29. Teddy
Teddy
—Ay, menos mal —mascullo al abrir la puerta y dejando pasar a Violette y Scottie.
Estoy acunando a Bea con un brazo, moviendo sin parar a mi hija de cuatro meses.
Tiene mala tarde y no quiere dormir. Hollie me saluda en voz baja y va directa hacia la habitación de Penny.
Cuando Scottie se detiene en la terraza, miro justo detrás de ella y veo a Dalton jugando a la pelota en el jardín delantero, con Xander.
Y, cuando Cal y Rowan aparecen en medio del jardín, a mi hijo se le ilumina tanto la expresión que parece el Rockefeller Center por Navidad.
El fuerte de hormigón envuelto con alambres de púas con el que había protegido mi corazón se quiebra un poquito más. Si es que estoy jodidísima, leches.
Scottie gira la cabeza para mirar por encima del hombro y comprobar qué me había llamado la atención. Acto seguido, vuelve a girarse, sonríe pletórica y dice:
—Uuuh, te ha pegado fuerte, ¿eh? Qué mal.
—¡Calla! —susurro metiéndoles prisa a ambas para que entren y así poder cerrar.
Me apoyo contra la puerta, con el cuerpo flácido y la espalda de Bea pegada a mi pecho.
Violette y Scottie se burlan despiadadamente y yo intento fulminarlas con la mirada lo mejor que puedo, aunque sé que no me sirve de nada—.
Con eso de «qué mal» te quedas corta... Es una catástrofe.
Una calamidad. Un desastre en forma de «vecino-buenorro- que-flipas-barra-jefe-y-mejor-amigo-de-mi-hermano-mayor». ¿¡Pero qué me pasa!?
—Hmmm... ¡He traído vino! —ríe Violette, cogiendo no una sino dos botellas de vino por el cuello como quien enseña el pez que acaba de pescar.
No puedo evitar reírme ante su intento de frenar mi pánico creciente.
Vamos hacia la cocina. Violette abre la primera botella como Pedro por su casa mientras yo pillo un par de copas de vino sin tallo y un vaso largo para el whisky de Scottie.
A ella no le va el vino, pero se une a las noches de chicas que compartimos con Vi y que tanto necesitamos.
Ya se han convertido en un ritual semanal y yo vivo por y para estas pocas horas de conversaciones de mujeres adultas, por más que sigamos teniendo que responder a un sinfín de «¡Mamás!
» procedentes de todas direcciones y que yo vaya con una bebé irascible pegada a mí como un accesorio.
—Venga, a ver. Explícame por favor y ¡con sumo detalle!
por qué esa cara romanticona que pones es una calamidad.
Porque si eso es un problema, qué suerte la tuya —ríe Scottie, sirviéndose un par de dedos del whisky que ha traído y dándole un sorbo—.
Y ya te digo yo que al pedazo de hombre que tienes ahí fuera se le queda la misma cara de tonto cuando habla de ti.
Estoy meciéndome en una esquina, meneando el cuerpo de un lado para otro para no dejar de acunar a Bea.
Está cansada, pero no quiere dormir y, justo por eso, lleva todo el día de un humor de perros.
Casi les cancelo los planes a las chicas porque ¿quién quiere oír llorar a una bebé mientras está con sus amigas?
Pero es que las necesitaba desesperadamente.
Como no hable de lo de Xander, al final, estallaré.
Vi alarga los brazos hacia Bea y, cuando la coge, yo me dejo caer aliviada.
—Gracias —susurro.
Aprovecho que ahora tengo ambas manos libres para darle un sorbo al vino.
—Venga, que sigo esperando una explicación —se queja Scottie, dándose impulso para sentarse con las piernas cruzadas en mi encimera.
—Soy madre soltera.
—¿¡No me digas!? —exclama fingiendo estar sorprendida. Le pongo los ojos en blanco y ella se ríe, señala por la ventana y musita—: Yo creo que eso ya no es un problema. Siguiente.
—Soy viuda. No hace ni un año que enterré a mi marido —añado y le doy otro trago al vino. El alcohol me ayudará a aunar el valor.
—El duelo o cómo decidas vivir tu vida no se ciñen a ningún cronograma —responde Scottie—. Y si a alguien no le parece bien, que venga y me lo diga a mí.
Violette asiente mientras sigue acunando a Bea con ambos brazos.
—El proceso de sanación no es lineal, Teddy. Habrá días buenos y habrá días en los que se te seguirá haciendo una montaña. Y parece que Xander quiere estar ahí para ti en ambos casos.
—Es bombero de élite —susurro y dejo que se me hundan un poco más los hombros.
Scottie y Vi se miran y luego vuelven a mirarme a mí.
—Ya. ¿Y? También lo son Cal y Rowan.
Hago un gesto con la mano y suelto un pesaroso suspiro.
—Pero vosotras sois muchísimo más fuertes que yo.
¿Cómo lo hacéis? ¿Cómo dejáis que se marchen a sabiendas de que van a enfrentarse a un incendio forestal?
A ver, que ya sé que Cal lleva siendo bombero de élite toda la vida, desde que yo era...
, no sé, adolescente. Pero esto es... Qué sé yo.
Me da la sensación de que es distinto. Me preocupo por Cal, pero no tiene nada que ver con cómo me preocupo ahora por Xander...
