Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 27. Teddy
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27. Teddy

Teddy

¿Me explicas por qué ayudé a meter en la cama a un Xander muy borracho cuando Cal lo trajo a casa anoche?

Vi: Eh... Prefiero no responder

Cómo no

Vi: Espera. Yo los envié a casa pasadas las dos. ¿Qué hacías tú despierta a esas horas?

Oí el sonido de una camioneta que no ubicaba en la entrada. Estaba volviendo a dormir a Bea después de darle la toma que le toca a medianoche. Me levanté para comprobar quién era y vi que Cal intentaba bajar a Xander de la camioneta y lo arrastraba por la acera.

Vi: Ufff. Un poco mal sí que lo vi hacia el final de la noche. Fue como si hubiese estado fustigándose que flipas. Creo que nunca le había servido tantas copas.

Que el hombre casi no podía ni caminar, Vi. Parecía atormentado. No lo había visto nunca tan... no sé, ¿taciturno?

Vi: Bueno, es lo que tiene darte cuenta de que la liaste cuando podrías haber tenido algo maravilloso con una mujer increíble. Según Rowan, lleva toda la semana fatal y con un humor de perros.

¿Crees que soy increíble? Oooooh, ¿quieres casarte conmigo?

Vi: Es que no eres del todo mi tipo, cielo.

Vaya. Normal. Es porque no tengo pene, ¿a que sí? Puedo ponerme un arnés, si te va más.

Vi: Mujer, que acabo de escupir el café y me he manchado entera. Ahora tengo que cambiarme antes del turno.

O sea, ¿que no es un no...?

Vi: *Selfi de Violette vestida con el uniforme de enfermera manchado de café y la frente arrugada*

Vi: Estás fatal. Pasas demasiado tiempo conmigo y con Scottie. Te estamos corrompiendo.

Sí, pero me queréis igual. Bien que acabas de decirme que soy increíble.

Vi: Oye, chiflada, que tengo que trabajar. Ve a ver cómo está el resacoso y atormentado buenorro que tienes por vecino.

*GIF de un soldado haciendo el saludo militar*

Vale. Voy. Deséame suerte.

Vi: No necesitas suerte. Ya tienes tetas, que es todavía mejor.

Salgo del chat y sacudo la cabeza. De pie al lado del fregadero de la cocina, le doy otro largo sorbo al café. Dalton y Penny están en la escuela, así que esta mañana nos hemos quedado solas Bea y yo. Como se ha despertado supertemprano, ahora está en la cuna, durmiendo su siesta matutina.

Cojo una profunda bocanada de aire para tranquilizarme, sirvo una segunda taza de café y me meto el vigilabebés en el bolsillo trasero de mis shorts deshilachados.

Llevo una camiseta holgada con un cuello en V que me deja buena parte del escote al descubierto.

Salgo por la puerta delantera, echo a andar hacia el dúplex de Xander, vuelvo a inhalar y levanto la mano para llamar discretamente a la puerta.

Al cabo de treinta segundos, justo cuando empiezo a cuestionarme si debería haber venido mientras espero a que abra, aparece Xander.

Me quedo literalmente boquiabierta. Soy plenamente consciente de cómo lo estoy mirando, pero no consigo reaccionar.

Lleva una toalla atada alrededor de la cintura, con el torso y toda la mitad superior del cuerpo dichosa y maravillosamente desnudos.

El agua le resbala por su pecho ancho, recorriéndole los abdominales.

Tiene el pelo mojado y se le pegan algunos mechones a los laterales de la cara y al cuello, aunque se ha afeitado un poco la barba.

—Hey —me saluda.

Sus ojos me aturden más aún que ver su cuerpo desnudo y húmedo.

—Hey —respondo avergonzada al oír la voz aguda y chirriante que me ha salido.

«Diosmiodemivida, ¿estoy babeando?». Cierro la boca en el acto y le paso la taza de café con ímpetu, a pesar de que suavizo el movimiento un poco para no verter el líquido—.

Que, eh... Quería ver cómo estabas. Y traerte café. Toma.

—Gracias —murmura.

Cuando oigo su voz grave, el estómago me da un vuelco descomunal. Acepta la taza de café y, al hacerlo, sus dedos rozan los míos. Una descarga eléctrica me sube por los brazos y me va directa al corazón. Me acerco la otra taza a los labios para ocupar mis manos temblorosas con algo.

—Y, eh... Gracias por lo de anoche —añade—. Lo siento. No suelo beber tanto.

—No tienes que disculparte —susurro y trago saliva con fuerza—. No es para tanto.

—Bueno, pero sí tengo que disculparme por lo que te dije antes —contesta en voz baja, con los ojos tristes y arrugando la frente.

—Déjalo, por favor. —He aquí todo cuanto logro decir mientras cojo mi taza con firmeza—. Lo entiendo. No hace falta que me expliques...

—Sí hace falta —insiste, recorriéndome el rostro con la mirada como si estuviese intentando memorizarlo. Como si me hubiese echado de menos—. Teddy... Joder. —Baja la vista para mirarse y se le escapa una delicada risa llena de autodesprecio—. Deja que me cambie y... ¿hablamos? ¿Por favor?

Debe de encantarme eso de flagelarme, porque me encuentro asintiendo despacio. Acto seguido, la traicionera de mi boca se abre y respondo:

—Vale.

