Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 21. Xander
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21. Xander

Xander

Después de la ducha más larga del mundo, estoy seguro de que me he pasado las siete horas siguientes en coma.

Me he tumbado en la cama y he despertado con el sol abrasador de última hora de la tarde colándose por la ventana de mi habitación.

Creo que no me he movido ni una sola vez mientras dormía.

Si antes ya tenía el cuello agarrotado, ahora cada vez que intento moverlo es como si una descarga me recorriese la columna vertebral.

Hago todo lo que puedo por estirarlo, pero no me sirve de mucho.

Aunque con uno de esos parches frío-calor y una cerveza, la cosa mejora un poco.

Vuelvo a mirar el móvil y veo varios mensajes de King y Cal que me sacan una sonrisa.

Por lo visto, Teddy, Violette y Scottie pasaron la noche en un hotel del pueblo, se emborracharon a base de whisky y bebidas carbonatadas de los cojones (no es a lo que yo llamaría «un combinado ideal», pero para gustos, colores) y, al parecer, las otras dos tienen resaca.

Según King, Violette tiene turno en el Shifty’s por la noche, y Scottie está de guardia.

Casi me siento mal por ellas. Casi. El brillo que he visto en los bonitos ojos grises de Teddy al llegar esta mañana a casa me ha puesto de un extraño buen humor a mí también.

Se merecía hacer algo por ella. Y la verdad es que me alegro de que estuviera con Vi y Scottie.

Cal me pregunta si iré luego al Shifty’s con el resto de la brigada, pero rechazo la oferta.

Me manda un GIF de Chandler Bing que finge pegar un latigazo, en el que pone «¡EEEPAAA!

». Pongo los ojos en blanco y recibo otro GIF en el acto.

Este es de Bugs Bunny con los ojos en forma de corazón.

Respondo con el emoji de una mano haciendo la peineta y apago el móvil.

Echo a andar hacia la cocina y reviso el montón de cartas que he dejado antes de malas maneras sobre la mesa.

Veo un pequeño sobre amarillo de manila con la caligrafía de mi hermano en el anverso; lo abro por la parte del remitente y saco otro sobre de dentro.

Es sencillo, blanco y de tamaño carta, pero tiene mi nombre escrito con la letra de mi padre.

Ver su caligrafía me sienta igual que un puto balazo en el pecho.

Me quedo sin aliento y noto una punzada en el esternón.

Me dejo caer en una de las sillas de la mesa y me limito a mirar la carta que tengo entre los dedos largo y tendido, tratando de reunir el valor para abrirla. Para leer lo último que me quedará de mi padre.

No sé cuánto tiempo me paso aquí sentado y con la vista puesta en el sobre, pero sacudo la cabeza y suspiro frustrado antes de levantarme. Tiro el sobre en la encimera de la cocina y doy media vuelta, agarrándome al borde del mueble, tenso.

Miro por la ventana de delante, pero no veo el coche de Teddy ni el de sus suegros.

Me calzo unas bambas, me pongo la gorra y cojo las llaves.

Voy hacia el súper más cercano en un santiamén y, al cabo de quince minutos, vuelvo a estar en casa con los ingredientes para una ensalada mixta, distintas verduras frescas y un filete.

Abro una birra mientras me pongo manos a la obra.

Lavo las verduras y las dejo marinar antes de ensartarlas en pinchos.

Sazono el filete, lo dejo a un lado y procedo a preparar la ensalada antes de coger los pinchos de verduras, el filete y la birra, y llevármelo todo a la terraza trasera.

Una vez allí, enciendo la barbacoa. No suelo tener demasiadas ocasiones para cocinar en casa durante la temporada de incendios y, por lo general, hoy habría salido con los chicos.

Estaríamos celebrando que le hemos ganado el pulso a ese maldito incendio de California del Sur.

Sin embargo, esta noche no me apetece rodearme de multitudes.

Ni del hostigamiento de mi brigada, que no dejan el tema de Teddy ni a la de tres. Están todos pesadísimos.

Menuda pandilla de entrometidos.

Cuando ya tengo el filete medio hecho, oigo dos vehículos aparcando en la entrada y, acto seguido, el revuelo de Teddy y su familia, que acaban de llegar.

Ese sonido me reconforta. El exaltado parloteo de Dalton, la contagiosa risa de Penny...

Joder, ni siquiera me molestan los ocasionales quejidos de Bea.

La voz relajante de Teddy al dirigirse a sus hijos, su risa genuina cuando hacen algo que le sonsaca una sonrisa...

Tengo que reconocerlo: disfruto al oírlos en la casa de al lado.

—¡Dalton, a la ducha, por favor! —oigo que dice Teddy a través de alguna ventana que debe de estar abierta—. Y no te pases, que Penny también tiene que bañarse.

—Solo porque casi se ha bañado en el helado —oigo que comenta la voz grave y profunda de Kent.

No puedo evitar sonreír. Sí, la diablilla esa sería totalmente capaz de algo así.

—Uuuh, ¿por qué huele tan bien? —pregunta Colleen enseguida. Oigo el pesado cristal de la puerta corredera al abrirse—. Xander debe de estar haciendo una barbacoa. Huele que alimenta. ¿Verdad que sí, Teddy? ¿Por qué no vas a saludarlo?

—¡¡Colleen!!

Me río al oír el susurro aterrado de Teddy mientras le doy un trago a la cerveza.

