37. Teddy #3
—No fue culpa tuya —dice Xander con la voz rasposa, rozándome la sien con los labios. Inhalo y asiento despacio—. Por favor, dime que no llevas culpándote por eso todo este tiempo.
—Podría, pero sería mentir. —Río un poco y me acomodo entre sus brazos—.
Desde un punto de vista lógico, sé que fue un accidente; una de esas catástrofes que nadie podría haber previsto.
Pero sí, sigo culpándome por ello. Así que ir hoy a esa entrevista ha...
, ha hecho que lo volviese a recordar todo.
Me encantaba mi trabajo. Se me daba bien mi trabajo.
—Exhalo y sacudo la cabeza—. Pero al imaginarme enviando a esos oficiales, técnicos en emergencias sanitarias y bomberos a algún sitio a sabiendas de que tal vez no vuelvan a casa con sus familias... No puedo.
—En el caso de que no volvieran a casa, tú no tendrías la culpa —susurra, acunándome con ternura—.
Cualquiera que se dedique a esto sabe cuáles son los riesgos del trabajo y está dispuesto a correrlos con tal de ayudar al resto.
Un accidente como ese, que un bombero no consiguiera salir de un edificio en llamas, que un agente se hiciera daño...
Nada de eso sería tu culpa, Teddy. Nunca.
Es... —suspira con pesadez y me apoya la mejilla en la cabeza—.
Es la realidad del trabajo. Y, aunque no sea justo, sabemos a qué nos arriesgamos.
Trago saliva con fuerza para deshacerme de unas cuantas lágrimas más.
Escuchar cómo se mete a sí mismo también en el saco es aterrador.
Porque tiene razón. Él es el primero que está ahí con el resto, lanzándose de cabeza al peligro sin echar la vista atrás.
Igual que Cal. Igual que Scottie, que espero que pronto se convierta en mi cuñada oficialmente.
Como es técnica en emergencias sanitarias, yo estaría trabajando directamente con Scottie.
—Si enviase a Scottie a atender a alguien y ella no regresara luego con Cal, nunca me lo perdonaría —digo con la voz rasposa, porque las lágrimas casi no me dejan hablar.
Sacudo la cabeza y pongo los ojos en blanco, porque sé que suena ridículo, pero no puedo evitarlo—.
No sé si estoy preparada para esto. Dios, menuda blandengue estoy hecha.
—¿A cuántas personas ayudaste durante esos diez años en Cedar Valley, Teddy?
—me pregunta levantándome la barbilla. Como me avergüenza que me vea llorando, intento bajar la cara, pero Xander no me lo permite—.
¿Cuántas veces cogiste ese teléfono y fuiste tú la persona que estaba al otro lado de la línea para ayudar a un total desconocido en el peor momento de su vida?
¿A cuántas personas salvaste, cielo? —Me acaricia la mejilla con ternura, con devoción, y me mira mientras las lágrimas siguen resbalándome por la piel—.
No puedes dar por hecho que siempre pasará lo peor de lo peor, ni tampoco puedes dejar que eso te impida hacer el trabajo que sabes que puedes hacer. Un trabajo que se te da de maravilla.
Dios, este hombre... Si fuese más perfecto, sería un unicornio.
—¿Lo echas de menos? —me pregunta entonces.
Me aparta el pelo de la cara y me acaricia la mejilla con el pulgar, secándome el recorrido de las lágrimas que, sin lugar a dudas, me habrán arruinado el poco maquillaje que llevaba.
—Muchísimo —respondo con total honestidad y el labio tembloroso.
Xander me da un beso tierno y delicado.
—Entonces no dejes que la excepción te impida ayudar por miedo a quienes lo necesitan, preciosa. —Vuelve a abrazarme con fuerza y susurra—: ¿Puedo llevarte a casa?
Asiento y suspiro.
—Sí.
Xander se levanta y yo me levanto con él.
Me seca de nuevo las pestañas, sonriendo, y me da un beso en la frente antes de que salgamos por la puerta.
Una vez fuera, se me acerca, me apoya la mano en la curva del culo, apretando los dedos.
Y entonces me fulmina con la mirada. Lo miro confundida ante su cambio repentino.
—El aparato de tortura ese que crees que necesitas ponerte debajo de la ropa para esconderlo todo... —Se agacha para susurrarme al oído y yo me estremezco—. Quítatelo y tíralo a la basura.
Me sonrojo con intensidad y me río sin apartarle la mirada.
—Xander, no voy a tirar la faja. Lo aplana todo...
Niega con la cabeza y nos detenemos delante de mi monovolumen. Me abre la puerta y subo, pero Xander no cierra de inmediato. En lugar de eso, se inclina para besarme apasionadamente, recorriéndome la boca con la lengua. No puedo evitarlo, se me escapa un gemido.
—No te hace falta aplanar nada —suelta en voz baja y rozándome los labios con los suyos—. Además, quiero notar el cuerpo de mi chica cuando la toco.
Vuelvo a sonrojarme. Me da un beso casto y luego me recorre la barbilla y el lateral del cuello con la boca.
Alarga el brazo por detrás de mi hombro izquierdo, me coloca el cinturón y se separa.
Me observa con una mirada abrasadora y el corazón vuelve a latirme desbocado en el pecho. Pestañea y yo casi me desmayo.
—Nos vemos en casa, mama —sentencia marcando bien esa última palabra.