Fiestas patrias #2
Al llegar al Café Yaguar, el punto de encuentro para viajes antes de la caseta hacia Atlixco, Jared decidió encender un cigarro mientras esperaba a que el auto compartido que usaría para su viaje a Morelos llegara a la hora acordada.
Daba gracias al cielo porque existía la aplicación BlaBlaCar; ahorraba mucho dinero y tiempo viajando en un auto compartido en lugar de un autobús.
Mientras esperaba, dio un vistazo rápido al perfil de Instagram de Bruno. Tenía muchas más fotografías que él, lo cual le sorprendió, pues no parecía de las personas que usaran mucho las redes sociales.
Vio fotos de él en muchos lugares; reconoció algunos: la Hacienda de Chautla, Xochimilco, Cholula, el barrio de Analco, el Centro Histórico. Algunas eran con su familia y otras como paramédico, haciendo suturas o en la ambulancia. Otras lo mostraban leyendo. Era un compendio de su vida.
Llegó el auto que esperaba para viajar. Era un Mazda bastante amplio y cómodo. Dio gracias porque al menos viajaría cómodo y rápido. En lugar de llegar en dos horas, probablemente llegaría en hora y media, dependiendo del tráfico en la autopista.
Continuó escuchando música durante el camino y, de vez en cuando, avanzaba con su lectura.
Al llegar a Cuernavaca, Jared le avisó a su familia que estaba en La Paloma de la Paz. Le tomaba entre quince y veinte minutos llegar a casa en microbús o taxi, así que optó por tomar un taxi para llegar lo más pronto posible.
El atardecer en Cuernavaca era hermoso. El cielo estaba lleno de nubes ondulantes, pintadas de naranja y rojo por los últimos rayos de sol. Jared tomó fotos y video del momento y los subió a sus estados de WhatsApp y a su historia de Instagram.
Cuando llegó a su casa, notó que los autos de sus tíos ya se encontraban estacionados afuera de la propiedad. Supuso que la reunión familiar ya había comenzado, y lo corroboró con la característica carcajada de una de sus tías.
—Al fin, en casa.
Bruno apenas estaba saliendo del trabajo cuando Jared estaba arribando a casa de su familia. Le había escrito para preguntar cómo le había ido en el viaje y, claro, vio su estado y su historia. Supo que había llegado bien, pero no estaba de más preguntarle.
Jared respondía cada que podía, pues cuando estaba con su familia no usaba demasiado el teléfono. Le gustaba más pasar tiempo con su madre, su hermano, sus tías, tíos, primos y sobrinos.
No estaba seguro de querer contarles sobre su casi intento de suicidio de apenas dos semanas atrás. Pensaba que se iban a preocupar como lo hicieron la última vez, hacía un año. Quería demostrar que podía salir adelante.
—¿Cómo te va viviendo sin medicamentos? —le preguntó Daniel, su hermano.
—Pues ahí la llevo —respondió, suspirando mientras se servía un segundo plato de pozole—. Días buenos, días malos. A veces solo días… pero supongo que bien.
—Qué bueno. ¿Y el trabajo qué tal?
—Mucho, como siempre. Ya estoy hasta la madre.
—Siempre estás hasta la madre, Jared.
—Pues sí, así es.
—¿Cuándo renuncias?
—Cuando me corran, o cuando encuentre algo mejor.
—Lo siento mucho por ti, a mí todavía me falta un año para terminar la carrera.
Jared le frunció el ceño a su hermano.
—Pues aprovecha, porque cuando trabajes, querrás estar de vuelta en la universidad.
—Nel, no creo. Ya no quiero ver a los imbéciles de mis compañeros.
Daniel estudiaba Ingeniería en Sistemas Computacionales en el Instituto Tecnológico del Estado. Nunca tuvo la ambición de irse como su hermano mayor, pues se sentía cómodo con su vida en Morelos.
La relación entre los hermanos Heredia siempre había sido curiosa, incluso para la familia. No tenía mucho que habían remendado su relación, pues Jared y Daniel no se habían dirigido la palabra desde que Jared se fue a Puebla.
