Incertidumbre y temor Fantasmas del pasado #2
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Fantasmas del pasado #2

El chico era un completo misterio para él. Sospechaba que quizá tenía algo, algún tipo de condición o impedimento que no podía controlar. Tal vez depresión o ansiedad, o ambas.

Desconocía mucho de Jared todavía. Quería dejar las cartas bien sobre la mesa; esa era la intención principal de la reunión: expresar las cosas, no dejar nada en duda.

Era algo que le asustaba, pues siempre se reservaba las cosas.

Nunca fue mucho de expresar sentimientos o inseguridades.

Pero Jared tenía algo que lo impulsaba a querer hablar.

Mientras Jared terminaba de dar sus clases en línea, no dejaba de pensar en muchas cosas.

Pensaba en qué querría hablar Bruno con él.

¿Sería el tema de la última vez? O quizá quería dejar de salir con él y darle su espacio.

Tal vez el comentario lo había molestado y había perdido el interés en seguir conociéndose.

Solo dos meses y se va . Pensó Jared con pesimismo.

Una vez terminadas las clases, bajó a la cocina para prepararse un café con leche y comer pan dulce, para aliviar su pena. Jorge y Fernando estaban en la sala viendo videos en YouTube. Jared se unió a ellos mientras comía. Quizá, si les pedía orientación, podrían ayudarle.

—Chicos, mañana iré a ver a Bruno —comentó Jared a sus amigos.

Ellos pausaron el video en la pantalla para ponerle atención.

—Creo que quiere hablar sobre lo que pasó en la fiesta de Mich.

—¿Sobre Jesús? —preguntó Jorge.

—Sí, y sobre mi actitud la mañana siguiente.

—¿Qué pasó? —cuestionó Fernando, fingiendo sorpresa.

—Me dijo que me amaba —respondió, suspirando—. Pero siento que no lo dijo como tal. Quizá solo se está confundiendo.

Fernando y Jorge solo se quedaron viéndolo. Él dio una mordida a su pan y un sorbo a su taza con leche.

—Jared, él no es Jesús —le comentó Fernando—. Yo pienso que tiene buenas intenciones contigo.

—Sí, se ve un buen tipo. Y creo que sí te lo dijo con sinceridad —añadió Jorge.

—Pero, chicos, no me conoce —dijo, haciendo una pausa para pensar—. No por completo.

—Pero sí lo suficiente para tomarte cariño —le comentó Fernando—. Se nota a leguas que le gustas.

—Pero, güey, no sabe de mi trastorno. ¿Y si un día me da una crisis? ¿Un altibajo que no pueda controlar y me ponga muy mal como la última vez? ¿Y si no sabe lidiar con eso? Como lo hizo Jesús.

—Volvemos a lo mismo —reprochó Jorge—. Fer tiene razón. Él no es Jesús. No sabes cómo puede reaccionar.

—Además, ya tiene mucho desde tu última crisis. No te has intentado autolesionar desde hace más de un año.

Jared no dijo nada. Ellos no sabían sobre esa mañana cuando conoció a Bruno.

—No quiero ser una carga para él, eso es todo.

La tarde del sábado tenía el cielo despejado. Había mucho aire corriendo por toda la ciudad. Jared había tomado el camión R45 para llegar al Parque Ecológico. Pudo usar su bicicleta, pero no tenía intenciones de hacer deporte esa tarde. Solo quería hablar con Bruno.

Al llegar al Parque Ecológico, llamó al teléfono de Bruno para preguntarle en qué parte del lugar se encontraba. Mientras esperaba a que respondiera la llamada, su corazón comenzó a latir con mayor fuerza.

—Hola —respondió Bruno.

—Hola. Ya estoy aquí. ¿Dónde estás?

—En las palapas de las canchas de baloncesto —le respondió.

—Vale, voy para allá. Cinco minutos.

—Aquí te espero.

Colgó la llamada y caminó hacia el punto.

Bruno se quedó esperando a Jared sentado mientras observaba el cielo. Las nubes blancas y el cielo azul pintaban un hermoso paisaje ante sus ojos. Quedó maravillado y decidió tomar una fotografía con su teléfono.

Mientras esperaba, comenzó a tararear una canción que había escuchado en la radio esa mañana antes de ir a sus clases de la maestría.

A lo lejos, vio llegar a Jared con sus audífonos puestos mientras caminaba lentamente, con la mirada perdida. Cuando vio a Bruno, se quitó los audífonos y aceleró el paso.

—Hola —saludó Jared, dándole un abrazo.

—¿Cómo estás? —le preguntó Bruno, taciturno.

—Pues bien —le respondió, agriamente, Jared—. ¿Y tú?

—Preocupado.

—¿Por qué?

—¿Caminamos? —le propuso Bruno—. Me están comiendo los mosquitos.

Jared asintió con la cabeza y ambos caminaron por el camino de concreto designado para el recorrido a pie, junto a la vía de ciclistas del parque.

—¿Y entonces? ¿Qué te preocupa? —cuestionó una vez más Jared, directo y sin rodeos.

—¿Estás molesto conmigo? —le preguntó Bruno, confundido.

—No. ¿Por qué preguntas? ¿Eso te preocupa?

—En parte —comentó—. Te noté muy distante y cortante conmigo.

—No, Bruno. No estoy molesto contigo —Jared dio un respiro profundo antes de articular la última frase—. Estoy molesto conmigo.

—No entiendo —le comentó Bruno.

—Estoy molesto porque no logro entenderte.

—¿Entenderme?

—Bruno, dices que me amas, pero no me conoces.

—¿Por qué dices eso?

