31. Teddy
Teddy
Los chicos nos han echado a las chicas del dúplex de Xander en cuanto hemos terminado de cenar y nos han prohibido ayudarles a fregar los platos (¿y quién soy yo para llevarles la contraria?).
Así que nos hemos dado el lujo de salir a terminarnos el vino fuera y disfrutar de un tranquilo rato de chicas.
Estamos sentadas alrededor de la mesa de jardín que tengo al otro lado de la puerta corredera de mi casa, riendo y hablando, y estoy tan dichosamente alegre que me resulta un poco desconcertante.
Hacía tantísimo tiempo que no me sentía así que la sensación se me antoja casi desconocida.
Hay una vela de citronela encendida sobre la mesa de cristal que tenemos en medio y la llama parpadea con la brisa sutil que acompaña esta tarde-noche.
Me recuesto en la silla, suspiro y cierro los ojos.
—Debería meter a los niños en la cama, pero es que estoy tan cómoda que no quiero levantarme.
Violette coincide con un ruidito, pero ninguna de las dos hace ademán de moverse.
—Ya, si yo también debería llevarme a Hols a casa. Pero esto es una gozada. Cuánto relax...
Oímos a los chicos hablando y a los niños riendo en el apartamento de Xander mientras friegan los platos.
—Esto de no tener que hacerlo todo sola está bien —reconozco en voz baja, con la cabeza echada hacia atrás y sin abrir los ojos—. ¿Soy una persona terrible por haberlo dicho en voz alta?
—Para nada —responde Scottie alto y claro antes de darme un apretón sutil en la mano—. Llevas meses haciéndolo todo sola, Teddy. No pasa nada por dejar que te echen un cable. Y menos si lo hace alguien que está cañón.
—¿Estamos hablando de Xander o de mi hermano? —pregunto abriendo un ojo para mirarla.
Scottie echa la cabeza hacia atrás con una risotada.
—Pfff, estaba hablando de nosotras —ríe encogiéndose de hombros. Sonrío y vuelvo a cerrar los ojos—. Cal adora a tus hijos, por cierto.
—Eso espero —río con ligereza y recorro el respaldo de la silla con la nuca—. Quien me suplicaba que lo hiciese tío era él. Le encanta malcriarlos todo lo que pueda y luego enviármelos a mí otra vez con un subidón de azúcar.
Scottie se ríe por la nariz y asiente.
—La verdad es que sí —confirma.
Guardamos silencio un rato y nos quedamos escuchando a los chicos y a los niños, que siguen dentro. Es extraño. Somos como una familia formada con retales cosidos al azar, pero parece que sea justo como tenía que ser.
Me acaricio la parte inferior de la alianza con el pulgar y miro el anillo. Inhalo con fuerza para serenarme y, bajo la luz del crepúsculo, les susurro a las dos chicas, que ya se han convertido en mis hermanas:
—Gracias por permitirme estar hecha un desastre, chicas. Todo esto ha sido muy confuso para mí. Tanto a nivel mental como a nivel emocional. Gracias por escucharme sin juzgarme.
—No estás hecha ningún desastre. Eres humana —dice Vi con ternura y alargando el brazo para darme un apretón en la mano—. Y nosotras no juzgamos. Ya lo sabes.
Antes de que nos dé tiempo a decir nada más a ninguna de las tres, oímos un grito indignado que procede de casa de Xander. Suspiro.
—Bueno, la maternidad me reclama...
Se abre la puerta corredera de al lado y vuelve a cerrarse antes de que aparezca Cal, que rodea el tabique que separa los dúplex con una Bea muy despierta y hambrienta en brazos. Me doy las gracias en silencio por haberme pasado al agua tras mi segunda y minúscula copa de vino.
—Ea, ea... Ya está, gruñona —musita él, pasándome la niña—. Ya lo sé. Ahora mismo, soy la persona que más odias en el mundo.
