Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 44. Xander
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44. Xander

Xander

Le he dicho a Teddy que vaya a casa a arropar a los niños mientras yo entro en la mía. Voy hecho un asco y estoy manchado de sangre. Tengo que lavarme.

Me quito la bata que me han prestado en el hospital, las botas y los pantalones de Nomex, manchados de sangre.

Me limpio el cuerpo lo mejor que puedo sin mojarme los vendajes del costado y del brazo derecho.

Me valgo del teléfono de la ducha para lavarme el resto del cuerpo y, luego, me encojo tanto como puedo en la bañera para lavarme el pelo y quitarme la suciedad y el hollín del cuello y de la cara.

Me seco con una toalla, me la cuelgo en el hombro y voy hacia la habitación, donde encuentro unos pantalones de chándal que puedo ponerme fácilmente y una camiseta.

Por más que me hayan dado medicamento en el hospital, el dolor abrasador de los cortes persiste.

Voy descalzo hacia la cocina y miro por la ventana. Veo que Colleen arranca para irse a pasar la noche a su casa. Esta semana, Teddy ya ha hecho sus dos turnos, así que Colleen no regresará hasta la próxima.

Cojo una cerveza de la nevera, la abro, me la llevo a los labios y me trago la mitad de golpe. Me estremezco y la dejo. Se me había olvidado que estoy con medicamento. Mierda.

Me dejo caer en una de las sillas de la mesa del salón y cojo un sobre que todavía no había abierto, pero que llevo semanas mirando.

Lo arrastro por toda la casa. Me siento y me lo quedo mirando una vez más.

Ahora lo cojo, lo dejo en la mesa que tengo delante y doy un delicado golpe con un dedo en una de las esquinas.

Pero soy incapaz de abrirlo. De leerlo. No quiero saber cuáles fueron las últimas palabras que me dedicó mi padre. Casi lo tiré sin abrirlo, pero entonces empecé a soltar una retahíla de tacos y volví a cogerlo, lo dejé en la encimera con un manotazo y me fui cabreado. Y lo dejé para otro día.

No paro de decirme que lo leeré cuando vuelva del próximo incendio.

Pero entonces vuelvo del incendio en cuestión y me encuentro de nuevo en el punto de partida. Me quedo mirando el sobre fijamente solo para dejarlo apartado y decirme que «cuando vuelva del próximo incendio, lo abriré».

Oigo un golpe delicado y tímido en la puerta de cristal de la terraza. Me giro y sonrío antes de levantarme. Es Teddy, esperando que la deje entrar. Mi preciosa chica.

Cuando pasa, veo que lleva el vigilabebés en una mano.

La abrazo y ella me envuelve la cintura con los brazos, con cuidado.

Nos quedamos así un minuto bien largo, inhalando el aroma del otro y disfrutando de la cercanía.

Noto cómo le late el corazón pegado a mi pecho y me besa delicadamente los pectorales, paseándome los labios por puntos en los que sé que ella también puede notar cómo me late el corazón a mí.

—¿Y esto? —me pregunta, señalando el sobre que hay en la mesa.

Suspiro, la abrazo con más fuerza por los hombros y le apoyo la barbilla en la cabeza.

—Una carta de mi padre.

—¿De tu padre? —pregunta con un hilo de voz, sorprendida.

Asiento.

—Mi hermano está en plena mudanza y la encontró entre sus cosas. Me la envió, pero no he sido capaz de abrirla.

—Cuando Logan murió, tenía un mensaje de voz suyo que me negué a escuchar —susurra abriendo bien las manos al acariciarme la espalda. Ríe un poco por lo bajo, con ligereza, y prosigue—: Cuando por fin auné la valentía para escucharlo, me enfadé un montón.

—¿Qué decía? —me intereso y me froto la mejilla que no tengo herida con su pelo.

Teddy sacude la cabeza y se le vuelve a escapar otra risa baja.

—Que me quería y que nos veríamos cuando acabase el turno, nada más.

—La abrazo con fuerza—. Me enfadé muchísimo con él por haberse marchado.

Por no haber vuelto a casa al terminar el turno.

Por haberme dejado con dos niños y un tercero de camino.

Borré el mensaje y luego lloré porque quería recuperarlo.

Río un poco y la mezo con delicadeza.

—No me estás convenciendo demasiado para que lea la carta, cielo.

Se encoge de hombros.

—Nunca lo sabrás hasta que la leas —dice, y levanta la barbilla para mirarme—. ¿Vienes a la cama?

Le acaricio el pelo con los dedos de la mano izquierda y le doy un beso casto.

—Hoy seguramente no, mama. Me voy a pasar la noche moviéndome y cambiando de posición, y no quiero despertarte.

—No me importa —susurra con los labios pegados a los míos. Sonrío—. Por favor, no me obligues a dormir hoy sin ti. Necesito saber que estás bien, que estás aquí.

Detesto verla preocupada por mí, pero sé que no servirá de nada que le diga que no hace falta que se preocupe.

—Vale.

—Pero sin jueguecitos —me advierte y me fulmina con la mirada.

Está adorable.

Río y alargo el brazo por detrás de ella para apagar la luz.

