37. Teddy #2
—Acabamos de llegar —dice en voz baja. Habla con la boca pegada a mi pelo y sus palabras ásperas quedan medio amortiguadas.
Noto cómo se le mueven los labios al hablar—.
He llegado a casa y ha salido Colleen. Me ha dicho que tenías una entrevista y que te había dicho que te tomaras una hora para ti.
Y como sé que eres adicta al café, he venido directo.
Me recuesto sutilmente hacia atrás y bajo las manos tras secarme los ojos para deshacerme de cualquier lágrima que se me haya escapado. Y entonces lo miro.
—¿Has venido a buscarme?
—Eres la primera persona a la que quiero ver nada más llegar —dice con la voz rasposa mientras me acaricia la mejilla con el dedo.
Su mirada es pura ternura y sinceridad. Va hecho un asco y se ha frotado rápidamente la cara para deshacerse un poco del hollín y de la porquería, pero incluso así sigue siendo lo más hermoso que he visto en mi vida.
Baja la cara y me da un beso casto en los labios, sin prisa. Un beso cargado con la promesa de más.
—Venga —murmura con ternura, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja y recorriéndome la cara con la mirada, como si quisiera memorizar todos mis rasgos—. ¿Quieres contarme qué hace mi chica sola en una cafetería en pleno ataque de ansiedad?
El corazón empieza a acelerarse en mi pecho al oír sus palabras. «Mi chica».
Menudo subidón, joder.
Suspiro y aprieto los labios. Vuelvo a apoyarme contra él y le hundo la cabeza bajo la barbilla, en la pendiente de su cuello.
—Hoy he tenido una entrevista.
—Eso me ha comentado Colleen —responde con ternura, acariciándome el brazo de nuevo—. ¿Para qué era?
—Para un trabajo.
—Teddy —protesta por lo bajo, ladeando la cabeza hacia mí.
Suelto una risa discreta. Chinchar a este hombre resulta hasta divertido.
Cojo una profunda bocanada de aire e inhalo su aroma, que ya se está volviendo dolorosamente familiar.
—Para un trabajo como teleoperadora en Sky Ridge.
—¿Y por eso te ha dado el ataque de ansiedad? —pregunta con delicadeza.
Refunfuño un poco y hago un extraño gesto con la cabeza, algo a medio camino entre un sí y un no.
—¿Tengo que empezar por el principio o vale con que te haga un resumen del tema?
—Puedes contarme lo que te apetezca —responde Xander en voz baja, dándome otro achuchón—. Si quieres contármelo por encima, no pasa nada. Si quieres soltarlo todo, tampoco pasa nada. Te escucharé igual.
Asiento moviendo la cabeza bajo su barbilla.
—¿Aunque tenga que hablar de Logan?
Me abraza más fuerte y asiente.
—Aunque tengas que hablar de Logan.
Suspiro con pesadez y susurro:
—¿Sabías que Logan y yo trabajábamos juntos?
Xander asiente y yo prosigo.
—Supongo que sabrás que era técnico en emergencias sanitarias y que yo trabajaba como teleoperadora en el mismo distrito.
Trabajamos codo con codo durante una década y a mí me encantaba mi trabajo.
—Cierro los ojos con fuerza y me abrazo todavía más a él.
Xander debe de notarlo, porque me envuelve con ambos brazos.
Acurrucados en este pequeño reservado, la cafetería a nuestro alrededor ha desaparecido—. ¿Qué sabes del accidente de Logan?
—Lo justo; solo lo que me contó Cal. Que era técnico en emergencias sanitarias. Que tuvo que atender una en pleno invierno y lo arrolló un vehículo que pasaba por ahí mientras él intentaba cargar la ambulancia.
El dolor me azota de nuevo, como si todo eso hubiera ocurrido ayer y no hace casi un año. Las emociones se me amontonan en la garganta, pero consigo susurrar:
—La teleoperadora que lo derivó allí fui yo.
—Hostia... —susurra Xander con aspereza, abrazándome más fuerte—. Teddy...
—Yo ni siquiera debería haber estado trabajando esa noche.
Penny se había puesto enferma a principios de semana; tuvo una doble infección de oído y me cambié el turno para quedarme en casa con ella.
Estaba agotada porque llevaba días sin dormir cuidando de Penny, nos acabábamos de enterar de que me había quedado embarazada de Bea y por las mañanas estaba supermareada...
—Sacudo la cabeza mientras vuelven a asaltarme los recuerdos—.
Nevaba y a un señor mayor le resbaló el coche, se metió en la cuneta y se dio un golpe en la cabeza.
Debería haber sido una asistencia fácil, una de esas rápidas.
Recuerdo que me pregunté por qué estaban tardando tanto en decir algo; incluso me molestó que no me hubiese llamado para decirme que ya habían regresado.
—Inhalo profundamente para serenarme, suelto el aire despacio y susurro—: Y luego respondí una llamada y me enteré de que mi marido había fallecido en el accidente al que lo había enviado yo.
Xander me abraza con todas sus fuerzas y ahí me doy cuenta de que estoy temblando de los pies a la cabeza.
Tengo los ojos llenos de lágrimas y la vista nublada, pero él me acuna y no me suelta en ningún momento.
Solo había hablado de esto en terapia de duelo; nunca lo había comentado con nadie más.
No había podido pronunciar todas estas palabras en voz alta con nadie.
No sé qué tiene este hombre, pero siempre consigue atravesar todos mis escudos. Todos los muros de cemento, revestidos de acero y rodeados con alambre de púas que con tanto cuidado he erigido se reducen a nada cuando estoy con él.
He aquí una revelación aterradora.
No sé qué tiene Xander, pero consigue que quiera abrirme, que quiera intentarlo.
Estar cerca de él me recuerda lo que es no estar completamente sola a todas horas, no tener que sufrir y hacerlo todo sin ayuda.
Me recuerda qué es tener a alguien con quien compartirlo todo: lo bueno, lo malo y lo feo.
—Me sentía responsable por haberlo enviado allí.
Porque mi marido murió por mi culpa —digo en voz baja.
Me escuece la nariz, cortesía de las lágrimas—.
Me dieron el permiso por fallecimiento de un familiar, pero nunca volví.
Me resultaba imposible entrar en el centro, atender esas llamadas y derivar a personas que también tenían seres queridos.
No soportaba imaginarme a alguien más muriendo como había muerto Logan por mi culpa.