Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 22. Teddy #3
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22. Teddy #3

Me aparta el pelo de la cara de nuevo, me sonríe con ternura y el corazón vuelve a darme otro vuelco.

—Es muy posible. Pensé que eras lo más hermoso que había visto en toda mi vida.

Sacudo la cabeza, maravillada ante sus palabras.

—Pero estaba...

—Casada. Ya lo sé —susurra y me busca la mirada con los ojos. Me arden las mejillas y evito bajar la vista hacia la alianza plateada que aún llevo en el dedo—. Tenías el pelo más largo y no te lo rizabas como ahora. Y llevabas otras gafas.

Trago saliva con fuerza y me lo quedo mirando. A ver, que yo también me fijé en él y casi me quedé estupefacta de lo atractivo que era. Incluso, a pesar de estar felizmente casada, cuando lo veía con Cal, siempre me resultaba imposible no fijarme en él.

—Aunque estuvieras casada o embarazada con los hijos de otro hombre, yo seguía deseándote. Y, joder, me odiaba a mí mismo por ello —dice con la voz rasposa y rota. Cojo una dificultosa bocanada de aire cargada de emoción—. Llevas años acaparando todos mis pensamientos, Teddy.

Me da vueltas la cabeza. Es demasiado para asimilarlo todo; para procesarlo.

Años. Lleva años fijándose en mí. Le subo los dedos por los laterales del cuello, con delicadeza, rozándole la piel solo con las uñas.

Se le empiezan a mover los párpados y suelta un gruñido bajo y gutural a la vez que se le pone la piel de gallina.

—Yo también pienso mucho en ti.

—¿Ah, sí? —pregunta, ladeando la cabeza para acariciarme la parte inferior de la barbilla con la boca.

Noto que se le dibuja una sonrisa sutil en los labios, pegados a mi piel.

Echo la cabeza un poco hacia atrás para darle mejor acceso, y ahora quien se estremece mientras él me roza la piel sensible del cuello con los dientes soy yo.

Asiento a trompicones y noto que vuelven a encorvársele los labios contra mi piel.

—¿En qué piensas, Teddy? ¿Piensas en esto?

—Ah, Dios... —le gimo al cielo nocturno—. Sí.

—¿Y en qué más piensas? —murmura sin apartarme la boca del cuello.

—En lo injusto que es que seas tan atractivo.

Ríe y me envuelve la cintura con un brazo para acercarme más a él. La silla cruje bajo nuestro peso y me muerdo el labio, cohibida. O lo rompo a él o rompo la silla...

Xander les para los pies a mis pensamientos al suspirar con aspereza:

—Lo mismo digo, Teddy. ¿En qué más piensas, cielo? Dime.

Me pega la boca al cuello, justo encima de la clavícula, y nada puedo hacer por contener el gemido que se me escapa o la forma en que se me balancean las caderas para frotarme contra él.

Xander gruñe con los labios pegados a mi piel, levantando las caderas.

La fricción es perfecta. La presión que ejerce contra mí es una puta pasada. Dios, quiero estar llenísima de él.

—Ya sabes en qué pienso —susurro jadeante.

—Quiero oírtelo decir, cielo. Dime en qué piensas cuando te tocas —exhala trabajosamente. Se me cierran los párpados—. Jo-der, Teddy. Necesito saber en qué piensas mientras gritas mi nombre cuando te corres.

—En ti. Pienso en ti. Así. Y en cómo sería notar tus manos, tu boca —le susurro a la noche con los ojos todavía cerrados.

—¿Dónde quieres notar mi boca, Teddy? —me interroga con un tono de voz rasposo, profundo y gutural.

Me muerdo el labio inferior con fuerza. La profunda aspereza de su voz me aviva todas las terminaciones nerviosas. Si este hombre le pusiera voz a los audiolibros, las mujeres se desmayarían.

—En todas partes.

Xander pasea los labios por las pendientes expuestas de mis pechos. Se me han endurecido los pezones bajo la tela, pero el bochorno y los nervios me impiden decírselo en voz alta. Logan dejó de tocarme ahí después de que diera a luz a Dalton.

—¿Aquí? —me pregunta, siguiéndome el borde del top con los dedos y bajándomelo un poco.

Asiento frenéticamente. Estoy tan empapada que incluso me duele. Como me toque los pezones, puede que estalle. Siempre los he tenido sensibles, y llevan tanto tiempo abandonados...

Me da un golpecito en uno de ellos con los dedos, por encima de la tela, y yo ahogo un grito ante la sensación que me genera y que va directa a mi centro.

Siento cómo se me contrae el cuerpo alrededor de nada; quiero más.

Hace muchísimo tiempo que no tengo más. Y, cuando me cubre el pecho con la boca por encima de la tela, acariciándomelo con la lengua, le agarro la cabeza con ambas manos y echo la mía hacia atrás mientras intento (en vano) acallar el gemido que se me escapa bajo el manto de la noche.

Me cuela la otra mano por debajo de la tela, bajándomela y dejándola arrugada bajo mis pechos. Y, acto seguido, vuelve a cubrirme el pecho con la boca mientras juguetea con la mano con el otro.

Hacía tantísimo tiempo... Hacía muchísimo tiempo, y qué bien sienta, leches.

—Por favor... —le suplico frenéticamente, frotándome contra él. Quiero más. Más.

Suelta otro gruñido con la boca pegada a mí, moviendo la lengua con más ahínco mientras me froto con él en busca de más fricción con el clítoris, donde noto la presión de su protuberancia.

Ese hilo invisible que conecta lo que está haciéndome con la boca con mi centro se tensa y ahí me doy cuenta de que me voy a correr.

Por primera vez desde hace casi un año, estoy a meros segundos de tener un orgasmo que no me he provocado yo misma.

Este hombre, sexi a rabiar, logrará que me corra con solo lamerme y tocarme los pezones, y yo estoy rogando que ocurra.

Estoy rogando desenfrenada y desvergonzadamente.