Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 46. Xander
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46. Xander

Xander

—¿Y tu brazo? —pregunta ella, señalándome el costado derecho.

Su tono quebradizo se me clava hasta lo más hondo. Detesto verla así de afectada.

Bajo la vista hacia las vendas y encojo los dedos con tanta fuerza como puedo con el vendaje puesto. Será una mierda tener que currar con una sola mano; eso seguro. Aunque igual me corto la maldita cosa esta y rezo por que no me salten los puntos.

—No le pasará nada —musito acercándome a Teddy para abrazarla. Está tensa, rígida. Exhalo con pesadez y le apoyo la mejilla en la cabeza—. Tengo que ir a por la bolsa.

La suelto y echo a andar por el pasillo en dirección a mi cuarto. Ella me sigue, despacio y abrazándose a sí misma como si estuviese intentando no derrumbarse.

—No sé cuántos días estaremos fuera —comento mientras cojo la bolsa del armario.

La dejo en la cama y me aseguro de tenerlo todo a punto para irme.

—No quiero que te vayas —susurra.

La miro desde la cama, donde estoy preparándolo todo, y me enderezo.

—Lo sé. Pero tengo que irme, ya lo sabes —respondo con delicadeza. Joder, me lo está poniendo difícil de cojones—. Ese incendio... Pinta mal. Ha desaparecido una brigada entera. Tengo que ir a ayudarles...

—¡Estás lesionado, Xander! ¿Todavía no te has curado y ya vas directo a enfrentarte a otro incendio? ¿A uno que tú mismo acabas de reconocer que es extremadamente peli...?

Deja la frase a medias de golpe y sacude la cabeza, incrédula, mientras se le llenan los ojos de lágrimas.

Parecen hechos de plata fundida. Por esto no salgo con nadie, leches.

Porque esto, estos minutos justo antes de que me toque salir por la puerta para ir a controlar un incendio, es siempre lo peor de todo. Y no puedo culparla en absoluto.

—Justamente por eso tengo que ir, Teddy —respondo obligándome a mantener un tono de voz neutro mientras sigo guardándolo todo—.

Ahí fuera hay equipos que necesitan nuestra ayuda.

No puedo quedarme aquí sentado y obligar a mi brigada a ir sin mí.

No puedo quedarme aquí esperando mientras los otros equipos se enfrentan a esas llamas a sabiendas de que yo podría estar ahí ayudando...

—¡¡Que estás lesionado!! —vuelve a sollozar, señalándome el brazo derecho otra vez—. ¿Qué vas a hacer allí si estás lesionado, aparte de arriesgarte a hacerte más daño aún...?

—Aunque no te lo creas, sé lo que me hago —mascullo con un tono más severo del que pretendía. Teddy retrocede y arruga la frente. Exhalo con pesadez y me froto la cara con la mano—. Llevo controlando incendios desde que tú ibas a primaria, Teddy.

—No quiero que te vayas —dice en voz baja, desesperada.

Está haciéndose pequeña, como de costumbre, y detesto ser yo el causante, joder.

Le resbala una lágrima por la mejilla y se la seca enseguida, aunque a mí se me clava en el pecho por igual—.

Por favor, Xander... No puedo ver cómo sales por esa puerta. Quédate. Quédate por mí, por favor...

—Sabes que no puedo hacerlo. —Susurrarle esta frase me duele físicamente. A Teddy le tiemblan los labios y se abraza a sí misma de esa forma que tanto odio—. Teddy, si pudiera, me quedaría. Por ti, si pudiera, me quedaría. Pero no pue...

—¡¡Sí que puedes!! —grita mientras las lágrimas siguen resbalándole por las mejillas—. Dijiste que me querías... Solo tienes que elegirme a mí. A nosotros.

Al pronunciar la última palabra, se le quiebra la voz y agacha la barbilla sin dejar de llorar. Me muero de ganas de abrazarla, pero sé que, como lo haga, no tendré el valor de cruzar esa puerta, reunirme con mi equipo y hacer el trabajo que sé que debo hacer.

El trabajo que estoy obligado a hacer por una cuestión moral.

—Le dije a Scottie que no te rogaría que te quedaras, pero es que yo no soy tan valiente como ella, Xander.

No puedo ver cómo te alejas de mí a sabiendas de que estás dispuesto a enfrentarte a algo tan peligroso.

Por favor... —suplica en voz baja y levantando la vista para mirarme a los ojos.

Casi cedo. Joder, casi le digo que sí con tal de hacerle desaparecer ese dolor de la cara—.

Por favor, no te vayas. No me obligues a preocuparme por si te pierdo.

No soy lo suficientemente fuerte para volver a pasar por esto.

—Perdiste a tu marido, Teddy. Y entiendo que todo esto te dé miedo.

Pero me estás pidiendo que renuncie a algo que me apasiona —susurro marcando bien las últimas dos palabras y sacudiendo la cabeza—.

