38. Xander #3
Abre esos ojos grises y encuentra los míos en el espejo.
Joder, es increíble ver cómo tiembla y se agita contra mí, a mi alrededor.
Le envuelvo el torso con ambos brazos mientras ella disfruta del subidón.
Sus músculos internos me la estrujan con fuerza, pero aguanto porque esto es para ella.
Teddy no me aparta la mirada en ningún momento.
Cuando vuelve a recostarse contra mi pecho, jadea con pesadez y yo le paso la nariz y los labios por el cuello.
—Preciosa, joder —digo marcando bien las palabras y besándole la piel con la boca abierta, subiéndole por el lateral del cuello hasta llegarle a la mandíbula.
Gira la cabeza hacia mí, con los ojos abiertos como platos, y continúa jadeando de forma errática. Acto seguido, le empotro la boca a los labios y la beso con ahínco y con fiereza.
Es una mezcla de labios, dientes y lengua que nos deja sin aliento. Y noto cómo va llegando al final de ese clímax hasta que su agitación se convierte en otra especie de temblor.
La suelto y le mordisqueo su hinchado y carnoso labio inferior antes de acariciárselo con la lengua.
—A cuatro patas —le ordeno.
Gime un poco al levantarse y, cuando apoya las manos en el suelo con el culo levantado para que yo me dé un festín, le tiemblan las extremidades.
No puedo evitarlo. Me inclino y le hinco los dientes en una de sus nalgas blanditas antes de arrodillarme detrás de ella.
Teddy me mira a través del espejo mientras yo vuelvo a acercársela a la hendidura antes de ejercerle presión con la punta ancha de la polla en esos labios húmedos y chorreantes; solo un par de centímetros.
Apoyo las palmas de las manos en las generosas curvas que tengo delante, por su espalda, sus suaves y marcadas caderas y su culo, y dejo que mis dedos se deleiten con la piel delicada de la parte trasera de sus muslos.
Teddy tiembla bajo mi tacto y se le pone la piel de gallina.
—¿Entiendes ya lo increíblemente maravillosa que eres?
—le pregunto con la vista puesta en su reflejo.
Teddy se muerde el labio inferior y la incertidumbre le inunda la mirada—.
¿Entiendes que me resultaba imposible mantenerme alejado de ti?
Soy tuyo, Teddy. Mi cuerpo. —Le agarro sus caderas generosas con las manos y la echo hacia atrás, hacia mi polla expectante, para hundirme tanto como pueda en una única embestida larga y fuerte.
La tengo tan dura que duele. Sé que no duraré mucho más; entre lo estrecho que lo tiene y la sensación que noto cuando me la estruja de esta manera, estoy a nada de llegar al orgasmo—.
Mi corazón. —La penetro con la fuerza suficiente para que las tetas se le mezan con el empellón.
Gime y ese sonido me azota con ferocidad.
Estoy perdidísimo, joder. Teddy lo es todo. Mi todo—. Mi puñetera alma, Teddy.
Abre la boca y me mira con los ojos bien abiertos a través del espejo.
—¿Notas las ganas que te tengo, Teddy? —Le recorro las manos por el cuerpo, posesivo. Me he vuelto un salvaje por ella—. Esto me lo haces tú. Me vuelves completamente loco.
Asiente y me mira con los ojos centelleantes.
Bajo la vista hacia el punto en el que estamos conectados, con su culo contra mis muslos, le acaricio la piel con delicadeza, con ternura.
Me separo y, cuando veo cómo se me traga entero mientras se la vuelvo a meter, se me escapa un sonido gutural con los dientes apretados con fuerza.
Teddy arquea la espalda para darme mejor acceso y yo se la hundo más hondo.
Se recuesta en los antebrazos y apoya la cabeza en la moqueta, separando las manos a lo ancho por encima de esta, en el suelo.
Le azoto el culo y ella vuelve a contraerse a mi alrededor, inhalando con fuerza.
—Ojos, Teddy. Necesito esos ojos, preciosa.
Teddy levanta la cabeza. Vuelve a apoyarse en las manos y se acerca a mí.
Sin embargo, sus ojos encuentran los míos, como siempre, y yo me suelto.
Me agarro a esas caderas generosas y suaves con firmeza y la embisto con fuerza una y otra vez.
Teddy separa los labios en un grito amortiguado y frunce el ceño.
Las tetas se le mueven con cada embestida y yo no sé si seguir con la vista puesta en su preciosa cara o mirar cómo su cuerpo increíble acepta todo lo que le doy.
Sus paredes vaginales se contraen a mi alrededor y sé que está a punto.
Reconozco ese temblor. Volverá a correrse.
—Xander... —gime con un sonido delicado y agudo.
Con desespero. Necesitada. Mía, hostia.
Joder. Oír mi nombre saliendo de su boca, como una plegaria, como una súplica... Es mi maldita ruina. Estoy desatado.
