Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 26. Xander
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26. Xander

Xander

—Venga, maldito grandullón —musita Cal pasándose mi brazo por el cuello y bajándome del asiento de copiloto de su camioneta—. Hora de irse a la cama.

Muevo los pies por el camino oscuro que da a mi parte del dúplex, aunque lo hago con unos pasos erráticos e inestables.

Joder, hacía años que no me emborrachaba tanto.

Desde que murió mi padre, seguramente. Fue una noche dura.

Puede que la de hoy también lo sea. Qué mal lo pasaré por la mañana.

Las resacas ya no son lo que eran cuando tenía veinte años.

— Grrracias por traerme —oigo que le digo.

Me noto los labios resecos y me los humedezco.

—No hay de qué, capullo —vuelve a musitar, guiándome hacia mi puerta.

Está a oscuras. Mi casa está a oscuras y no quiero entrar porque está vacía de cojones y me siento terriblemente solo.

Quiero irme a casa de Teddy.

Quiero verla. Quiero ver la luz que desprende cuando sonríe. Quiero abrazarla. Joder, la echo de menos. Y no tengo derecho alguno a hacerlo. Bajo la cabeza hasta casi rozarme el pecho con la barbilla.

—Ay, Dios. ¿Está bien?

Al oír su voz, levanto la cabeza de golpe.

Ha encendido la luz del porche y está de pie, envuelta por ese halo de luz mientras echa a andar por el caminito de su dúplex.

Va descalza. ¿Por qué siempre va descalza, hostia?

¿No sabe lo jodidamente peligroso que es salir sin zapatos por la noche?

Y ya vuelve a ir con ese maldito albornoz.

Está agarrándoselo con fuerza y envolviéndose su cuerpo generoso con los brazos; un cuerpo que se ha colado en todos mis pensamientos cuando estoy despierto y en todos mis sueños al dormir.

Lleva su cabellera dorada recogida en un moño alto despeinado y unos cuantos mechones sueltos le envuelven esa cara que tanto he echado de menos. Está guapísima.

—Sí, está bien —responde Cal riendo por lo bajo mientras hace ademán de seguir guiándome hacia casa. Como yo no quiero, me planto justo antes de poder seguir andando para mirarla un poco más—. Aunque mañana por la mañana estará en la mierda.

—¿Está borracho? —pregunta Teddy, acercándose a nosotros.

Hablan de mí como si yo no estuviese aquí, joder. Como si no los oyera.

—Borracho, dice —ríe él entonces, dándome un apretón en las costillas para intentar que vuelva a moverme—. Va como una puta cuba.

Pero yo sigo sin mover los pies ni apartarle la vista a Teddy, que se nos acerca más.

La luz que se colaba por su puerta deja de iluminarle la silueta y, ahora, la envuelve la sombra en la que nos encontramos.

Ladea sutilmente la cabeza, como si estuviese estudiándome, y luego me coge por el otro lado y me pasa otro brazo por la cintura.

Y, de pronto, estoy en casa.

Muevo un poco la cabeza para apoyarla en la suya y noto cómo inhala con fuerza a mi lado.

—Venga, sigamos andando —masculla Cal, obligándome a entrar en acción otra vez—. ¿Llaves?

—Bolsillo izquierdo —susurro con la boca seca.

Cal rebusca en mi bolsillo y se oye el repiqueteo de las llaves de la camioneta y las de mi casa. Abre la puerta y cruzamos la entrada ensombrecida. Teddy le da a un interruptor y se encienden las luces del salón que, a su vez, también iluminan el pasillo.

—Ya lo entro yo —dice Cal; su hermana asiente y me aparta el brazo de la espalda.

No puedo evitarlo. Estiro la mano y le cojo la suya.

Cuando ella entrelaza los dedos con los míos y me da un apretón, me cuesta menos respirar.

Teddy nos acompaña pasillo abajo hasta mi cuarto.

Dios, ojalá no estuviese tan borracho ahora mismo.

Quiero decirle un montón de cosas. Quiero disculparme por un montón de cosas.

Decirle que soy un idiota y que lo que le dije no iba en serio.

Que me da todo igual. Que quiero estar con ella.

Que quiero estar con ella todo lo que me permita; con ella y con sus hijos.

Pero mi boca se mantiene firmemente cerrada; es como si el cerebro y la boca hubiesen perdido la conexión por culpa de mi sistema neuronal.

—Mañana tendrás que cambiar las sábanas, que todavía no te has duchado —se queja Cal al llegar a mi habitación.

Me deja en la cama y estira el brazo para encender la lamparita pequeña y tenue que tengo al lado.

Entro en pánico un segundo porque Teddy verá mi habitación, mi cama, por primera vez.

La lamparita arroja un delicado rayo de luz al suelo y a la cama.

Entre que no tengo demasiadas cosas y que soy un obseso de la limpieza, la habitación está ordenada y la cama, hecha, aunque gran parte de las superficies estén recubiertas por una capa sutil de polvo.

—Y no seré yo quien te meta en la ducha —sentencia Cal.

—No pasa nada —logro farfullar, hundiéndome en el borde de la cama.

Vuelvo a mirar a Teddy a la cara. Es tan guapa que duele, leches.