—Alterno la mirada entre mis amigas y se me hunden aún más los hombros—. ¿No os aterra?
—Claro que sí —contesta Vi en voz baja sin dejar de acunar a mi hija—.
Y el miedo que sientes por Cal será distinto al que sientas por Xander; eso, seguro.
—Se encoge de hombros—. Cada vez que mi padre se iba, me preocupaba por él.
Cuando se marchaba, me podía la obsesión: la primera noche que se iba, cenaba su comida favorita y le dejaba las zapatillas en un punto en concreto al lado de su cama. Pero siempre regresó.
Asiento e inhalo profundamente.
—Cuando Jacob se unió a la brigada, hice lo mismo.
Y murió —prosigue con delicadeza sin dejar de mover a Bea.
Baja la vista hacia mi hija y le apoya la mejilla en la cabecita.
Levanta la vista para mirarme a los ojos y añade en voz baja—: Ahí me di cuenta de que nunca podemos controlar del todo lo que va a pasar.
Lo único que podemos hacer es disfrutar del tiempo que estemos con ellos y esperar que regresen a casa, con nosotras.
Tengo que creer que Rowan siempre volverá.
No puedo permitirme pensar lo contrario porque, si no, me volvería loca.
Tengo los ojos llenos de lágrimas. Mecagüen...
—Pero es que yo ya me estoy volviendo loca y eso que no tenemos nada —susurro miserablemente—. Ya perdí al amor de mi vida y eso casi me mata. No quiero volver a pasar por lo mismo. ¿Y si no soy capaz de gestionarlo? ¿Y si no soy lo bastante fuerte?
—Solo para que lo sepas... —dice Vi meciendo a mi hija—: eres la mujer más fuerte que conozco, que no te quepa ninguna duda.
Perdiste a tu marido, diste a luz a tu hija en un parto domiciliario de emergencia sin medicamento ni nada, encima, y estás criando a tres niños maravillosos.
Estás haciéndolo todo sola y lo estás petando, Teddy. Eres la puta ama, hostia.
Río y me froto las lágrimas que se han ido acumulando en mis ojos y que amenazan con resbalarme por las mejillas.
—Teddy, si le dijera a tu hermano que dejara el curro, Cal dimitiría hoy mismo.
Pero enfrentarse a esos incendios le hace sentir vivo, y robarle eso sería como perder una parte de su ser.
Y a lo mejor es porque, a diferencia de ti, yo no he perdido a nadie, pero...
No podría hacerle eso. Sería muy injusto que le pidiera que dejara el trabajo para complacerme a mí —afirma Scottie con ternura.
Cojo una bocanada temblorosa de aire y pestañeo para deshacerme de más lágrimas—.
Cal es listo, confío en que volverá a casa cuando haya acabado.
La terapia ayuda. De hecho, los dos vamos a terapia por razones distintas.
No siempre lo hace más fácil, pero si no tienes forma de sacarlo todo, acabarás majara.
¿No ibas a terapia de duelo antes de que naciera Bea?
Asiento mientras Vi continúa acunando plácidamente a mi hija.
—Sí, iba. Pero intentar encontrar una niñera para poder ir hasta allí es una faena. A ver, que tampoco está tan lejos, pero entre que voy y vuelvo de Cedar Valley tengo unas buenas dos horas, dos horas y me...
—¡¡Mamááá!! —grita Penny, que viene corriendo desde su habitación con Hollie.
Grita tanto que Bea se pone a llorar desconsoladamente y monta un berrinche. Le cojo la bebé a Vi, me la acerco y la acuno en un intento por tranquilizarla. Tiene la carita arrugada. Está agotada. Ojalá se quedara dormida...
—Penny —suspiro y miro a mi hija de cuatro años, que tiene sus ojos marrones abiertos como platos—. Te he pedido que no grites de esta manera, y menos en casa...
Se abre la puerta principal, desvío la vista y veo a Xander entrando. Fija su intensa mirada en mí, Bea y una Penny arrepentida a mis pies. Xander se me acerca, mira un segundo a las otras dos mujeres y las saluda con un gesto de la cabeza.
Se pone en cuclillas delante de Penny, la gira hacia él y le guiña el ojo a Hollie.
—¿Por qué no venís afuera con nosotros? Estamos jugando a la pelota con Dalton y creo que sería aún más divertido si vosotras también vinierais. Seguro que al tío Cal le encantaría. ¿Qué os parece?
Penny se pone a saltar, risueña e ilusionada, y dice:
—¡Vamos, Hollie!
—¡Zapatos! —les digo en cuanto echan a correr hacia la puerta.
Se calzan y salen escopeteadas hacia el jardín, dejando a Xander atrás. Como la puerta está abierta, veo que Hollie se choca con las piernas de Rowan, que la levanta por encima de su cabeza. La niña se ríe.
Yo sigo acunando a Bea en brazos. Xander apoya las manos en las rodillas para levantarse, se endereza hasta quedar delante de mí y me veo obligada a levantar la vista para mirarlo. Noto los ojos de Vi y Scottie puestos en nosotros y me sonrojo.
—Deja que te ayude, mama —musita Xander en voz baja, alargando los brazos hacia la llorona de Bea.
Alterno la vista entre los ojos de Xander antes de asentir y dejar que la coja.