Algo que se me da bien; algo que me permite ayudar a la gente.

Me estás pidiendo que renuncie a lo que me apasiona porque te da demasiado miedo intentar...

—¡Sí! —solloza con las manos en el pecho y bien abiertas, como si estuviese intentando contener el dolor—.

¡Sí, me da miedo! ¡Estoy aterrada! Perdí al amor de mi vida, pero ¿por qué soy yo la mala de la película por no lanzarme de cabeza a la posibilidad de volver a sufrir así otra vez?

Al perderlo a él, casi me muero, Xander.

Y ya no te cuento cómo afectó a mis hijos...

Todo esto me está costando más de lo que pensaba. Me siento como si me estuviesen pisoteando el corazón dentro del pecho mismo.

Ya suponía que no había superado lo de su marido, pero oírla decir esto, que él fue el amor de su vida...

Duele mucho más de lo que me gustaría. Dolor, cabreo y rencor se me carcomen por dentro y alzo mis propios muros.

Aprieto la mandíbula y le señalo la mano izquierda, que sigue teniendo sobre el pecho.

No me enorgullezco de las palabras que me salen a continuación de la boca:

—¿Cuándo piensas quitarte ese anillo, Teddy?

Traga con fuerza y palidece un poco bajo la luz tenue del cuarto a la vez que mueve sutilmente los dedos sin apartar la mano del pecho.

—Xander...

Niego con la cabeza, una única vez, y ella aprieta los labios mientras se le siguen llenando los ojos de lágrimas.

—Me estás pidiendo que renuncie al amor de mi vida mientras tú sigues llevando el anillo de otro hombre.

Las lágrimas le brotan de los ojos y pestañea rápidamente, aunque no me aparta la mirada en ningún momento.

—Era mi marido, Xander...

Lo susurra, pero sus palabras resultan casi ensordecedoras en esta silenciosa habitación. Y, en mi cabeza, repican igual que si estuviesen tocando a muerto.

—Te quiero, Teddy. La pregunta es: ¿me quieres tú a mí?

Me da la impresión de que las palabras me suenan huecas. Vuelven a llenársele los ojos de lágrimas y le tiemblan el pecho y los hombros, pero Teddy permanece decisivamente en silencio.

El dolor que siento en el pecho es casi extenuante. ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? Menuda puta mierda.

Retrocedo y le aparto la mirada. Tengo que largarme de aquí. Bastante tarde voy ya. Mi equipo me está esperando.

—Xander... —solloza con la voz rota, dando un titubeante paso hacia mí y alargando la mano. Me aparto de una sacudida antes de que pueda tocarme y Teddy solloza, deteniéndose en medio de mi cuarto con los hombros temblorosos—. Era mi marido...

—¡Era! —grito abriendo bien los brazos.

Las lágrimas le resbalan por las mejillas sin cesar y le tiembla sobremanera el labio inferior.

La agonía que le veo en la mirada casi me mata.

Respiro con dificultad, tengo el pecho agitado y se me está rompiendo el puto corazón.

Sé que no estoy siendo justo, pero arrinconad a un animal y veréis que casi nunca opta por jugar limpio.

—¡Era, Teddy! Ya no está. Él ya no está, ¡pero yo estoy aquí, joder! —Me pego un manotazo en el pecho, justo donde el corazón amenaza con parárseme—. ¡Estoy aquí, hostia!

Solloza y le tiembla el cuerpo entero al llorar.

—Xander, tienes que entender que esto no es fácil para mí...

Se me escapa una risa baja, fría y sarcástica, y a ella se le escapa otro sollozo roto que me arranca el corazón del pecho. Quiere estar conmigo, pero no lo suficiente para dejarme entrar en su corazón. Fui un estúpido al pensar que podía ganarme el amor de Teddy cuando todavía le pertenece a otro.

Y, como tengo el corazón roto y soy un cabrón de manual, exploto de la única forma que sé.

—No, si lo entiendo perfectamente —mascullo, cogiendo la bolsa y girándome hacia ella, aunque me niego a dejarme influir por sus lágrimas.

No puedo seguir con esto. No puedo seguir anhelando a una mujer que nunca me querrá como la quiero yo—.

Cuando estés preparada para soltar al fantasma que sigue en tu cama, avísame, Teddy.

Porque no puedo seguir compitiendo con el fantasma de un difunto para ganarme tu corazón, y menos aún voy a estar calentándote la cama en su ausencia.

Continúa llorando con los hombros temblorosos y los labios bien apretados mientras solloza en silencio y se le sacude el cuerpo entero.

—Necesito que te vayas —escupo, a pesar de que me duele decir estas palabras. Me duele la mandíbula de lo mucho que estoy apretando las muelas y señalo la puerta que le queda detrás—. Llego tarde y la brigada me está esperando.