—Mi preciosa chica... —digo con la voz áspera, empotrando las caderas a las suyas sin cesar. Tengo los huevos apretadísimos y el orgasmo empieza a recorrerme la columna vertebral—. Córrete por mí, guapa.
Y lo hace. Arquea la espalda, le tiemblan los muslos y el coño se le contrae a mi alrededor.
El clímax se adueña de mí, abrasándome desde dentro, y se me nubla la vista.
La embisto con fuerza una, dos veces más, y toda la delicadeza desaparece cuando me corro dentro de Teddy con unos chorros largos y ardientes y la polla palpitándome mientras ella me succiona hasta la última gota.
El gruñido que se me escapa parece casi un rugido.
Jadeo con dificultad, con el corazón latiéndome en una desbocada cadencia en el pecho. Por el amor de Dios, no me había corrido con tanto ímpetu... en la vida.
Teddy hunde la cabeza entre los brazos, pero sin acabar de apoyarse en el suelo, temblando. Le acaricio la espalda con las manos, del culo hacia arriba, y luego se las vuelvo a bajar por la pendiente de la columna vertebral. Ella tiembla y se le escapa un gemido cargado de aire.
—Mi preciosa chica, joder....
—No te creía —confiesa en un susurro con la cabeza gacha. Sin embargo, de repente la levanta y me mira a los ojos a través del espejo. A pesar de las lágrimas, esboza una sonrisa tierna y radiante que se me clava en el corazón—. Pero ahora ya sí. Haces que me sienta guapa, sexi y deseable.
—Es que eres todo eso —respondo en otro susurro, aunque me tiembla inevitablemente la voz—. Todo eso y muchísimo más, cielo.
Se la saco y me quejo al levantarme. Me tiemblan las piernas (joder, Teddy ha hecho que me corriese con tanto brío que he visto las estrellas) y le tiendo la mano para ayudarla a levantarse.
A ella también le tiemblan las piernas y no puedo resistirme, la abrazo, la acerco a mi pecho y le hundo la cabeza bajo mi barbilla.
Me envuelve con los brazos por la cintura y me recorre la columna vertebral con los dedos mientras nos quedamos así, de pie, durante un buen minuto.
Disfrutando de esa paz que solo sienten los enamorados.
Y, entonces, retrocede un poco sin llegar a soltarme, levanta la mirada hacia mí y arruga la nariz en un gesto adorable. Le doy un beso en los labios, uno tierno y casto.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—Hay que ver cómo te gusta dejarme hecha un cuadro...
Un bonito tono rosado le tiñe las mejillas. Sonrío y siento cómo se adueña de mí el viejo impulso primario de golpearme el pecho con los puños. «Es mía».
—No mentía con eso de que me encanta ver cómo chorreas mi semen —digo con la voz rasposa y la boca pegada a la suya. Se muerde el labio y se sonroja más aún—. Es un recordatorio de dónde he estado, de lo que me haces y de lo que te hago yo a ti. Me gusta marcar lo que es mío, Teddy.
Inhala con delicadeza. Levanta la mirada hacia mí y pregunta:
—¿Eso soy? ¿Tuya?
La agarro por detrás, abriendo bien las palmas de las manos, y le acaricio el cuello con los labios antes de ir besándoselo hasta volver a llegar a su boca.
—Si me dejas, sí.
—¿Estás seguro? —me pregunta con los labios pegados a los míos—. Vengo con una mochila importante, Xander. Y no puedo tener algo informal. Tengo hijos...
—Eres un partidazo. Y lo supe ya antes de que empezara todo esto, Teddy —susurro con ternura, apartándole el pelo de la cara y cogiéndole la mandíbula con ambas manos.
Le acaricio los pómulos con los pulgares y la miro a esos ojos preciosos—.
Puedes traer la mochila que quieras, que yo seguiré queriendo estar contigo.
Pero no quiero que accedas a algo si no estás convencida.
Mi trabajo... Sé cuáles son los riesgos.
Y por eso intenté frenar todo esto, joder...
—Por lo de Logan... —susurra, y yo asiento solemnemente.
—Porque detesto imaginarme haciéndoos sufrir otra vez, a ti o a esos niños. —Le cojo la mano, me la acerco a la boca y le beso la palma—. Te quiero, Teddy. Creo que te quiero desde hace tiempo, cielo.
—Xander... —exhala con devoción y me mira con los ojos centelleantes.
Sé que no está preparada para decírmelo, pero no pasa nada. Siempre y cuando no me aleje.
Vuelvo a besarle la palma y le susurro con los labios pegados a la piel:
—No pasa nada. Solo quiero que lo sepas. Te dije que estaba harto de ponerle palos en las ruedas a esto y lo dije en serio. Tú y esos niños sois mi mundo. No quiero algo informal contigo. Lo quiero todo, preciosa.