Cal se arrodilla y me desata las botas para quitarme primero una y luego la otra y las deja a un lado. Sé que debería avergonzarme que Teddy me vea así, pero, por lo visto, mi cerebro es incapaz de centrarse en nada que no sea el hecho de que esté aquí. Mirándome.

—Enseguida vuelvo —anuncia con delicadeza antes de desaparecer por la puerta.

Cal gira la cara hacia ella y asiente.

—¿Te dejo los pantalones o te los quito?

—Quítalos.

Consigo bajarme los pantalones de Nomex por las piernas, me quito la camiseta interior negra por la cabeza como buenamente puedo y lo tiro todo en la esquina donde tengo el cesto de la ropa sucia.

No acierto, pero me da igual porque Teddy reaparece con un buen vaso de agua y un comprimido de paracetamol en la mano.

Estoy sentado en el borde de la cama, completamente desnudo a excepción del bóxer, pero ella me mira única y fijamente a los ojos mientras se me acerca y me tiende la mano.

Pongo la palma y Teddy me deja la pastilla antes de pasarme el vaso.

Me trago el paracetamol y me tomo la mitad del agua del tirón.

—Si al borracho de turno le parece bien, voy a irme a casa con mi chica —anuncia Cal desde la puerta. Asiento y él golpea el marco con sutileza—. Menos mal que te quiero, tío. —Desvía la vista hacia su hermana, que sigue de espaldas a él, y le pregunta—: Ted, ¿te acompaño a casa?

Ella gira la cabeza para mirarlo y yo me quedo maravillado al ver cómo sonríe con discreción.

—No te preocupes. Gracias, Cal —responde ella.

Cal se la queda mirando un segundo y luego desvía la vista hacia mí.

Mantiene una expresión casi neutra, pero no me pasa desapercibida ni la forma en la que aprieta los labios ni la preocupación que le inunda los ojos.

Acto seguido, suspira, asiente, se marcha despacio de mi habitación y nos deja solos.

Teddy se gira hacia mí y, como yo sigo con la cabeza nublada y soy incapaz de articular nada de forma coherente, me limito a alargar la mano y cogerle la tira del cinturón del albornoz que lleva atada a la cintura para acercarla un poco a mí.

Teddy no se resiste. Se me acerca hasta quedar entre mis rodillas. Igual que hace una semana, antes de que yo la cagase estrepitosamente.

Sigo con las manos sucias y llenas de hollín (voy a tener que frotarme bien las uñas), y mis dedos contrastan con la suave y limpia tira del albornoz. Bajo la cabeza hasta apoyarle la frente en el esternón y cierro los ojos mientras inhalo su aroma.

Teddy me coge el vaso de agua y lo deja en la mesita de noche antes de envolverme la cabeza con ambas manos.

Exhalo y trago saliva con fuerza porque, al tenerla tan cerca, noto un nudo de emociones en la garganta.

Le suelto el cinturón del albornoz, le paso las manos por las caderas y se las bajo por la parte externa de los muslos.

Y, entonces, le envuelvo las caderas con los brazos para mantenerla cerca de mí, como si fuera mi salvavidas personal.

Cuando apoya la mejilla en mi cabeza, inhalo tembloroso.

Nos quedamos así un buen rato, aunque tal vez solo se lo parezca al ebrio de mi cerebro.

—Tengo que irme a casa, Xander —susurra en voz baja, con ternura.

Ha ido acariciándome el pelo, demasiado largo, a la altura de la nuca. Me acurruco contra su tacto porque no quiero que me suelte. No quiero soltarla.

Quiero decirle tantas cosas... Tengo que decirle tantas cosas... No quiero que se vaya, aunque sé que tiene que irse. Ha dejado a los niños solos en casa, durmiendo, y ha venido aquí a cuidarme porque voy borracho.

Dios, si es que soy patético.

Cojo una profunda bocanada de aire para serenarme e inhalo su aroma. Ojalá pudiese quedarme a vivir en su aroma para siempre. Aun así, asiento, le aparto los brazos de las caderas y levanto la cabeza de la almohada que formaban sus pechos.

—Vete a dormir —susurra con ternura.

Me pasa los dedos por el pelo (que sé que llevo sucio, lleno de polvo y, seguramente, también de mugre) y vuelvo a asentir, alternando la mirada entre sus ojos grises.

Ahora, bajo esta tenue luz, parecen plateados, y las pecas que le cubren el puente de la nariz se le marcan más con el centelleo de la lámpara que tenemos al lado.

En ese preciso instante, Teddy me sorprende bajando la cara para darme un beso lento y tierno en la frente.

Me coge la cara con ambas manos y noto cómo me roza la barba (que llevo más larga que de costumbre) a la altura de las mejillas y la mandíbula con las uñas.

Es una maravilla y una tortura a la vez.

Me roza la frente con los labios al exhalar con dulzura y a mí me da la impresión de que casi me lo he imaginado.

—Buenas noches, Xander.

Estira el brazo y apaga la lámpara que tengo en la mesita de noche, dejando que la oscuridad nos envuelva a ambos antes de alejarse, salir de mi cuarto y desaparecer pasillo abajo.

Trago saliva con fuerza justo cuando ella vuelve a apagar la luz del salón y, luego, oigo el delicado clic de mi puerta delantera al cerrarse.