Reunión familiar #2
Bruno se comió un pedazo de zanahoria mientras escuchaba a su madre preguntar. Sabía perfectamente a que se refiere con esa pregunta, pero no quiere decir nada aún.
―Pues, ha habido nuevos cambios estas semanas.
―¿En el trabajo?
―No, en general.
―¿Y tiene nombre este cambio?
Bruno sonrió.
―Sí, lo tiene.
Jared intentó soltarse se las manos de sus dos primos, su hermano y su tío, quienes lo tenían sujetado de sus extremidades. Colgado, forcejeando, Jared solamente decidió rendirse y es cuando en la orilla de la alberca, es que comienza la inevitable cuenta regresiva.
―¡TREEES!, ¡DOOOS!, ¡UNOOO! ―contaron sus familiares al son de que estos lo columpian y elevan en cada movimiento. Y es en el momento cuando el sonido la última silaba se ahoga, es que Jared sale disparado y da una vuelta en el aire antes de caer.
El chapuzón fue tan grande que salpicó a todos los que ya estaban en la alberca y sus familiares que lo arrojaron.
―¡Me la van a pagar, desgraciados! ―exclamó Jared limpiándose el agua de su cara.
Jared nadó con agilidad hasta la orilla de la alberca y salió de ella para regresar a la mesa donde se encontraba su madre con su tía Helena.
―Que barbaros, no tuvieron piedad de ti ―comentó Helena moviendo la cabeza negando el suceso.
―Así son, pero me desquitaré después.
El clima ese día era perfecto para una albercada. En Morelos, el clima era más cálido y primaveral que en Puebla, incluso en la temporada de otoño, las lluvias ya no eran tan frecuentes como en el pasado. Jared algunas veces se preguntaba si era algo bueno o no.
Jared comió un poco de botana de la bandeja que estaba en la mesa y le dio un sorbo a su ampolleta de Corona oscura que ya estaba caliente.
―Ya tira eso ―ordenó su madre con un gesto de desagrado―. Ya está quemada. Ya debe de saber a orina de perro.
―¿Y tú cómo sabes a qué sabe la orina de perro? ―cuestionó él.
―¡Pelado, este! ―refunfuñó su tía Helena.
―Déjalo, es un irrespetuoso ―dice Rosario.
―Sabes que lo dije de broma mamá.
―Bueno, yo solo digo. Ser independiente te está volviendo en una persona un tanto desagradable.
Jared dio otro trago a su cerveza y simplemente se quedó callado sin decir nada. Sabía que a su madre no le gustaba la idea de que se quedara a vivir en Puebla trabajando después de la universidad hace cerca de un año.
Ella prefería que su hijo se quedará en Cuernavaca, trabajando, viviendo en casa. Temía porque en algún punto, su hijo presentará una crisis, solo, e intentará suicidarse nuevamente. Pero no podía detener sus decisiones. Solo le quedaba confiar en su hijo y que todo saldría bien.
―Iré a darme un chapuzón ―dio un trago más, se levanta, camina hacia la alberca, donde se encontraban sus tío, tías, primos, primas y sobrinos. Da un respiro profundo y clava limpiamente.
Jared nadó buceando por toda la alberca hasta llegar al otro extremo, sale, tomó un poco de aire, vuelve a respirar profundo y se dejó hundir.
Bruno, ¿cómo estás? Pensó Jared mientras estaba debajo del agua.
―Vero, no sé qué hacer con él ―comentó Bruno―. No ver a las niñas lo pone mal, y me sigue insistiendo sobre ti.
Verónica solamente se queda pensando, mientras da un sorbo a su copa de vino.
Bruno había ido a visitar a su cuñada para comentarle una vez más sobre su hermano. No con la esperanza de hacerla cambiar de opinión, sino con la idea de al menos tener con quien hablar sobre Héctor. Con alguien a quien realmente le importe.
―Bruno, ya he hablado con él ―añadió Verónica―. No quiere cambiar, ni por las niñas.
―Sí, es lo que veo. Y me molesta mucho.
Bruno quería mucho a sus sobrinas, las amaba. Le gustaba pasar Navidad y Año Nuevo y ver a sus sobrinas llenas de entusiasmo por las festividades. Pero desde que su hermano y cuñada se divorciaron, casi no veía a las niñas. Y eso, aunque no lo admitía, le partía el corazón.