En una fiesta de Año Nuevo, estando borrachos, Jared le preguntó a su hermano por qué tenía esa actitud con él. Daniel respondió que estaba molesto porque a Jared sí lo habían dejado irse a vivir solo a Puebla, teniendo un trastorno y antecedentes de suicidio. No entendía por qué a él no.
A Daniel no lo habían dejado rentar cerca de la universidad, pues el trayecto era de casi dos horas. Su madre le explicó que no podía solventar dos rentas, los gastos de la casa y además darles dinero a ambos.
Desde entonces, Daniel no habló con Jared… hasta hacía apenas nueve meses, en enero. Y qué bueno que lo habían hecho, porque en marzo ocurrió algo que golpeó a toda la familia.
Su abuela había fallecido.
El pilar de la familia se había ido.
Eran sus primeras fiestas patrias sin la abuela. Era algo difícil, pues ella siempre se encargaba de decorar todo, dependiendo de la temporada. Ahora, su hermano, madre y primos tenían la encomienda de hacerlo. Al menos durante el primer año sin su abuela.
La muerte de su abuela había afectado mucho a toda la familia, pero en especial a Daniel: él la había encontrado dormida en su cama. Fue el primero en recibir el golpe.
Jared se encontraba en Puebla, trabajando en ese momento. Era un sábado en la madrugada cuando le llamaron para darle la noticia. Regresó a Morelos hecho una bala y estuvo de permiso unos días en el trabajo para estar con la familia.
Su familia ya había pasado por otras pérdidas en los últimos tres años.
La primera fue con la madrina y tía de Jared.
Ella había enfermado y sido hospitalizada.
Era una bomba de tiempo, pues durante los estudios que realizaron encontraron varias fallas en sus órganos; después de una intervención en la vesícula, cayó en coma y dos días después murió.
A Jared le pesó mucho, pues él estaba con ella cuando cayó en paro. Era como su madre. Prácticamente lo había sido, pues con ella compartió demasiadas cosas, como sus gustos literarios y musicales, entre ellos The Cranberries.
Jared se hundió en una depresión que se agravó por causa de su trastorno. Tuvieron que intensificar su tratamiento farmacológico después del primer intento de suicidio posterior a esto.
Poco después de un año, fue otra de sus tías, por complicaciones con su diabetes y una posible falla pulmonar. Ya eran dos. Su abuela no podía soportar perder dos hijas en tan poco tiempo.
Siete meses después, otra hermana, por una falla hepática y un cáncer detectado por su tabaquismo, al igual que su madrina.
Ya eran tres pérdidas en dos años.
Un golpe muy duro para todos.
Fue en esa tercera que Jared, estando en Puebla, tuvo un intento fallido de suicidio en Puebla, tomando pastillas de clonazepam con tequila.
Lo único que provocó fue que se quedara dormido casi dos días, despertando con fuerte dolor de cabeza y estómago.
Lo ocultó de su familia un par de días, hasta que, en una visita sorpresa de su madre, fue descubierto en condiciones muy alarmantes.
Jared trabajó duro para sobrellevar todo y seguir, terminar la carrera bien. Y luego… llegó marzo.
La abuela pasó.
Agosto se había convertido en un mes difícil, pues en ese mes eran los aniversarios luctuosos de dos de sus tías y el cumpleaños de su abuela. Había superado ese mes en los días fuertes, pero la última semana ya no pudo más.
Fue cuando conoció a Bruno que las cosas comenzaron a mejorar, inexplicablemente.
―¿Tú sabías que Jessica iba a venir de Querétaro?
―No, le avisó a mi tía apenas hoy en la mañana que venía.
―Y como siempre, guardaron la sorpresa ―comentó Jared.
―Ya sabes.
Los dos hermanos se acercaron a la mesa redonda de cristal que se encontraba situada en el patio, acompañada de otras tres de madera: dos rectangulares y otra igual de redonda.
