Navidad en la Eterna Primavera
A la mañana siguiente, Bruno y Jared despertaron después de las diez del día, con resaca y mucho cansancio. La fiesta había durado hasta casi el amanecer. Ya no tenían el aguante de antes; muchos años habían pasado y, con ellos, cosas que desgastaron el cuerpo y el alma de la familia.
―Buenos días, dormilón ―saludó Jared a Bruno al entrar a su cuarto con un vaso de agua y sal de uvas.
―¿Qué hora es? ―preguntó él mientras se masajeaba las sienes.
―Diez cuarenta ―respondió Jared.
―Ya es muy tarde.
Bruno se tomó el vaso con agua, miró a Jared y le sonrió. Tal parecía que no se la había pasado así de bien en mucho tiempo. No esperaba nada parecido a lo de la noche anterior.
―¿Todo bien? ―le preguntó Jared.
―Sí, mucho ―respondió y le dio un beso mientras ambos se quedaron sentados en la orilla de la cama―. No me la había pasado tan bien así desde hace mucho tiempo.
―¿En serio?
―Tu familia es demasiado… no sé ―dijo sin saber qué decir―… es difícil de describir. El punto es que estar con ellos era muy acogedor.
―Les agradas, sabes. A todos. Creo que por eso te sientes bien recibido.
―¿En serio? ¿Qué, nunca les habías presentado un novio antes? ―preguntó Bruno bromeando.
―La verdad es que no. Jamás ―respondió Jared serio―. Eres el primero que conocen como mi novio.
Bruno tragó saliva y su expresión cambió a una preocupada.
No conocía el peso que tenía encima ante la familia de Jared.
Pero Jared le explicó que no tenía que preocuparse.
Lo había invitado a conocer a su familia porque, de todos los hombres con los que había salido, era el que más confianza le había inspirado.
Ambos salieron al patio después de un rato, donde la familia nuevamente estaba reunida comiendo un poco del recalentado de la fiesta.
Ahora todos lucían más naturales, sin tanto glamour; eran personas recién levantadas, cansadas, pero con el espíritu alegre, pues las carcajadas se escuchaban incluso hasta la habitación de Jared antes de que salieran.
―Buenos días, estrellitas ―saludó Adriana al verlos salir.
―¿La Tierra nos dice: hola? ―continuó Jared confundido.
―Miau, así es.
Bruno y Jared se sentaron junto a Daniel y Damián, quienes sostenían una conversación sobre una serie de la cual no conocían, pero sonaba interesante.
―Por cierto, mientras estemos en Cuerna, te llevaré a recorrer el lugar. A conocer a mis mejores amigos y mi lugar favorito.
―Soy todo tuyo ―le respondió Bruno sonriendo.
Jared le acarició la pierna y le dio un beso.
Después de la comida, los niños habían abierto los regalos que estaban en la base del árbol. Uno en especial estaba dentro de la casa de Adela: un auto pequeño, un Power Wheel modelo Cadillac de color vino. Era el regalo para los hijos de Marina.
―Daniel y yo teníamos uno igual de niños ―le comentó Jared a Bruno al ver a los niños jugar con el vehículo.
―Y ahora manejan un Malibú.
―Era de mi tía, Alejandra, la madre de Marina y Arturo ―comentó Jared―. No es nuestro, pero mis primos nos dejan usarlo a veces.
―Ya veo. ¿Cuántas hermanas tiene tu madre? ―le preguntó curioso.
―Tenía cinco. Mis tías Adela y Helena, que ya conoces.
―Sí, muy hermosas. Las tres tenían el cabello como tú y Daniel, al igual que tus otros primos.
―Sí, el cabello rizado era de familia, igual que hablar con voz fuerte. O primero hacer alboroto y después saludar ―añadió Jared con sarcasmo―. Bueno, además de ellas, estaban mis tías Alejandra, Miriam, que era la madre de Natalia y Erick, y mi tía Esperanza.
―Tu madrina.
―Sí, mi madrina ―Jared suspiró y perdió la mirada en su familia―. Ojalá las hubieras conocido, junto con mi abuela.
Bruno lo abrazó y le dio un beso en la frente.
―No dudo que también eran maravillosas ―le dijo con dulzura―. No dudo que las amaste mucho y ellas a ti.
Rosario se acercó a la pareja y saludó a su hijo y a Bruno con un beso en la frente.
―¿Descansaron?
―Mucho ―respondió Bruno.
―¿Ya comieron algo?
―Sí, mamá. ¿Y tú?
―Sí, desayuné a las nueve. Me metí a dormir un rato y apenas vengo saliendo ―Rosario se acomodó la melena de pelo rizado, amarrándola con una liga elástica negra de terciopelo.
―Madre, llevaré a Bruno a conocer el centro. Aprovechando que no hay mucha circulación el día de hoy.
―Pero casi todo está cerrado. ¿Qué van a ver?
―Solo a dar una vuelta. Mañana saldremos con Antonio y Ricardo.
―¿Ya saben que estás aquí?
―Les avisé desde la semana pasada.
Antonio y Ricardo eran los mejores amigos de Jared. Tenían casi toda la vida de conocerse, desde que estudiaban en primer grado de primaria hasta el tercer año de preparatoria. Siempre habían estado unidos e incluso hicieron su servicio militar juntos.
Para cuando dieron las cuatro de la tarde, Jared llevó a Bruno en el Malibú al centro histórico de Cuernavaca.
La primera parada fue la Plaza de Armas y el Palacio de Gobierno.
