30. Xander
Xander
Cal tiene a Penny sentada en los hombros y la niña está agarrándole el pelo como si no hubiese un mañana.
Hollie quería que King le prestara atención, así que él me ha pasado a Bea para poder coger a la que, si consigue salirse con la suya, pronto se convertirá en su hijastra.
King está obsesionado con Violette y me sorprendería que tardaran más de un año en comprometerse.
El tío no ve la hora de casarse con ella y darle más hijos.
Bea está frita, durmiendo feliz apoyada en el pliegue de mi brazo. He oído el revuelo que había dentro y he visto que las chicas iban turnándose para intentar tranquilizarla; y, luego, cuando la petarda esa se ha puesto a gritar como una loca ahí dentro, he tomado cartas en el asunto.
Lo mínimo que puedo hacer es dejar que Teddy y las chicas disfruten de un rato sin niños.
Somos tres hombres hechos y derechos, podemos ocuparnos de un par de críos, ¿o no?
Además, Dalton ha sido de gran ayuda. Menudo chavalín.
Es muy maduro, aunque a veces creo que sus ojos marrones esconden una pizca de tristeza.
Debe de echar tantísimo de menos a su padre...
Cal se me acerca con Penny pataleándole el pecho. Hace un gesto con la barbilla para señalar a la bebé que tengo dormida en brazos y dice:
—Si estás intentando ganar puntos, yo diría que está funcionando.
Enarco una ceja y me encojo de hombros.
—Solo estoy intentando que disfruten de un rato sin los críos.
—Ajá... —musita. A juzgar por su tono, no se cree ni una palabra de lo que le acabo de decir—. No la cagues, tío. Como vuelva a enterarme de que le has hecho daño a Teddy, voy a tener que pegarte una paliza.
—No esperaba menos.
Es cierto. Suspiro y me acerco a la bebé, que sigue durmiendo, al pecho. A Bea se le escapa un ruidito y yo no puedo evitar sonreír. Joder, qué mona es.
Estos niños me tienen loco. Al igual que su madre. Perdidamente enamorado. Pero no estoy preparado para decírselo a Cal; al menos, no todavía.
Ya se lo reconocí a Teddy en mi casa la otra mañana, pero sincerarme con mi mejor amigo es distinto. Es su hermano. El tío que siempre ha estado ahí para defenderla y cuidarla; Cal solo quiere lo mejor, tanto para ella como para sus hijos.
Y ambos sabemos que puede que yo no sea lo mejor.
—Esto —dice con aspereza, señalando a la bebé que tengo en brazos, apretando las piernas de su sobrina Penny con los brazos y luego señalando a su sobrino, que está en medio del jardín— es su mundo.
Si te está dejando formar parte de su vida en ese aspecto...
Hostia, tío, tú solo vigila con ella. Por favor.
Asiento sabiamente. Ahora mismo, no puedo decir nada más.
—Hey, ¿quién se ocupa de la barbacoa? —pregunta entonces King, que viene corriendo hacia nosotros.
Cal se baja a Penny de los hombros; la niña vuelve a chillar y Bea se despierta sobresaltada. Vuelvo a acunarla despacio hasta que se queda dormida de nuevo y luego desvío la vista hacia los chicos.
—La tengo detrás. Si queréis ir preparando las hamburguesas, puedo encenderla —digo, señalando el lateral de la casa con la barbilla.
—Niños, ¿queréis aprender a hacer hamburguesas? —pregunta King girando la cara para hablar por encima del hombro. Dalton y las niñas gritan que sí, alegres, bajo la brisa de la tarde-noche—. Tú primero, sup.
Al cabo de diez minutos, los tenemos a los tres en la cocina.
Ya se han lavado las manos y están sentados en las sillas de la encimera.
Penny y Hollie están ayudando a aplastar la carne de las hamburguesas en una especie de forma oval que luego King (en secreto para que las niñas no lo vean) moldea hasta convertirlas en círculos.
Y Dalton está ayudando a Cal a preparar una ensalada.
He encendido la barbacoa. Sin embargo, como Bea sigue durmiendo en mis brazos, me estoy dando cuenta de lo complicado que es hacer las cosas con una sola mano. Ahora respeto aún más a Teddy, que consigue hacerlo literalmente todo y, encima, consigue que parezca fácil.
Llaman con delicadeza a la puerta corredera y desvío la atención hacia allí.
Cuando veo entrar a las tres mujeres (copa de vino o whisky en mano), sonrío.
Cal le da un beso tierno a Scottie en los labios cuando esta se les acerca a él y a Dalton para ver cómo van con la ensalada, y Violette se coloca al lado de King y Hollie.
—Ya la has sujetado un buen rato. ¿Quieres que te la coja? —pregunta Teddy, deteniéndose delante de mí y mirando a su hija con ternura.
Me gusta verla así. Con esta mirada tierna, serena y relajada. Feliz.
—Nah —musito en voz baja, estudiándole la cara.
Se ha recogido el pelo con una pinza y le caen unos cuantos mechones alrededor de la cara.
Parecen tan suaves... Lleva sus gafas de montura clara, se ha aplicado una capa muy sutil de colorete en las mejillas, y se ha sonrojado a causa del vino.
Detrás de los cristales de las gafas, veo sus pestañas largas y delicadas.
—Yo me ocupo, mama.
—Xander... —susurra levantando la vista hacia mí. Sus ojos grises me llaman inmediatamente—. Tienes que dejar de decirlo de esta manera.
Sonrío y acerco la cara a la suya para preguntar:
—¿De qué manera? ¿Mama? —repito la palabra con aspereza, de esa forma que sé que consigue que le cedan las rodillas.
Se le dilatan las pupilas y separa los labios. Dios, qué ganas tengo de besarla.
—Sí —exhala casi trabajosamente y yo bajo la vista hacia sus labios.
—¿Por qué? —murmuro—. ¿No te gusta?
Se le escapa una risa cargada de aire y se pasa la lengua por el labio inferior.
Al verla humedeciéndose el labio inferior, ese que tantas ganas tengo de mordisquearle y tirarle con fuerza hasta oírla jadeando mi puto nombre, me late la polla debajo de los vaqueros.
—Claro que me gusta, ya lo sabes —responde con un hilo de voz, mirándome de nuevo a los ojos.
—Teddy.
—¿Sí? —pregunta con un tono agudo y la voz cargada de aire otra vez.
Tiene las mejillas sonrojadas. Está guapísima, joder.
—Voy a besarte —exhalo.
No es una pregunta. Es una advertencia.
Ella me baja la vista a los labios de inmediato y, luego, despacio, jodidamente despacio, vuelve a subirla para mirarme a los ojos. Y, entonces, asiente.
—Vale...
Con Bea en un brazo, le paso la otra mano por la nuca a Teddy para sujetarla y le echo la cabeza un poco hacia atrás mientras acerco la boca a la suya.
Voy rozándole los labios con ternura, repetidamente, y al final dejo los míos allí hasta que noto que ella los separa.
Le cuelo la lengua y la saboreo. Solo un minuto.
Lo justo para que se me ponga dura como una roca al notar el roce de sus labios y el sabor de su boca.
Me separo a regañadientes. Dios, si es que podría pasarme toda una eternidad besándola y no me cansaría nunca. Le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos y sonrío cuando Teddy abre los ojos. Vuelve a tener la misma mirada que antes. Tierna y serena. Feliz.
Teddy es como una droga. Y, ahora que ya la he probado, no puedo vivir sin ella. Lo sé. Quiero ser yo quien le aporte esta felicidad a su vida.
Y haré lo que sea con tal de que así sea, hostia.