Los días posteriores #2
—Interesante —dijo Bruno mientras revisaba la carta—. Creo que pediré una hamburguesa barbecue con papas gajo y una cerveza Modelo Negra. ¿Tú?
—Unos boneless barbecue con habanero, papas a la francesa y un tarro de cerveza Indio.
—Perfecto.
Esperaron unos minutos mientras conversaban.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Jared.
—Lo de siempre. Algunos inconvenientes con el equipo de protección, iluminación, ese tipo de cosas.
—Suena pesado. Ojalá mejore la próxima semana.
—Lo veo difícil. A muchos no les gusta seguir las normas de seguridad.
—Me suena familiar —comentó Jared.
Un mesero alto, de complexión robusta y lleno de tatuajes, se acercó para tomar la orden. Jared le dio un vistazo rápido e hizo un gesto para que Bruno comenzara.
—Una hamburguesa barbecue con papas gajo. ¿Tiene cerveza Modelo Negra?
—Sí, señor. ¿Chica o litro?
—Chica, por favor.
—¿Y para usted?
—Unos boneless barbecue con habanero. ¿Tienen cerveza Indio?
—Solo de litro.
—Un litro en tarro, por favor. Escarchado.
—¿Con chile?
—Sí, por favor.
—Muy bien, enseguida.
El mesero se retiró. Bruno volvió a mirar a Jared.
Jared sostuvo la mirada.
El silencio se prolongó unos segundos más… hasta que Bruno decidió romperlo.
—No sabía que te gustaba beber.
Jared se apenó.
Había dejado de tomar hacía tiempo, desde que egresó de la licenciatura. De vez en cuando salía con amigos, pero se limitaba a una cerveza. Tenía más de un año sin emborracharse, desde aquella fiesta de Halloween en casa de una amiga de la universidad.
—La verdad es que ya no tomo.
—No parece.
Jared frunció el ceño. El comentario no le agradó.
—Antes tomaba más. Tenía un problema con el alcohol.
Bruno pareció interesarse más.
—A ver, cuéntame.
Jared respiró hondo. No estaba seguro de querer hablar de eso.
—Cuando estaba en la preparatoria pasé por una etapa rebelde. A pesar de tener el mejor promedio, no me gustaba ser “el cerebrito”. Empecé a salir con compañeros, a bares cerca de la universidad del estado, en el centro de Cuernavaca… o a tomar en la banqueta.
—¿Por qué?
—No lo sé… supongo que quería llamar la atención. Ahora que lo pienso, buscaba una excusa para dejar de ser el hijo “ejemplar”.
—Interesante.
—¿Qué tiene de interesante? —preguntó Jared, confundido.
—Que lo reconozcas.
—Hace diez años no lo hacía. De hecho, no tiene mucho que soy consciente de varias cosas de mi vida.
—¿Como cuáles?
—El alcoholismo.
—¿Y qué más?
Jared dudó.
—Sabes, creo que es mejor dejar de hablar de mí. Quiero saber más de ti.
Bruno lo miró y sonrió.
—¿Qué te gustaría saber?
—No sé… —pensó un momento—. ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
Bruno dudó. Tenía muchas respuestas, pero no sabía por dónde empezar. Tampoco quería parecer un cliché.
—Me gusta leer.
Jared no pudo ocultar su interés.
A él le fascinaba leer. Era un hábito que tenía desde los diez años, inculcado por su familia.
—¿En serio? ¿Qué tipo de libros?
—Ciencia ficción, principalmente.
Bruno notó la emoción en Jared. Ambos parecían disfrutar más la conversación al encontrar puntos en común.
Mientras esperaban la orden, hablaron de sus gustos. Descubrieron que los dos eran fanáticos de Harry Potter e incluso pertenecían a la misma casa: Ravenclaw.
—Aunque creo que el test se equivocó conmigo —comentó Jared—. No me considero tan inteligente.
—¿No te consideras inteligente?
—No.
—Curioso.
—¿Por qué?
—Eres químico. Y, por lo que me dijiste, eras el mejor promedio en bachillerato —dijo, acomodándose el cabello sin dejar de mirarlo—. No dudo que también lo hayas sido en la universidad.
Jared guardó silencio unos segundos, hizo una mueca y suspiró.
—No.
—Entonces no entiendo.
—Dije que no como quisiera.
—¿Quieres ser más inteligente?
—No exactamente… solo me gustaría usar mejor lo que sé. Never mind.
—¿Hablas inglés? —preguntó Bruno, sorprendido.
—Sí. Doy clases a estudiantes de maestría en un instituto de protección civil, de forma remota.
—Y dices que no eres inteligente.
—Saber un idioma no te hace inteligente. Hay muchas formas de serlo.
—¿Como cuáles?
Jared se tensó.
—¿Sabes qué? Me gustaría que dejaras de cuestionarme tanto. ¿Qué es esto, un interrogatorio?
—No… solo quiero entenderte.
Jared guardó silencio. Se dio cuenta de que no habían dejado de mirarse en varios minutos.
—Pues suerte con eso… ni yo mismo me entiendo.
—Está bien. Dejaré de hacer tantas preguntas. No quiero incomodarte.
—No… no quise… —respiró, se tocó el mentón y continuó—. Es solo que a veces siento que no soy una persona interesante.
—Pues lo eres —dijo Bruno—. Mucho.
—Puedo decir lo mismo de ti. Por eso quiero conocerte más.
Esto no nos llevará a ningún lado . Pensó Jared.
El mesero regresó con las bebidas y después con la comida. Ambos agradecieron.
—Salud… por las primeras impresiones —propuso Jared.
—Salud.
Chocaron los vasos y bebieron antes de empezar a comer.
