34. Xander
Xander
—Espera aquí —le digo a Teddy, saliendo de ella y bajando de la cama.
Me meto en el baño contiguo. Cojo una toalla limpia y abro el grifo para poner el agua tibia.
Me lavo y luego cojo la toalla que he humedecido con agua caliente y me la llevo a la habitación.
Teddy se ha tapado entera con las sábanas, pero lo que no sabe es que eso conmigo no va a funcionar. Ya lo trabajaremos.
Tiro de la sábana a la altura de su pie y ella ahoga un grito cuando se la bajo y dejo todo ese cuerpo que todavía no he acabado de admirar al descubierto.
—¿Qué haces? —susurra con la voz rasposa.
Me invade la adrenalina y le suplico a la polla que no reaccione. «Abajo, colega».
—Cuidarte —me limito a responder antes de arrodillarme a su lado, en la cama.
Le subo la mano por el muslo, para separarle las piernas. Recostada contra las almohadas, Teddy se muerde los labios y me mira; ya vuelvo a atisbarle los mismos nervios en los ojos. Cuando por fin abre las piernas, la lavo con cuidado para limpiarle todo el desastre que he dejado a mi paso.
—No te he hecho daño, ¿no?
Al oírme, se le relaja la expresión y esboza una sonrisa. Podría pasarme la vida entera besando esa boca.
—No.
—Bien —exhalo.
Le acaricio la cadera con la mano y se la voy subiendo hasta la cintura.
No puedo dejar de tocarla. Dejar de pasarle los dedos por la piel desnuda que le cubre hasta el último centímetro mullido de su cuerpo me duele físicamente.
Teddy es mi peor adicción y no hay forma de que pueda librarme de ella.
Me inclino y la beso lento aunque con ahínco.
Esta mujer me tiene loco. Mi mente, mi cuerpo, mi alma... Es todo suyo. Por más que ella no lo sepa todavía.
Suspiro con los labios pegados a los suyos y le doy un último beso antes de levantarme, rodear la cama y agacharme para coger mis calzoncillos, los vaqueros y la camiseta.
Teddy se sienta, vuelve a tirar de la sábana para cubrirse hasta los pechos y me mira con los ojos bien abiertos.
—¿Te vas?
—He pensado que no querrías que me quedara por aquí, con los niños en casa.
Me detengo para mirarla y ella asiente con discreción antes de clavar la vista en los dedos. Tiene las manos apoyadas en el regazo y está sujetando la sábana con las axilas.
—Ya. Claro —dice con un hilo de voz—. Me, eh... ¿Puedes pasarme el albornoz, porfa?
Mecagüen... Ya vuelve a hacer eso con los hombros, encorvándose y haciéndose pequeña. Odio que lo haga, es como si no entendiera lo jodidamente increíble que es. Vuelvo a sentarme en el borde de la cama y le cojo la barbilla entre el dedo y el pulgar para levantarle la cara y obligarla a mirarme.
—Hey. No hagas eso —susurro estudiándole la cara con los ojos.
Teddy traga saliva con fuerza y se me parte el corazón. Y entonces me doy cuenta de cómo debe de haber interpretado mis prisas. Le acaricio el labio inferior con el pulgar.
—Pensaba que no querrías que los niños me vieran aquí... Pero yo preferiría quedarme y abrazarte, si tú quieres. No quiero soltarte todavía —confieso.
Le tiembla el labio inferior y me inclino para besarla. Teddy asiente muy sutilmente y contesta:
—Sí, por favor.
—Ven aquí —susurro con los labios pegados a los suyos, apartándole la maldita sábana del cuerpo y sentándome a Teddy en el regazo.
Le hundo una mano en sus ondas rubias (ahora, enmarañadas), encorvo los dedos y le tiro un poco del pelo, limitándole la movilidad. Ella abre la boca, que sigue pegada a la mía, y ahoga un grito delicado cargado de aire. El sonido en cuestión me baja directo a la polla. Le doy un beso ligero.
—Haré lo que sea con tal de hacerte feliz, Teddy. Y si eso significa dormir en esta cama abrazándote toda la noche y escabullirme a primera hora de la mañana para que Dalton no nos pille, lo haré.
Ríe liviana, casi titubeante, y me da un beso en los labios, como si ella tampoco quisiera soltarme. Me coge la mandíbula con la mano y me rasca un poco la barba con las uñas. Se me ponen los pelos de punta en los brazos.
—Estoy muy enfadada contigo —susurra, aunque su tono dice justo lo contrario.
Río y la abrazo con más fuerza. Tenerla en mis brazos es una pasada.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —la provoco.
—Porque acabas de darme uno de los mejores orgasmos de mi vida. —Se ríe y me hunde la cara en la curva del cuello.
—¿Y tan malo es eso? —pregunto riendo yo también.
—No —responde en voz baja—. Pero ahora voy a seguir queriendo más.
Le beso la frente y vuelvo a preguntar con un hilo de voz:
—¿Y tan malo es eso?
Teddy inhala despacio y, al hacerlo, se le ensanchan las costillas. Acto seguido, suelta el aire despacio y me recorre el lateral del cuello con los labios. El corazón me late desbocado en el pecho. A pesar de que Teddy permanece en silencio, yo ya sé lo que quiere decir.
Que tanto ella como yo sabemos que es muy posible que queramos algo que yo no puedo garantizarle.