Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 39. Teddy
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39. Teddy

Teddy

—¿Qué narices es todo esto? —pregunto riendo cuando abro la puerta y me encuentro con Xander.

Sonríe, me guiña un ojo y ostras... El corazón me late desbocado en el pecho. Entra y se me acerca para darme un beso rápido.

—Voy a preparar la cena para celebrar que mañana empiezas a trabajar.

—¿Que vas a preparar la cena? ¿Aquí?

Asiente y se yergue a pesar de que me recorre la mejilla con los labios. La aspereza de su barba me hace cosquillas y me entra un escalofrío.

—Ajá —responde.

Entra en la cocina, deja un par de bolsas de cartón del súper en la encimera y rebusca en una para sacar una botella de vino. Luego se mete la mano en el bolsillo, saca un sacacorchos y procede a abrir la botella.

—Yo me ocupo de la comida, los platos y los niños. Tú sírvete una copa y ve a darte un baño mientras yo preparo la cena, ¿de acuerdo?

—Xander, esto es pasarse... —exhalo mientras él empieza a sacarlo todo de las bolsas.

Señala el armario con la cabeza. Obedezco y saco una copa. Él la coge (no sin que nos rocemos los dedos en el proceso) y me sirve un poco de vino antes de pasármela. A sus espaldas, me quedo mirando su pelo oscuro como si fuese un ser mitológico.

—Debería haberte preguntado antes... ¿A Dalton y a Penny les gustan los espaguetis? —se interesa girándome para que lo mire.

Se le relaja la expresión, como si pudiese ver lo maravillada que estoy, pero prosigue como si esto fuese la mar de normal entre nosotros.

—Si no, puedo preparar otra cosa.

—¡Nos encantan los espatetti ! —grita Penny desde el otro lado del sofá.

Está tumbada en el suelo, jugando. Salta por encima del sofá, pasando de mi cara de advertencia, y viene corriendo hacia la cocina para abrazar a Xander por las piernas. Él la coge en brazos y se la apoya en la cintura. Mi hija hace una mueca y señala el envase que hay en la encimera.

—Pero los pampiñones no me gustan —dice.

Xander se ríe y sacude los brazos para poder cogerla mejor.

—No pasa nada. Eso es para mamá y para mí.

—¿También has traído pan de ajo? —se interesa Dalton, que se sube a uno de los taburetes que hay al otro lado de la encimera.

Apoya los antebrazos justo ahí y echa una ojeada a las bolsas y a lo que ya ha sacado Xander. Este rebusca en una y saca una baguette .

—El pan de ajo tiene que ser casero. ¿Quieres ayudarme a prensar el ajo y a mezclarlo con la mantequilla?

—¡Sí! —responde Dalton asintiendo con la cabeza.

A continuación, Xander se gira hacia mí con una discreta mueca en la cara y pregunta:

—Prensador de ajo tienes, ¿no? A mi padre no le iba mucho esto de cocinar, o sea que tengo más bien pocos utensilios de cocina...

—Sí, tengo prensador de ajo —contesto riendo y pasando por su lado y el de Penny para coger el artilugio de uno de los cajones—. Xander, esto es demasiado...

Me coloca su mano ancha en las lumbares y me acerca para que quede pegada a su otro lado.

—Eso lo decido yo. Venga, coge la copa y ve a darte un baño. ¿Bea ya ha comido?

Me sonrojo y asiento.

—Sí, pero volverá a tener hambre antes de dormir.

—Bueno, una copita de nada, pues —susurra y me guiña un ojo—. Tengo que asegurarme de que mi peque también coma.

—Xander...

—Como sigas pronunciando así mi nombre, la noche dará un giro muy distinto —ríe y agacha la cara para darme un beso breve en los labios. Penny se lleva la mano a la boca y se ríe. Xander gira la cabeza hacia la niña y le pregunta—: ¿Qué te hace tanta gracia?

—Le has dado un beso a mami —se ríe con la mano pegada a la boca.