Las cuatro mesas estaban cubiertas con manteles con estampados referentes al Día de la Independencia: rostros de los conspiradores, banderas tricolores, campanas.
Jared y Daniel se sentaron al lado de su madre, uno a cada lado: Jared a la derecha de su madre y Daniel a la izquierda.
―Prueba los elotes de tu tío Omar, no tienen madre ―le dijo Rosario a Jared.
―Va.
Por dentro, Jared se moría por contarle todo a su madre: el casi intento de suicidio, su encuentro con Bruno, la cita que tuvieron, el cómo se ha sentido últimamente. Pero optó por no hacerlo y esperar a un mejor momento para contar todo.
Ya habrá tiempo, pensó él.
Jared vio cómo sus primos sacaron el equipo de teatro en casa y conectaron la pantalla Smart TV para comenzar la fiesta después de la cena. Había sido idea de su prima Natalia, la mayor de las mujeres en su generación, quien tomó la iniciativa.
―A ver, cabrones, sé que son fechas importantes. Tenemos ausencias, pero no pongamos caras largas. Es noche de fiesta ―dijo ella.
Comenzaron a reproducir música típica de Noche Mexicana en YouTube mientras platicaban unos con los otros.
Fue entonces que, en una parte de la noche, Jared y Jessica se juntaron para conversar sobre sus experiencias fuera.
Tenían rato ya sin verse; desde lo de la abuela no había sido así.
Las veces que ellos venían a ver a la familia no coincidían, y hacía difícil que pudieran verse.
―Jess, tengo que confesarte algo ―dijo mientras enciende un cigarro en el jardín, donde continuaron su conversación. ―¿Qué pasó? ―preguntó Jessica.
Jessica no era muy parecida a Jared. De hecho, solo los pares de hermanos se parecen, pero entre primos no hay parecido físico alguno. Ella era más baja de estatura, de cabello largo y lacio y muy delgada. Su piel era un poco más clara que la de su primo, pero seguía siendo morena.
―A mamá no le he contado sobre esto, pero ―dio una calada a su cigarro, contuvo el aire por varios segundos, soltó el humo y después prosiguió― hace poco casi cometo una estupidez.
Jessica solo mira a su primo, no dice nada y su rostro se muestra inexpresivo.
―Muy bien, te escucho.
―Estuve muy mal la última semana de agosto. Y pues no aguanté, me pasó la idea por la cabeza. Estaba cansado de sentir tanto, me estaba costando todo otra vez. Y luego el síndrome de abstinencia. Todo se juntó de golpe y pues el agotamiento y el no comer ni dormir bien dificultaron las cosas.
―Jar, ¿por qué no me llamaste? ―le preguntó su prima.
―No quería preocupar a nadie, no otra vez. Pensé que podría solo, nuevamente.
―¿Y qué pasó?
―Pues, una mañana salí a caminar para pensar cosas. Llegué a un puente y me quedé sentado en la orilla, pensando. Hasta que llegó este tipo y me ayudó mucho.
―¿Qué tipo? ―le preguntó Jessica.
Jared se queda en silencio un momento y solo sonríe.
―Un tipo que andaba de paso por ahí y me vio. Creo que pensó que me iba a arrojar del puente o algo así.
―Jar, yo también me lo hubiera imaginado en su lugar.
―Bueno, el punto es que se portó muy amable, me animó un poco escuchando canciones, me invitó de comer. Después, una semana más tarde, salimos a tomar y platicar. Y hemos estado mucho en contacto.
―Interesante ―comentó su prima―. Espera, dices que apenas lo conociste en ese momento, ¿cierto?
―Sí.
―O sea, que siendo un completo desconocido, te ayudó.
―Así es.
―Suena como alguien que vale mucho la pena.
―Lo mismo pienso ―Jared miró a su familia y por un momento imaginó a Bruno sentado y platicando con todos. Devolvió la mirada a su prima, dio una calada y soltó el humo con algo que le da miedo admitir―. Creo que estoy comenzando a enamorarme de él.