Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 48. Xander
94%

48. Xander

Xander

Ha pasado un mes desde que vinimos a enfrentarnos a la puta bestia de incendio esta y estoy agotado. Listo para marcharme a casa.

Ha pasado un puto mes desde que hablé con Teddy, desde que oí su voz. Esa mañana, cuando me fui, casi me muero, hostia. Pero estar con ella... Joder, no puedo seguir con esto. La necesito desesperadamente, coño; a toda ella. Su preocupación, sus miedos, su risa, su amor... Lo quiero todo.

Cal y Rowan me han ido manteniendo informado con lo que les han ido contando Scottie y Vi, pero poco más. Solo sé que tanto Teddy como los niños están bien.

Basta.

Esta locura de incendio en el estado de Arizona está acabado y me muero de ganas de que nos den órdenes para largarnos a casa, hostia.

Sentado en un tronco caído, le doy un sorbo al café ardiente y asqueroso del campamento y me quedo mirando el sobre que metí en la bolsa antes de marcharme esa mañana. Me lo traje aquí y lo he llevado siempre encima, en uno de los bolsillos interiores.

Sin embargo, ahora, al ver el fin de este incendio en el horizonte, lo he sacado. Continúo mirando la caligrafía que aparece en el anverso.

—¿Piensas leerla algún día? —me pregunta Cal, sentándose a mi lado con un plato de comida en cada mano. Me pasa uno y yo lo acepto con un simple «gracias»—. Llevas una hora mirándola.

Río irónicamente y sacudo la cabeza.

—Joder, dos meses llevo mirándola.

—¿Qué es? —me pregunta con la boca llena de comida.

Está despatarrado, con los codos apoyados en las rodillas y sujetando el plato frente a él, sin apoyarlo en nada.

Doblo el sobre, me lo guardo en el bolsillo delantero del buzo para que no se estropee y como un poco antes de contestar:

—Es una carta de mi padre.

—No jodas...

Asiento y le doy otro mordisco a la comida. Me muero de hambre, coño.

—Zach la encontró con sus cosas al mudarse y me la envió, pero no he tenido los cojones de abrirla.

—¿Te da miedo lo que vaya a decir? —pregunta Cal.

Me encojo de hombros y vuelvo a suspirar.

—No lo sé... ¿Quizá?

Cal ya se ha zampado todo lo que tenía en el plato. Se endereza un poco, se levanta y me da un golpe en el hombro.

—Léela, gallina.

Dicho esto, echa a andar y desaparece bajo la luz del ocaso. Me acabo la comida y dejo el plato a mi lado. Me paso las manos por la cara y luego me las froto. La ansiedad se adueña de mí; es como si acabase de electrocutarme.

—A la mierda —exhalo mientras cojo el sobre que me he guardado en el bolsillo y lo abro del tirón.

Detesto que me tiemblen tanto las manos mientras saco la carta que hay ahí dentro y la desdoblo. El corazón empieza a latirme tres veces más deprisa al ver la caligrafía de mi padre en esa página. No lleva ninguna fecha. Me paso la mano por mi mandíbula barbuda y empiezo a leer.

Hijo:

Llega un punto en la vida de cualquier hombre en que se pone a reflexionar sobre las decisiones que ha tomado y el camino por el que lo han llevado estas decisiones.

Yo llevo varios meses pensando en ello y creo que ha llegado el momento de que ponga mis divagaciones de viejo por escrito con la esperanza de que, tal vez, mis decisiones te ayuden a ti.

Zach y Joel no me preocupan tanto como tú.

Zach tiene a Brittanee y a las niñas, y Joel aún es joven.

Puede que sea un poco bala perdida, pero creo que no tardará demasiado en encontrar su camino.

Aunque... No le digas a Zach que te he dicho esto, pero la mujer esa que tiene nunca ha sido fruto de mi devoción.

A lo mejor es que no la conozco lo suficiente y me equivoco...

No os imagináis lo orgulloso que estoy de vosotros tres por haber seguido mis pasos a vuestra manera.

Llevamos eso de enfrentarnos a los incendios en la sangre, en el corazón.

