22. Teddy
Teddy
Después de pelearme con Colleen y Kent para ver cómo dormíamos todos, por fin los he convencido de que se queden en mi cuarto; yo ya dormiré en el sofá.
A fin de cuentas, son mis invitados. Además, no es un sofá cama, o sea que no tiene sentido que ellos duerman en un sofá tan pequeño y no en una cama de matrimonio.
Me he puesto la cuna de Bea al lado y, con una almohada de más y una manta bien suave, estoy cómoda.
Total, como les he dicho a ellos, es solo para una noche.
Además, estoy tan agitada después de ese encuentro con Xander que no puedo dormir. Llevo al menos una hora mirando el techo. Ojeando el móvil. Escuchando los sonidos que proceden del otro lado de la puerta corredera que he dejado abierta.
Es tarde. Bea ya se ha despertado para que le dé el pecho; ahora dormirá del tirón y no volverá a despertarse hasta las cinco o las seis de la mañana. Yo debería estar durmiendo. Pero no puedo.
Estoy enfadada conmigo misma, con Colleen por insistirme y con Xander por ser tan puñeteramente perfecto y atractivo y amable.
Estoy enfadada con Logan por habernos abandonado y haberme puesto en esta situación.
Y luego empiezo a enfadarme conmigo misma otra vez, porque Logan no nos abandonó...
Fui yo quien lo derivó a ese turno y por eso murió.
Lo mandé a trabajar y nunca volvió a casa.
Pero la realidad es que no está aquí. Nunca volverá a casa. La vida que me había imaginado se ha esfumado.
¿Y sabes qué es lo más aterrador? Que al estar ahí sentada con Xander, bebiendo cerveza y riendo y tonteando (porque sí, estaba tonteando), he visto cómo podría ser empezar una nueva vida...
Si no fuera porque hay tantos impedimentos de por medio.
Tantos obstáculos que dificultarán que cualquier futuro que podamos tener juntos pueda darse.
Es bombero de élite. Tiene uno de los trabajos más peligrosos del mundo, un trabajo que le encanta; está clarísimo por cómo habla de ello. Lo lleva en la sangre, en el alma, en el corazón. Vive por y para su trabajo, su brigada, su pasión...
Y yo, por y para mis hijos.
Sería superegoísta por mi parte provocar que cualquiera de nosotros volviese a pasar por un infierno así. Empezar algo con alguien que, el día menos pensado, puede no regresar.
Me cubro los ojos con los brazos y gruño lo más bajo que puedo para no despertar a Bea, que está durmiendo a mi lado.
Pero es que, Dios, ¿por qué es tan perfecto?
Es considerado y amable y tan jodidamente bueno con mis hijos que no es justo.
¿Por qué no podría ser un contable aburrido y que lo peor que le pudiera pasar fuese que se cortara con el papel?
Cuando oigo el sonido de la puerta de cristal corredera seguido por el traqueteo sutil de la ventana al abrirse antes de que vuelva a cerrarse, se me corta la respiración.
La oscura noche me trae el ruido de un crujido metálico desde el otro lado de las puertas de mi terraza y ya me lo imagino sentándose en esa silla plegable vieja y desgastada que tiene toda la pinta de ser de los noventa.
Todo cuanto consigo distinguir es el sonido de una botella al abrirse.
Bajo del sofá tan sigilosamente como puedo y me aseguro de que Bea siga durmiendo.
Llevo unos shorts de pijama y un top de lactancia, cortesía del omnipresente calor de finales de verano que todavía no ha amainado.
Sin embargo, me paso mi fino albornoz por los brazos, me lo ato a la cintura y salgo a la terraza.
Rodeo el pequeño tabique que separa las casas y veo a Xander sentado en esa silla, sin camiseta y con solo unos pantalones cortos de hacer deporte.
Tiene una cerveza en una mano y está sujetándose la nuca con la otra para soltarse algunos nudos.
La luz de la luna que se cuela a través de los árboles lo tiñe todo de un brillo dorado, marca bien el relieve del rostro de Xander y le arroja ciertas sombras.
Me he detenido, pero él me observa con una mirada que parece casi electrizante.
—¿Tú tampoco podías dormir? —pregunto en voz tan baja que parece casi un susurro.
Xander continúa mirándome y yo, descalza, paso el peso de un pie al otro. Señalo con la barbilla el punto en que se está masajeando los músculos del hombro.
—¿Todavía tienes molestias?
Él sonríe pesarosamente y asiente.
—Ya se me pasará. Deberías volver a la cama, Teddy.
En lugar de eso, me acerco despacio hasta quedar detrás de su silla.
Le aparto la mano e ignoro la ola de calor que siento con ese simple contacto.
Inhalo profundamente y le coloco ambas manos en sus hombros desnudos.
