Incertidumbre y temor Vuelta al sol y Nochebuena #3
64%

Vuelta al sol y Nochebuena #3

Bruno llevó a Jared a su cuarto y este se maravilló ante la sencillez y elegancia del lugar.

Bruno también tenía libros, no tantos como él, pero sí los suficientes para apilarlos en dos repisas en las cuales había también como ornamento: un cubo Rubik, una cabeza de Stormtrooper y una caja con un juego de ajedrez.

Jared tomó el juego de ajedrez. Le había emocionado la idea de que pudieran jugar alguna que otra partida juntos.

―¿Sabes jugar? ―le preguntó Bruno cuando lo vio examinar su juego. ―Sí, un poco ―respondió modestamente Jared―. Solía jugar con amigos, mis primos y mi hermano. Pero ahora solo me pongo a jugar con una computadora.

Bruno se quedó mirando a Jared y después se acercó a él para tomar el juego de ajedrez y a continuación le tomó la mano.

―¿Una partida? ―le propuso Bruno.

Jared se quedó pensando un momento y, tras analizar a Bruno con su mira magnética, asintió con la cabeza y le dio un beso intenso en los labios. Bruno acarició su mejilla y nuevamente le tomó de la mano.

―Vamos.

En la cama, Bruno acomodó el tablero plegable de ajedrez sobre el colchón, Jared preparó las piezas y, una vez hecho eso, se sentaron y fue cuando Jared preguntó:

―¿Blancas o negras?

Bruno tomó las dos damas y las encerró en sus puños, sin ver, empezó a intercambiarlas de manera en que ni siquiera él sabía dónde estaba cada pieza. Extendió ambos puños para que Jared eligiera la pieza. Jared tocó al azar la mano izquierda de Bruno, éste abrió el puño y reveló la dama blanca.

―Supongo que empiezo yo ―Jared dio la vuelta al tablero para tener de su lado las piezas blancas. Bruno regresó las damas a sus lugares y Jared movió su primer peón. El de frente a su rey.

Bruno se quedó analizando el primer movimiento de su compañero y casi de inmediato movió su primer peón. Después movieron sus peones de la fila E, posteriormente a sus caballos y comenzaron a comerse los peones. Fue entonces que a Jared se le ocurrió una idea un tanto seductora.

―¿Qué? ―Bruno miró a Jared y al notar un brillo en sus ojos, comprendió la picardía de la idea que acababa de concebir.

―¿Qué te parece la idea de que, cuando uno pierde una pieza importante, sean torres, caballos, alfiles o la dama, el oponente que pierda la pieza se quite una prenda?

Bruno frunció el ceño un momento, y después le dedicó una risita pícara a Jared.

―Va, acepto.

Ambos estrecharon sus manos y continuaron el juego. Fue Jared quien hizo el siguiente movimiento, comiéndose uno de los caballos de Bruno.

―Quítate el suéter.

―Espera, ¿no podemos elegir el orden en que nos quitamos las prendas?

Jared lo pensó un momento, se masajeó los labios con su dedo índice mientras hacía una mueca.

―De acuerdo, quítate lo que gustes.

Bruno comenzó por quitarse un tenis.

―Listo. Mi turno ―Bruno movió su peón y se comió al caballo de Jared. Éste solo se limitó a soltar una risita.

―Bien ―se levantó y se quitó la chamarra―. Me toca.

Con cada movimiento, fueron más cuidadosos. Analizaron sus jugadas por minutos y solo se enfocaron en comer peones y defender sus piezas. Pero era inevitable que alguno se comiera la pieza del otro.

Bruno perdió un alfil a manos del caballo restante de Jared y se quitó el otro tenis. Jared perdió su alfil a manos de un peón y se quitó su camisa.

―Veo que tú quieres empezar de arriba hacia abajo.

La mirada de Bruno bajó desde la cabeza de Jared hasta su cintura, y se quedó mirándola por un momento prolongado.

―Mi turno ―Jared se sentó nuevamente y siguieron comiéndose peones hasta que, con su torre, se tomó el último alfil de Bruno y este se quitó un calcetín. No pasó mucho cuando Jared se comió su último caballo y Bruno perdió el otro calcetín.

―Me distraje un segundo y me comes dos piezas seguidas. ¿Esa es tu estrategia? ―le reclamó Bruno―. ¿Distraerme con tu sensual pecho peludo tatuado y mirada analítica?

Jared sonrió y le dio un beso.

―Puede ser.

La partida transcurría, y las piezas restantes se fueron perdiendo, de modo que Bruno perdió casi todas sus prendas al punto de solo quedarse en bóxer, cuando Jared todavía conservaba sus pantalones y bóxer.

―Me rindo ―dijo, tirando su rey―. Solo me queda el rey y un peón. Ya no puedo hacer nada contra tu rey y tu dama.

―Puedes coronar al peón y traer a tu dama. Podemos quedar tablas.

―¿Cómo? Si me estás metiendo jaque a cada rato.

Jared se rió y no pudo evitar mirar a Bruno con deseo al verlo un poco irritado.

―¿Cómo piensas desquitarte? ―le preguntó provocativo.

Bruno guardó las piezas en el tablero y lo dejó sobre su buró. Después se le fue encima a Jared y comenzó a besarlo al tiempo que empezó a desabrocharle el pantalón.

―Tengo un par de ideas.

Bruno y Jared habían tomado desde la CAPU el autobús de las ocho de la mañana en dirección a Cuernavaca. Contaban con el muy probable tráfico en la ciudad de Puebla hasta llegar a la caseta de la vía Atlixcáyotl y el seguro tráfico en Cuernavaca una vez llegando a la terminal.

