Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 40. Teddy
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40. Teddy

Teddy

—¿Qué tal el nuevo trabajo?

Soplo un poco para apartarme un mechón de pelo de la cara mientras acabo de dibujar las letras de glaseado en el pastel rectangular que tengo delante. A ver, profesional no soy; eso seguro.

Suspiro y pongo mala cara al ver la «D» de «Dalton» que ya he rascado y repetido tres veces.

—Bien. Ha sido toda una adaptación —respondo encogiéndome de hombros y girando la cara hacia Violette y Scottie—.

De momento, solo hago dos turnos por semana.

Colleen se queda con nosotros esos días para vigilar a los niños por mí.

No sé si podría hacer esas horas sin su ayuda.

Con Logan nos pedíamos turnos opuestos y era mucho más fácil.

—Me imagino —dice Scottie por encima del hombro.

Está cortando pepinos y pimientos para la bandeja de verduras y Vi está preparando la salsa. Los chicos están entreteniendo a los niños otra vez en el jardín delantero, junto con Colleen y Kent, que han venido a celebrar el cumpleaños de Dalton.

Scottie se gira, blande el cuchillo con un poco de brío (sacándome una risa nerviosa) y dice:

—Pero deberías saber que le caes genial a todo el mundo. No te haces a la idea de cuántas veces me han dicho los otros técnicos que les encanta trabajar cuando estás tú de teleoperadora. Tienes clarísimo lo que haces, reina.

—Gracias —musito sin dejar de reír y con los ojos puestos en el cuchillo que está moviendo Scottie—. Pero vamos a intentar no llamar a emergencias por haberle cortado un dedo a alguien esta tarde, ¿vale?

Ríe y se gira para seguir cortando las verduras.

—Nunca dejas que me divierta...

Xander entra por la puerta delantera, se detiene a mi lado y me da un beso en la sien.

—El cumpleañero quiere saber cuándo podrá abrir los regalos. Le he dicho que ya venía yo a preguntárselo a la jefa.

Pongo los ojos en blanco y le sonrío.

—El cumpleañero sabe que los regalos no se abren hasta que hayamos acabado de comer. Está intentando estafarlo, señor.

Xander sacude la cabeza y su risa profunda le reverbera en el pecho.

—Ahora entiendo por qué me lo ha preguntado a mí y no a Cal. Seguro que él conoce las reglas.

Tanto las dos mujeres que tengo detrás como yo nos echamos a reír a la vez. Asiento y sonrío a Xander. Me besa en los labios y yo suspiro feliz.

—Efectivamente. Ya casi hemos acabado de preparar la comida. ¿Cómo está Bea?

—Empieza a tener hambre.

Bajo la voz y exhalo:

—¿Y tú, cómo estás?

Le centellea la mirada mientras me estudia la cara y me pasea los ojos por el cuerpo. Noto una repentina calidez en la entrepierna. Por el amor de Dios, ¿acaso voy a querer siempre más, con este hombre?

—También empiezo a tener hambre —dice de forma prácticamente inaudible y mirándome fijamente a los ojos.

—Diooosss —se queja Scottie, girando la cara por encima del hombro y guiñándonos un ojo—. Iros a una habitación, par de salidos.

Xander le sonríe, me coge por la cintura y me levanta.

Chillo, la bolsa de glaseado me resbala de las manos y cae en la encimera.

Y, entonces, Xander me envuelve con sus brazos gruesos y musculados.

Me obliga a envolverle la cintura con las piernas y yo abro la boca para protestar.

Sin embargo, él me sonríe vorazmente y me río.

—Maravillosa idea, Scottie —dice.

—¡Xander! —grito riendo mientras él se me lleva por el pasillo.

Le reverbera el pecho al reír mientras me deja de pie delante de la puerta.

Sin embargo, cuando me agarra la cara con ambas manos y me besa con pasión, esa risa muere en el acto.

Me empotra el cuerpo contra el marco de la puerta, se inclina para besarme mejor y yo empiezo a empapar las bragas que da gusto.

Cuando Xander no está por ahí enfrentándose a algún incendio, se queda con nosotros, tal como dijo que quería hacer.

Se ha acoplado a nuestra rutina habitual y navega los altibajos que supone tener hijos con tanta facilidad que resulta incluso un poco aterrador.

