49. Teddy
Teddy
Las hojas ya han empezado a cambiar de color y Xander todavía no ha vuelto.
Llevan fuera más de un mes y yo me estoy volviendo loca mientras espero que regrese a casa.
Tengo tantas cosas que decirle... Me he planteado ponerme en contacto con él, llamarlo o mandarle un mensaje, pero el miedo que siento por si me lo cargué todo al no decirle cómo me sentía me lo impide.
Además, Xander se merece oírlo en persona.
Los niños lo echan terriblemente de menos y yo sigo diciéndoles que volverá pronto, antes de lo que creen.
Espero no equivocarme. Sé que, cuando les toca enfrentarse a incendios de esta envergadura, los obligan a tomarse una pausa, pero conozco a Xander y a su equipo: no habrán acatado órdenes y se habrán quedado a ayudar.
Porque estos hombres son de las personas más valientes y nobles que conozco.
Me suena el móvil, lo cojo de la encimera y respondo a la llamada de Scottie.
—Hey...
—Han vuelto. Acaban de llegar al parque de bomberos y están descargándolo todo —se apresura a decir. Me quedo petrificada—. Lo siento, Cal me pidió que no te dijera nada hasta que estuvieran aquí...
—No pasa nada. Gracias por avisarme —respondo con un hilo de voz. Giro sobre mí misma, me río y el sonido me sale un poco más agudo de lo que pretendía. Me tapo la boca con la mano y añado—: Nos vemos allí.
—Eso. No pienso esperar a que venga a casa para saludarlo —se ríe Scottie con la voz grave. Sé que ha echado un montón de menos a mi hermano—. Hasta ahora.
Colgamos y grito:
—¡Niños, poneos los zapatos! ¡Xander ha vuelto, vamos!
Dalton grita ilusionado, salta por el respaldo del sofá, y echa a correr hacia su habitación para ponerse una sudadera y los zapatos.
Penny, con sus coletas torcidas, empieza a dar brincos entusiasmada a la vez que agita los brazos como loca.
Señalo sus zapatos y ella se los pone mientras yo me apresuro a meter a Bea en la sillita del coche.
Me tomo medio segundo para ir al baño, solo para asegurarme de que no voy hecha una pocilga, y salimos por la puerta.
Los vaqueros me abrazan las caderas a la perfección y el top de manga larga que llevo ensalza la generosidad de mis pechos y la estrechez de mi cintura.
Llevo el pelo recogido en una media coleta y me subo las gafas por el puente de la nariz.
Cuando ya he metido a todos los niños en el coche y les he abrochado el cinturón, arrancamos.
Sé dónde queda el parque de bomberos porque, a lo largo de los años, he ido en un sinfín de ocasiones con Cal.
El sol de última hora de la tarde se cuela entre las hojas coloridas de los árboles mientras conducimos.
Dios, espero no habérmelo cargado definitivamente. O que Xander haya cambiado de opinión sobre mí, sobre todos nosotros. Rezo por que siga queriéndome.
Al entrar en el aparcamiento, veo el coche de Violette y, a lo lejos, atisbo a Rowan abrazándola con fuerza.
La ha levantado del suelo y está sujetándola con un brazo por debajo del culo y el otro alrededor de la espalda mientras se besan.
Mi hermano y Scottie están abrazados y con las frentes pegadas mientras hablan y se besan.
Dalton ayuda a Penny a quitarse el cinturón. Desabrocho a Bea y la saco de la sillita para acercármela al pecho mientras estudio a la gente que hay por aquí. Le cojo la mano a Penny y echamos a andar los cuatro juntos. Debemos de ser todo un espectáculo.
Voy girando la cabeza de lado a lado, estudiando todos los rostros, pero sigo sin verlo. ¿Dónde está?
—¡Xander! —grita Penny.
Me sobresalto y tanto mi hijo como mi hija echan a correr hacia el hombre que acaba de salir del parque de bomberos.
Lo miro y las lágrimas empiezan a amontonárseme en la nariz.
Él sonríe y se agacha enseguida, con los brazos bien abiertos, mientras mis hijos se abalanzan a él con tanto brío que Xander pierde el equilibrio.
Los envuelve a ambos y se los acerca para abrazarlos con fuerza.
Desvía sus ojos azules hacia mí mientras me aproximo a ellos y luego se levanta.
Me lanzo a él. Sigo con Bea en un brazo y río y lloro mientras le paso el otro brazo alrededor de su figura fuerte y firme. Xander también me abraza. Me siento como si acabase de volver a casa.
—Hola, mama —susurra. Al oír que se le atasca la voz, no puedo contener las lágrimas—. Joder, cuánto me alegro de verte, preciosa.
Me separo muy sutilmente. No estoy dispuesta a soltarlo todavía, pero tengo que decirle algo.
—Lo siento mucho —balbuceo mientras le estudio la cara con la mirada y lo agarro por el buzo.
Me da igual que vaya hecho un asco. Necesito tenerlo cerca—.
Xander, fui muy egoísta y lo siento mucho.
Eres el hombre más maravilloso que he conocido en la vida y cometí un error colosal al pedirte que renunciaras a algo así.
A algo que te convierte en el hombre al que quiero.
Sonríe despacio y se le arrugan los ojos al hacerlo. Levanta una mano para colocármela en la mejilla y me acaricia la piel con ternura con el pulgar. Sorbo por la nariz, pero me resulta imposible apartarle la mirada.
—¿Me quieres? —pregunta en voz baja.
—Muchísimo —sollozo y asiento mientras apoyo la mejilla en su palma.
