28. Xander
Xander
—¡A pencar, chavales! —le ordeno a mi brigada.
Los hay que asienten, los hay que responden con alguna que otra afirmación y los hay que simplemente responden con un: «¡Sí, sup!».
Estamos haciendo una quema cerca de un recinto histórico local para proteger el edificio.
De hecho, se trata de un granero que convirtieron en un museo y que está en ruinas; personalmente, creo que mejor estaría si acabase de arder en llamas.
Sin embargo, el Ayuntamiento lo declaró monumento histórico de Sky Ridge.
Entre la ola de calor que llevamos sufriendo desde julio y lo poco que ha llovido, nos han pedido que hagamos una quema controlada por el terreno limítrofe para evitar que los incendios lleguen hasta aquí (esto, en el caso de que llegase a haber algún incendio por la zona).
King y su cuadrilla están por el área oeste de la propiedad, cavando una línea. El cabrón está en su salsa porque puede orquestarlo usando una excavadora para despejar gran parte de los cardos mientras Cal y su equipo se bastan de las antorchas de goteo para la quema.
Es una tarea fácil y bastante mecánica. Las condiciones meteorológicas actuales son perfectas para este tipo de trabajo y así tenemos algo que hacer mientras no nos llaman para ir a controlar otro incendio.
Preferimos trabajar de noche porque nos permite ubicar mejor la posición de las llamas y, además, no nos freímos durante el día.
Tampoco es que ahora se esté mucho más fresco, pero, sin los rayos abrasadores del sol, resulta casi placentero.
Estaremos aquí hasta bien entrada la noche, joder; más bien dicho, hasta bien entrada la madrugada. Con algo de suerte, tal vez terminemos al alba. Aunque nos da igual a todos.
Echo de menos los días en los que podía trabajar con antorchas de goteo con Cal, codo con codo. Normalmente, yo estaría vigilando a mis cuadrillas de cerca, pero esta quema controlada es pan comido y, hoy, me toca centrarme en la exhaustiva tarea de cavar a mano.
Cualquier cosa con tal de intentar no pensar en Teddy y en la conversación que tuvimos la otra mañana. En cómo me abrí con ella como no lo había hecho nunca antes y menos con una mujer con las ideas claras que me diría que me fuera a tomar viento...
Solo que Teddy no lo hizo. No me apartó ni me rechazó como yo pensaba. No, esta mujer simplemente me devolvió el beso con ternura a lo que resultó no ser otra cosa que un mero roce de labios. Y, acto seguido, dijo:
—Creo que yo también estoy cansada de ponerle palos en las ruedas, Xander.
Sin embargo, antes de que nos diese tiempo a añadir nada más, empezamos a oír el llanto de Bea a través del vigilabebés que había dejado en mi mesita y, cuando la niña empezó a llorar con más ahínco, la luz del aparato pasó del verde al rojo.
Teddy saltó de mi regazo enseguida y se bajó los pantalones más roja que un tomate.
Joder, me encanta verla así de sonrojada cuando me mira o cuando me pilla mirándola, y estoy desesperado por volver a ver cómo se le tiñe el cuerpo de ese color sin que haya nada que nos separe.
Le tengo unas ganas voraces y me muero por que me dé más de ella.
Cogió la taza de café y el vigilabebés y yo dejé que se marchara, pero la seguí hacia la puerta y le pasé la mano por delante del cuello justo cuando intentaba escapar.
Y volví a besarla. Solo una vez. Solo otro beso más bien casto a su boca deliciosa y exquisita.
Y la promesa de que la vería más tarde. Teddy asintió.
Pasarme más de veinticuatro horas sin verla es casi una tortura. Y no me enorgullece demasiado tener que reconocer que pensar que tenía que alejarme de ella para venir a hacer esto... ha sido una puta mierda.
Los años pasan. Puede que siga en muy buena forma, pero debo confesar que mi cuerpo ya no es el que era.
No ha cambiado demasiado, pero yo sí noto la diferencia.
Me duelen las articulaciones, me despierto muchas mañanas con la espalda agarrotada, tengo más canas en el pelo y en la barba de las que me gustaría...
Y, joder, tras cuarenta y tres años, lo único que tengo es una casa que heredé con mobiliario antiguo de los ochenta y los noventa, unos mecanismos de defensa pésimos ante el dolor, y una profesión que me ha impedido disfrutar de una casa con jardín y una familia.
«Cosa que me daba igual», me recuerdo mientras paso la Pulaski por las hojas y los desechos y voy cavando una línea.
Tengo los músculos doloridos, lo cual resulta ser un alivio.
Me esmero aún más, metiéndome de lleno en el trabajo, y el sudor me empapa la frente y me resbala por las mejillas.
Nunca quise una familia. No la necesitaba.
No necesitaba nada aparte de esto, día sí y día también, y mi brigada.
Mis amigos, mis hermanos; la familia que encontré por el camino.
Me enderezo, exhalo y miro a mi alrededor. Esas llamas bajas se van esparciendo despacio, que es justo lo que queríamos. Quemar toda esta vegetación seca y muerta convertirá la fronda en tierra quemada, de modo que la zona quedará protegida y en primavera podrá volver a crecer todo.
Es una pasada ver cómo renace la tierra después de semejantes destrucciones; es realmente conmovedor, casi mágico.
He ido a sitios que fueron arrasados por incendios forestales años atrás y lo que he visto siempre me ha maravillado.
Frondas nuevas, árboles que crecían entre las cenizas, y una vegetación gruesa y saludable que renacía con más fuerza todavía tras una terrible devastación.
—Qué preciosidad —jadea Cal, acercándose a mí y con la antorcha de goteo colgándole al lado, con la llama extinguida.
Nos quedamos mirando a los chicos mientras trabajan y guían las llamas bajas por la colina donde King ha subido una bulldozer para excavar una línea que envolviese toda la propiedad a unos ochocientos metros de distancia.
Los tonos rojizos, anaranjados y amarillentos de las llamas brillan en la oscuridad. Digno de ver.
—Y que lo digas —concuerdo.
Nunca he visto nada más bonito que las llamas subiendo por una colina. Bueno, hasta ahora.
Hasta que conocí a Teddy.
Dios, qué ganas tengo de llegar a casa. De verla mañana.
Por primera vez en toda mi vida, temo despertarme solo.
Por primera vez en mis casi cuarenta y tres años, no hay nada que me apetezca más que despertarme al lado de una mujer después de haberme quedado dormido a su lado. No, no solo «una mujer». Mi mujer.
Mi puñetera mujer. Teddy. Quiero irme a dormir cada noche y despertarme cada maldita mañana a su lado.
Puede que todavía no sea mía, pero estoy dispuesto a hacer lo que haga falta con tal de que acabe siéndolo.
Le doy una palmada en el hombro a Cal y le sonrío.
—Vamos a quemar la mierda esta e irnos a casa.
—Bien dicho, coño —suelta él con una risa baja.
Y nos ponemos a cavar una línea. Porque yo tengo que estar en casa por la mañana.