50. Teddy
Teddy
—Tengo que ayudar a descargar y limpiar los camiones. A lo mejor tardamos otra hora más en acabar —me informa Xander pasándome un brazo por la cintura y estrechándomela.
Tiene a Dalton a un lado y ha cogido a Penny con el otro brazo. Yo llevo a Bea acurrucada contra el pecho. Levanto la cabeza para mirarlo y a Xander se le relaja la expresión al mirarme a mí.
Como si yo misma hubiese colgado la Luna en el cielo o algo. Que no me quejo, eh.
Después de darle esa sorpresa, la brigada entera ha estallado de alegría.
Scottie y Vi me han reñido por no habérselo contado, pero sé que el enfado no les durará demasiado.
Cal me ha abrazado con fuerza y me ha levantado del suelo.
Cuando ha vuelto a centrarse en Xander, le ha tendido la mano derecha y Xander se la ha apretado con firmeza.
Cal le ha dado una palmada en la espalda con la otra mano y lo ha acercado para darle el «abrazo de machos» más masculino que he visto en la vida.
Al separarse, mi hermano tenía los ojos sospechosamente acuosos y Xander me ha mirado con adoración en los suyos, aunque no sé qué se habrán dicho tan bajo como para que nadie más lo oyera.
—¿Por qué no te llevas a los niños a casa y yo vengo enseguida? Quiero ducharme antes —me cuenta.
Niego con la cabeza.
—Dúchate en mi casa. Me ducharé contigo.
La lujuria le ensombrece la mirada y se muerde el labio inferior a la vez que suelta un gruñido gutural. Aun así, niega con la cabeza.
—Estoy hecho un asco, Teddy.
—Lo sé. Por favor. No quiero pasar más tiempo del necesario lejos de ti. Déjame que sea yo quien te mime a ti por una vez —susurro buscándole la mirada.
Cuando sonríe, se le arrugan los ojos de esa forma que tanto me gusta y yo también sonrío.
—De acuerdo, mama. Nos vemos en casa —responde con ternura y me da otro beso. Asiento sin separar los labios de los suyos—. Te quiero, Teddy. Tanto que hasta me cuesta respirar.
—Eso igual es un infarto, vejestorio —se ríe King al pasar mientras regresa al camión después de haber enviado a Vi y a Hollie a casa—. Igual te interesaría hacértelo mirar, sup.
—Ya no soy tu superintendente —contesta con una sonrisa. Me da un vuelco el corazón. Joder. Lo ha dejado de verdad. King se gira, echa a andar de espaldas y ladea la cabeza en señal de pregunta. Xander señala a Cal con la barbilla y anuncia—: Ahora, ese título es suyo.
Las lágrimas me centellean en los ojos y sonrío a mi hermano, que esboza una sonrisa discreta y se encoge de hombros.
—Sí, bueno, alguien tendrá que mantener a estos hooligans a raya ahora que tú te vas a convertir en un hombre de familia y mierdas de estas.
King le da una palmada a Cal al pasar y veo cómo se marchan juntos hacia las puertas del parque de bomberos.
Xander nos acompaña al monovolumen, me ayuda a acomodar a Bea en la sillita y a Penny en la suya, y vuelve a revisar que estén bien atadas, igual que me gusta hacer a mí. Se me derrite el corazón.
—¿Estarás en casa cuando nos despertemos mañana? — pregunta Dalton desde el asiento trasero mientras se pone el cinturón.
—Por supuesto que sí, campeón —responde Xander desde la puerta corredera. A mi hijo se le ilumina la cara al sonreír y asiente ilusionado—. Venga, mama. Dentro.
Me abre la puerta para que me coloque detrás del volante y se acerca para abrocharme el cinturón. Río y lo miro como si estuviese loco.
—¿Qué haces?
Se asegura de que el cinturón esté bien puesto y me apoya la mano en la barriga. Cuando me doy cuenta de lo que está haciendo, las mariposas alzan el vuelo en mi interior. Me besa con ternura y dice:
—Solo quiero asegurarme de que estéis todos bien. Mi corazón entero está en este coche, Teddy.
Las lágrimas vuelven a escocerme en la nariz. Dios, este hombre es de ensueño, joder.
—Nos vemos en casa en una hora, ¿vale? —me recuerda acariciándome el vientre con el pulgar. Asiento—. Te quiero.
—Yo también te quiero —susurro. Me encanta cómo me siento al decírselo—. No tardes demasiado.
Xander asiente y se agacha para salir del coche y cerrar la puerta con cuidado.
Tras llegar a casa, preparar la cena y meter a los tres niños en la cama, oigo a Xander aparcando la camioneta.
No se molesta en entrar en su parte del dúplex; viene directamente a mi casa, como si tanto él como yo supiéramos cuál es su lugar.
Le envuelvo el cuello con los brazos a la vez que él me abraza por la cintura, me pongo de puntillas y le doy un beso apasionado y largo en los labios que me deja con ganas de más.
—Vamos a lavarte.
Se separa para que pueda darme la vuelta y echar a andar por el pasillo, pero no me suelta la mano, como si no tocarme le resultara insoportable.