El bar comenzó a llenarse y la música subió de volumen. Ahora sonaban Caifanes.
—No pensé que se llenaría tanto. Antes no pasaba cuando venía con mis amigos.
—Quizá ganó popularidad —comentó Bruno.
—Puede ser.
Durante el resto de la noche, conversaron sobre lo que implicaba ser adultos independientes. Jared llevaba nueve meses trabajando y sosteniéndose por sí mismo. Bruno, en cambio, ya tenía años de experiencia.
—El primer año es difícil —le dijo—, pero vas bien. Ya estás pasando la curva.
—¿Planeas quedarte en Puebla? —preguntó después—. ¿No pagan mejor allá?
—No. Aquí gano más y puedo cubrir mis gastos sin problema.
—Vaya… pensé que era al revés.
—Además, el transporte es más barato aquí que en Cuernavaca.
—Eso no lo sé, no uso transporte público.
Jared alzó una ceja, sorprendido. Bruno lo notó de inmediato.
—Perdón, sonó muy clasista —añadió—. Me refiero a que me muevo en moto. No sé usar el transporte público.
—Descuida —respondió Jared, sonriendo—. Entiendo.
Jared dio otro trago a su cerveza; ya casi la terminaba. Bruno, en cambio, aún tenía más de la mitad.
Sí tomaba rápido . Pensó.
Espero que no se emborrache…
Aun así, Bruno no podía evitar verlo como alguien interesante. Había algo en él, una especie de brillo poco común.
Cuando estaban por dar las diez, ambos comenzaron a sentirse incómodos en el bar. Pidieron la cuenta. Bruno sacó su tarjeta, pero Jared insistió en pagar.
Bruno intentó negarse, pero Jared no le dio opción. Pagó en efectivo y, minutos después, recibieron el cambio.
—Gracias —dijo Jared.
Salieron del bar hacia la avenida Juárez.
Caminaron rumbo al centro, conversando sobre la ciudad. Bruno había vivido ahí toda su vida; para él, Puebla era cotidiana. Para Jared, en cambio, seguía siendo fascinante.
Había soñado con vivir ahí desde joven. Cuando decidió estudiar química, Puebla fue su primera opción. Y al llegar, se enamoró casi de inmediato.
—Te gusta mucho Puebla, ¿verdad? —comentó Bruno.
—Sí… me enamoré desde el primer momento.
—Fue amor a primera vista.
—Sí… así fue.
Ambos se miraron y sonrieron.
Jared comenzó a notar que sentía una especie de atracción por aquel hombre.
Sin embargo, en su mente surgían dudas: no sabía si Bruno compartía su misma orientación.
Y, aun si así fuera, no se sentía suficiente para él.
Sus hábitos —fumar, beber— eran cosas que, hasta cierto punto, Bruno parecía desaprobar.
Atravesaron el Centro Histórico, que no estaba saturado de gente. Para Bruno, aquello era un alivio; no le gustaban los lugares concurridos. Jared, en cambio, disfrutaba ver la ciudad llena de vida.
Llegaron al bulevar Cinco de Mayo, donde se detuvieron a seguir conversando sobre libros, planes para la semana y la posibilidad de volver a verse.
—Podría ser el próximo viernes —propuso Bruno.
—¿El próximo viernes? —preguntó Jared—. Es feriado. Viajaré a Morelos para ver a mi familia por las fiestas patrias.
—Es cierto…
—Pero podría ser en quince días.
—En quince días iré a la Ciudad de México por unos asuntos. No lo veo viable.
Ambos guardaron silencio, observando los autos pasar.
Analco y el Centro Histórico comenzaban a iluminarse con luces decorativas por las fiestas patrias, lo que le daba un aire especial al momento. Como si la ciudad respirara.
Incluso Bruno, que normalmente no encontraba nada extraordinario en ella, empezó a percibirla de otra forma.
Quizá era la compañía.
—Bueno… supongo que lo dejamos pendiente hasta que coincidamos —dijo Jared, dejando entrever cierta desilusión.
—Sí, me parece razonable.
Bruno no podía evitar comparar al joven que había conocido días atrás con el que tenía frente a él. El cambio era evidente. Le alegraba verlo mejor, saber que estaba saliendo adelante.
Y, sobre todo, descubrir que había mucho más en él de lo que parecía.
Una historia que quería ir conociendo poco a poco.
—Bueno, ya es tarde. Debo volver a mi cuarto —dijo Jared.
—Yo también. Tengo que terminar tarea de la maestría.
—Gracias por aceptar mi invitación.
—Al contrario, gracias a ti por invitar… y por pagar. Eres muy amable.
—Te la debía.
Se abrazaron.
Esta vez, el abrazo fue más largo.
Más íntimo.
Daba la impresión de que ninguno quería soltarse. Como si ese momento se estirara más de lo normal. Como si, por unos segundos, el tiempo dejara de importar.
Un abrazo.
Cuando los corazones están más cerca.
Cuando, con la persona correcta, todo se siente en calma. Seguro. Como un refugio.
—Que tengas buena noche, Jared.
—Igualmente, Bruno. Regresa con cuidado.
—Pediré un Uber. ¿Tú?
—Tomaré el metrobús. Me deja cerca de donde vivo.
—Perfecto.
Se miraron una última vez.
Sonrieron.
—Adiós.
—Adiós.
Ninguno lo dijo en voz alta, pero ambos comenzaron a ponerse nerviosos. Sus corazones latían con fuerza.
Jared sentía que se le saldría del pecho.
Bruno, que explotaría.
No tenían el valor de admitirlo aún, pero algo estaba cambiando.
Lo que empezaba a surgir entre ellos ya no era solo amistad.