Nacimos para esto. Y estoy orgulloso de narices de que todos mis hijos se hayan decantado por esta profesión.

A lo largo de estos años, has demostrado lo mucho que vales como bombero forestal, y el viejo de tu padre se emociona al pensar que pronto te convertirás en sup.

Has sido un jefe de cuadrilla y un capitán tremendos, y me muero de ganas de ver cómo lideras esta brigada como sup.

Eres justo, honesto y currante como el que más, y también eres un buen hombre.

Siempre has tenido la cabeza sobre los hombros, hijo.

Previendo situaciones, planeando. Observando.

Esto me lleva a lo que de verdad quiero decirte y, como tú bien sabes, yo nunca he sido de expresar mis emociones ni cursiladas de estas.

Solo espero que sepáis lo mucho que siempre os he querido y os querré a los tres.

Puede que no lo dijera tan a menudo como debería, pero espero que lo sepáis igualmente.

Nunca dediqué el tiempo y el esfuerzo suficientes a querer a vuestra madre como ella necesitaba que la quisiera, y eso me costó el amor de mi vida.

Si de algo me arrepiento en esta vida es de una única cosa: haberme alejado de ella, haberla perdido.

Dejé que mi pasión por este trabajo, el deber que siento por seguir dedicándome a esto, eclipsaran lo mucho que la quiero, y esa fue la mayor pérdida de mi vida, hijo.

Tu madre me pidió que me quedara y yo me marché porque era un puto orgulloso y no quise reconocer que la necesitaba más a ella que al aire que respiro, porque eso me acojonaba.

Ahora, cuando veo cómo miras a alguien, me recuerda muchísimo a cómo imagino que solía mirar yo a tu madre. Como si ella fuera el mismísimo Sol y yo fuese un idiota que no podía dejar de mirarla por más que eso me matara. Puede que nadie más se dé cuenta, pero yo sí.

Así que si puede darte un consejo tu viejo, Xander, que sea este: si tienes la oportunidad de tener un amor así en tu vida, no lo sueltes.

Aférrate a ese amor con ambas manos, con todas tus fuerzas, y no dejes que el orgullo o un atrofiado sentido del deber te impidan disfrutar de esto.

Elígela a ella, hijo. Siempre. No cometas los mismos errores que tu viejo.

Encontré el amor de mi vida y lo eché a perder por irme a controlar incendios.

Y me he pasado los últimos treinta años de mi vida siendo consciente de que mi corazón latía en la otra punta del país con una mujer a quien no valoré como prometí que lo haría.

Si tienes la oportunidad de tener algo así, no la desperdicies.

Prométeme que no dejarás que se te escape un amor así de las manos.

Nunca acabamos de merecer del todo a estas mujeres, leches, pero podemos intentar quererlas como se merecen hasta nuestro último aliento.

Así que si alguna vez viene esa chica y te pide que la elijas (y, si te quiere como estoy seguro de que te quiere, lo hará), no dudes.

No te lo plantees. Porque te prometo que no quieres llegar a mi edad y darte cuenta de que perdiste lo mejor que te había pasado en la vida.

No te acostumbres tanto a esta vida como para perder algo increíble, hijo.

Papá

Debo de leerla entera unas tres veces, de principio a fin, antes de volver a bajar la mano y dejarla entre las rodillas. Cierro los ojos con fuerza y aúno las que me quedan para mantener a raya las lágrimas que me inundan los ojos.

Me pellizco el puente de la nariz y me froto las lágrimas que se me acumulan en el rabillo del ojo. Joder, cuánto echo de menos a este hombre.

Sin embargo, mientras permanezco aquí sentado, me doy cuenta de que echo muchísimo más de menos a otra persona. Echo de menos a Teddy con todo mi ser. Sin ella, me falta algo. Sin Dalton y Penny y Bea. Los necesito. Muchísimo. Los quiero. Con toda mi alma.

Me levanto, me acerco a Cal y le doy una palmada en la espalda. Sé lo que tengo que hacer y, por primera vez en mi vida, no dudo ni por un puto segundo de estar haciendo lo correcto.

—Tenemos que hablar —le digo con aspereza y Cal asiente.

Porque voy a elegir a esa mujer cada maldito día.