24. Teddy
Teddy
—Venga ya. ¿Cómo que te dijo eso?
Asiento miserablemente acurrucada en una punta del sofá y le doy un buen sorbo al café. Vi, que está sentada con las piernas cruzadas a lo indio en la punta opuesta, se me queda mirando boquiabierta.
—¿Y te lo dijo justo después de besarte como si no hubiese un mañana? —pregunta acercándose la copa de vino a los labios. Refunfuño y echo la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el respaldo del sofá—. Menudo capullo.
Río por la nariz y cierro los ojos. «Eso mismo pienso yo».
—Sí. Y yo soy una idiota de manual por haber dejado que ocurriera.
Estaba prácticamente rogándole, Vi. —Hundo la cara en la mano que me queda libre y me froto ambos lados de la sien con el pulgar y el dedo corazón.
La vergüenza me puede y soy incapaz de mirar a mi amiga a la cara mientras le confieso mis secretos más sucios—.
A ver, que sé que me agobié de golpe y dije que no estaba preparada para nada, pero, jolín, es que es tan majo...
que me engañé a mí misma pensando que si lo intentaba, tal vez...
—La idiota no eres tú; lo es él —señala marcando bien la última palabra—. Y si tan majo fuera no haría algo así —musita con tono lúgubre y reacomodándose en el sofá.
Sacude la cabeza y, con los labios pegados a la copa, farfulla:
—Los tíos y sus estúpidos penes... Menuda panda de idiotas.
Río con la taza de café también pegada a los labios.
Hollie y Penny están en la habitación de mi hija jugando con las Barbies, Dalton está en su cuarto jugando a un videojuego y Bea está descansando felizmente en la mecedora que tiene en el suelo, a nuestro lado.
Hoy hemos tenido que cambiar los planes para que las niñas jugaran a media mañana debido a unas lluvias torrenciales (y Dios mío si nos hacía falta), así que hemos decidido quedarnos en casa y beber algo: vino para Vi y café para mí, así podré darle el pecho a Bea por la noche.
Scottie está trabajando, pero hemos quedado en que tomaremos un café mañana por la mañana.
Los chicos llevan fuera desde el sábado porque les ha tocado ir a enfrentarse a otro incendio. Según Vi, esta vez era en Montana y lo provocó un relámpago. Las noticias lo cubren más bien poco y de forma generalizada, pero parece que las brigadas que hay sobre el terreno lo tienen bien controlado.
Aunque no es que haya estado pendiente de las noticias por nada en particular, eh. Solo para ir viendo cómo está mi hermano, por supuesto.
No, no he estado echándole alguna que otra ojeada de refilón a la tele en ningún momento cuando aparece alguien de pelo oscuro y ojos azul claro en pantalla.
—Has dicho que te agobiaste —señala Vi, girándose para quedar sentada completamente de cara a mí, sobre el sofá.
Me giro hacia ella y asiento. Me arden las mejillas. No me enorgullezco de lo que ocurrió. Entré en pánico. Y me privé de lo que tenía pinta de haber sido un orgasmo espléndido. Sigo enfadada conmigo misma por eso.
Bajo la vista hacia la mano que tengo apoyada en el muslo y separo bien los dedos. Lo que dije iba en serio.
—Sé que tengo que quitármelo —susurro—. Pero es que entonces será tan definitivo, Vi... Es como si quitarme el anillo lo hiciera todo más real. Como si me confirmara que no volverá a casa, y entonces a mí me tocará hacer lo que más me asusta: seguir adelante.
—Pero es que esto no va a cambiar, te lo quites o no —argumenta ella en voz baja y con dulzura.
Vuelvo a asentir—. Lo peor de tener que llorar a alguien que ha muerto es esto: aprender a aceptar la cruda realidad.
Da igual que deseemos con todas nuestras fuerzas que la cosa fuese distinta, porque no lo es.
—Ya lo sé... —respondo con un hilo de voz casi inaudible. Entonces me acuerdo de lo que dijo Xander esa noche—. Xander me comentó que había trabajado con tu hermano.