—Si crees que un par de cortes harán que no te folle esta noche, estás equivocadísima, preciosa.

—Xander...

—Dime, mama —susurro y la vuelvo a abrazar.

Acerco la boca a la suya y la beso apasionadamente. Teddy suspira y abre los ojos para mirarme.

—No es justo...

—¿El qué?

—Que me distraigas con un beso.

—¿Eso hacía? —pregunto mordisqueándole el labio inferior.

Gime y yo sonrío.

«Eso pensaba...».

Me tira de la mano izquierda para salir por la puerta de la terraza y entrar en su casa. A decir verdad, ahora mismo, su dúplex es más mi casa que la mía propia. Hace semanas que no duermo en mi cama y, sinceramente, tampoco quiero. Quiero estar donde esté ella.

Tiene una lámpara encendida en la esquina del cuarto que ilumina sutilmente el espacio. Deja el vigilabebés en la mesita de noche y se gira hacia mí, buscándome con las manos.

—Se me ocurre otra idea que requerirá un poquito... menos de esfuerzo... por tu parte —susurra poniéndose de puntillas para besarme en los labios.

Juguetea con el dobladillo de mi camiseta y me roza el abdomen con el dorso de los dedos.

Me levanta la prenda despacio, paseándome las manos por toda la zona abdominal, las costillas y el pecho hasta que me la quito por la cabeza y dejo que caiga al suelo.

Cuando vuelve a bajarme las manos por el abdomen y me las hunde por debajo de la cintura de los pantalones de chándal, inhalo con fuerza.

Ya se me había medio empalmado (me pasa con solo besarla), pero, ahora, con sus roces tentativos y provocadores, toda la sangre me baja de la cabeza de golpe.

Le subo la mano izquierda por el lateral del cuello y se lo envuelvo por delante con el pulgar. El discreto gemido suspirado que se le escapa de los labios me vuelve loco. Es tan jodidamente receptiva, tan cándida... Me encanta ver cómo se aviva bajo mis dedos, bajo mi boca.

—¿Qué tenías pensado, mama? —exhalo, acariciándole los labios con los míos sin cesar.

Tiene las manos a ambos lados de la cadera y me las va hundiendo por dentro de la cintura del chándal hasta agarrarme el culo y bajarme los pantalones.

No me he puesto calzoncillos porque con una sola mano era demasiado complicado, de modo que, en cuanto me suelta la prenda, mi pene rebota entre los dos, pesado y empalmado.

—Quiero tu polla en mi boca —susurra con los labios pegados a los míos.

Hay que joderse. Qué mujer...

—¿Sí? —le pregunto. Esa única palabra se me escapa de la boca como un gruñido.

Le agarro el cuello con más fuerza, muy sutilmente, mientras le levanto la cara.

Teddy asiente y sus cristalinos ojos grises adoptan un tono plateado bajo la luz tenue. Le noto el pulso con los dedos.

—¿Quieres chuparme la polla, Teddy? —Vuelve a asentir. Joooder—. De rodillas. Enséñame las ganas que tienes.

Pensaba que estaba listo para ver a Teddy arrodillada frente a mí, pero nada podría haberme preparado para esto.

Dios, esta mujer es increíble. Jodidamente preciosa.

Se ha recogido su melena dorada con una pinza, de modo que estiro el brazo y se lo suelto antes de tirar la pinza al suelo y dejar que el pelo le caiga por los hombros.

Ahora seré yo quien le sujete el pelo con las manos.

Le acaricio la mandíbula con los dedos, de forma reverente, y le aparto el pelo de la cara.

—Abre la boca —le ordeno con la voz áspera.

Me agarro la polla y me la acaricio despacio. Ella se humedece los labios y obedece, sacando la lengua. La miro y asiento con picardía.

—Qué avariciosa... Tienes ganas, ¿eh?

Vuelve a asentir y yo le acerco el glande a los labios. Teddy abre aún más la boca y, cuando la cierra alrededor de la punta y me la acaricia con los labios, agarrándomela con la mano para metérsela más hondo, gruño.

—Hoooostia —suelto con la voz rasposa.

Cuando la punta de mi polla le toca la campanilla, cierro los ojos de golpe.

Le agarro el pelo con la mano izquierda para apartárselo de la cara y me lo envuelvo alrededor de los dedos mientras ella sigue chupándomela.

Teddy está jodidamente gloriosa. Jadeo al respirar con dificultad y el pecho me sube y me baja mientras la miro.

Mientras miro a la mujer que me tiene loco de remate.

Las caderas se me mueven como si tuviesen vida propia, y voy sacándole la polla de la boca y volviéndosela a meter. Qué vistas, coño. Se la hundo de nuevo y a ella le entran arcadas con toda mi envergadura, pero no se separa.

No. Esta mujer es increíble, joder, y me agarra por detrás de los muslos para acercarme más aún. Y, luego, traga saliva y los músculos del cuello se le contraen a mi alrededor.

Veo las putas estrellas.

—¡Joder! —siseo y abro la boca—. Hostia santa, Teddy. Lo estás haciendo de putísima madre, mama. Qué pasada.