—¿¡Qué!? —pregunta Colleen con tono inocente—. Es solo decir «hola», Teddy.

Vuelvo a sonreír a la vez que les doy un cuarto de vuelta a los pinchos de verduras.

Esas setas marinadas con los pimientos, las cebollas y los calabacines sí que huelen que alimentan; se me hace la boca agua.

Y con el filete, más de lo mismo. Joder, me estoy muriendo de hambre.

Qué ganas de zamparme una comida de verdad en lugar de esas insípidas y crudas raciones de campaña precocinadas.

Me rugen las tripas, impacientes. He llegado tan agotado a casa esta mañana que, después de cortar el césped y ducharme, ni me he molestado en comer nada, y he ido directo a dormir.

—¿Por qué me haces esto? —se queja Teddy miserablemente.

Oigo la melodiosa risa de Colleen, que responde:

—Porque es lo que hacemos las madres. Nos entrometemos.

Le doy otro largo sorbo a la birra y sonrío. Es justo lo que ha dicho antes Teddy. Me planteo si saben que estoy aquí o que puedo oír todo lo que dicen. En ese caso, no puede considerarse escuchar a escondidas, ¿no?

—Esto no es normal. ¡Que es el jefe de mi hermano, Col­leen! —vuelve a gritar Teddy en voz baja. Acto seguido, oigo que abren la puerta—. Pfff. Eres de lo que no hay.

—Sí, sí, lo que tú digas... —suelta la otra hablando un poco más alto—. Voy a duchar y a bañar a los niños. Tú ve a saludar. Y llévale...

Oigo el tintineo de unas botellas al chocar y, luego, vuelven a cerrar la puerta.

Aguanto la respiración y no me muevo de al lado de la barbacoa.

Estoy de espaldas al jardín trasero, pero sé en qué momento Teddy rodea el tabique que separa mi jardín del suyo.

Es como si mi cuerpo entero estuviese esperando su presencia.

—Eh... Hola —dice titubeante y totalmente avergonzada.

Giro la cabeza hacia ella y hago una mueca ante la ola de dolor que me sube por la nuca y me baja por la columna. Teddy se detiene y se alarma antes de echar a andar hacia mí. Deja el pack de cervezas sobre la caja plegable que uso como mesa.

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —se interesa enfatizando especialmente esa segunda pregunta y paseándome sus ojos grises por el cuerpo, como si estuviese buscando alguna herida. Se me encoge el corazón. Hace muchísimo tiempo que alguien que no sea de la brigada se preocupa por mí—. Xander...

—Estoy bien. —Acabo de girarme hacia ella y le sonrío amablemente. Luego, alargo el brazo y me toco el parche de lidocaína que sobresale por debajo del cuello de la camiseta—. Solo tengo el cuello agarrotado. Un mal gesto.

—Ah... —susurra, y retrocede medio paso—. Lo siento.

Sacudo la mano.

—No es nada. Cogí una mala posición durmiendo en el saco en el campamento base. En unos días ya lo tendré mejor.

—¿Campamento base? —pregunta, cruzándose de brazos.

Le miro los brazos con segundas y ella pone los ojos en blanco, sonriendo; aun así, los baja a los costados. Vuelvo a girarme hacia la barbacoa y le doy la vuelta al filete otra vez. Ya está hecho, pero ahora no quiero entrar y alejarme de Teddy.

Asiento mientras apago el fuego y luego me agacho para asegurarme de que la bombona de propano también esté apagada.

—Cuando trabajamos fuera, nos organizamos como si estuviésemos de acampada, básicamente. Los llamamos «campamentos base». Es nuestra casa lejos de casa.

—¿Y tenéis que montar tiendas en el sitio al que vayáis? —me pregunta acercándose para echarle una ojeada al filete y a las verduras que tengo en la parrilla.

Inhala con admiración.

Río y sacudo la cabeza.

—Puesss... No exactamente. Más bien dormimos donde caigamos rendidos por la noche. Con sacos de dormir.

—¿Y dormís en el suelo, a la intemperie?

Levanta los ojos para mirarme y enarca sus cejas rubias, sorprendida, tras esas gafas de montura. Hoy vuelvo a verle las pecas.

—Sí, dormimos a la intemperie. —Me río. Cojo las pinzas para sacar el filete de la parrilla y lo pongo en el plato que he traído antes de dentro; luego hago lo propio con los pinchos de verduras—. ¿Cal nunca te ha contado nada de su trabajo? Es cero glamuroso.

—Supongo que nunca le he hecho las preguntas pertinentes...

—Ríe y sacude la cabeza—. Y, detesto tener que admitirlo, pero puede que nunca le haya hecho demasiadas preguntas a propósito.

Su trabajo me pone muy nerviosa, y creo que cuanto menos sepa, mejor lo llevaré.

Se me da genial eso de imaginarme siempre lo peor.

Cuando él y Scottie se perdieron por las montañas el año pasado, lo pasé fatal. Y luego, al perder a Logan...

Se corta abruptamente y sonríe casi con tristeza, como si quisiera evitar que esos pensamientos se adueñaran de ella.

—Te entiendo —musito con delicadeza.

Teddy tiene un corazón enorme, se preocupa un montón por todo el mundo y ha sufrido muchísimo. Ojalá pudiese arrancarle todo ese sufrimiento, pero no puedo.