Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 42. Teddy
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42. Teddy

Teddy

—Emergencias. ¿Dónde enviamos ayuda?

Tras un largo día, ya estoy lista para irme a casa. Falta media hora para que termine mi turno y me muero de ganas de regresar con Xander y los niños.

—Eeeh... Sí, tenemos a un hombre que se ha quedado atrapado en un alambre de púas. Se lo hemos podido arrancar, pero está en bastante mal estado.

—¿Dónde enviamos ayuda? —insisto con un tono neutro mientras tecleo.

—Estamos en un incendio estructural en Clemmons.

Sigo tecleando. Quien ha respondido a la llamada cuando han dado el aviso sobre el incendio del granero he sido yo y he enviado a la brigada de bomberos local para allá.

—¿La víctima sigue consciente?

—Sí. Pobre desgraciado... —dice el chico.

Aprieto los labios y envío los códigos pertinentes. Los técnicos en emergencias sanitarias me responden de inmediato para informarme de que ya salen.

—Los técnicos están de camino. ¿Sangra mucho?

—Sin luz cuesta de ver... Oye, Opp, ¿sangra mucho el sup?

Se me congelan los dedos sobre el teclado que tengo delante y me enderezo de golpe, como si tuviese una cuerda atada a la cabeza y acabasen de tirar de mí.

—Señor, ¿quién es la víctima?

—El sup. El superintendente Xander Macomb, de la brigada de bomberos forestales de Sky Ridge —responde el hombre distraídamente.

Noto que la sangre me baja enseguida de la cabeza y empiezo a marearme—.

Los hemos llamado para que viniesen a ayudarnos porque el incendio se ha extendido hacia el bosque.

Casi no oigo lo que dice. Intento seguir tecleando, pero mi cerebro ha dejado de procesar la información. Y, entonces, me vibra el móvil que tengo al lado y veo que aparece el nombre de Cal en la pantalla.

—Señor, espere un segundo —consigo susurrar. Luego, me dirijo a Laurel, que acaba de entrar—: Laurel, necesito que sigas tú.

—¡Teddy, cualquiera diría que acabas de ver un fantasma! ¿Estás bien? ¿Son tus hijos? —pregunta viniendo directa hacia mí. Me quita los auriculares de la cabeza para ponérselos y echa mi silla a un lado—. Ve. Haz. Yo me encargo.

Cojo el móvil del escritorio y me levanto trastabillando mientras le cojo la llamada a mi hermano.

—¿Cal?

—Está bien —me informa, aunque no consigue tranquilizarme lo más mínimo.

El pánico empieza a adueñarse de mí y me da la impresión de que las extremidades me pesan un millón de kilos y de que las tengo llenas de helio a la vez.

Salgo fuera y voy corriendo hacia mi coche—.

Está irascible de cojones y el tío está menos guapo que esta mañana...

—Callahan Woods, ni se te ocurra hacer bromas con esto ahora mismo —le espeto con la garganta cerrada y lágrimas en los ojos—. ¿Está muy mal?

Suspira y me lo imagino frotándose la nuca. Se oye mucho ruido de fondo.

—De maravilla no está. Ha caído de lado y se ha pillado el brazo derecho de forma un poco fea. Tiene un par de buenos cortes en la cara. La ambulancia acaba de llegar, pero está de un humor de mil demonios y se niega a subir.

—Dile a ese hombre que se suba a la puñetera ambulancia y que nos vemos en el hospital —siseo con un hilo de voz.

Cal se ríe.

—¡Eh, tu chica dice que te metas en la maldita ambulancia! —grita mi hermano.

—¿Teddy? —oigo que dice Xander por encima del estruendo de voces—. ¡Estoy bien, cielo!

Contengo las ganas de sollozar mientras pongo rumbo al Hospital Bakersfield.

—Dile que me lo creeré cuando lo vea con mis propios ojos.

—Dice que eres un mentiroso de mierda —pasa el mensaje mi hermano.

Oigo que Xander se ríe, pero también protesta, dolorido.

—Cal... —digo con un nudo en la garganta.

—Lo sé —susurra y dejo que las lágrimas me broten de los ojos—. Ya lo sé, Ted.

—Dile que estoy de camino y que más le vale aparecer.

—Hecho —responde con ternura antes de que colguemos.

Espero en el aparcamiento de Urgencias del hospital hecha un manojo de nervios.

Cuando veo las luces de la ambulancia al acercarse, salto del coche y echo a correr hacia allí antes de que hayan parado el vehículo siquiera.

Las puertas se abren y veo a Scottie y a Matthew antes de clavar la vista en Xander, que está dentro, tumbado en una camilla.

Le han cortado el buzo para quitárselo y lleva el torso y los brazos descubiertos.

Aun así, tiene vendas blancas por todo el abdomen, y lleva el antebrazo y la mano derechos completamente tapados.

La sangre empapa la venda en un punto en concreto, tiñéndola de un intenso color rojo.

También tiene unas cuantas tiras de sutura cutánea en la cara para cerrarle varios cortes.