—Porque hay cosas de mí que no sabes. Cosas que quizá te hagan cambiar la idea que tienes de mí y te hagan darte cuenta de que no me amas en realidad.

Bruno se quedó aún más confundido. No dijo nada; se quedó analizando lo que Jared acababa de decir. Entonces, la idea de que quizá sí tenía algún problema se hizo más real.

—¿Qué tipo de cosas? Si me quieres contar, claro —le dijo sonriendo—. Quiero saber.

Jared respiró. No podía sostenerle la mirada. Comenzó a ver al suelo y se quedó pensando.

¿Le diré? ¿No se asustará? ¿Y si piensa que soy un loco? Como sea, Fer y Jorge piensan que puede comprender. De todos modos, si se va, lo hará tarde o temprano. Como todos y como todo.

Comenzó a caminar cada vez más lento cuando empezó a responder.

—¿Recuerdas la mañana en que nos conocimos? En el puente del Circuito Juan Pablo.

—Sí.

—Pues, esa mañana… —hizo una pausa, apretó el puño y tomó fuerza para continuar—… estuve a punto de suicidarme.

Bruno no dijo nada ni mostró expresión alguna al escucharlo. Solo se quedó viéndolo. Jared se confundió un poco, pero decidió proseguir.

—Iba a arrojarme del puente, hasta que llegaste.

—¿Qué te orilló a tomar esa decisión?

Los ojos de Jared comenzaron a llenarse de lágrimas al recordar el sentimiento de esos días.

—Mi abuela.

Bruno notó que Jared estaba a punto de soltarse en llanto. Lo abrazó y dejó que soltara sus lágrimas sin emitir sonido alguno. Jared lo apretó con todas sus fuerzas, y Bruno acarició su cabello con suavidad. No era necesario decir nada; el abrazo era suficiente para ambos en ese momento.

—Sucedió en marzo, ¿verdad? —afirmó Bruno.

—¿Cómo lo sabes? —le cuestionó mientras seguían abrazados.

—Ya me lo habías comentado antes —respondió—, cuando fuimos al Amparo. También me hablaste de tus tías.

—Es cierto —dijo Jared, no del todo convencido.

Ambos dejaron de abrazarse y Jared se limpió las lágrimas con las muñecas de sus manos y su playera. Continuaron caminando mientras conversaban.

—Por lo que veo, eres muy apegado a tu familia.

—Sí, lo somos. Como muéganos —comentó Jared—. A donde va uno, vamos todos. Celebramos las victorias y las penas por igual, juntos.

—Ya veo.

—Bruno, hay algo que tienes que saber sobre mí. Una condición que tengo.

—¿Qué tipo de condición?

Jared respiró hondo nuevamente. Era más difícil de lo que parecía.

—Tengo un trastorno que se detonó cuando cumplí diecinueve años. Se llama trastorno límite de la personalidad.

—No me suena —respondió Bruno.

Jared lo miró y vio sinceridad en su reacción.

—Es un trastorno que se caracteriza por la dificultad para gestionar las emociones, impulsividad, autolesiones, emociones extremas, altibajos, cuadros agudos de depresión, ansiedad, abuso de sustancias nocivas y otras manifestaciones.

Bruno analizó la información. Sabía que había algo, pero no tenía idea. Quería saber más.

—¿Y tienes todo eso?

—Sí y no —confesó—. Antes sí. Pero he estado en atención psiquiátrica y psicológica desde entonces. Terapia y medicamento hasta hace tres meses.

—¿Qué pasó?

—Mi psiquiatra me suspendió el medicamento. Estoy más estable y llevo más de un año sin intentos de suicidio.

—¿Y este último?

Lo miró y se detuvo.

—Tú apareciste e impediste que llevara a cabo otra vez eso —le confesó—. Tú me salvaste.

Me salvaste. Retumbaron esas dos palabras en su cabeza.

—¿Te salvé? —cuestionó, confundido.

—Bruno, en ese momento era un completo desconocido para ti.

Y aun así te acercaste, me hiciste recordar que no estoy solo, me ayudaste a no dejarme hundir por el dolor que me estaba invadiendo en ese momento.

Me ayudaste a sentirme mejor y a no hacerlo.

Con tu charla, con las canciones, con tu presencia.

Bruno se quedó sorprendido, pues no sabía la magnitud de lo que había hecho aquella mañana. No sabía qué tan mal la estaba pasando en ese momento, y ahora lo entendía.

—Imaginé que la estabas pasando mal, pero no sabía qué tan mal.

—Tuve una fuerte recaída, y me ayudaste a sobrellevarla —le tomó la mano y le sonrió—. Hiciste mucho por mí esa mañana, más de lo que te imaginas.

Bruno lo volvió a abrazar y, esta vez, era él quien quería llorar. Jamás se imaginó lo mucho que significaba para Jared haberlo conocido, hasta ese momento. No se había sentido así en mucho tiempo. En años.

—Fer y Jorge tenían razón sobre ti. Eres diferente.

—¿Diferente? No entiendo.

Se soltaron del abrazo y Jared continuó.

—¿Recuerdas al chico de la fiesta de Mich? ¿Al que arrojaste al suelo?

—Sí, tu exnovio.

—Pues, cuando mi abuela murió, tuve una recaída.

Algo similar a esta última, menos agresiva, porque aún tenía medicamento como tratamiento que amortiguaba muchas cosas, pero igual la pasé muy mal.

Aún salía con Jesús, y él me vio en una crisis, pero no supo cómo ayudarme.

Simplemente se alejó y comenzó a ignorarme.

—Imbécil —exclamó Bruno.

—No lo culpo, no es fácil lidiar con una persona como yo —comentó Jared—. Trastornado y dañado.