Xander entra en tensión, gruñe y gira el cuello hacia un lado.
Le noto la piel cálida bajo la mano, suave y delicada.
El contraste entre su piel tostada y la mía, pálida, resulta excitante.
No me acuerdo de cuándo fue la última vez que toqué a un hombre así.
Empiezo despacio, masajeándole la nuca en el punto en que se le unen cuello y cabeza, y voy bajando.
Recorro con las manos sus hombros, tremendamente anchos y duros; son preciosos y están repletos de músculos fuertes.
Cuando le aprieto en un punto particularmente tenso en la base del cuello y voy bajando hacia el omóplato derecho, suelta un sonido gutural y agacha la cabeza hasta casi tocarse el pecho.
Tiene las piernas despatarradas y ha apoyado los codos en las rodillas, dándome mejor acceso a toda la anchura de su espalda y sus hombros.
El cuerpo de Xander es increíble y siento un poco de vergüenza por ponerme tan cachonda con el simple hecho de estar tocándole los hombros.
—Hostia puta, cómo duele —se queja con los dientes apretados.
Río con discreción y suavizo un poco el tacto. Él levanta la mano izquierda y me coge los dedos para que no aparte la mano de ahí. Su roce me abrasa la piel y una ola de calor me invade entera. Aparta la mano y dice:
—No pares. Por favor.
Empiezan a dolerme los dedos, pero sigo hasta dejarle los músculos flexibles y blandos mientras él continúa sentado en esta silla frente a mí.
Sonrío envuelta por la oscuridad mientras le miro la nuca.
Sigue con la cabeza gacha. Su pelo oscuro tiene pinta de ser increíblemente suave y me permito subirle los dedos por el cuello hasta llegarle a la línea capilar, justo encima de la nuca, rascándosela sutilmente con las uñas.
Le paso la punta de los dedos por esos mechones oscuros; es como tocar la seda.
Le entra un escalofrío y se le escapa un gruñido.
Aunque, en esta ocasión, no es el típico sonido de dolor placentero que sueltas cuando te masajean un punto tenso, sino algo más gutural, más primitivo. Sexual.
El sonido en cuestión me envuelve entera y ahí me doy cuenta de que estoy casi jadeando. Detrás de él y con los dedos hundidos en su pelo. Mecagüen... El corazón me late frenético en el pecho.
Xander levanta la cabeza y se gira muy sutilmente.
Le sigo el movimiento con la mano, sin apartársela del pelo, hasta que me lo quedo mirando de perfil.
La luz de la luna, incandescente y plateada, le resalta el rostro.
Baja la mano para dejar su cerveza abandonada en el suelo sin mirarme y, luego, levanta esa misma mano y me agarra la muñeca con firmeza.
Sigo detrás de él, temblando y con sus dedos cálidos alrededor de la muñeca.
Le aparto la mano del pelo y se la apoyo en el hombro.
Él me guía con delicadeza para que rodee la silla hasta que estoy delante de él; luego tira de mí para que no tenga más remedio que quedarme entre sus piernas despatarradas.
Los laterales de mis muslos (desnudos hasta los bajos del albornoz y de mis pantalones de pijama) se rozan con el interior de los suyos.
El delicado vello de sus piernas me hace cosquillas en la piel; hacía tantísimo que no notaba eso que la sensación me resulta excitante y electrizante.
Le acaricio sus hombros musculados con los dedos, con la delicadeza de una pluma, y clavo los ojos en los suyos, de un azul claro.
Me observa con una mirada ardiente (pero ardiente de cojones) antes de bajar los ojos hacia mi boca.
Como está sentado en la silla, la parte superior de la cabeza le queda a la altura del punto más bajo de mi barbilla.
Continúa con una mano en mi muñeca, aunque está agarrándome con suavidad y de forma tentativa.
Me recorre los dedos por la parte exterior del antebrazo hasta llegarme al codo y cogerme el exterior del bíceps.
Cuando gira la cabeza y acerca los labios al interior de mi muñeca, donde seguro que tengo el pulso aceleradísimo, dejo de respirar.
Xander besa mi piel sensible y se me acelera la respiración a la vez que una ola de calor me envuelve de los pies a la cabeza (y, esta vez, nada tiene que ver con el clima de verano).
Su barba corta me hace cosquillas en la muñeca y tirito.
—Teddy... —susurra con la boca pegada a mi piel y moviendo muy imperceptiblemente los labios.
Habla con tono grave y rasposo. La mera voz de este hombre sirve de afrodisíaco para mi libido famélica.
Vuelve a fijar los ojos en los míos con una mirada tan abrasadora e intensa que me quedo paralizada. Es como si me viera de verdad. Resulta alarmante y apabullante y..., Dios, cuánto echaba de menos que me miraran así.