Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 45. Teddy
90%

45. Teddy

Teddy

—¿Qué le ha pasado a Xander en el brazo? —se interesa Dalton desde el asiento trasero.

Miro por el retrovisor y siento una punzada en el pecho al ver cómo juguetea con la gorra entre las manos. Le sonrío tan ampliamente como puedo y me esmero por intentar borrar la preocupación que inunda su rostro juvenil.

—Anoche volcó el quad trabajando y se cortó un poquito el brazo. Pero está bien.

Vuelvo a centrar toda mi atención en la carretera, avanzando por el tráfico, rumbo a la escuela de Dalton. Siempre dejo primero a Penny. Mi hijo me ha preguntado por Xander en cuanto he regresado al coche tras entrar a la niña.

—Mamá... —pregunta en voz baja. Miro otra vez por el retrovisor—. ¿Xander también se morirá? ¿Como papá?

—Ay, cariño... No —musito y se me encoge el corazón.

Tengo un hijo la mar de dulce y sensible.

—Pero su trabajo es peligroso, ¿a que sí? Más que el de papá —sigue. Odio ver cómo le centellean las lágrimas en los ojos. Empieza a partírseme el corazón—. ¿Y si él también se muere?

Pongo el intermitente, me detengo en el arcén y paro el coche. Salto del vehículo y abro la puerta trasera para poder entrar. Me escuece la nariz, pero contengo las lágrimas. Ahora mismo, mi pequeño hombrecito necesita a su madre.

—Ven aquí, cielo —le susurro.

El niño se desabrocha el cinturón y viene hacia mí para que pueda abrazarlo.

Qué tierno es... Está en esa edad en la que empieza a querer más independencia pero, a la vez, sigue siendo un niño que, a veces, también necesita algún que otro arrumaco de más.

En dos minutos le dará vergüenza haberse mostrado así de vulnerable, pero quiero que sepa que no pasa nada por sentir mucho.

Y menos por sentir mucho por las personas que tanto nos importan.

—Algunas personas tienen trabajos importantes y peligrosos, pero también se han formado superbién.

Xander lleva tanto tiempo dedicándose a esto que seguramente podría hacer su trabajo con los ojos cerrados —lo tranquilizo en voz baja, acunándolo un poco.

Trago con fuerza y continúo—: Lo que le pasó a papá fue un accidente terrible, bichito.

Ninguno de nosotros podría haberlo visto venir.

Pero quienes se dedican a este tipo de trabajos, Dalton, saben que a veces pasan cosas feas.

Saben que están salvando a gente que necesita ayuda.

Y es maravilloso que haya personas tan generosas dispuestas a hacer algo que da miedo porque saben que a los demás a lo mejor les da más miedo todavía.

Pero siempre habrá quienes necesiten ayuda o que los salven.

—Echo mucho de menos a papá... —susurra, se le rompe su voz delicada y empiezan a temblarle los hombros. Lo abrazo fuerte y las lágrimas comienzan a brotarme de los ojos ante el sufrimiento y el dolor de mi hijo—. No quiero que Xander también se muera.

—Ay, mi niño... —musito abrazándolo más fuerte—. No vas a perder a Xander, ¿de acuerdo?

—Pedí un deseo por mi cumple. Pero ahora me da miedo que no vaya a hacerse realidad.

—¿Qué deseo, cariño? —le pregunto con ternura mientras le acaricio la espalda.

Inhala profundamente.

—No te enfades... Pensé que, como os gustáis mucho y a nosotros también nos gusta Xander, no estaría tan mal...

Pero pedí que Xander fuese mi nuevo papá.

Como ya no tengo... Y creo que Penny y yo le caemos bien.

Y Bea nunca ha tenido padre... Pero me da miedo que, si al final se convierte en mi nuevo padre, vaya a morirse como papá. Y entonces habremos perdido a dos.

Me quedo petrificada y sin saber qué decir mientras el pequeño pedazo de mi corazón que seguía intacto acaba de romperse en mil pedazos.

Y entonces me doy cuenta de que no soy la única persona que está enamorada de Xander. Mis hijos también lo quieren.

Cuando consigo que Dalton se calme, ya ha pasado la hora de entrada al cole, pero me da igual.

Llamo a la escuela, aviso de que llegaremos un poco tarde y me llevo a mi hijo a desayunar: solo nosotros dos y Bea.

Cuando ya se ha recompuesto, lo llevo al cole y lo acompaño a secretaría para firmar.

Mi hijo me abraza con fuerza por la cintura y se marcha.

Conduzco a casa hecha un mar de lágrimas.

No paro de llorar y llorar, y tengo la sensación de que se me está rompiendo cada vez más el corazón.

¿Qué tengo que hacer? No tengo ni idea de cómo darle la vuelta a todo esto.

Mis hijos están enamoradísimos de este hombre...

¿Cómo puedo prometerle a mi hijo que Xander no se hará daño o algo peor?

No puedo prometerle algo así. Nadie puede.

Bajo a Bea del asiento trasero y llevo la sillita del coche dentro.

Xander tiene la camioneta en la entrada, pero no está en mi casa, así que supongo que se habrá ido a su parte del dúplex mientras nosotros estábamos fuera.

Le doy el pecho a Bea y mi hija enseguida se queda dormida para su siesta de media mañana habitual.

La arropo, cojo el vigilabebés y abro la puerta corredera que da a la terraza trasera para ir a casa de Xander.

Llamo con delicadeza, aunque, como está en la cocina, sé que me ve al acercarme. Tiene el móvil pegado a la oreja, pero viene hacia mí y abre para dejarme entrar.

—Sí —responde mientras regresa a la encimera, donde tiene una taza de café.

Hace ademán de cogerla, pero se da cuenta de que, con la mano derecha tan vendada, no puede.

Suelta un taco por lo bajo y se recoloca el móvil para sujetarlo entre el hombro y la oreja.

Coge la taza con la mano izquierda y se la acerca a los labios—.

¿Cuántas hectáreas? —Cuando oye la respuesta, hace una mueca—.

¿Ha desaparecido la brigada de Vantage? Mierda...

—Escucha en silencio a quienquiera que esté al otro lado de la línea, me mira a los ojos y yo ya sé qué dirá a continuación.

Se me parte otra vez el corazón—. ¿Cuántos desaparecidos hay? ¿Y desde cuándo?

Me agarro con fuerza al respaldo de una de las sillas de madera de la mesa. Me sujeto con tanta fuerza para no caerme que se me ponen los nudillos blancos.

—Salimos en una hora —contesta.

Cierro los ojos con fuerza y noto que me tiembla el cuerpo entero.

Xander cuelga y marca otro número de inmediato. Cuando responden, dice en tono bajo:

—Nos vamos en una hora. —Guarda silencio un segundo y entonces reconozco la voz de la otra persona—. La brigada de Vantage ha desaparecido. —El taco brusco que suelta mi hermano permea el silencio—. Vale. Llama a los chicos. Nos marchamos dentro de una hora.

Cuelga por segunda vez. El silencio que nos envuelve es ensordecedor.

—Tengo que irme, Teddy —dice finalmente con un hilo de voz.

Abro los ojos y detesto que vuelva a escocerme la nariz por culpa de las lágrimas.

Maldigo a este hombre por haberme robado el corazón. Por haber hecho que me enamorase de él; por haber hecho que mis hijos se enamorasen de él. Y maldigo a mi propia debilidad por hacer exactamente lo que dije que no haría...

¿Cómo voy a proteger mi corazón y el de mis hijos cuando Xander se los lleva todos con él cuando sale por la puerta?