Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 21. Xander #2
40%

21. Xander #2

Yo solo puedo empeorarlo todo.

Trago saliva para deshacerme del nudo que siento en la garganta y aparto esos pensamientos. Me giro hacia ella y señalo la puerta corredera (ya abierta) que da a mi casa, porque si algo me gusta a mí es fustigarme.

—¿Quieres pasar? ¿Tienes hambre?

—Uy, no, gracias. Acabamos de salir a cenar con Colleen y Kent y luego hemos llevado a los niños a comer helado.

Aunque huele de maravilla. —Pilla el pack de cervezas y me lo pasa—.

Quería darte las gracias por haberme cortado el césped.

No tenías por qué hacerlo. Pero te lo agradezco, en serio.

Un montón. A Bea le están saliendo los dientes y ni ella ni yo dormimos demasiado bien, y no tenía la energía suficiente para cortar el cés...

Señalo las cervezas que lleva en la mano, cortando su verborrea nerviosa, y mascullo:

—Solo las aceptaré si accedes a tomarte una conmigo.

Calla de inmediato, pero me mira con sus ojos grises entrecerrados y con una sonrisa en los labios.

—Me estás chantajeando —se queja.

—Culpable. —Le sonrío y hago un gesto para que pase antes que yo—. Además —susurro, juguetón— no podemos dejar que Colleen se entrometa en vano.

Teddy refunfuña y sacude la cabeza.

—Ay, Dios... ¿¡Lo has oído!?

Me río.

—¿Seguro que no tienes hambre? Dudo que pueda comerme todo esto yo solo.

Es mentira. Pero si quiere, lo compartiré con ella alegremente. Me encantaría cocinar para Teddy.

—No, gracias por la oferta. Huele de maravilla, pero me he quedado llenísima con la cena, de verdad.

—Ríe y me sigue hacia la cocina, idéntica a la suya (aunque, puestos a compararlas, la mía está tristísimamente vacía).

Ted­dy arranca dos cervezas de ese endeble soporte de cartón y les quita el tapón antes de pasarme una—.

Gracias por la cerveza. Aunque seguramente no me convenga.

Todavía no he acabado de recuperarme del todo de lo de anoche.

—La resaca se pasa con más alcohol —afirmo riendo mientras emplato la comida y saco la ensalada que he preparado antes de la nevera.

Teddy asiente mientras bebe, y yo no puedo evitar mirar cómo su labio inferior envuelve el cuello del botellín al acercárselo a los labios.

Ya se me está volviendo a empalmar un poco. Esta maldita mujer no tiene ni puta idea de lo excitante que es.

Esa camiseta blanca se le sigue resbalando de un hombro.

Le deja medio descubierto el brazo y la tira del sujetador, que le rodea el hombro y le baja por la espalda, a plena vista.

Quiero rozarle el punto donde se le unen el cuello y el hombro con los labios, clavarle los dientes y marcarla antes de calmarle la piel con la lengua y repetirlo otra vez.

Joder. Ahora sí que se me ha empalmado.

Teddy se gira para recorrer mi salón con la vista, y yo aprovecho para ajustármela debajo de la bragueta.

—No estás mucho por aquí, ¿no?

—Durante la temporada de incendios, no —reconozco.

Teddy asiente, comprensiva. Señalo la minúscula mesa que hay en el salón con la barbilla y nos ponemos el uno delante del otro.

Me siento un cabrón, comiendo delante de ella.

Mi madre me inculcó buenos modales y, a pesar de que soy más bárbaro que la mayoría de la gente (es lo que pasa cuando vives en campamentos base con más hombres medio asalvajados), sigo siendo caballeroso.

—¿Seguro que no puedo convencerte? Puedo prepararte un plato...

Se ríe, apoya los codos en la mesa y envuelve la base del botellín con ambas manos. Sigo el movimiento con los ojos y, aunque odio reconocerlo, debo admitir que enseguida me imagino cómo sería notarla envolviéndome la polla con los dedos de esa manera.

—No, Xander, en serio. Estoy que reviento.

Me he comido mi peso en pasta y palitos de pan para cenar.

—Ríe y, acto seguido, arruga la nariz. Me estoy dando cuenta de que es un tic nervioso, como si volviese a estar avergonzada.

Señala mi ensalada y comenta—: Debería haberme pedido una ensalada, pero es que los palitos olían tan bien...

Esta mujer... Pienso cambiar cómo se ve a sí misma. Lo juro por Dios, joder.

—Después de haberte pasado la noche bebiendo, seguro que necesitabas comer eso para compensar la resaca —bromeo.

Masculla riendo, se recuesta en la silla y vuelve a acercarse el botellín a los labios.

—No me lo recuerdes. Scottie trajo una botella de whisky . No sabría decirte cuándo fue la última vez que tomé chupitos de whisky . ¿En la uni, quizá? Antes de que naciera Dalton; eso seguro.