—Hmmm —suelta sin quitársela de la boca, y a mí me entra un escalofrío.

Se la saca un segundo y me mira.

—Fóllame la boca, Xander. Córrete en mi lengua. Por favor.

«Hostia puta. Cásate conmigo».

La agarro por detrás de la cabeza con brusquedad, me agacho e ignoro la fuerte punzada de dolor que noto en el lateral para darle un beso fuerte, uno abrasador. Tiene los labios hinchados y suaves, y noto mi propio sabor en su boca. Me contengo para no golpearme el pecho como un neandertal.

—¿Quieres que te folle la boca, Teddy? —le pregunto con aspereza, mordisqueándole su hinchado labio inferior con fuerza.

Ahoga un grito y asiente frenéticamente. Sonrío con los labios pegados a los suyos. Dios, con esta mujer siempre quiero más. Es como si estuviese hecha para mí, hostia.

—¿Quieres mi semen?

—Sí —jadea con la respiración laboriosa.

Me mira a los ojos con los suyos, plateados. Es tan guapa que duele. Se mueve un poco sin levantar las rodillas del suelo y aprieta ligeramente los muslos. Uy... A mi chica le gusta esto...

—Por favor.

—¿Cómo voy a decirle que no a mi chica si me lo pide con tanta educación?

—pregunto con un gruñido sombrío. Me enderezo, le vuelvo a recoger el pelo con la mano y se lo sujeto con más fuerza que antes—.

No dejes de mirarme, Teddy. ¿Entendido? No cierres los ojos.

Quiero que veas lo que me haces, cielo. Y, cuando me corra por tu garganta, más te vale estar corriéndote tú con los dedos.

Abre la boca, sorprendida, y las mejillas se le tiñen de un bonito tono rosado.

—¿Quieres que me...?

—Quiero que te toques el coño, Teddy —le ordeno acercándole la punta de la polla a los labios. Teddy abre la boca por mí—. Juega con tu coño bonito y rosado hasta que te corras en los dedos. Pero no cierres los ojos. No dejes de mirarme.

Asiente. Su mano desaparece entre sus muslos y se desliza dentro de sus pantalones de pijama, que ya se había puesto antes de venir a casa a buscarme.

—Venga, abre la boca y métetela hasta el fondo —susurro. Vuelvo a hundírsela y ella me la chupa succionando las mejillas—. Dios santo, Teddy. Como sigas haciendo esto, no voy a durar...

Repite el movimiento y yo gruño en señal de advertencia.

A la muy traviesa le centellean esos ojos plateados.

Y entonces, empieza a dibujarse círculos en el clítoris.

Me encanta ver cómo gime con mi polla en la boca mientras se da placer.

Le agarro el pelo por detrás de la cabeza con más fuerza todavía.

—¿Preparada, mama? —le pregunto, y Teddy asiente.

Me suelto y empiezo a follarle la boca con unos breves aunque profundos empellones.

Le entran náuseas de nuevo, pero no me detengo.

Teddy sigue mirándome a los ojos y, al verla así, estallo.

Está tan jodidamente preciosa... Todo su puto cuerpo está hecho para mí.

Tiembla con mi pene en la boca y se le van cerrando los ojos mientras gime.

Y ahí sé que está a punto de correrse. Joder.

—Me voy a correr, Teddy. Ni se te ocurra cerrar los ojos. Vas a mirarme mientras me corro. Vas a mirarme mientras te doy hasta la última maldita gota de...

Grita con mi polla en la boca, sacudiendo los hombros mientras se corre con los muslos temblorosos.

—Eso, Teddy. Córrete en tus dedos por mí —le digo de forma casi salvaje al ver cómo se corre con mi polla en la boca.

Teddy gime con los ojos puestos en mí, con la mirada acuosa y los párpados pesados.

Y, entonces, yo también me corro con un áspero sonido gutural y con tanta intensidad que se me nubla un poco la vista.

Unas largas y cálidas gotas de semen empiezan a caerle por la garganta y Teddy se las traga todas, como la buena chica que es.

Me estremezco y le agarro el pelo antes de acercarle la mano a la cara para acariciarle la mejilla y la mandíbula con ternura mientras se la saco.

—Dios, qué preciosa es mi chica... Lo has hecho de maravilla, joder.

Acto seguido, me río y le seco la comisura del labio. Los tiene hinchados. Nunca la había visto tan guapa.

—¿Te estás riendo de mí? —pregunta falta de aliento, con la voz rasposa y una mirada provocadora en los ojos—. Podrías cargarte la confianza de cualquier chica, haciendo esto...

—Tendrás cojones... —gruño en señal de advertencia y sonriendo mientras niego con la cabeza sin apartarle la mirada.

Me agacho y la beso despacio—. Ha sido la mejor mamada que me han hecho en la puta vida.

Solo estaba pensando que no ha requerido menos esfuerzo ni de broma...

Y ahora solo quiero saborear tu coño húmedo y hacer que vuelvas a correrte.

—Xander... —se queja gimiendo, aunque de forma casi inaudible.

Tanto ella como yo sabemos que la noche no acaba aquí. Ni de coña.