Violette asiente y esboza una sonrisa sutil.
—Así es. Rowan y Jacob eran uña y carne —dice entrelazando el dedo corazón por encima del índice— y lo hacían todo juntos.
Puede que Jacob fuera mi mellizo, pero con Rowan eran como almas gemelas o algo así.
Mi padre fue bombero forestal durante muchos años, y Jacob y Rowan siempre decían que se unirían juntos a la brigada.
De hecho, conozco a Xander por eso. Su padre fue superintendente y mi padre fue jefe de cuadrilla.
Nuestros padres, Xander, mi hermano, Rowan, tu hermano...
Hubo una época en la que estuvieron todos en la misma brigada.
—Asiento, y ella mueve un poco la copa de vino—.
A Rowan no le gusta hablar del tema, y a mí me pasó lo mismo durante mucho tiempo.
Los llamaron para que fueran a controlar un incendio en el Monte Adams. Jacob subió a una cordillera para ver cómo iba la línea que habían cavado y cayó en un cenicero.
Tuvo complicaciones con las quemaduras y murió más tarde.
Se me llenan los ojos de lágrimas y se me nubla la vista. Estiro el brazo y le doy un apretón en la rodilla.
—Lo siento muchísimo, Vi.
Asiente y se seca las lágrimas que le resbalan por las mejillas.
—Pensé que, si esperaba el tiempo suficiente, si lo deseaba con todas mis fuerzas, Jacob volvería.
Que regresaría a casa y conocería a Hols o que saldrían a liarla con Rowan.
Que se plantaría aquí solo para tocarme las narices y darme un fuerte achuchón de los suyos.
—Río y ella sonríe—. Solo tú sabrás cuándo es hora de quitarte ese anillo —prosigue con ternura—.
Es un paso muy importante. No te metas prisa...
, pero tampoco tengas miedo de soltarlo.
No vaya a ser que te pierdas algo maravilloso.
Río por la nariz.
—Espero que no estés hablando de Xander.
—No. A Xander, que lo follen —farfulla. Acto seguido, suelta una risotada y me guiña un ojo—. Aunque también puedes follártelo tú, si te apetece. Así disfrutas un poco. No seré yo quien te juzgue...
—Veeenga ya... —Río y sacudo la cabeza. Arrugo la nariz y musito—: Ni de broma. Me dejó más claro que el agua que no soy el tipo de mujer que quiere. Que «no se lía con madres solteras».
—Bueno, pues es idiota. Y pienso decírselo —sentencia Vi, estirando el brazo para coger la botella de vino que hay en la mesita de café y rellenarse la copa.
Ahora que lo hemos hablado, ya me siento un poco mejor.
A pesar de que siga tocándome un montón los cojones.
Al principio me dolió. Luego me cabreó. Luego me cabreó completamente.
A lo largo de la última semana, he ido experimentando tantas emociones que ahora ya no sé ni cómo me siento.
Traicionada. Dolida. Iracunda. Decepcionada.
Avergonzada. Culpable. Llevo rayada con el tema desde que pasó y he dejado que se me vaya carcomiendo hasta que, al final, es como si tuviese brasas en el pecho.
De modo que necesitaba esto. Necesitaba que alguien me dijera que mis sentimientos son válidos.
De todos modos, creo que lo que más me jode es la apabullante humillación que siento de la nada.
Por cómo me lancé descaradamente a ese hombre; montándolo, casi, y frotándome con ganas contra su erección como si fuera una fresca descarada y una necesitada.
Si es que fui rogando, literalmente. Y mira cómo he acabado.
Llegando al maldito límite para luego recordar por qué es una pésima idea que vuelva a salir con alguien. Porque me quedé viuda y soy madre soltera.
Y nadie quiere estar con una viuda con tres hijos.
Y menos el maldito Xander Macomb.
Eso me lo dejó más claro que el agua. Y dolió. Suspiro y le doy otro buen sorbo al café mientras noto otra punzada en el pecho, cortesía de la humillación de esa noche.