―Las niñas volverán de casa de mis padres en un rato. ¿Quieres esperar para saludarlas? ―propuso Vero.
―No creo, tengo ir a mi departamento. Muchos pendientes.
―Ni hablar, ojalá un día de estos puedas venir, quedarte y pasar la tarde con tus sobrinas. Extrañan a su tío Bruno.
―Y yo a ellas ―suspiró―. Vendré el próximo domingo.
―Perfecto. No les diré nada, para que sea una sorpresa.
Bruno sonríe.
―Sí, está bien.
Bruno se levantó del sillón para abrazar a su cuñada, le dio un beso en la mejilla. Dio media vuelta, pero antes de que pudiera irse, fue abordado por Verónica.
―Y con respecto a él ―dijo ella. Bruno se detuvo antes de llegar a la entrada, volteó para ver a su cuñada―. No seas tonto, él no es Santiago. No la vayas a cagar, por favor. Te veo… Feliz.
Bruno solo se quedó mirándola. No dijo nada, le dedicó una sonrisa a su cuñada y continuó saliendo de la casa de Verónica. Antes de subir a su motocicleta, vio el atardecer en el horizonte y decidió tomar una fotografía del momento.
Entró a Instagram y vio todos los vídeos y fotografías que Jared había subido a sus historias. Todas sobre la albercada, fotos con sus primos, sobrinos y hermano. Parecía que se la estaba pasando bien con su familia, sin querer, ya conocía a su familia, aunque sin saber nombre ni etiquetas.
Parecía que Jared era una parte de su familia, todos igual de alegres y llenos de vida como él, o era lo que comenzaba a ver que estaba exteriorizando. La verdadera capa de Jared. Detrás de esa cortina de tristeza y nostalgia.
Bruno se puso el casco y subió a la moto, su cuñada vivía en Analco, le quedaba cerca. Arrancó la moto y condujo hasta su departamento en La Paz. Al llegar, Bruno deja la motocicleta y se prepara para hacer compras en el Wal-Mart que le quedaba de paso en la Avenida Reforma.
Tomó su mochila, una bolsa tote y salió a la fría noche que acababa de caer.
― Yo qué sé dónde está el amor, algún asteroide, en un elevador ―comienza a cantar mientras camina―. En un rincón, en internet. En el monte Himalaya o en algún Café.
Bruno continuó su recorrido al supermercado cantando, mientras piensa en Jared. Algunas veces, le intrigaba como ese joven tuviera tantas facetas. Era todo un personaje para él, lo cual lo hacía un tanto seductor.
―Eres todo un caso ―pensó en voz alta.
En el supermercado, Bruno comenzó su recorrido por los pasillos con una canasta en mano. Comprando cosas para el departamento y comida, fue entonces que, a lo lejos, vio un rostro familiar que no había visto en mucho tiempo.
Era Santiago.
―Babe, ¿trajiste tu Polaroid? ―le preguntó su prima Adriana a Jared que todavía se encontraba en la alberca.
―Sí babe, está en mi mochila.
―¿Una foto con todos?
―Va.
Jared salió de la alberca, se seca con su toalla que estaba sobre la silla, misma dónde se encontraba la mochila. Tomó su cámara Polaroid y se acercó mientras la familia se posicionaba de manera en que todos estaban en la orilla de la alberca.
―Listo ―dijo Jared mientras acomoda la cámara y preparó el temporizador―. Recuerden, el flash es potente. No parpadeen.
Presionó el botón y corrió rápidamente hacia el otro lado de alberca para sentarse junto a su madre y su hermano; como señal final, Adriana dice un gesto.
―Digan tequila.
― ¡Tequila! ―dijeron todos al unísono.
La cámara flasheó y la fotografía instantánea salió apenas comenzando a revelarse.
A Jared le fascinaba las fotografías instantáneas, ya se había aclarado ese punto. Pero a su familia le daba gusto ver que el joven tenía ese interés. Pues tenía una tradición. Regarle al cumpleañero una foto instantánea a su gusto.
Esa foto era de él, pero aún no se partía el pastel y ya casi se emborrachaba con su familia. Se mantenía sobrio para tomar esa foto en específico y ya después Dios dispondría de su cordura.