Se muerde el interior de la mejilla y clava la vista en el botellín que tiene en las manos con una mirada casi culpable. Me pregunto si estará pensando en la noche que la llevé a casa, aunque lo dudo. A veces yo sí pienso en esa noche, como un masoquista.

—No debería estar bebiéndome esto, en serio. Voy a tener que tirar toda la leche que me saque hasta mañana antes de dársela a Bea —murmura dibujando una sonrisa tímida con los labios.

Bajo la vista hacia los pechos que se aprecian bajo esa camiseta blanca y lo hago de forma totalmente involuntaria.

—Lo siento —musito y levanto la vista hacia ella.

La voz me suena más áspera de lo que pretendía, y carraspeo. Esos malditos ojos grises son como mi propia criptonita personal.

Le quita hierro al asunto con un gesto de la mano y se encoge de hombros.

La parte de la camiseta que le resbala del hombro le baja un poco más por el brazo, revelando muy sutilmente el lateral de la pendiente de su pecho, escondido bajo el sujetador.

Cojo la cerveza con más fuerza y me la acerco a los labios.

—Nah, tranquilo. Tampoco me sentía cómoda para darle ya el pecho, y tengo en el congelador leche suficiente para sobrevivir a un apocalipsis, si hiciera falta.

Río y sacudo la cabeza.

—Bueno, pues me alegro de que te divirtieras.

Estoy seguro de que las tres juntas sois de armas tomar.

—Teddy sonríe con timidez con la botella pegada a los labios.

Su juguetona sonrisa es mi perdición. Me gusta tenerla en casa.

Teddy le aporta más brillo; es casi como si aportara más calidez al espacio.

Tengo que hacer algo para que este sitio sea más acogedor.

Quiero tenerla aquí más a menudo—. Conozco a Violette desde que era una cría.

Su hermano mellizo estaba en mi brigada.

—Cierto. A veces se me olvida lo muy unidos que estáis todos —murmura, y se le disipa la sonrisa—. Violette no habla mucho del tema, pero sé que Jacob y Rowan eran mejores amigos.

Asiento.

—Perdimos a Jacob el mismo año que perdimos a mi padre —le cuento, pegándole un mordisco a las verduras asadas.

—Tu padre también era bombero forestal, ¿verdad? —pregunta en voz baja mientras arranca un poco la etiqueta del botellín con las uñas.

—Así es. Fue superintendente antes que yo. Estuvimos trabajando juntos casi quince años antes de que falleciera.

El dolor y la culpa que me invaden son tan feroces como hace seis años. He oído que nunca acabas de pasar un duelo; que, sencillamente, deja de afectarte tan a menudo. Pero, joder... cuando me afecta es como si alguien me pegase un balazo en el pecho.

—Recuerdo que Cal lo comentó. Lo siento mucho —susurra arrugando sus cejas rubias sobre esos ojos grisáceos.

Asiento y clavo la vista en el plato. Muevo el filete de un lado al otro con los dientes del tenedor.

—Mi padre no debería haber estado en ese incendio...

—Lo siento, Xander. No hace falta que hablemos de esto.

A mí tampoco me gusta hablar de la noche que Logan...

—Deja la frase a medias de golpe, se cuadra de hombros y echa la cerveza a un lado.

Todavía le queda la mitad. Inhala y me sonríe, aunque yo sé que el gesto es forzado.

Le tiembla muy sutilmente el labio, como si estuviese intentando ser fuerte.

Joder, solo quiero abrazarla—. Hay cosas que no acabamos de superar nunca, ¿eh?

Noto un nudo doloroso y fuerte en el pecho.

No sé si se debe a la aflicción, a la culpa, a los celos o a una extraña combinación de los tres.

Y vuelvo a sentirme como un cabrón. La mujer sigue llorando a su difunto marido, está ocupada de cojones criando a tres niños, y yo aquí, comiéndomela con los ojos y con un empalme bajo el pantalón.

¿Cómo sería que te quisiera una mujer como Teddy? ¿Disfrutar de esta devoción que persiste incluso después de una tragedia como la que le ha tocado vivir?

Se levanta de la silla y yo hago ademán de hacer lo propio, pero se apresura a decirme:

—No, no te muevas. Acaba de cenar, Xander. Gracias por la cerveza.

Me siento de nuevo y veo cómo se marcha. Sin embargo, Teddy se detiene frente a la puerta corredera y se gira para mirarme con esos ojos grises ligeramente arrugados.

—Me alegro mucho de que hayas vuelto sano y salvo.

Dicho esto, cruza la puerta que da al jardín trasero y la cierra tras de sí. Y yo me quedo con este dolor en el pecho y una casa vacía en la que casi no ha vivido nunca nadie y que, durante unos pocos minutos, no ha parecido un lugar tan solitario.