Ayuda a Dalton a hacer los deberes, arropa a Penny a la hora de dormir, se pasa las tardes con nosotros y come en nuestra casa...

Y también se pasa casi toda la noche en mi cama.

Haciendo cosas deliciosas e impíamente maravillosas. Con la lengua. Con los dedos. Con la polla.

—Eres un animal —susurro con la boca pegada a la suya cuando deja de besarme.

—No podía esperar ni un segundo más para besar a mi chica —responde.

Me apoya los pulgares debajo de la mandíbula para obligarme a levantar más la cara y así alargar el cuello para que pueda plantar la boca allí. Mordisqueándomelo, besándomelo, lamiéndomelo.

El hombre no puede quitarme las manos de encima.

Y eso hace que me sienta guapa, deseada. Sexi. Y querida de una forma que creo que no me había sentido jamás. Ni siquiera con Logan. Decidí volver a ir a terapia de duelo, y hablar de todo con la psicóloga ha sido tan catártico como emocionalmente agotador.

Lo que sea que tenga con Xander... es intenso y abrasador.

Sin embargo, hablarlo en terapia logra que resulte menos aterrador.

Todavía no he sido capaz de verbalizarlo, pero ya he aceptado que puede que esté enamorada de él.

Lo cual me ha ayudado a disfrutar de los momentos que pasamos juntos sin que se me coma la culpa.

Sigo pasando el duelo, pero la sensación ya no es tan debilitante como antes.

Y que este hombre sea tan salvaje conmigo también ayuda, por supuesto. Además, por lo visto, parece que yo también quiero siempre más con él. Como ahora, por ejemplo.

Lo empujo por el pecho, jadeando, y le digo:

—Vuelve afuera a controlar a los niños. Tengo que terminar el pastel.

—Sí, jefa —contesta con la voz áspera y guiñándome un ojo antes de dejarme pegada contra el marco de la puerta.

Cuando regreso a la cocina, Vi finge abanicarse y desmayarse con dramatismo. Me sonrojo. Estas mujeres me atormentarán hasta el fin de mis días, jolín...

—¡Vaaamooos! Dale, mamasita —ríe Scottie, apilándolo todo en una bandeja bien colorida, con todas las verduras—. Intuyo que la cosa va viento en popa, ¿no?

—Tú dirás... —río y vuelvo a centrarme en el pastel.

Dibujo la «D» una última vez y me rindo.

Que quede como quede. Puede que no sea el pastel mejor decorado del mundo, pero me contento con que esté rico, gracias—.

Vivo esperando a que se tuerza algo, como si esto no pudiese ser real.

¿Puedo volver a ser así de feliz? ¿A..., a enamorarme?

—susurro por lo bajo y me muerdo el labio antes de continuar—.

Me aterra pensar que la vida vaya a arrebatarme todo esto en cualquier momento.

—Creo que esto nos pasa a todas en un momento u otro —contesta Vi. Deja la salsa en el centro de las verduras y se frota las manos—. Pero este hombre está loco por ti, está más claro que el agua. Yo diría que, llegados a este punto, solo un huracán de categoría cinco podría apartarlo de tu lado.

—O un incendio forestal —añado seca y no del todo en broma.

Cierro los ojos con fuerza y me reprendo por ello. «No vengas con estas ahora. No la líes. Hoy es el día de Dalton».

Antes de que ninguna de las dos pueda decir nada, cojo varias bandejas y salgo por la puerta delantera.

Los chicos han tendido unas cuantas sábanas grandes en el suelo, rollo pícnic, y me obligo a sonreír mientras voy hacia allí.

Vi y Scottie me siguen por detrás con más comida.

Hago todo lo que puedo por evitar sus miradas curiosas.

Comemos, reímos y jugamos, y luego le cantamos el cumpleaños feliz a Dalton (bastante alto y desafinado) antes de dejar que abra los regalos.

Cal está tumbado de lado, recostándose en el codo y con la cabeza levantada, y Scottie está estirada frente a él.

Mi hermano le acaricia el lateral a Scottie con la otra mano de forma casi distraída; es como si no tocarla le doliese físicamente.

Rowan está sentado con las rodillas levantadas y Vi sentada entre las piernas, con la espalda apoyada en el pecho de su novio.

Hollie y Penny están tumbadas bocabajo en una sábana al lado de la nuestra y, cuando desvío la vista, las veo jugando con un saltamontes que han atrapado. Sonrío y pongo los ojos en blanco.