—Ay, por Dios —gimo y me llevo los dedos a los labios—. Xander...

—Hola, preciosa —me dice sonriéndome mientras lo bajan por la parte trasera de la ambulancia.

Su rostro irradia dolor y tiene los labios apretados.

Me preocupo porque nunca lo había visto tan pálido.

Empiezan a empujar la camilla para entrarlo y yo los sigo sin soltarle la mano izquierda, que no lleva vendada.

Se la aprieto tanto que temo que vaya a hacerle daño, pero entonces él me devuelve el apretón.

Sonríe cohibido y se acerca mis dedos a los labios mientras continuamos avanzando.

—No tenía previsto que nuestra noche terminara así —dice.

No puedo evitar soltar una risa y lo miro.

—Eres de lo que no hay.

—No necesitaba tanta cosa, en serio —dice con ligereza—. Podría haberme envuelto la herida y seguir trabajando.

Scottie ríe por lo bajo y pone los ojos en blanco.

—Teniendo en cuenta el pedazo de piel que te cuelga del brazo, no sé yo, eh...

—No pasa nada —farfulla Xander, a pesar de que vuelve a apretar los labios cuando lo cambian de la camilla a una cama de hospital recién preparada en el box de urgencias—. No hay para tanto. Con un poco de superglue ya podré volver al ruedo.

—A mí no me hace gracia —susurro.

Le recorro todo el cuerpo con los ojos mientras me acerco su mano sucia, llena de hollín, a los labios. La piel le huele a tierra, humo y gasoil: una combinación de aromas que, seguramente, siempre relacionaré con Xander.

—Ha sido un error de principiante, nada más —masculla a pesar de que me mira a los ojos con ternura. Sé que está intentando quitarle hierro al asunto para reconfortarme—. No es nada, cielo. Te lo prometo. Estoy bien.

—Bueno, hazme el favor, anda... —susurro con el dorso de sus dedos pegado a los labios y con la nariz llena de lágrimas.

Hago de tripas corazón por no llorar. No hace falta que Xander vea cómo me derrumbo por algo que seguramente no sea tan tan grave.

—Vale, mama —musita.

Me suelta la mano y me coloca la palma alrededor de la mandíbula para acariciarme la mejilla con el pulgar. Cierro los ojos un segundo y cojo una profunda bocanada de aire para serenarme.

Me obligan a salir del box, pero me prometen que podré volver a verlo enseguida. Scottie me acompaña a la sala de espera.

—Seguramente le pondrán puntos, le inyectarán antibiótico y le darán el alta —me cuenta—. Sé que parecía que hubiese perdido muchísima sangre, pero el uniforme le ha ayudado a prevenir que fuera a peor.

Me abraza con fuerza y, luego, tanto ella como Matthew se marchan y vuelven a salir fuera.

Sentada en una silla incómoda de vinilo de color verde azulado sin dejar de mover nerviosamente la pierna, llamo a Colleen para contarle lo ocurrido y le digo que volveré pronto a casa.

Responde que ya se encargará ella de arropar a los niños cuando tengan que irse a la cama y que esperará a que llegue yo.

Con la cabeza apoyada en una mano y los ojos cerrados, oigo que se abren las puertas automáticas.

—Hey, preciosa. ¿Nos vamos?

Abro los ojos de inmediato, salto de la silla y voy corriendo hacia él.

Le han prestado una de las batas del hospital para cubrirse.

Va con el brazo derecho completamente vendado, de los dedos hasta el bíceps y, bajo la bata, veo que también le han puesto un grueso vendaje alrededor del torso y del pecho.

Lleva el brazo izquierdo colgando por el lateral y, en la mano, un montón de papeles doblados.

—¿Qué indicaciones te han dado? —le pregunto al detenerme frente a él.

Me da miedo tocarlo porque temo hacerle daño y ponerme aún más nerviosa. Xander me envuelve los hombros con el brazo izquierdo, me acerca a él y me besa la sien. Las lágrimas regresan a mí y me escuece la nariz. Dios, cuánto odio todo esto...

—Tengo que dejarme los vendajes un par de días antes de quitarme nada e ir cambiándolos cada equis días hasta dentro de dos semanas.

Me quitarán los puntos en quince días. Supongo que tendré que darme un baño de esponja en casa —dice con la voz rasposa al pasar por el lado de una mujer mayor que hay sentada en una silla cerca de la puerta y que lo fulmina con la mirada.

Salimos al aparcamiento, a oscuras. Xander continúa con un brazo en mis hombros y yo me acurruco a su lado.

—Me has pegado un susto de muerte —susurro bajo la luz de la luna mientras caminamos hacia mi coche.

Él vuelve a darme un beso en el pelo.

—Lo sé, cielo —murmura en voz baja y con un tono un poco entristecido—. Lo siento. Me encantaría prometerte que no volverá a pasar, pero tanto tú como yo sabemos que seguramente no sea cierto, y no quiero mentirte, Teddy.