—Genial —dice Xander suspirando, como si acabase de quitarse un peso de encima. Se le ilumina el rostro y su sonrisa blanca e increíble acaba de alterarme aún más—. Dame..., no sé, tres minutos. ¿Quieres entrar? ¿Tienes a Bea durmiendo?

—Eh... Claro —musito—. Sí, está durmiendo. Tengo el vigilabebés en el bolsillo, por si acaso.

Xander da un paso al lado para que yo atraviese el umbral y luego cierra la puerta.

Echa a andar delante de mí y no puedo evitar mirarle esa espalda amplia y morena y la forma en que se le mueven y contraen los músculos con cada movimiento.

O en la firme curva de su culo bajo la toalla.

Va descalzo y me río discretamente al ver que ha dejado un rastro de agua por el pasillo cuando ha venido a abrir la puerta.

—Lo siento, no quería interrumpirte la ducha. Ni siquiera sabía si te habrías despertado ya.

—Me he despertado con una resaca de tres pares de cojones.

—Ríe por lo bajo y girando la cara por encima del hombro.

Se detiene en la isla de la cocina y le da un sorbo al café.

Murmura por lo bajo en señal de aprobación—.

Gracias. Por esto y por el agua con el paracetamol de anoche. Me vino genial.

Me acerco la taza a los labios y bebo un poco mientras él rodea la encimera.

—Ahora vuelvo —anuncia en voz baja.

Asiento. Xander desaparece por el pasillo, se mete en su cuarto y cierra la puerta.

Con la taza entre las manos, me paseo por su salón, a pesar de que no hay mucho que observar.

Tiene unas cuantas fotos en la pared en las que aparecen los que supongo que serán sus hermanos, su madre y su padre, pero nada más.

La casa está limpia y ordenada, pero también...

vacía. Y ahí es cuando vuelvo a acordarme de que Xander casi nunca está por aquí.

La puerta que hay al final del pasillo se abre y Xander aparece con unos vaqueros y una camiseta negra que se le ciñe a los hombros y a los bíceps; le queda como un guante.

La tela se le tensa alrededor del pectoral y se me seca la boca.

Está pasándose la toalla por el pelo mojado con una sola mano, dejándoselo despeinado y enmarañado.

Dios, ahora tengo ganas de tocárselo con los dedos.

Al acercarse a mí, deja la toalla en el respaldo de una de las sillas de la mesa del salón. Coge su taza de café y le da otro sorbo.

—Gracias por el café, en serio.

Asiento y Xander señala el sofá para que me siente.

—¿Me acompañas? —sugiere.

Qué peligro. Sentarnos en el sofá tiene un toque muchísimo más íntimo que sentarnos en la mesa porque, en ese caso, tendríamos un mueble entre los dos. Ya sabemos que, cuando Xander está cerca, soy incapaz de controlar mis manos.

¿Sentarme con él en el sofá?

Es peligroso. Muy peligroso.

Me guía hacia allí, me saco el vigilabebés del bolsillo y lo dejo en la mesita que tiene delante del sofá y que parece sacada de los años noventa.

De hecho, casi todos sus muebles y la poca decoración que tiene parecen anticuados, como si nunca se hubiese tomado la molestia de modernizar nada cuando se vino a vivir aquí después de que falleciera su padre.

Se sienta en la punta del sofá, separa las piernas y descansa el brazo en el respaldo. Yo me coloco en la otra punta, me siento sobre una pierna, me apoyo la taza en el regazo y la envuelvo con ambas manos.

—¿Cómo estás? —se interesa, rompiendo el silencio.

Le doy otro sorbo al café y encojo un hombro algo cohibida.

—Bien —logro decir con un hilo de voz.

Desvío la vista hacia sus ojos un breve segundo y se la aparto de inmediato.

Lo de anoche me dejó tocada. Pero muy tocada.

Joder, la semana pasada entera me dejó tocada, más de lo que me gustaría reconocer.

Tanto toma y daca, tanto tira y afloja me resulta agotador y confuso de narices.

Pero la forma en la que me acercó a él anoche, como si no quisiera soltarme nunca...

, como si él necesitara estar así tanto como yo...

, me afectó un poco a nivel emocional. Me abrió el corazón de golpe y, jolín, esa pequeña fisura no para de agrandarse y volver a dejar espacio para Xander.

—¿Tú? —le pregunto.

Encoge un hombro y se acerca el café a la boca. Me estudia de cerca. Tan de cerca y con tanta intensidad que me pongo nerviosa.

—Teddy...

Dios, pero es que la forma en la que pronuncia mi nombre... Es como un bálsamo para mis nervios y como una corriente eléctrica para mi cuerpo, todo a la vez.

—No hace falta que digas nada, de verdad —susurro y bajo la vista hacia el café que tengo entre las manos—. Lo entiendo, Xander.

Él deja su taza, estira el brazo hacia donde estoy yo y me quita también la mía. Me quedo mirando, con los ojos bien abiertos, cómo la deja en la mesita que tenemos delante antes de envolverme con los brazos y acercarme a él.

Noto uno de sus brazos fuertes y musculados alrededor del culo y, el otro, en la espalda.

Me coloca encima de su regazo hasta que quedo sentada a horcajadas encima de él, con una rodilla a cada lado de su cadera.

Tengo las espinillas pegadas al cojín del sofá sobre el que estamos sentados y con los muslos separados encima de los suyos.

Cuando se me suben los shorts por la parte interna del muslo, me sonrojo.