Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 23. Xander
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23. Xander

Xander

Soltar a Teddy y dejar que se alejara de mí puede que sea una de las cosas más dolorosas que he tenido que soportar en la vida.

Al menos, hasta que levanta la vista para mirarme con esos malditos ojos de color gris plateado que dejan entrever lo muy traicionada que se siente. Y, entonces, me siento aún peor, joder. El ruido que se le escapa, una pesarosa y decepcionada risa, me parte el corazón en dos.

—Increíble —susurra a la vez que levanta las manos para secarse las lágrimas que le resbalan por las mejillas, enfadada—. La próxima vez igual deberías empezar por aquí. —Sacude la cabeza, se aleja de mí y musita con amargura—: Cabrón.

—Teddy...

—Vete a la puta mierda —suelta con la cara girada por encima del hombro mientras desaparece por el otro lado del tabique.

Yo me quedo ahí, de pie, escuchando cómo abre la puerta corredera y vuelve a cerrarla.

Y luego oigo cómo cierra también la puerta de cristal, más pesada.

El clic del cerrojo cuando lo pasa. Es un sonido silencioso, pero oigo el eco mentalmente como si de un pistoletazo se tratara.

El hecho de que haya corrido el pestillo va mucho más allá de la sencillez del gesto.

Significa que ha cerrado la puerta a lo que podría haber sido; la ha cerrado con llave y luego la ha tirado.

A lo que jamás me voy a permitir tener. Porque, a pesar de que ahora Teddy no lo vea, también es lo mejor para ella.

Después me veo aquí de pie, en medio del silencio.

Un pesado y desgarrador silencio.

El fuerte sonido de la alarma se dispara a mi lado y me despierto de un sobresalto.

Miro hacia arriba a través de las ramas de los árboles y veo las estrellas ensombrecidas por el pesado humo que permea la zona.

Oigo al resto de la brigada empezando a despertarse a mi alrededor.

Aquí enseguida dan las cuatro de la madrugada.

El asqueroso café instantáneo ya se está haciendo y nos zampamos la comida precocinada desde los envases mismos antes de ponernos la equipación.

La mitad de la brigada se va con King, y la otra mitad, con Cal.

Asiento a ambos mientras guían a sus cuadrillas entre la oscuridad con los frontales en los cascos.

Subo a una cordillera cercana para llegar al punto de observación más alto que encuentro.

Debería estar centrado en este puto incendio, pero no es el caso.

No hago más que revivir ese momento con Teddy desde hace una semana.

Cuando le solté esa puta bomba a lo mejor que me ha pasado en... , bueno, seguramente, en toda mi vida.

¿Qué derecho tengo a pedirle a una mujer así que se siente a esperarme mientras yo voy y me paso ocho meses al año arriesgando la vida controlando incendios? Ninguno. Yo no tengo cabida en la vida de una mujer como Teddy Hansen. O en la de sus hijos. No me merezco a una mujer como ella.

Atravieso este oscuro bosque con los dientes apretados hasta que me duele la mandíbula. No, Teddy se merece a alguien muchísimo mejor que yo. A alguien que esté ahí para ella. Algo que yo no puedo hacer. Ahora no. Seguramente, nunca pueda.

Me llamaron para que viniéramos a enfrentarnos a este incendio a la tarde siguiente.

No fui lo bastante valiente para atreverme a salir fuera, donde oí a Kent y Colleen metiéndolo todo en el coche para regresar a su casa.

La vergüenza y la culpabilidad echaron un pulso en mi interior para ver qué emoción predominaría bajo mi caja torácica.

Cogí la bolsa y esperé a que Teddy y los niños hubiesen vuelto a entrar después de que Kent y Colleen arrancaran.

Pero Teddy salió por la puerta delantera de su casa en el mismo instante que yo. Cruzamos miradas. Yo solo quería acercarme a ella, pero no lo hice. Sabía que no podía. No después de lo que le había dicho la noche anterior.

No cuando ella me apartó la mirada de inmediato y se giró como si yo no existiera.

De modo que me subí a la camioneta y me largué. De eso hace una semana. Y desde entonces, no he hecho más que pensar en ella. En que la cagué de forma descomunal.

Aunque voy recordándome que es lo mejor. Al final, Teddy pasará página y algún día volverá a estar preparada para salir con alguien, y yo me echaré a un lado y dejaré que lo haga.

Si soy sincero conmigo mismo, creo que no hay hombre en el mundo que se merezca a la mujer que es Teddy Hansen. El tipo tendría que ser un santo de manual para merecer todo lo que tiene ella por ofrecer. Para merecer tener a esos niños en su vida.

Le doy una patada a un tronco chamuscado al pasar porque sí.

Llevo toda la semana siendo un bruto cruel, una pésima compañía, y me he limitado a comunicarme a base de gruñidos y rugidos.

Incluso Cal, a quien suele darle igual mi humor, me ha dado espacio.

No tengo claro si es por mi humor de perros o porque está cabreado conmigo.

Aunque, si lo está, tampoco lo culpo. Me dijo que fuera cuidadoso con su hermana, y con razón. Y voy yo y le hago daño a Teddy a propósito, intencionadamente. Para ser sincero diré que me sorprende un poco que Cal no me haya hostiado todavía. Me lo he ganado a pulso.

Gracias a Dios, ya casi tenemos este puñetero incendio controlado.

Es relativamente pequeño y está propagándose despacio, porque el clima ha jugado a nuestro favor.

Las cenizas que cubren el cielo y caen a nuestro alrededor se han quedado estancadas porque no hay tanto viento como para transportarlas a otra parte.

Cosa que, a mí, me viene bien. Porque esto significa que, si no sopla demasiado viento, las ascuas no llegan a la fronda que rodea la zona que hemos aislado.

Con un poco de suerte, esta noche nos marcharemos a casa. Aunque debo reconocer que ahora, cuando pienso en volver a casa, no estoy tan ilusionado como la última vez.

Porque ahora Teddy seguramente me odia.