Ya en el baño, me inclino por encima de la bañera y abro los grifos para que el agua empiece a salir caliente.
Él se quita su sucio uniforme de Nomex, lleno de hollín, y yo saco un par de toallas limpias y los botes de su gel y champú favoritos del armario que tengo debajo del lavamanos.
Se los compré de sorpresa antes del accidente para que pudiese ducharse aquí, pero entonces tuvo que irse.
Cuando ya se ha desnudado, señalo la ducha para que entre.
Obedece sin rechistar. Dejo las gafas al lado del lavamanos, me desnudo, me meto en la ducha después de él y corro la cortina.
Xander está completamente sumergido bajo el chorro del agua, frotándose la cara con ambas manos y echándose sus mechones de pelo mojados hacia atrás.
Se le tensan los músculos bronceados de la espalda, los hombros y los brazos con cada movimiento que hace.
No puedo contenerme. Doy un paso hacia él y le apoyo ambas manos a la altura de las costillas, por los costados, antes de bajárselas por el abdomen. Me acerco y le doy un beso en medio de la columna vertebral. Dios, este hombre es precioso. Y quiere estar conmigo, me quiere.
Me cubre el dorso de las manos con las suyas para que no me separe y gira la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Joder, cuánto te echaba de menos, cielo.
Vuelvo a darle un beso en la columna y murmuro:
—Y yo a ti. Me alegro de que ya estés en casa.
Me acaricia los brazos con los dedos un segundo antes de que me separe y estire el brazo por delante de él para coger el champú. Xander se gira y yo hago un cuenco con la mano para verter un poco del producto antes de volver a dejar el bote en la repisa.
—Agáchate para que pueda lavarte el pelo —le digo amablemente pero con cierto autoritarismo.
Xander sonríe y ese hoyuelo hace acto de aparición bajo su barba espesa. Creo que nunca se la había visto tan larga, pero no me molesta. Es sexi de narices.
Hinca una rodilla en el suelo y me agarra las caderas con las manos, hundiéndome los pulgares en la barriga.
Se inclina, me besa en el esternón, justo en medio de los pechos, y respira con pesadez.
Y, ahora que lo tengo arrodillado frente a mí, le hundo los dedos en el pelo y procedo a lavarle meticulosamente los mechones.
Le froto el cuero cabelludo con las uñas y él gruñe, echando un poco la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
Sonrío con picardía, alegre de ver que consigo que se sienta así de bien.
Estiro la mano por encima de nuestras cabezas y bajo la alcachofa de la ducha para aclararle el pelo. Xander no me aparta las manos de las caderas en ningún momento, aunque me va apretando los dedos mientras yo lo lavo.
Le lavo el pelo con champú una segunda vez para quitarle cualquier sobra de suciedad y mugre que le haya podido quedar y se lo enjuago de nuevo. Acto seguido, Xander se levanta. La polla le rebota, pesada y empalmada, entre nosotros.
—Tsss —hago con ligereza, negando con la cabeza.
Él frunce el ceño y protesta quejumbroso.
—Por favor, cielo... Quiero tocarte. Necesito tocarte.
—Todavía no he acabado de mimarte —musito pasándole la mano por un lado para coger el bote de gel y la esponja vegetal que tengo colgada en la pared.
Xander me observa con su mirada acalorada mientras me pongo un poco de gel de baño con olor a cedro y cítricos en la mano y froto para acumular espuma—. Gírate, porfa.
—Eres pícara de cojones, tanto provocarme... —se queja en tono grave.
De todos modos, asiente. Sonrío a sus espaldas. Me encanta volverlo así de loco.
Empiezo por sus hombros, pasándole la esponja por todos los centímetros de la piel.
Se la bajo por la espalda y continúo por sus fuertes nalgas; luego le lavo los brazos, del hombro a la muñeca, y después me arrodillo para frotarle los muslos por detrás y las pantorrillas.
Al levantarme, lo giro para que quede de cara a mí.
Está prácticamente jadeando con cada respiración y me mira con un brillo abrasador y hambriento en los ojos.
Me muerdo los labios para contener la sonrisa y levanto el brazo, repitiendo el mismo proceso.
Le paso la esponja por los hombros, bajo por el abdomen, las caderas y lo lavo peligrosamente cerca de esa erección, más dura que una roca.
Suelta un grave sonido gutural y me entra un escalofrío, pero no paro.
Me arrodillo de nuevo, le lavo ambos muslos y sigo bajando hasta los empeines.
Y, entonces, solo entonces, levanto la vista para mirarlo.
Xander exhala con pesadez y va cerrando y abriendo los puños a los costados, como si estuviese echando mano de todo su autocontrol para no tocarme.
Me muerdo el labio y le sonrío coqueta. Él sacude la cabeza y se ríe.
—Mira que llegas a ser mala... —comenta con la voz raposa y el tono grave.
Dejo la esponja, pero levanto mi mano enjabonada y le envuelvo toda su envergadura con los dedos, acariciándosela de la base a la punta. Me aseguro de enjabonársela entera, despacio.
—Me cago en la leche, Teddy —suelta de golpe, perdiendo el control y agarrándome la cabeza por detrás—. Por favor, mama. Necesito estar dentro de ti.