeras. Jared se colocó la suya —de Ravenclaw— sobre la ropa.
―Se te ve muy bien ―dijo Bruno.
El tono no pasó desapercibido.
―¿Sí? ―preguntó Jared, mirándose―. ¿Qué tienes?
―Nada, solo me siento raro.
Jared lo sostuvo con la mirada un instante. No insistió.
Más tarde salieron rumbo a la Plazuela del Zacate. Jared se despidió de Penélope en señas. En el camino, la tensión se volvió más evidente. Antonio y Ricardo lo notaron, pero eligieron no intervenir.
En el bar, entre cervezas y recuerdos, Bruno permaneció distante. Cuando se levantó al baño, Antonio miró a Jared.
―¿Qué tiene? ―cuestionó.
―No lo sé ―respondió Jared―. Desde la cafetería está así.
La noche avanzó sin respuestas.
De regreso en casa, ya en la habitación, el silencio pesó más que el cansancio.
―Son buenos sujetos, me agradaron ―dijo Bruno.
―¿En serio? Parecía que no te los podías tragar.
―No es eso. No son ellos.
―¿Entonces?
Bruno bajó la mirada. Respiró hondo.
―Estoy celoso de ellos.
Jared no reaccionó de inmediato. Se sentó a su lado y tomó su mano.
―Bruno, hace tres meses que me conoces. No espero que me conozcas como ellos.
Bruno apretó los labios.
―Pero quiero hacerlo. Quiero entenderte así. Hacerte reír como ellos.
Jared negó suavemente.
―No necesitas ser ellos.
El silencio fue breve, pero suficiente.
―Eres tú. Y tú me haces feliz a tu manera.
Algo en Bruno cedió. Sus ojos se humedecieron por primera vez sin que intentara ocultarlo.
―Pensé que yo era el que te estaba ayudando…
Jared sonrió y lo besó.
―Los dos nos ayudamos.
Se quedaron cerca, en calma.
―Sí… eso y coger rico.
Jared soltó una risa baja.
―Sí, también.