—Solo porque a ti no te sale leche de los pezones —río haciendo broma.
Cal arruga la nariz y suelta un sonido gutural para nada sexi. Scottie y Vi ríen.
Cojo a Bea, que llora con más ahínco durante los pocos segundos que tardo en moverme el top en la oscuridad.
Cal aparta la mirada y, al cabo de un segundo, en cuanto mi hija planta su boca en mi pecho, el enfadado lloriqueo de la niña cesa de inmediato.
Me reajusto la parte de la camiseta que me queda suelta para cubrirnos a ambas y Bea no intenta apartársela de milagro.
Cal le apoya las manos en los hombros a Scottie para masajeárselos.
Ella rezonga y agacha la cabeza hasta prácticamente rozarse el pecho con la barbilla.
Mi hermano se ríe. Ya ha anochecido y la única luz que brilla por aquí es la de la vela de citronela que tengo en el centro de la mesa, a pesar de que poco hace por aportar luz a las profundas sombras en las que nos ha sumido el manto de la noche.
Mi hermano señala la casa de Xander con la barbilla y pregunta:
—¿Te va bien que vengan ya y se vayan a la cama? Penny está frita en el sofá.
—Tocaría, seguramente —respondo apoyando la cabeza en el respaldo de la silla—. Dame un par de minutos para que acabe de darle el pecho a Bea y le ponga el pijama y luego voy a buscarlos.
—Ya te los traemos nosotros —contesta Cal, dándome un apretón en el hombro antes de darle un beso en el pelo a Scottie.
Acto seguido, pega esquinazo y desaparece.
—Qué pasada —musita Vi, hundiéndose un poco más en la silla con los ojos cerrados—. No me costaría nada acostumbrarme a que se ocuparan ellos de los críos.
Se me encoge un poco el corazón por la envidia.
Cuando Vi regresa a casa, tiene un hombre que la espera; ellos tres han formado una familia.
En una hora, yo volveré a estar sola. Arroparé a mis hijos y me iré a la cama sola.
Como cada noche. Cambio a Bea de lado, suspiro y cierro los ojos.
Pero bueno... Ha sido bonito imaginármelo, al menos.
Cuando mi hija ya está saciada, me la apoyo en el hombro, le acaricio la espalda hasta que se le asienta el estómago y luego me levanto.
Mis amigas hacen lo propio. Le doy un abrazo a Vi con una mano y, al despedirme, prometo que quedaremos más entrada la semana para tomar café antes de que ellas se vayan a casa de Xander.
Me meto en el dúplex, cambio a mi hija y le pongo un pelele.
Me la llevo al salón y, cuando veo a Dalton entrando por la puerta corredera con Cal y Scottie detrás, sonrío.
Xander trae a una Penny dormida en brazos.
—La diablilla esta no ha aguantado el trote de los grandullones —se ríe él, encogiendo sus hombros musculados y guiñándome un ojo—. ¿Dónde quieres que te la deje?
—En su cama —respondo señalando hacia el final del pasillo con la barbilla.
Oigo los pesados pasos de Xander a mis espaldas mientras lo guío por casa y enciendo la luz del pasillo a la vez que él entra en el cuarto de mi hija—.
Que duerma vestida. Como intente cambiarla, se despertará y se pasará la noche en vela.
Xander la tumba en la cama y la cubre con el edredón, con cuidado. Enciendo la lucecita que tiene Penny al lado de la cama y salimos de la habitación siendo lo más sigilosos posible.
—Dalton, a lavarte los dientes y a la cama, por favor.
Mi hijo asiente y se gira hacia Cal y Scottie. Ella lo despeina con ternura y Cal le tiende el puño. Dalton se lo choca.
—Buenas noches, chaval —le dicen Cal y Scottie.
—Buenas noches, tío Cal. Buenas noches, tía Scottie —responde sonriente.
Acto seguido, mira a Xander, que también le tiende el puño.