—Así es —responde él asintiendo. Mira a Penny y luego a Dalton y les pregunta con delicadeza—: ¿Os parece bien, chicos?

Dalton, que sigue mirándonos apoyado en la encimera, se encoge de hombros.

—Supongo —contesta—. Haces sonreír a mamá y eso me hace feliz.

Noto que se me encoge el corazón y que me escuece la nariz.

Xander me abraza más fuerte por la cintura, gira la cabeza hacia mí y dice:

—A mí también me hace feliz ella, campeón.

Pestañeo deprisa para deshacerme de las lágrimas que se me están amontonando en los ojos y evito mirar directamente a Xander. Me da un beso en la sien y suspiro. Estoy jodidísima...

—Venga, mama, ve. Yo tengo cosas que hacer por aquí —me susurra con los labios pegados a la sien.

Asiento.

—Vale —respondo en voz baja, titubeante.

Cojo la copa de vino y echo a andar por el pasillo.

Cierro la puerta del baño, abro los grifos de la bañera para que se vaya llenando e incluso echo un poco del jabón de burbujas que encuentro bajo el lavamanos.

No recuerdo cuándo fue la última vez que disfruté de un baño de burbujas como tal ni tampoco cuándo tuve tiempo de plantearme preparar uno siquiera.

Me bajo los shorts , pero dudo un segundo antes de quitarme la camiseta por la cabeza. Cruzo el baño, cojo un par de velas y me las llevo conmigo. Las enciendo, apago la luz y dejo que las llamas parpadeen y arrojen la luz justa y necesaria. Es agradable y relajante. Dios, menudo lujo.

Me meto en el agua calentita, le doy un sorbo al vino y disfruto del momento. Nunca puedo hacer este tipo de cosas.

Xander me está mimando y, como no se ande con cuidado, podría acostumbrarme.

Debo de estar en el agua una media hora, más o menos, antes de que llamen con delicadeza a la puerta.

—Adelante —digo en voz baja.

Y, entonces, aparece Xander con un vaso de agua para sustituirme la copa de vino.

Casi no me da ni tiempo a sentir vergüenza, plenamente consciente de que lo único que le impide verme entera es la fina capa de burbujas que cubre la superficie del agua.

Pero, entonces, Xander se inclina por encima de la bañera.

Apoya sus brazos fuertes y sexis en el borde para sujetarse y agacha la cara para robarme el alma con un beso.

Hunde una mano bajo el agua, me la cuela entre los muslos y, cuando sus dedos encuentran lo que estaban buscando, gimo con la boca pegada a la suya y con el cuerpo encendido.

—¿Estás disfrutando del baño? —pregunta con aspereza, con los labios pegados a los míos. Asiento y cierro los ojos en cuanto me hunde los dedos, despacio y hasta el fondo—. Bien. La cena estará lista en unos diez minutos. Vístete y ven.

Dicho esto, el cabrón me deja casi jadeando bajo la tenue luz de las velas y terriblemente cachonda. Hostia santa.

Salgo de la bañera, me seco y me envuelvo con una toalla suave antes de ir hacia la habitación.

Hago ademán de coger mi outfit habitual: unos pantalones cortos de ir en bici y un top holgado, pero me detengo.

En lugar de eso, voy hacia el armario y rebusco entre las perchas.

Paso los dedos por un sencillo vestido de verano maxi de color azul grisáceo con sujetador integrado, de modo que no hace falta que me ponga uno de lactancia debajo.

Tiene unos tirantes delicados y un escote en forma de V, además de un corte que me llega hasta el muslo.

La última vez que me lo puse fue el verano pasado, antes de quedarme embarazada de Bea.

Es holgado y cómodo, y lo bastante informal para una simple cena con Xander y los niños, aunque también es lo suficientemente provocador para hacer enloquecer un poco a este hombre.

Dios, espero que aún me quepa...

Me pongo unas atrevidas braguitas antes de subirme el vestido por las curvas.

Me he recogido el pelo con una pinza para bañarme y se me están rizando unos cuantos mechones a la altura del cuello y de la sien.