Todos se encontraban viajando a todas partes, pues era víspera de Navidad. Muchos, como ellos, tendrían sus vacaciones a partir de ese día. Tomando eso en cuenta, y las compras de último momento, las calles y carreteras serían un caos.

Una vez a bordo, Jared comenzó a hacer una última inspección en su mochila, vio a Bruno mientras lo hacía y se preguntó si estaba completamente listo.

―¿Trajiste todo? ―le preguntó Jared a Bruno.

―Sí, hice mi check-list en la mañana ―le respondió Bruno tranquilo.

―Perfecto ―comentó él―. Creo que he olvidado mi cepillo de dientes y mi pasta. Pero compraré uno llegando a Cuernavaca.

―¿No estamos ya en Cuernavaca? ―le cuestionó Bruno.

―Bueno, a la casa ―aclaró Jared un poco irritado.

Tomaron un taxi fuera de la terminal y mientras se dirigían en camino a la casa de su familia, Jared se ponía cada vez más nervioso. Era la primera vez que presentaba a un novio con la familia, y para poner más interesante la situación, en Noche Buena y cumpleaños de su prima.

Durante el camino, iba tomado de la mano de Bruno, mientras recordaba las veces que sus primas y primos mayores llevaron a sus parejas a presentar con la familia.

La mayoría de esas ocasiones, las parejas terminaban siendo incomodadas por la extravagancia de su familia.

Las carcajadas escandalosas, los comentarios sarcásticos, de humor negro, carrilla pesada y chistes o referencias de películas Disney que solo ellos entendían.

Para su suerte, Jared ya le había comentado cómo eran todos, y que prácticamente él era una vigésima parte de lo que era su familia.

Así que, si realmente lo amaba y le gustaba su carácter, lo más seguro era que también le agradara su familia.

La prueba de oro serían sus primas. Al menos su madre, Jessica y Adriana sabían de él; no lo conocían, pero tenían referencias por dónde empezar a calarlo.

Al llegar a la colonia Tlaltenango, Jared se preparó para sacar el dinero para pagar al taxi cuando dieron vuelta en la glorieta y éste siguió su rumbo por la Calzada de los Reyes.

―Doble aquí ―indicó Jared señalando con su dedo el lado izquierdo del conductor―, en el número uno. En la barda blanca, por favor.

El taxi se estacionó y Jared pagó al chofer. Sacaron sus maletas de la cajuela y después se acercaron a la puerta principal.

―¿Listo? ―preguntó Bruno.

―Para nada.

Jared abrió la puerta y ambos se dieron paso a la propiedad.

Se encontraron en el zaguán donde estaba estacionado el Malibú de su tía, y el corredor que daba acceso a su casa estaba ornamentado de muchas macetas con plantas y flores de diversos colores y tamaños: aves de paraíso, bugambilias, girasoles, rosas, orquídeas.

El lugar ya tenía luces navideñas colgando.

―Vaya, tienen muchas flores ―comentó Bruno.

―A mi abuela le gustaban mucho las flores, hay más en el jardín y en el patio común.

―¿Patio común?

―El patio que compartimos con las demás casas ―caminaron más al fondo dejando de lado la casa de Jared.

Llegaron a un enorme patio pavimentado con concreto, donde se encontraba, hasta el fondo, un jardín verde con un árbol de guayaba rodeado de flores.

Uno de los muros que limitaban la propiedad estaba cubierto de enredaderas.

Alrededor de la extensa propiedad se encontraban otras cuatro casas decoradas con festón y luces navideñas.

Solo dos eran de color crema, como la de Jared; las otras eran blancas y un poco más pequeñas.

Había un enorme árbol artificial navideño sobre una mesa de madera circular, decorado con luces, esferas y un nacimiento en la base del mismo.

No cabía duda, era una vecindad familiar. Era el nido de la familia de Jared. Su hogar.

―¿Cuántas personas viven aquí?

―Prácticamente, toda mi familia.

Bruno se quedó boquiabierto.

―¿Ya llegaste, imbécil? ―la voz de Daniel se hizo presente.

Daniel se encontraba fumando en la terraza de su casa, que daba directo al patio común.

Bruno y Jared voltearon y alzaron la mirada para ver al hermano de Jared.

―No, idiota ―respondió cubriéndose los ojos de la intensa luz del sol de mediodía―. Soy una proyección astral.

Bruno solo se limitó a esbozar una sonrisa al ver tal interacción entre los hermanos.

―Increíble, tus poderes han crecido.

Daniel alzó la mano y saludó a Bruno.

―Él es mi hermano, Daniel ―introdujo Jared.

―Un gusto ―le dijo Bruno, al cual sus lentes rectangulares ya le protegían los ojos, pues estos se habían tornado de color negro al exponerse a la luz del sol.

―Igual ―dio una calada a su cigarro y continuó―. Mamá los está esperando adentro.

―Gracias, Dan.

―Ahorita bajo.

Bruno y Jared caminaron de vuelta a la entrada de la casa y, al abrir la puerta, fueron sorprendidos por un pitbull blanco con manchas cafés. Este se fue encima de Jared, levantándose e intentando abrazarlo. Y fue después de eso que casi inmediatamente le comenzó a ladrar a Bruno.

―Ernie, tranquilo ―le dijo mientras lo sujetaba―. Es amigo mío.

―¿Amigo? ―le cuestionó en tono sarcástico.