A mi hijo se le ensancha aún más la sonrisa antes de chocarle el puño a Xander y se me encoge el corazón—.
Buenas noches, Xander. Gracias por enseñarme ese truco con el bate.
—No hay de qué. Si sigues practicando, verás cómo lo petas el año que viene. Cuando vengan los de Detroit a jugar contra Seattle en primavera, durante la próxima temporada, intentaremos pillar entradas para el partido —le dice hundiéndose las manos en los bolsillos delanteros de los pantalones.
Al traste con mi corazón...
Dalton abre sus ojos marrones y alterna la vista entre Xander y yo.
—¿En serio? ¡Molaría un montón!
Xander sonríe y se encoge de hombros.
—Siempre y cuando a tu madre le parezca bien, por supuesto. A lo mejor tu tío puede venir con nosotros.
Dalton pega un salto y alza los puños en alto, ilusionado.
—¡Eso, tío Cal, ven con nosotros!
—Dejemos que pasen otoño e invierno primero y ya nos preocuparemos luego por los deportes de primavera —río pasándole un brazo por los hombros a mi hijo antes de achucharlo sutilmente—.
Venga, hombretón. Ahora sí, hora de irse a la cama.
—Le doy un beso en el pelo; él me abraza por la cintura, echa a andar por el pasillo y se mete en el baño.
Pongo los ojos en blanco y miro a Xander y a Cal—.
No tenéis ni idea de la que acabáis de liar.
Los hombres se ríen. Bea está superdespierta y mucho más contenta que antes, pero yo ya estoy empezando a arrepentirme de haber dejado que se pegase semejante siesta. Ahora se pasará horas despierta. Está moviéndole los brazos a Cal como loca.
—Claro, ahora sí que estás contenta de verme, ¿no? —farfulla él con desdén, a pesar de que le centellea la mirada cuando me la coge del brazo.
Dalton se asoma por el pasillo y dice:
—Buenas noches a todos. Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, peque. Te quiero —murmuro y le sonrío.
Mi hijo se despide con la mano y cierra la puerta. Me giro hacia Xander, Cal y Scottie. Esta se me acerca para darme un abrazo rápido y luego yo envuelvo a Cal por la cintura para extender el gesto hacia él. Mi hermano me da un achuchón cuidadoso.
—Buenas noches, chicos. Gracias por venir.
—¿Quedamos con Vi para tomar el café esta semana? —se interesa Scottie.
Asiento con una sonrisa y los acompaño a la puerta.
—¡Buenas noches, chicos! —se despide Scottie.
Al llegar a la entrada, Cal por fin me devuelve a Bea, no sin antes darle una decena de besos en cada mejilla. Mi hija tiene a este pedazo de blandengue comiendo de la palma de su mano.
—Nos vemos pronto, hermanita —me dice y, con un hilo de voz, añade—: Si quieres, puedo pegarle una patada a ese de ahí.
—No hace falta —respondo susurrando y poniendo los ojos en blanco. Le doy un apretón en el bíceps y musito—: Te quiero.
—Lo mismo digo —responde.
Xander se marcha con ellos y se gira para mirarme una última vez.
—Gracias de nuevo por lo de hoy. Buenas noches, Xander.
—Buenas noches, Teddy.
Su voz va directa a mi centro y me tiemblan los dedos a pesar de que esté agarrándome al borde de la puerta.
Tiene su intensa mirada clavada en mi cara.
Como soy demasiado gallina para pedirle que me dé un beso delante de mi hermano y de Scottie, me limito a sonreír y cierro la puerta.
Exhalo largo y tendido, hinchando las mejillas mientras me dejo caer contra la puerta.
Oigo sus palabras amortiguadas al otro lado, pero, a medida que se alejan, el sonido se vuelve cada vez más distante.
Bajo la vista hacia mi hija y murmuro:
—Venga, muchachita, que mamá también tiene que irse a la cama.