Me aplico una delicada capa de colorete en las mejillas y me doy una más de rímel; me miro un segundo en el espejo y me paso las manos por la cintura hasta llegar a mis caderas generosas.

El alto corte del vestido, que me llega hasta los tobillos, deja a la vista mi muslo derecho.

Aúno todo mi valor, abro la puerta de la habitación y salgo del cuarto, descalza, exhalando despacio. Huele que alimenta, pero lo que me roba el aliento es la música que suena en el salón y que se cuela por el pasillo. Cuando llego, no puedo evitar reírme.

Xander Macomb, el bombero de élite que lleva toda una vida soltero, está escuchando las canciones de Disney que suenan a través de los altavoces.

Penny está cantando a pleno pulmón con Elsa, con los brazos abiertos mientras Xander la hace girar en medio de la cocina con una mano.

Tiene a Bea en el otro brazo, con la pequeña espalda de la niña pegada a su pecho y sus brazos, y mi hija va pataleando sus piernecitas como loca.

Sonríe pletórica (y casi del todo desdentada).

Dalton está repantigado bocarriba en el sofá, con un brazo bajo la cabeza y un libro apoyado en el pecho.

Sin embargo, cuando me ve entrar, sonríe.

Me estalla el corazón al ver la escena que tengo ante mis ojos.

Dios, cuánto lo había echado de menos. Y mis hijos también.

Estos momentos que son tan significativos, pero que, en el gran esquema de la vida, parecen nimiedades.

Algo tan simple como preparar la cena juntos, como una familia, y bailar en la cocina.

Me escuece la nariz por culpa de las lágrimas, pero la sonrisa que se me dibuja en los labios es pura felicidad.

Dalton tiene razón. Xander me hace sonreír. Me hace feliz.

Jamás pensé que volvería a tener esto. Estaba convencida de que nunca querría volver a tenerlo.

Los ojos de Xander encuentran los míos en cuanto entro en la cocina y me estudia de la cabeza a los pies y de los pies a la cabeza.

El ardor que le atisbo en la mirada cuando vuelve a clavar los ojos en los míos es abrasador.

Se humedece los labios y se muerde el inferior con sus dientes alineados y blancos.

Juro que oigo cómo se le escapa un gruñido del pecho en cuanto viene hacia mí.

Me coge la nuca con la mano, me levanta la cabeza y me la echa hacia atrás para que lo mire. Se me entrecorta la respiración y le alterno la mirada entre los ojos mientras él me roza la comisura de los labios con los suyos.

—Joder, Teddy —susurra con un hilo de voz extremadamente bajo para que solo lo oiga yo. Estoy casi jadeando—. Estás increíble. Jodidamente guapa, mama. La de cosas que quiero hacerte, Dios...

Penny elige ese instante para interrumpirnos. Me abraza los muslos y se pone a saltar.

—¡Mami, baila conmigo!

Xander me da un beso rápido y se aleja. Se acerca la mano a la cremallera de los vaqueros y el gesto en cuestión no me pasa desapercibido. Me sonrojo y voy hacia Penny.

—Una última canción y a cenar —anuncia Xander.

Rodea la encimera de la cocina para dejar a Bea en el parque para bebés que tengo en el salón.

Se asegura de dejarle unos cuantos juguetes a mano y luego regresa a la cocina.

Emplata la comida de todo el mundo, preguntándome al servir las raciones de Dalton y Penny, y mi hijo coge los cubiertos y las servilletas y lo ayuda a poner la mesa.

Cuando ya tengo a los dos niños sentados en la mesa, Xander me apoya una mano en la cintura para detenerme. Me acerca la boca a la curva del cuello y dice:

—Esto será la cena, pero yo ya sé lo que quiero de postre.

Río y sacudo la cabeza.

—Xander...

—Siéntate y come ahora que aún está caliente. ¿Quieres un poco más de vino con la comida? —me pregunta al separarse.

