37. Teddy
Teddy
Vuelvo a mirarme en el espejo de cuerpo entero que tengo en la esquina de la habitación, cierro los ojos con fuerza, inhalo profundamente y exhalo despacio.
Tengo el corazón en la garganta y me da la impresión de que voy a ahogarme.
Los nervios se han adueñado de mí; cualquiera diría que acabo de tragarme varias latas de Red Bull del tirón. Estoy inquieta y nerviosa.
Abro los ojos y me paso las manos por el cuerpo.
Llevo una blusa de botones suelta de color negro metida por dentro de unos pantalones de tiro alto y pata ancha también negros que se me ajustan a la cintura y me hacen buen culo.
Me he puesto un bodi reductor debajo para aplanar mi vientre de mamá y para esconder aquellas partes más sueltas de mi cuerpo.
Lo he conjuntado con un blazer fino de color azul ceniza que me cubre los brazos y me resalta la cintura, a pesar de que no me lo he abotonado porque hace calor.
Estoy empezando a pensar que esta ola no cederá nunca.
Me he recogido el pelo con una pinza y los pocos mechones sueltos que me envuelven la cara me acarician las mejillas.
Me he maquillado de forma elegante aunque discreta.
Y llevo unas bailarinas de punta cuyo color combina a la perfección con el blazer .
Es probable que me haya arreglado de más, pero una entrevista es una entrevista, y yo estoy desesperada por causar buena impresión.
Asiento sin apartar la vista de mi reflejo.
—Es una entrevista, Teddy. No van a ejecutarte —me recuerdo a mí misma.
No sirve de nada pero, al menos, lo he intentado.
Salgo del refugio que es mi habitación y entro en la cocina.
Las suelas de los zapatos repiquetean contra el suelo de linóleo.
Colleen levanta la vista de la bolsa de la compra que está vaciando en la encimera y me sonríe de oreja a oreja.
Levanta una mano y mueve un dedo en círculo.
Río y me giro despacio para enseñarle el outfit al completo.
—El azul este te sienta de maravilla —dice sonriendo pletórica.
Penny y Dalton están en la escuela. Y, ahora mismo, Bea está bocabajo en el suelo, entreteniéndose con varios juguetes.
—Gracias —musito, y me sonrojo. Cojo el bolso y me lo coloco en el hombro antes de suspirar y volver a dejarlo—. Creo que no necesito la bolsa entera de pañales para ir a una entrevista.
—Coge el monedero y las llaves y ya está. No necesitas nada más. Y más te vale que no vuelva a verte por aquí hasta dentro de, por lo menos, tres horas.
—¿Qué? ¿Por qué? Como la entrevista dure tanto, mala señal, Colleen —refunfuño riendo.
—Ve a hacerte las uñas, ve a comer, ve a la librería y cómprate un libro o dos —dice mi suegra haciendo un gesto con la mano—. Me da igual lo que hagas. Pero no vuelvas de inmediato.
La abrazo con fuerza.
—Eres la mejor, en serio —susurro antes de separarme, aunque sigo agarrándola por los hombros—. Pero ya me conoces.
—Pues voy a volver a echarte de patitas a la calle —bromea divertida, empujándome—. Venga, ve a por un café antes de ir hacia allí.
Suelto una carcajada y niego con la cabeza.
—Lo último que necesito ahora mismo es un café. Bastante nerviosa estoy ya.
—Bueno, ve tirando igualmente. Yo voy a enseñarle a Bea a hacer lasaña.
Río por lo bajo y pongo los ojos en blanco. Aun así, me despido de ella con un saludo militar y un «sí, señora».
Cojo el monedero y las llaves del bolso y atravieso el salón hasta llegar a Bea, que acaba de darse la vuelta y está bocarriba.
Tiene un libro de esos infantiles que hacen ruido entre sus manos minúsculas y está pataleando ilusionada con su conquista.
Me pongo a cuatro patas encima de mi hija y le besuqueo la cara y el cuello, evitando sus pequeñas manos (esas que todo lo cogen) para que no me despeine o me manche la ropa de babas.
—Enseguida vuelvo, bichito —le susurro al levantarme.
Y, acto seguido, me marcho por la puerta.
Me subo al monovolumen, arranco y pongo marcha atrás para salir de la entrada antes de que me dé tiempo a autoconvencerme de que esto es una pésima idea.
No tardo demasiado en cruzar el pueblo y llegar al Departamento de Policía del Condado. Sin embargo, una vez allí, me quedo sentada en el aparcamiento un buen rato, con la vista puesta en ese edificio de ladrillos.
Dolor, culpa, tristeza y enfado me azotan sin parar como un caleidoscopio mientras permanezco aquí sentada, mirando el edificio en cuestión y a la gente y a los oficiales que entran y salen de él.
Tuve que marcharme de Cedar Valley (un pelín más grande que Sky Ridge, a dos pueblos de distancia de aquí), con tal de alejarme de la vida que compartí con Logan.
Me mudé a un condado distinto para escapar de la gente a la que había decepcionado en tantos sentidos.
