Fantasmas del pasado #3
—Jared, no vuelvas a decir eso de ti —le pidió Bruno, serio—. No estás dañado ni trastornado. Solo eres una persona que ha sufrido mucho y está lidiando con demasiadas emociones al mismo tiempo.
—Sí, pero… soy una olla exprés. En cualquier momento puedo estallar y me convierto en una complicación para todos.
—Te conocí a punto de estallar. No te sentí una carga. No lo has sido para mí este tiempo.
—Es lo que me asusta, que un día vuelva a tener una recaída y no puedas soportarlo. No quiero ser una carga para ti.
Bruno observó la mirada triste de Jared, la melancolía en sus ojos. Tan vulnerable, tan sensible.
—Tal parece que ambos tenemos el mismo miedo —comentó Bruno—. También tengo miedo de que me dejes. De que me consideres aburrido y un día te canses de mí y te vayas. Que no sea lo suficientemente interesante o bueno para alguien tan maravilloso como tú.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Pues, así como Jesús te hizo sentir así, yo también tuve a alguien que me dejó. Y desde entonces no tenía intenciones de conocer a nadie en plan romántico… hasta que te conocí.
—¿Tu exnovio te dijo que eras aburrido?
—No me lo dijo con palabras, sino con acciones —comentó—. Santiago es muy parecido a ti, y eso me asustó al principio. Comienzo a creer que tengo un tipo: guapos, inteligentes, brillantes, con un futuro excepcional llamándolos, muy sociables y extrovertidos.
—¿Tu ex y yo?
—Sí —Bruno comenzó a caminar y Jared le siguió el paso mientras lo escuchaba—. Yo hice mucho por él, sin que lo pidiera. Quería que alcanzara sus metas, a costa de las mías. Y al final tomó un camino diferente y no me contempló en él. Creo que no encajaba en sus planes.
—¿Cuáles eran?
—Se fue a Europa a estudiar una maestría. También es políglota como tú. Te digo que tengo un tipo de persona.
—Eres inteligente, es de esperarse que te gusten nerds.
—Nerds sexis, que tienen gustos curiosos.
—Tonto, eres guapo. Todos lo dicen.
—Tus amigos solo son amables. No te dirán que te consigas algo mejor, aunque puedes hacerlo.
—No digas eso. ¿Algo mejor? ¿Qué puede ser mejor que una persona que se preocupa por ti sin siquiera conocerte? Perdóname, Bruno, pero eso no lo encuentras en cualquier persona todos los días. No eres cualquier persona. Y Santiago fue un estúpido al no poder valorar eso.
—No, fue listo. No quería impedir que alcanzara sus metas.
—¿Y las tuyas?
—Pues, realmente intento poner en orden mi vida ahora. Sigo pensando en el siguiente movimiento.
Ambos llegaron al lago, cruzaron el puente y se acercaron a una banca para sentarse mientras miraban el cielo, que comenzaba a pintarse de naranja por el ocaso.
—Creo que tenemos mucho miedo e inseguridad —comentó Jared.
—Sí, pienso lo mismo.
—Yo no quiero sentirme una carga para ti, y tú no quieres ser un impedimento para mis metas —comentó después de analizarlo—. Pero ambos miedos no tienen fundamento real.
—¿No lo tienen? —cuestionó Bruno.
—No, porque tú no eres Jesús y yo no soy Santiago. Somos dos personas completamente diferentes. Y estamos haciendo algo diferente a lo que hicimos con ellos.
—¿Y qué es?
—Hablar. Comunicarnos.
—Pues no fue sencillo —comentó Bruno, mirando a Jared.
—Sí, ya sé que me cerré un poco. Pero al final accedí a vernos. Y aquí estamos.
—Bueno, eso sí.
Ambos se tomaron de la mano y se miraron a los ojos por un buen rato. Podían sentir cómo las preocupaciones desaparecían poco a poco, y sus cuerpos comenzaban a sentirse más ligeros, como si el peso del miedo se hubiera desvanecido.
—Bruno, ¿te puedo preguntar algo?
—Dime.
—¿Cómo sabes que me amas? —le preguntó, curioso—. Me refiero a que, ¿cómo lo notas? ¿Cómo sabes que no es solo cariño?
—No lo sé. Solo sé que no dejo de pensarte todos los días, que cada vez que escucho una canción de The Cranberries pienso en ti.
Al igual que con Here Comes the Sun . Que me asombra el hecho de que sabes muchas cosas y que puedas retener toda esa información.
Que tienes muchas personas que te aprecian mucho, porque eres maravilloso.
Eres luz y amor, y siento que ese amor que das está moviendo algo dentro de mí que no creí volver a sentir.
Jared se quedó callado. No podía creer lo que escuchaba. Realmente estaba enamorado de él. No eran palabras vacías; estaba siendo sincero, genuino.
—Yo tenía miedo de admitirlo, porque si lo hacía y no era verdad lo que decías… temía salir lastimado otra vez.
—¿Admitir qué? —le cuestionó Bruno.
—Que también te amo —le respondió, y le dio un beso en los labios—. Te amo desde esa mañana en el puente, cuando me abrazaste y pude sentir tu calor en tu pecho. Tus palabras eran tan reconfortantes y suaves… como una brisa del mar que cura todo dolor.
La sonrisa en el rostro de ambos delataba lo felices que estaban. No podían ocultarlo, y menos ahora que habían contado sus historias, o al menos lo más relevante en ese momento.
Aún no se lo decían todo. Quedaba por hablar de la relación de Bruno con su padre y su hermano, y de Jared con respecto a su padre y cómo fue que, por su culpa, se detonó su trastorno en la adultez joven. Pero tendrían tiempo para eso después.
La noche ya había caído. Jared dijo que tenía que regresar, y Bruno comentó lo mismo.
—Te llevo a tu casa —le dijo Bruno.
—¿En la moto?
—¿Te da miedo?
—No, pero no tengo casco, y no quiero que te multen por eso.
—Descuida, tengo uno extra en la caja.
—Vale, está bien.
Jared se sentía emocionado. Se subiría a la motocicleta de Bruno por primera vez. La simple idea lo tenía tan excitado que su piel se erizó.
Llegaron al estacionamiento y Bruno sacó el casco de la caja. Era negro, como el suyo. Se lo dio a Jared, quien se lo colocó cuidadosamente y lo ajustó. Luego, ambos subieron a la moto.
Jared se sujetó con fuerza a la cintura de Bruno, casi abrazándolo, mientras avanzaban a toda velocidad por la carretera, abriéndose paso entre la ciudad y sus brillantes luces deslumbrantes.