Ambos ya tenían luces navideñas colgando en los ventanales del edificio, en los árboles que rodeaban la explanada de la plaza, que tenía la mitad ocupada por una pista de hielo y la otra mitad con puestos de venta simulando una pequeña aldea navideña.
―Se parece un poco al de Ciudad de México ―comentó Bruno.
―Una versión pequeña y más sucia ―añadió Jared.
―Me refería al edificio ―dijo Bruno señalando el palacio.
―Supongo que el mismo arquitecto diseñó edificios de Cuernavaca y Ciudad de México. Qué sé yo.
Los dos continuaron su recorrido, dirigiéndose al Palacio de Cortés, un museo que tenía algunos murales como principal atractivo, pero que, por ser día festivo, no podían visitar. De ahí, se dirigieron a la catedral, caminando sobre la calle Hidalgo cuesta arriba.
―Es muy pequeño el lugar ―comentó Bruno aliviado―. Las calles no son tan grandes ni largas como en Puebla.
―Lo sé.
―Me agrada, todo está a la vuelta.
Las calles de la ciudad estaban casi vacías, con poca circulación de vehículos y transporte. Solo unos cuantos locales estaban abiertos.
Después de su recorrido en la catedral, Jared llevó a Bruno a ver el viejo edificio del Cine Morelos.
Era una construcción bastante alta, de dos pisos, con la fachada de color rosa y blanco y tres balcones en el segundo piso.
Por dentro tenía un diseño moderno: columnas blancas cilíndricas, pisos marmoleados, interiores en blanco y negro y ventanales rectangulares altos.
―Vaya, está abierto. ¿Quieres ver si hay alguna película?
―Mejor sigamos conociendo la ciudad.
―Por cierto, en el segundo piso hay una cafetería, pero no veo el letrero afuera, así que supongo que no abrieron hoy.
―Debe tener una estupenda vista desde los balcones.
―Vaya que sí, tiene la mejor vista de la ciudad ―comentó Jared al recordar todas las fotos que tenía desde los balcones. Fotos de él, de su familia, o del paisaje en atardeceres.
―Lástima que está cerrado.
―Podemos venir mañana con Antonio y Ricardo.
―Suena bien ―Bruno besa a Jared en los labios.
Ambos salieron del edificio y se dirigieron a su siguiente parada: el Jardín Borda. Una propiedad que solía ser de Maximiliano y Carlota; ahora era un museo botánico con flores nativas de Morelos, algunas extranjeras, un pequeño lago y un teatro al aire libre.
―Hay muchas flores en este lugar ―comentó Bruno―. Me refiero a Cuernavaca.
―Por algo la llaman la Ciudad de la Eterna Primavera ―dijo Jared.
―Le queda. Tiene buen clima y sus flores.
―Le quedaba, tenía buen clima hace años. Ahora hace más calor.
―¿En serio? Es fresco el clima.
―Sí, claro. Estamos en diciembre, y el sol está fresco. Debería hacer más frío.
―¿Como en Puebla?
―No tanto, pero sí con vientos helados.
En el jardín, Jared tomó muchas fotos de Bruno observando las flores y las plantas; algunas junto al lago y en el teatro al aire libre. También hubo fotos de ellos besándose y otras que Bruno le tomó. Toda una galería de esa tarde en el Jardín Borda.
Cuando su visita terminó, la noche ya estaba cayendo. Decidieron regresar a la Plaza de Armas, a la pequeña villa navideña y la pista de hielo.
―¿Patinamos un rato? ―le preguntó Bruno.
―Sí, vamos.
Al llegar, se formaron en la fila mientras observaban la decoración de luces. Jared tomó algunas fotos y videos mientras esperaban su turno y subió imágenes del Jardín Borda y de la villa navideña.
―¿Subiste una foto buena mía? ―pregunta Bruno, sarcástico.
―Todas las fotos que te tomo son buenas, eres fotogénico
―Jared le da un beso y continúa―. Además, subí fotos en las que salimos los dos.
Cuando llegó su turno, ingresaron, se colocaron los patines y entraron a la pista. Era más pequeña que la de La Noria en Puebla, pero suficiente para divertirse.
Bruno sacó su celular y comenzó a grabarlos mientras patinaban.
Jared hacía gestos graciosos: muecas, sacaba la lengua, sonreía mostrando todos los dientes.
Era una ocasión especial. Sin embargo, faltaba algo: aún no se habían dado regalos de Navidad.
No era indispensable, pero Jared pensó que sería un buen detalle.
Al salir de la pista, ilesos, se cambiaron los patines por sus tenis y caminaron hasta Las Plazas, con la esperanza de encontrar algún local abierto donde Jared pudiera comprarle un pequeño regalo a Bruno.
―¿Qué buscamos? ―le preguntó Bruno, confundido.
―No lo sé, realmente.
Mientras caminaban, Bruno comenzó a sentirse incómodo al andar sin rumbo. Habían prometido ser honestos, y fue entonces cuando hizo un comentario que sorprendió a Jared.
―No me gusta caminar sin rumbo ―le dijo―. ¿Qué pretendes al andar así? Pensé que me querías mostrar algo.
Jared se sorprendió al verlo un tanto molesto.
―Quiero comprarte algo, como regalo de Navidad ―le dijo con sencillez―. Creí que sería buena idea, pues es una ocasión especial.
―Jared, no tienes por qué hacerlo. De verdad, no es necesario ―le respondió―. Ya me estás dando mucho con traerme aquí, conocer a tu familia, la ciudad donde creciste y pasar estas fechas conmigo.
―Pero quiero hacerlo ―insistió―. Aunque, si te molesta…