Kent y Colleen se han marchado en cuanto Dalton ha acabado de abrir los regalos, pero mi suegra volverá en unos días para cuidar de los niños mientras trabajo.

Me levanto y le paso mi hija menor a Vi, que la acurruca mientras yo recojo los envoltorios de los regalos y algunas cosas más de la cena. Cal se levanta, coge unos cuantos regalos de Dalton y me sigue dentro.

—Oye... La cosa esta con Xander...

A veces, mi hermano es pesado de narices. Suelto el aire de golpe, me giro y apoyo las caderas en la encimera de la cocina. Lo encuentro mirándome fijamente con expresión precavida; parece casi preocupado.

—¿Estás enfadado? —se lo pregunto titubeante y en voz tan baja que me cuestiono si me habrá oído.

—No —responde despacio y negando con la cabeza—. No estoy enfadado. Pero es que... No quiero que vuelvas a pasarlo mal. Me preocupo mucho por ti, Ted. Más de lo que te imaginas. Eres mi hermana pequeña.

Le sonrío con ternura.

—Ya lo sé. Por eso eres el mejor hermano mayor del mundo.

Pone los ojos en blanco y sacude la cabeza.

—No te pongas ñoña.

—Has empezado tú —bromeo y paso el peso de un pie al otro. Me abrazo por el estómago y le pregunto cohibida—: ¿Tú sabías cómo se sentía él? Antes, digo.

Ladea la cabeza repetidamente hacia un lado y hacia el otro y esboza algo que queda a medio camino entre una mueca y una sonrisa de medio lado.

—Sí y no. No sabía exactamente cómo se sentía, pero me había dado cuenta de algunas cosas. De cómo te miraba, por ejemplo. No acabé de atar cabos hasta hace poco. Está bastante pillado de ti, Ted.

Me arde la cara y clavo la vista en el suelo.

—Creo que me gusta mucho, Cal...

—Lo sé —responde con ternura—. Eso es lo que me asusta.

Asiento sin levantar los ojos del suelo y contesto:

—A mí también me asusta.

Mi hermano acorta el espacio que nos separa y apoya las caderas en la encimera, a mi lado, antes de envolverme los hombros con un brazo y acercarme a él. Lo abrazo por la cintura y apoyo la cabeza en el lateral de su torso durante un minuto bien largo. Me da un apretón en el hombro y dice:

—Puede que sea mi jefe, pero, como te haga daño, pienso darle una paliza. Al traste con las consecuencias.

Suelto una risotada, lo miro y sacudo la cabeza.

—Gracias.

—Venga, volvamos fuera —musita guiñándome un ojo—. Ya ha habido suficientes cursiladas por una noche.

Cuando regresamos con los demás, Xander está arrodillado en medio del jardín con Dalton, ayudándole a montar una máquina lanzadora de balones de fútbol americano que le han regalado sus abuelos.

El aparato se mueve horizontal y verticalmente antes de lanzar el balón al aire.

Dalton echa a correr hacia la mitad del jardín y acelera cuando la máquina dispara; casi pilla el balón.

Sin embargo, falla y cae rodando por el jardín, riendo.

—¡Cómo mola! —grita Dalton, pasándole el balón a Xander, que vuelve a colocarlo en la máquina.

Ahora, cuando el balón sale disparado, Dalton ya está preparado, corre y lo pilla con un garbo espectacular.

Vuelve corriendo hacia Xander, que lo despeina y le tiende el puño. Mi hijo se lo choca y le sonríe.

—Bien hecho, campeón. ¡Menudos reflejos! —lo alaba Xander.

—¡Gracias! ¿Podemos hacerlo otra vez?

Xander me mira y me guiña un ojo.

—Nos quedaremos hasta que tu madre diga, campeón.

Pfff. Mi corazón... Me miro la mano izquierda, donde sigo llevando la alianza.

He ido posponiendo eso de quitármela porque, en muchos aspectos, me ayuda a evitar tener que admitir lo que ya sé desde hace un tiempo.

Al menos, eso me dijo la psicóloga en la sesión de esta semana. Y tiene muchísimo sentido.

Muevo un poco el anillo y suspiro. Ha llegado el momento de ser valiente y quitármelo. Guardarlo y pasar página tras este maravilloso capítulo de mi vida... Para comenzar uno nuevo.

Con Xander.