Me llevo a Bea conmigo, la coloco en su mecedora y luego me cambio para ponerme unos minishorts y mi bralette de lactancia favorito a conjunto.
Me cubro con el albornoz y me lo ato a la cintura antes de que nos acomodemos en la cama.
Leo en el Kindle mientras vuelvo a darle el pecho a Bea y mi hija se queda frita de inmediato.
La llevo hacia el cuarto que comparten con Penny, la tumbo tan delicadamente como puedo y salgo de la habitación sin hacer ruido. Suspiro aliviada y voy hacia la cocina.
Oigo un golpe sutil en el cristal de la puerta corredera que da a la terraza y me giro, sobresaltada.
Es Xander, que aguarda bajo la oscura noche, aunque la luz que emite la lámpara le resalta los rasgos de la cara.
Levanta una mano y veo que lleva un perrito rosa con un chupete colgando.
Pongo los ojos en blanco y sonrío mientras voy hacia allí.
Abro la puerta y me río.
—El maldito perro este... Lo perdemos una vez al día como mínimo, te lo juro.
—Menos mal que lo he visto —se ríe él, pasándome el chupete de Bea.
—Gracias por lo de esta noche —susurro—. No tenías por qué hacer todo eso, pero te lo agradezco mucho.
Apoya un hombro en el marco de la puerta y se cruza de brazos.
Soy perfectamente consciente de cómo me estudia el rostro con la mirada antes de bajarla y volver a subirla hasta clavarla en mis ojos.
Trago saliva con fuerza y noto que me tiemblan un poco los dedos mientras agarro con fuerza el muñequito rosa que tengo en las manos.
—Lo he pasado bien —dice él en voz baja. El áspero y profundo timbre de su voz provoca que las mariposas que habitan en mi estómago alcen el vuelo, descontroladas—. Tienes unos hijos maravillosos, Teddy. Has hecho un trabajo estupendo.
—Gracias por, eh..., ofrecerte a llevar a Dalton a un partido —musito pasándome el peluche entre los dedos.
Intento sonreír, pero me tiemblan los labios—.
Logan tenía que llevarlo a uno este año, pero...
—Sacudo la cabeza y me obligo a volver a esbozar una sonrisa—.
Sé que tienes unos horarios de locos, pero te lo agradezco igualmente, aunque no vaya a pasar...
—¿Por qué no iba a pasar? —pregunta Xander frunciendo el ceño.
Me enderezo un poco más. La dureza de su tono me ha pillado por sorpresa.
—Solo quería decir que... Que todavía falta mucho, Xander —susurro y me muerdo el labio inferior—. Aún faltan siete u ocho meses.
—¿Y? —pregunta, pasando el peso de un pie al otro, aunque sigue sin descruzar los brazos.
Tiene los bíceps bien marcados y, Dios... Ojalá pudiera acariciarle sus músculos bronceados con los dedos.
—Xander... —Río titubeante y suspiro.
—Estoy loco por ti —prosigue con los ojos fijos en los míos—. En todos los aspectos. Tus hijos incluidos. Puede que tengamos que ir antes de que empiece la temporada de incendios, pero iremos a un partido. Yo siempre cumplo mis promesas.
—Vaya... —susurro.
La palabra se me escapa al exhalar. Y él esboza una sonrisa socarrona de medio lado.
—Vaya... —repite con la mirada centelleante.
Se impulsa para separarse de la puerta, da un paso hacia mí y me obliga a levantar la cara para mirarlo a medida que se acerca. Me coge la cara con ambas manos y me acaricia las mejillas con los pulgares. Estoy temblando como una hoja.
—Te dije que estoy harto de poner palos en las ruedas a todo esto, Teddy. Lo he intentado. Vamos que si lo he intentado. —Exhala y sacude la cabeza—. Sé que te mereces muchísimo más, pero me gustaría intentar darte el mundo entero, preciosa. Si me dejas.