Como teleoperadora de emergencias en Cedar Valley, conocía al personal de emergencias de mi distrito; conocía a todos los oficiales de policía, agentes, bomberos, técnicos en emergencias sanitarias...
Fueron mi familia durante diez años. Y, tras el accidente de Logan no...
, no pude seguir. El dolor, la aflicción y las miradas compasivas de la gente con quien tanto tiempo trabajé se me comieron viva.
Por eso dejé mi trabajo, por eso pedí la baja por maternidad anticipada y por eso me mudé.
No podía seguir viviendo allí, cerca de todas las personas a quienes había defraudado.
Cerca de todas las personas que echan tanto de menos a Logan como yo.
Por más que ellos no me culpen de lo ocurrido, yo sí lo hago.
Debido a mi antiguo trabajo, conozco a algunos oficiales y técnicos en emergencias sanitarias de los condados colindantes; pero, por suerte, no demasiados.
He aquí una de las razones por las cuales accedí a venir a Sky Ridge cuando Cal me lo sugirió.
Mudarme me brindaba la oportunidad de empezar de cero estando más cerca de Cal y Scottie sin alejarme demasiado de los padres de Logan, para que así puedan venir a ver a los niños varias veces al mes.
Cojo una profunda bocanada de aire y me obligo a salir del coche y a entrar en ese edificio.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos, vuelvo a estar sentada en el monovolumen, sintiéndome más ligera y más pesada a la vez.
La entrevista ha ido genial. Ni siquiera ha sido una entrevista como tal; ya sabían que me querían.
Ha sido más bien una especie de reunión de incorporación informal para hablar de mi disponibilidad horaria y sueldo, y para que conociera a los oficiales y al resto de los operadores.
Todo el mundo es amable y, al regresar a la atmósfera familiar de un centro de coordinación de emergencias, me he sentido bien.
No me ha sorprendido que me pidan que pase por terapia obligatoria y me someta a una evaluación psicológica antes de empezar, pero tampoco mentiré y diré que no me ha molestado.
Al menos, un poquito. Sé que es el procedimiento habitual, una forma de protegerme tanto a mí como a mi nuevo equipo y de asegurarnos de que estoy mentalmente capacitada para hacer este trabajo (más aún, después de todo).
Sin embargo, estoy lo bastante sensible para que me moleste, aunque sepa que es lo mejor.
Aunque sepa que, dejando mi pasado aparte, el proceso seguiría siendo el mismo.
La adrenalina y la ansiedad que me corrían por las venas ya han empezado a amainar, pero me han dejado agotada.
Así que decido darme un capricho y voy a El Recoveco.
Pido un iced coffee con caramelo y crema dulce y una magdalena de arándanos y limón, y me planto en un reservado que hay al lado de la pared.
Tengo la cabeza hecha un lío y, al coger la bolsa arrugada de papel en la que me han metido la magdalena, la ansiedad vuelve a adueñarse de mí.
Tengo un nudo en el estómago y, sinceramente, creo que soy incapaz de pegarle un mordisco sin tener que salir escopeteada hacia el baño para sacarlo todo.
Me acerco el café a la boca con las manos temblorosas y le doy un minúsculo sorbo antes de volver a dejarlo bruscamente en la mesa.
Hundo la cara en mis manos temblorosas y trato de centrarme en ralentizar mi agitada respiración.
Cierro los ojos con fuerza e intento no pensar en lo aceleradísimo que tengo el corazón, porque ya estoy empezando a marearme.
Dios, hacía muchísimo que no tenía un ataque de pánico.
Lo estaba llevando la mar de bien.
Y una única entrevista ha hecho que entre en bucle de esta manera.
Río por lo bajo en señal de ironía y autodesprecio. Me parece preocupante que vean pertinente contratar a alguien en unas situaciones tan caóticas como las mías. A ver si al final resultará que no estoy tan preparada para esto...
En la cafetería hay ruido. Está llena de gente y los clientes hablan alto para hacerse oír por encima de los altavoces, a través de los cuales suena una canción de Taylor Swift.
Sigo centrándome en ralentizar la respiración cuando el asiento que tengo justo al lado en el reservado se hunde con un peso ajeno. Me sobresalto. Aun así, antes de que pueda bajar las manos, esa persona me envuelve los hombros y me acerca con fuerza a su cuerpo duro y musculado.
Enseguida noto el olor a gasoil, humo y pinos, y se me escapa un delicado sollozo casi inaudible.
Xander.
Continúo tapándome los ojos con las manos, pero me recuesto en él mientras él me acaricia el brazo con una mano y me envuelve la cara con la otra para girármela y obligarme a mirarlo.
Me acaricia la cara y el pelo con los dedos, y me deja un beso en la sien mientras, en voz baja, me susurra cosas sin sentido contra el pelo.
—Hey —susurra, arrullándome con el timbre relajante y profundo de su voz—. ¿Qué pasa, mama?
Río titubeante. Como me da vergüenza que me haya visto así, cambio de tema:
—No sabía que habíais vuelto —susurro.