Niego con la cabeza. Me rellena el vaso de agua y me lo pasa. Cuando estamos todos sentados, Xander apoya los codos en la mesa y le pregunta a Dalton:

—¿Qué tal ha ido hoy el cole, campeón?

Me vuelve a estallar el corazón. Dalton se pone a contar todo lo que les han enseñado hoy en clase de Ciencia y, luego, Penny nos deleita con su vasto conocimiento del abecedario entero.

Xander y yo estamos sentados esquina con esquina.

Me mira, me guiña un ojo y apoya la mano en mi muslo desnudo, cortesía del corte del vestido.

El calor que emana de la palma de su mano me abrasa la piel y Xander me aprieta el muslo justo encima de la rodilla. Me encanta que me preste atención, que sea tan abiertamente cariñoso; no puedo negarlo. Es como un bálsamo para mi alma, para mi corazón.

Estoy loca perdida por este hombre, lo cual resulta un poco ridículo porque no ha vuelto a decirme que me quiere desde esa primera vez. Sin embargo, sus acciones hablan por sí solas. Y se lo veo en los ojos cuando me mira.

Quiero esto. Lo quiero tantísimo que me duele. Con él es fácil de narices. Y es tan bueno con mis hijos que es hasta injusto.

La cena es siempre un poco caótica y a Penny se le acaba cayendo la leche en la mesa. Antes de que me dé tiempo a levantarme y pillar un trapo, Xander se pone de pie, me da un beso en el pelo y dice:

—Yo me ocupo. Tú no te muevas.

Cuando ya hemos terminado de cenar, Xander manda a mis dos hijos mayores al baño para que se laven las manos y la cara y se pongan los pijamas.

Justo en ese instante, Bea, que sigue en el parque, empieza a quejarse.

Xander lleva mi plato vacío al fregadero mientras yo cojo a la bebé.

Miro a Xander casi cohibida (me parece alucinante que, ahora, después de todo, continúe sonrojándome con este hombre), me bajo una de las tiras del vestido por el brazo y coloco a mi hija para darle el pecho.

Con Bea acurrucada en uno de mis brazos, camino por el salón y voy recogiendo los platos para llevarlos al fregadero.

Xander los enjuaga antes de meterlos en el lavaplatos y luego se seca las manos.

Se da la vuelta, apoya las caderas en la encimera y cruza las piernas a la altura de los tobillos.

También se cruza de brazos y se lleva una mano a la barbilla mientras mira embelesado cómo muevo a Bea de un pecho al otro con suma facilidad (es por la práctica) y me vuelvo a subir la otra tira con una sola mano.

—Me fascinas, ¿lo sabías? —dice mirándome a los ojos.

La maravilla, fascinación y absoluta adoración que le veo en el rostro al mirarme me deja sin aliento.

Vuelvo a sonrojarme. Bajo la vista y acaricio la suave mejilla de Bea para evitar la intensidad de la mirada de Xander.

—Gracias por lo de esta noche, Xander —digo en voz baja y con total sinceridad. Como no tengo el valor de mirarlo a los ojos, mantengo la vista clavada en la carita de Bea—. Ha sido... Me ha gustado mucho que estuvieras aquí con nosotros, así.

—Me gustaría pasar todas las noches así con vosotros, Teddy. Cuando esté en casa. Quiero estar contigo y con los niños —añade en voz baja. Noto que sigue mirándome—. Si tú quieres.

Asiento despacio y levanto la vista hacia él. Se me dibuja una sonrisa titubeante y me tiemblan sutilmente los labios.

—Sí, creo que sí.

—Bien —suspira.

Esboza una media sonrisa adorable. Esa que tanto adoro.

Mierda. ¿Quiero a Xander? ¿Puede ser que me haya enamorado tan rápidamente de él?

Más tarde, cuando ya hemos metido a los tres niños en la cama los dos juntos, Xander me abraza bajo la oscuridad de la cocina y baila conmigo despacio, al son del silencio que se respira en casa. Y reconozco que sí, es muy probable que ya me haya enamorado de Xander.