Casi no soy ni consciente de que Violette se nos acerca y me coge a una movidísima Bea del brazo—.
Una barbaridad. Te quiero. Lo quiero todo, Xander.
Si tú puedes ser valiente para ir a controlar incendios, yo puedo serlo para estar a tu lado mientras lo haces.
Y estaremos todos esperándote a que vuelvas en cada ocasión.
Xander se me queda mirando mientras me coge la cara con ambas manos y yo, con los dos brazos libres, lo agarro por detrás del bíceps para mantenerlo cerca.
—Fui una cobarde. Me aterraba lo mucho que te quería, lo mucho que te querían mis hijos.
Debería haberte dicho que te quería un montón de veces.
No debería haber dejado que te marcharas pensando que tú no eres el amor de mi vida.
—Xander me seca las lágrimas que me resbalan por las mejillas con una sonrisa tierna y encantadora en los labios, pero deja que continúe.
Se me entrecorta la voz debido a todas las emociones que siento.
Me humedezco los labios, temblorosos y prosigo—: Quería a Logan.
Y una parte de mí siempre lo querrá. Siempre recordaré con amor el tiempo que pasamos juntos y la vida que tuve con él.
Pero no hay ningún fantasma, Xander. Porque te quiero y quiero ver qué nos depara este futuro que nos ha brindado la vida.
Lo quiero todo contigo. Solo contigo. Quiero esto, cueste lo que cueste, sea lo que sea o por más que a veces tengas que alejarte de nosotros.
Quiero ser valiente por ti. Quiero aprovechar esta oportunidad y estar contigo.
Xander baja la vista hacia mi mano izquierda y juro que veo cómo se relaja al ver que no llevo la alianza. Apoya la frente en la mía, me la acaricia con la suya, y nos quedamos con la nariz pegada y los labios a meros milímetros de los del otro.
—Te quiero muchísimo —susurra dándome unos besos escuetos aunque dulces en los labios. Luego, ríe y noto su aliento en la cara—. Pero, cielo...
Ay, Dios. Se me parte el corazón en dos. Va a decirme que no puede hacerlo. He tardado demasiado y me lo he cargado todo.
—Vas a tener que aguantarme mucho más que de costumbre —continúa mirándome con los ojos centelleantes—. Porque acabo de dimitir. De forma inmediata.
Me quedo estupefacta, paralizada. La mente me va a paso de tortuga; es como si estuviese intentando avanzar entre melaza.
—¿Qué? —susurro falta de aliento y conmocionada.
Me acaricia las mejillas con los dedos y luego me aparta el pelo de la cara con cuidado. Me estudia entera con los ojos antes de volver a clavarlos en los míos. Sonríe con tanta ternura que se me encoge el corazón.
—Me estoy adelantando, cielo. Primero tengo que decirte que lo siento mucho, Teddy.
Por lo que dije antes de marcharme, por haber sido un capullo integral.
Sabía que no estaba siendo justo contigo y, como tenía el orgullo herido, estallé contigo.
Un hombre muy sabio me ha dado un gran consejo.
La voy a pifiar que flipas y no seré nunca perfecto, pero quiero pasar todos los días contigo, Teddy.
Los bonitos, los mundanos, los aterradores y también los feos.
Quiero que estés a mi lado para experimentarlos todos.
Quiero esta familia. Me he dado cuenta de que no puedo volver a alejarme de ti.
No puedo alejarme de estos niños. Aunque sea temporal.
Os quiero más que a mi trabajo como bombero, Teddy —exhala reverentemente y apoya la frente en la mía.
Lo agarro con fuerza por la camiseta, acercándolo a mí mientras las lágrimas me resbalan por las mejillas—.
Te necesito como el aire que respiro y haré lo que sea con tal de asegurarme de que tengamos todo lo posible en esta vida.
Quiero pasar cada puto día contigo. Eres mi «para siempre», cielo. Y no pienso esperar ni un segundo más.
—Pero si esto te apasiona... —susurro con la boca pegada a la suya—. No puedo pedirte que renuncies a esta vida.
—Me apasiona, sí, y todavía te quiero más por estar dispuesta a apoyarme, pero... Sé que ahora debo hacer esto. Para estar contigo. Para vivir esta vida. A lo mejor puedo ponerte mi anillo en el dedo y hacer todo lo que pueda para darte otro bebé.
Sonrío, sacudo la cabeza y le rozo los labios con los míos al reírme.
—Estás fatal. ¿Qué vamos a hacer con cuatro niños?
—Te daré tantos hijos como me dejes —susurra envolviéndome con todo su cuerpo—. Creo que nos saldrían unos niños monísimos. Y así Bea puede hacer de hermana mayor.
—Pillaos una habitación.
Xander le hace la peineta a mi hermano, que está a mis espaldas, y yo vuelvo a reír. Tengo el corazón completamente lleno.
—¿Qué me dices, mama? —me pregunta Xander dándome otro beso—. ¿Quieres ser mi chica?
Suspiro y le envuelvo el cuello con los brazos mientras sonrío.
—Supongo... —susurro provocándolo. Él refunfuña y entrecierra los ojos—. Imagino que lo suyo sería convertirme en una mujer honrada. Como lo del bebé ya lo has hecho...
Levanta la cara de golpe y me mira con los ojos como platos. Me abraza con más fuerza y, con la voz grave, dice:
—Teddy...
Tiro de él por detrás del cuello hasta que vuelvo a tener sus labios sobre los míos y le digo:
—Bienvenido a casa, papá.