―¿Cuánto disparos te quedan? ―le preguntó Adriana.
―Cinco.
―Excelente. ¿Volverás a comprar más?
―Sí, en el Buen Fin ―Jared guardó la cámara y la foto en su mochila mientras Adriana lo acompañaba―. Aprovecharé las rebajas previas.
―Bien pensado, Woody.
―A ver la foto ―le pidió su sobrino, Jael. El cumpleañero. Sus ojos ya estaban rojos por abrirlos debajo del agua sin goggles.
―Tarda unos minutos. Cuando se revele se la enseño a todos ―aclaró Jared a su sobrino―. ¿Ya pensaste en tu foto?
―Sí ―respondió Jael―. La quiero con el pastel y las velas encendidas.
―Perfecto. Solo esperemos a que tu madre nos dé luz verde.
Jael se fue con sus primos a la alberca y Jared enciendió un cigarro. Junto con Adriana, se acercan con los demás fumadores de su familia: su hermano, sus primos Erick, Natalia, Marina y Arturo.
―Güey, tengo que contarte algo ―le dijo Jared a Adriana.
―¿Qué pasa?
―Cuando vine a pasar el quince, y que tu hermana vino, le conté algo. Dos cosas, que pasaron dos semanas antes.
―Te escucho.
Jared dio una cala a su cigarro y sacó el humo lentamente.
―Casi intento de suicidarme, otra vez ―le susurró en su oído.
―No digas… ―Adriana se quedó anonadada
―Tranquila, no lo hice. Ya no tuve la voluntad para volver a intentarlo. Además, tuve ayuda ―dijo mientras piensa en Jared.
―Me alegro mucho, ¿fueron tus amigos?
―De hecho, es alguien que acabo de conocer.
Jared comenzó a contarle toda la historia con Bruno hasta el día de hoy en la mañana. Adriana era su confidente dentro de la familia. Después de la muerte de Esperanza, ahora le correspondía a ella guardar los oscuros secretos de su primo.
―¡Güey, que emoción! ―exclamó de entusiasmo y alegría. Abrazó a su primo mientras no deja de sonreír por la emoción.
―¿Estás bien? Te está poniendo más feliz a ti que a mí.
―Pues sí, no mames.
―¿Por?
―Pues, éste compa parece ser un cerdo decente. Y te está ayudando mucho ―le dijo Adriana con alegría―. Es normal el miedo y la inseguridad. El no saber cómo terminarán las cosas es normal. No podemos ver el futuro, entonces, vivir con incertidumbre y temor es lo que también le da sabor a la vida.
―No lo sé, Adri ―dijo él. Dio otra calada y articuló las siguientes palabras mientras exhalaba el humo―. ¿Está mal si paro ahora las cosas antes de que comiencen?
―¿Por qué habrías de hacerlo? ¿Te ha dado motivos para hacerlo?
―No.
―Entonces estas siendo idiota.
―Puede ser. A veces pienso lo mismo.
―Solo deja de preguntarte tanto y déjate llevar. Disfrútalo. El tiempo que tenga que durar.
Adriana era esa prima que sabía que consejos dar.
Era la sexta de su generación. Casi de la misma edad que Bruno, pero conservaba el rostro y complexión de alguien de la edad de Jared.
Viéndolos a ellos dos juntos, parecieran hermanos mellizos por la apariencia de la misma edad.
Además de ser la más hermosa de su generación, y eso es mucho decir, ya que todos los miembros de su familia, sanguíneos, eran muy bellos y atractivos.
Adriana poseía un carisma que le daban más puntos, además de su inteligencia innata. Otro rasgo particular de la familia.
―¡Familia, es hora de partir el pastel! ―gritó Jael para que todos se acerquen en cantar las mañitas.
Jared tomó nuevamente su Polaroid, esperó el momento adecuado para capturar la foto mientras el resto de la familia cantaba a una sola voz.
―Estas son las mañanitas, que cantaba el Rey David. Hoy por ser tu cumpleaños, te las cantamos a ti.
Esa era la mejor parte de volver, de estar.
La familia reunida, llena de amor y de dicha. Aun pasando por momentos duros, se mantenían firmes y seguían. Por ellos y por los que se habían marchado.
Un acto de amor y valentía.